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Al llegarnos la noticia del fallecimiento del dirigente histórico del gremio gráfico, Raimundo Ongaro, nos parece útil dejar algunas reflexiones.

En primer lugar, es útil, nos parece, dejar en claro los hechos que jalonaron su existencia y su accionar sindical y político, con los cuales es muy fácil edificar monumentos a la gloria, a costa de tergiversar una parte de la historia real del movimiento obrero. La corriente que él encabezó al frente de la CGT de los Argentinos, enfrentándose a la CGT oficial, en las décadas del 60 y comienzos de los 70, lo ubicó en la punta más radicalizada de las direcciones tradicionales de los sindicatos. Pero ese “extremo” en el que se ubicó no lo utilizó para saltar el cerco de la burocracia, sino para acomodarse a él. Los vientos fuertes de radicalización lo llevaron a correrse a la izquierda, pero siempre dentro de los cuerpos orgánicos.

La brutal represión de que fue objeto tanto él como su familia por parte del gobierno de Isabel Perón y la Triple A, que asesinó a uno de sus hijos, y su posterior exilio, lo catapultaron a ícono de la resistencia a la dictadura.

En pleno proceso de auge democrático luego de la caída de la dictadura, donde no sólo rodaron las cabezas de la Junta Militar, sino también la de los jefes de los sindicatos que habían colaborado con aquélla, Ongaro volvió al país recibido con bombos y platillos. Bombos y platillos que empalmaron con un proceso objetivo de lucha antidictatorial dentro y fuera de los lugares de trabajo, de los cuales los establecimientos gráficos no fueron ajenos, ya que la dueña del sindicato había sido la burocracia colaboracionista a rajatabla. Ese aura le permitió agrupar a la oposición a la misma en torno a su figura y a los referentes por él impuestos, como el actual secretario general del gremio, Héctor Amichetti.

Ese aura, aunque un poco salpicado y deteriorado, le permitió abrazarse al gobierno de Carlos Menem y continuar el proceso (ya iniciado bajo el alfonsinismo) de achicamiento y despidos en el gremio, aniquilamiento (vía la coptación o el despido) de la vanguardia y los activistas antiburocráticos. Éstos vieron con ojos que no podían creer lo que tenían delante, cómo el dirigente gráfico aislaba y sofocaba las luchas por despido, cómo permitía que importantes establecimientos se trasladaran al paraíso fiscal de San Luis y dejaran sus plantas en el Gran Buenos Aires, cómo las comisiones internas de los diarios, que les habían dado su apoyo, eran desplazadas. Cómo, en plenarios de delegados y asambleas del gremio, el democrático Ongaro empezaba a utilizar la patota para acallar a los disconformes.

Como su entorno de dirigente sindical estaba ligado a las fuertes luchas democráticas, el colmo del asombro del estupefacto activismo fue cuando Ongaro no apoyó la Marcha contra el Indulto otorgado por Menem.

A partir de ahí, ya no tuvo más máscara. Ya fue el Ongaro de la más rancia burocracia sindical. Así siguió hasta abril de este año, en que entregó la secretaría general a su ladero Amichetti. No fue un dirigente testimonial a partir del 84, como nos quieren hacer creer algunos recordatorios panegíricos, que dan por concluida su biografía en ese año*. Fue arte y parte de la traición de las luchas de los trabajadores gráficos de los últimos 30 largos años.

Ser opositor no es igual a ser antiburocrático, así como ser antiburocrático no es igual a ser independiente y luchar por la libre organización de los trabajadores. Ongaro no fue ni uno ni lo otro.

En medio de la pelea contra un gobierno neoliberal reaccionario, si los hay, que no descubran a los ojos de las nuevas generaciones de honestos luchadores íconos que hay que tirar por la borda para siempre.

*Entre otras publicaciones, Página 12 del 2/8/16 en la nota De la CGT de los Argentinos al Cordobazo: “Al regresar en 1984, fue recibido por su gremio y volvió a ocupar un lugar ya no como conducción, sino más bien como referente histórico y ético, en la dirección de la Federación Gráfica Bonaerense, en cuya sede de Paseo Colón 731 hoy serán velados sus restos”.

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