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El blanqueo, a medida de los empresarios y su gobierno –

La clase capitalista argentina, tan acostumbrada a la “viveza criolla”, ha logrado invertir el dicho tradicional. En efecto, en vez de buscarle la vuelta a una ley que impone limitaciones, prefiere andar el camino inverso: hacer las chanchadas y después ver cómo consigue un instrumento legal que la deje a salvo. Lo ha hecho otras veces y lo vuelve a hacer ahora, con la inestimable colaboración de un gobierno que, más que aliado, es directamente propio, cómplice y coautor de las mismas fechorías. Como aquel personaje rastrero que interpretaba Gianni Lunadei, con libro del recientemente fallecido Juan Carlos Mesa, Macri puede decirle a la burguesía local: “Le pertenezco”.

Ya hemos tratado el tema varias veces, pero la espera hasta último momento para promulgar la ley y la reglamentación hecha de apuro muestran que el gobierno hizo realmente todo lo posible para amnistiar al empresariado argentino entero de todos sus delitos tributarios y financieros y concederle las condiciones más favorables. Veamos un poco esa lista de beneficios, que es realmente escandalosa.

 

Las variantes de un curro descomunal

 

Primero, los parientes de los declarantes de bienes que se consideran abarcados por el blanqueo son muy pocos: cónyuge, ascendientes y descendientes. No hermanos ni primos (¡hola, Angelo!). Y esos parientes, en vez de cumplimentar la obligación de residencia a fines de 2015, como se preveía, podrán hacerlo hasta el 31 de marzo de 2017, lo que da lugar a múltiples maniobras.

Segundo, los bienes declarados quedarán exentos de otros impuestos aparte de la multa del 10%. Insólitamente, los inmuebles en el extranjero a nombre de una empresa (típico truco de evasores) pueden seguir en ese status… ¡aunque el blanqueo se haga a título personal! Esto no es más que una trampa que la ley le sugiere a los blanqueadores, con dos beneficios. Por un lado, permite un blanqueo “parcial” (justo lo que se supone que había que evitar). Por el otro, permite que, por ejemplo, una sociedad offshore siga con parte de sus activos como tal, pero otros activos, como títulos públicos, pueden quedar a nombre de una persona física, con lo que se evitaría el pago de Ganancias y de Bienes Personales.

Tercero, se abren mecanismos para no pagar la multa del 10% de lo blanqueado. Uno de ellos es un bono a tres años, que no paga interés, es intransferible y debe quedar inmovilizado. Además de ahorrarse la multa, es una buena opción para quienes tienen su plata fugada en bonos seguros de bajísima tasa. Otra opción es comprar un bono a siete años con un interés del 1% anual (poco, pero más de lo que pagan los bancos europeos y japoneses, y no mucho menos de lo que pagan los bonos del Tesoro yanqui). El anzuelo aquí es que permite blanquear el triple de lo que se invierte. Por ejemplo: si alguien tiene tres millones de dólares para blanquear, alcanza con comprar bonos por 1 millón. Los otros dos millones ya están blanqueados y se pueden invertir libremente.

Cuarta opción de curro: comprar cuota-partes en fondos comunes de inversión también está exenta de la multa, con dos condiciones: inmovilizar los fondos por cinco años y destinarlos a financiamiento de “inversión productiva”, o de infraestructura, o inmobiliaria. Si bajo el kirchnerismo, que emitió bonos con “condiciones” similares, se armaron múltiples trampas para evadirlas, es de imaginarse el festival que será con el macrismo.

Quinto, incluso pagando la multa se puede hacer un negocio redondo. Según una consultora entre tantas que quiere anotarse en el estofado de asesorar ladrones de guante blanco, “el bono Discount 2033 [emitido por el gobierno de Macri] da un interés del 6,7% anual. En un año y medio, el inversor podría recuperar el 10% de multa y le quedaría un buen margen para seguir ganando con ese título o pasarse a otro” (M. Sardans, de FDI, en Ámbito Financiero, 2-8-16). Otro economista, en este caso de la consultora Ecolatina (la de Roberto Lavagna), hace un cálculo parecido: “Los que inviertan en bonos argentinos, ya sea repatriando o desde cuentas en el exterior, demorarían alrededor de 2 años en recuperar el costo de la multa” (F. Semeniuk, ídem, 1-8-16).

El colmo de la estafa y de los regalos que el Estado hace a los empresarios delincuentes es el pago mismo de la multa. Resulta que ese 10% de lo blanqueado no se paga en dólares, sino en pesos al tipo de cambio vigente… ¿al momento del blanqueo? Claro que no: se toma el valor del dólar al 22 de julio, $ 14,70, incluso si se ingresa al blanqueo en diciembre de este año. Eso significa que cuando se paga el 10% de, digamos, un millón de dólares, paga 1.470.000 pesos. Pero si el dólar en ese momento vale lo que estima el BCRA, es decir, $ 16,20, la multa real no es el 10% sino el 9%. Es todo así.

 

“Reparación histórica” para el empresariado argentino

 

Todavía es pronto para especular cuál será el monto final efectivamente blanqueado. El propio gobierno arriesga una recaudación de 3.500-4.000 millones de dólares, con un monto total implicado de 40.000 millones de verdes. Para lo que tiene la burguesía afuera (piso de 250.000 millones de dólares, aunque la cifra real muy probablemente esté más cerca de los 450.000 millones), francamente, no es un objetivo muy ambicioso. Lo que se presenta como el “último blanqueo” (al igual que docenas de blanqueos y moratorias en los últimos cuarenta años) alcanzará, en el mejor de los casos, para financiar durante un año (y sólo un año) la “reparación histórica a los jubilados”.

Pero eso no le preocupa mucho al gobierno. Después de todo, la recaudación fiscal, aunque siempre es bienvenida, no es más que un aspecto secundario o accesorio del blanqueo. Lo que verdaderamente le importa al macrismo es seguir devolviendo favores a su clase (esto es, también a sí mismo), y en este caso uno bien gordo. Porque la práctica de la patronal argentina de evadir y/o robar y/o estafar y después fugar los capitales fruto de esas virtuosas transacciones se remonta como mínimo a los años 70.

En eso hay que darle la razón al slogan macrista de “cambiemos”: un blanqueo de este volumen y con tantas facilidades para los delincuentes involucrados es algo que no había existido nunca desde 1983. Claro que el único “cambio” es el desparpajo con que la clase capitalista y su gobierno directo se declaran, alegremente, por encima de sus propias leyes y sus propios parámetros “éticos”. Sólo queda flotando una duda: ¿cuánto tiempo cree esta gente que seguirá su fiesta?

Marcelo Yunes

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