Roberto Sáenz



“En lo que respecta a los anarquistas (…) los fines que éstos se plantean y todas sus buenas intenciones no encuentran ninguna relación con los resultados prácticos de su actividad” (Evgeny Preobrajensky, Anarquismo y comunismo).

Siguiendo nuestra serie sobre las relaciones generales entre marxismo y anarquismo, en esta nota nos referimos a algunas cuestiones que podríamos englobar bajo la idea general de “cuestiones de táctica”: los medios que se postulan para llegar al fin de una sociedad donde quede abolida la explotación del hombre por el hombre.

Antipolítica

El problema más general para abordar las cuestiones de táctica entre los anarquistas tiene que ver con su apreciación de la política. Ocurre aquí algo singular (que se desprende de su rechazo del Estado y el gobierno): el repudio de la acción política como tal.

¿De dónde proviene esta cuestión, que aparece tan “contranatura”? Se sigue de la incomprensión que si el Estado se desprende de las relaciones desiguales en el terreno de la economía, la única forma de acabar con toda forma de Estado (y por lo tanto, con toda política), pasa por liquidar primero esas desigualdades, no por darse abstractamente la tarea de acabar con el Estado como tarea asilada, separada: “En el transcurso de su desarrollo, la clase obrera sustituirá la antigua sociedad civil por una asociación que excluya a las clases y su antagonismo, y no existirá ya un poder político propiamente dicho, pues el poder político es precisamente la expresión oficial del antagonismo dentro de la sociedad civil” (Marx, Miseria de la filosofía).

Así las cosas, el Estado y la política, incluso como semiestado proletario en la transición socialista, subsistirán en la medida que exista una clase social a la que oprimir: la clase burguesa que interiormente podrá estar debilitada, pero que internacionalmente seguirá dominando. 

La crítica anarquista de la política se funda, por otra parte, en la empírica desconfianza popular hacia la política; en que la política patronal tiene todos los condimentos de un teatro, una farsa, un engaño al pueblo: una obra en la cual lo que se representa no es realmente así (Marx señalará esta idea en El XVIII Brumario de Luis Bonaparte).

Sin embargo, a pesar del carácter mistificado que tiene toda política burguesa, la política es –guste o no- el ámbito de la representación de los intereses generales. Una cosa es que en la política burguesa estos intereses se presenten falseados (por ejemplo, la idea burguesa de que el Estado representa la “soberanía popular”). Otra cosa muy distinta es renunciar a dar la pelea precisamente en ese terreno: el terreno de la representación de los “intereses generales” (que en el caso del marxismo significa pelear por dar status político –es decir, globalidad- a los intereses de los explotados y oprimidos; una acentuación que fuera subrayara por Lenin en el ¿Qué Hacer? contra las tendencias economicistas).

Debido a este carácter tramposo que asume muchas veces la política, el anarquismo le contrapone la acción meramente económica: “Todas las tendencias del anarquismo tienen como característica general la repugnancia por la lucha política y la tendencia a concentrar toda la atención sobre la lucha económica” (Preobajensky, ídem).

Aquí hay un malentendido vinculado con las esferas de la “sociedad civil” y la “sociedad política”. En la primera, lo que se verifica son las relaciones “privadas” en la producción: la sociedad civil viene a ser el ámbito de las relaciones económicas. Pero la sociedad civil no agota las relaciones sociales. Tiene que haber un ámbito de generalización de los intereses, un lugar donde los que se encuentran en condiciones socio-económicas similares hagan valer sus intereses comunes como tales, es decir, como intereses políticos. De ahí que Marx afirmara que toda verdadera lucha de clases, toda verdadera lucha de conjunto, necesariamente es una lucha política. Y ese ámbito de generalización de los intereses es, precisamente, el de la política: la instancia de generalización de los intereses comunes de cada clase social.

Así como el anarquismo rechaza el Estado, en la misma medida rechaza la política y retrocede hacia las meras relaciones económicas. Pero el problema es que sin lograr una representación de conjunto de los intereses de clase, sin pelear por el gobierno y el poder del Estado (que significa, en definitiva, dejarle el poder a la burguesía, volveremos sobre esto[1]), no hay manera de hacer valer los intereses de la clase trabajadora como intereses de conjunto.  

De ahí que se culmine en una actividad limitada, economicista, rebajada, que renuncia al mismo tiempo a la forma partido como expresión de la organización y a la pelea por dichos intereses generales, históricos de los trabajadores.

Un cuerpo sin cabeza

Del rechazo a la política se pasa al repudio de la forma organizativa que le es característica: el partido. Los anarquistas privilegian la organización sindical, asociativa, cooperativa: la forma de agrupamiento de los trabajadores en la lucha por sus necesidades inmediatas. Pero el problema es que los trabajadores no tienen sólo necesidades inmediatas: la resolución completa de éstas necesita su vinculación con sus intereses históricos: acabar con su condición de clase explotada como tal. Y el partido es, precisamente, el agrupamiento que se coloca desde los intereses generales, históricos, de la clase trabajadora.

A la ceguera en este respecto –el no ver la diferencia de principios entre sindicatos y partidos: uno de base reivindicativa, otro de base política, general- se le viene a sumar la idea de que toda organización política estaría condenada a burocratizarse (cual “ley de hierro de las organizaciones políticas”, tesis formulada por Robert Michels a comienzos del siglo XX[2]).

Pero este aserto es una falsedad que reemplaza el análisis concreto, las concretas circunstancias históricas que dieron lugar a la burocratización de las organizaciones obreras en el siglo veinte, por una abstracción: cualquier esfuerzo organizador estaría condenado al fracaso, sólo quedaría aportar a la espontaneidad[3]

Aquí se colocan dos graves problemas: uno, que de esta manera se desestima la idea misma de la organización en provecho de la espontaneidad, lo que entra en contradicción con el carácter complejo de nuestras sociedades, con el desarrollo de las fuerzas productivas, con el carácter centralizado del Estado burgués.

Pero además está el hecho que la burocracia es una categoría político-social (y también económica) que viene desde antes del capitalismo, adquirió nuevas formas bajo el mismo, haciendo nuevamente aparición luego de expropiados los capitalistas en una dimensión, es verdad, inesperada en semejante magnitud por el movimiento socialista[4].

Se trata de una aparición que remite a la circunstancia concreta de los “peligros profesionales del poder”: las dificultades de la elevación a clase dominante de una clase social sin tradiciones de mando y dominio como genialmente definiera Christian Rakovsky. También al problema, en el Estado burocratizado, de la apropiación por parte de una capa social privilegiada, de una porción del excedente económico social.

Todos fenómenos históricos, característicos de los “dolores de parto” de una nueva sociedad, que nada tienen que ver con algo “connatural” a la organización como tal, sino a la pérdida del poder político de la clase obrera producto de la contrarrevolución burocrática, que es lo que permitió –en definitiva- este tipo de imposiciones[5].

Lo que se tiene, entonces, es una reducción al absurdo de las cosas. Del rechazo al Estado (¡y a toda forma de representación!), se pasa al repudio de la forma misma del partido político condenando a los trabajadores a una acción puramente económica, dificultando así su pasaje de clase en sí en clase para sí: “No se dan cuenta que la clase obrera sin partido político independiente, es un cuerpo sin cabeza” (Preobrajensky, ídem).

La referencia a que la clase obrera devendría “un cuerpo sin cabeza” es aguda cuando recordamos la demanda anarquista en Kronstadt de “soviets sin partidos”. Lo ridículo del reclamo (¡más allá de su contenido contrarrevolucionario!) venía a cuento de que es imposible siquiera concebir un agrupamiento de obreros, en cualquier instancia que se trate, que no exprese una determinada idea. Porque cualesquiera sean las formas de un agrupamiento de obreros con ideas similares, eso sólo ya es un partido. Insistimos: más allá de cualesquiera sean las formas organizativas, cualquier agrupamiento de trabajadores alrededor de ideas generales sobre la sociedad –por más difusas que sean-, ya es un partido (argumento que tomamos de Chris Harman).

Porque un partido es, en definitiva, la forma organizativa que adquieren aquellos que comparten una idea general sobre la sociedad, y que se dan un curso de acción para llevarla adelante.

Federalismo

Un desdoblamiento de lo anterior tiene que ver con el rechazo a la centralización. Aquí se expresa otro típico fetichismo anarquista, otra de las maneras de cuestionar la organización como tal, y que tiene que ver con la idea que toda centralización estatal sería una fuente de burocratización.

De aquí se desprende la apuesta por el federalismo: pequeñas unidades económico-políticas descentralizadas que, en todo caso, se podrían federar: “[Para Kropotkin] era evidente que ‘estas nuevas formas tendrán que ser más populares, descentradas y cercanas al autogobierno asambleario, todo lo que no serán jamás las del gobierno representativo’. No se cansaba de insistir en que será nuestra obligación hallar nuevas formas de organizar las funciones sociales que el Estado desarrolla mediante su burocracia, y que ‘hasta que eso no se haga, nada se habrá hecho’” (Colin Ward, Anarquismo. Una breve introducción. Enclave de libros, Madrid, 2016, pp. 52).

Pero la idea misma de federalismo, la carencia de síntesis y centralización, pierde de vista que de esta manera quedarían sin expresarse los intereses colectivos, comunes de los trabajadores, que van más allá de cada lugar de trabajo, de cada territorio, de una mera sumatoria de ellos.

Ocurre que tiene que haber alguna instancia que exprese su interés general como clase, que pase por encima de los intereses particulares que colocan un trabajador al lado del otro pero no como una totalidad, que los terminan oponiendo unos contra otros (como vimos en el caso de las cooperativas, donde su vínculo no podía ser otro que el mercado), no reuniéndolos como clase realmente (reunión que, como hemos visto, sólo se puede lograr de manera política, como afirmara Marx).

El rechazo de la centralización deviene del rechazo al Estado; el Estado es una instancia centralizadora: así las cosas, el anarquismo rechaza toda centralización. Pero la misma no sólo es connatural a la forma de la dominación política capitalista, sino que (¡otra vez!) el mismo desarrollo de las fuerzas productivas tiende a la centralización y concentración de la producción, lo que supone, a la vez, una cada vez más sofisticada división del trabajo.

En oportunidad del combate en la I Internacional, en la feroz disputa que opuso marxistas y anarquistas, Bakunim hizo de su canto de guerra la oposición al “socialismo autoritario” que supuestamente encarnaba Marx. Esa denuncia buscaba cuestionar los elementos de centralización que caracterizaban a la Internacional en defensa de un criterio que la reducía a una federación laxa de grupos, donde cada uno hacia lo que quería.

En el fondo, y como demuestra Hal Draper en su genial Karl Marx Theory of Revolution, el pretendido “federalismo” de Bakunin no era más que un taparrabos táctico (en el intento de desbancar la autoridad de Marx); el modelo del anarquista ruso era, en el fondo, no un ingenuo federalismo, sino el accionar de grupos conspirativos secretos, ellos sí realmente autoritarios.

Una historia similar cuenta G.D.H. Cole (conocido historiador de la Primera Internacional): “Bakunin odiaba toda organización formal, lo que le gustaba era sentirse unido con amigos y compañeros de trabajo en una asociación demasiado íntima para que necesitase constituirse formalmente o tener un reglamento, ni incluso una afiliación claramente definida” (Historia del pensamiento socialista. Marxista y anarquistas, tomo II, 1850/1890, Fondo de Cultura Económica, México, 1980, pp. 120).

Es un hecho, por otra parte, que el marxismo tomó un aspecto del federalismo anarquista respecto del problema del Estado: el caso de los “Estados plurinacionales”, cuando bajo un mismo “techo estatal” conviven distintas nacionalidades, a las que el marxismo reconoce su derecho a la autodeterminación hasta la separación. En ese caso el Estado deberá ser “multinacional”: federal en ese sentido. Esta fue la primera definición del Estado en la URSS bajo Lenin: Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, cuyos criterios federalistas fueron aplastados por Stalin cuando la muerte de Lenin[6].

La fundación de la URSS dio lugar a un debate sostenido “bajo cuerda” entre Lenin (en su lecho de enfermo) vs. los funcionarios “Gran Rusos” estalinistas, que hicieron desastres en Georgia y otras regiones. Con la burocratización del régimen bajo Stalin, la URSS volvió a transformarse en una “cárcel de pueblos”, tal cual lo había sido el Imperio de los zares.

El repudio a las condiciones concretas

De lo anterior se desprende una característica general del anarquismo en cuestiones de táctica: el repudio a las condiciones concretas de la lucha, cuestión que se expresa por ejemplo en el problema táctico pero muy importante, de la participación electoral.

Claro que para los revolucionarios, la participación electoral es táctica: el centro son las luchas directas, cotidianas de los trabajadores, y la vía principal para la transformación social, la revolución.

Sin embargo, el marxismo revolucionario parte de un dato que el anarquismo rechaza: nos guste o no, bajo las formas del imperio del capitalismo y la democracia burguesa, las elecciones son vistas por los trabajadores como la única forma de la política, el único momento (cada dos o cuatro años), en que los trabajadores se preocupan por los asuntos generales[7].

El anarquismo tiene una característica ya señalada por Víctor Serge[8]: su futilidad. Es que el rechazo a las condiciones concretas de la lucha en vez de acercarnos a nuestro objetivo, nos aleja de él.

Esto se combina con algo que va en el mismo sentido: el rasgo más de rebeldes que de revolucionarios de muchas de las figuras del anarquismo. Ocurre que la rebeldía es más una actitud, una “pose individual”. Pero con actitudes meramente individuales no se podrá cambiar la sociedad que es, básicamente, un hecho social.

Draper insiste mucho en que en el centro de las preocupaciones del anarquismo –o, al menos, de cierto tipo de anarquismo- está el propio Yo: el Ego que se coloca por encima de todo lo demás, y que caracteriza un tipo de individuo propio del mercado, del liberalismo.

También Lance Selfa, marxista norteamericano, en una interesante reseña sobre la vida de Ema Goldman (conocida figura anarquista de la primera mitad del siglo pasado y que tuvo importante actuación como vocera internacional de la CNT durante la Guerra Civil española), señala como, en realidad, su vida fue más bien la de una rebelde: nunca trató de poner en pie una organización sistemática de su actividad, una organización colectiva; se movió más bien como una individualidad, una rebelde contra el orden establecido.

Pero es lo opuesto lo que caracteriza a los revolucionarios, que parten del carácter imprescindible de la organización, de las premisas reales para la transformación social: se ajustan científicamente a ellas por así decirlo.

Preobrajensky señalaba algo agudo respecto de la futilidad anarquista: afirmaba que por lo errado de sus concepciones, no educaban en el triunfo sino en la derrota de la lucha revolucionaria.

En todo caso, en una próxima nota abordaremos el rol del anarquismo en las revoluciones del siglo XX, las aporías y dramáticas paradojas que lo llevaran a la capitulación en una de las revoluciones obreras más importante de la historia.

 

[1] Hal Draper, parafraseando a Engels, recuerda muy bien que si los anarquistas pretenden “olvidarse” de la política, ésta no se olvida de ellos: de ahí el bochorno -varias veces repetido- de que lo que se arrojó por la puerta volviera a ingresar por la ventana: no sólo es el caso de la Revolución Española del 36-39 donde la negativa anarquista a tomar el poder, ¡terminó en el desastre de su ingreso en el gobierno burgués republicano!

[2] La deriva política de Michels fue desde el reformismo socialdemócrata a la adulación del fascismo mussoliniano; siempre persiguió una forma de sustitucionismo de los trabajadores. 

[3] Hemos abordado el concepto de espontaneidad anarquista en nuestra nota anterior.

[4] Daniel Guerín habla de esto cuando afirma el carácter “anticipatorio” de los análisis anarquistas, y lo propio hace Colin Ward cuando se despacha contra “la dictadura marxista del siglo XX”. Pero aquí se confunden livianamente –¡al más fiel estilo liberal!-revolución y contrarrevolución; no se ubican los procesos de manera histórica, concreta, abordando indiferenciadamente bolchevismo y estalinismo, cuestión que no resiste el menor análisis.

[5] Ernest Mandel trata con bastante profundidad y críticamente esta temática de la burocratización de las organizaciones obreras en una de sus últimas obras, El poder y el dinero.

[6] La historia de este debate es muy ilustrativa pero no podemos desarrollarla aquí.

[7] En la Argentina hay una frase genial (aunque ultra reaccionaria, lógicamente) de Juan Domingo Perón, líder populista del siglo pasado, que resume este tan típico interés burgués de que los trabajadores se mantengan apartados lo más posible de la política: “de la clase al trabajo, y del trabajo a casa”: ¡nada de interesarse por cuestiones generales, por cuestiones políticas!

[8] Sabido es que Víctor Serge fue un activista anarquista que se bolchevizó durante la Revolución Rusa para luego pasar a ser un connotado miembro de la Oposición de Izquierda; detenido por Stalin en los años 30, fue liberado por su condición de extranjero. Luego de salir de Rusia se alejaría de Trotsky, aunque nunca rompería del todo con él. (protagonizo un debate amargo que este alrededor de la política hacia el POUM, del cual simpatizaba; se opuso de alguna manera también a la fundación de la IV Internacional, al que considero erróneamente una suerte de “operativo de secta”).

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