Lo sucedido en Costa Salguero el pasado mes despertó un profundo debate en la juventud, en general, y en la izquierda, en particular. Esta nota intentará aportar elementos de discusión para abonar a una reflexión militante sobre las drogas, el consumo y las adicciones.

Como primer aspecto, hay que destacar que lo sucedido en la Time Warp fue un crimen social y político. Los empresarios, la Gendarmería y el Gobierno de la Ciudad forman un entramado de negociados que lucra de a millones, sin importarles la vida o la muerte de miles de jóvenes que asisten a los eventos de música electrónica. Los empleados de seguridad de la fiesta en Costa Salguero requisaban a los jóvenes en búsqueda de drogas para quitárselas. Luego, una vez adentro, eran interceptados por vendedores, que a la vista de toda la seguridad del boliche, comerciaban todo tipo de drogas sintéticas. La total complicidad entre los dealers y los empresarios es evidente y escandalosa. Luego, la falta de una habilitación formal durante el verano del espacio en Costa Salguero se compensó con el amparo del gobierno PRO. La reconocida cercanía de Diego Santilli, dueño del lugar, con la alianza Cambiemos, es otra prueba más acerca de cómo el poder político está implicado en toda esta podredumbre[1].  Es bastante curioso, en ese aspecto, que uno de los grandes objetivos que se había puesto Macri haya sido combatir el narcotráfico. Podría empezar por preguntarle al cercano Santilli por qué dejaba correr la venta de estupefacientes en su propio boliche.

Debate sobre las drogas en la izquierda: Liberalismo irresponsable vs. Doble estándar

En el seno de la izquierda y particularmente en el FIT, se desarrolló una polémica furiosa en relación a la legalización o no de todas las drogas. Veamos los argumentos de ambas partes: por un lado, el PTS plantea la legalización de todas las drogas, basándose en “el derecho a decidir sobre nuestros cuerpos” y que “defendemos su uso recreativo, ya que tan sólo una minoría tiene una relación problemática con las drogas“. Estos argumentos son totalmente criminales. En primer lugar, en relación al abuso de las drogas, o a las adicciones, no es la decisión sobre el propio cuerpo lo que está en juego, sino la salud de los jóvenes que se flagelan, incluso, hasta morir. En segundo lugar, el PTS relativiza totalmente el gravísimo problema de las adicciones en la juventud, planteando que sólo una minoría incurre en un consumo problemático. Según Eduardo Lavorato, especialista en adicciones que trabaja en conjunto con la fundación “Madres Contra El Paco”, unos 7 jóvenes por día pierden la vida por causa del consumo de estupefacientes.  Eso nos da un promedio de más de 200 por mes y de casi 2.500 vidas menos todos los años. Esto es sólo teniendo en cuenta a los que mueren, ya que las terribles cifras de los adolescentes y jóvenes con problemas de adicción son difícilmente rastreables porque el SeDroNar carece de ese tipo de estadísticas. Sólo a modo de ejemplo, a fines del 2013, fueron atendidos 16.000 pacientes en Centros de Salud de la Subsecretaría de Adicciones del Ministerio de Salud de la Provincia de Buenos Aires. Es decir, 16.000 en un año, sólo en una provincia y sólo en los centros dependientes de dicha Subsecretaría. La cifra es espeluznante. No hablaría sólo de una “minoría” como hace el PTS, estamos frente a un gravísimo flagelo que sufren miles de jóvenes en nuestro país y por el que mueren cientos todos los meses.

Es fundamental entender que para nosotros el debate no pasa centralmente por legalizar o prohibir las drogas. Ponemos el foco en que una parte de la juventud está siendo sujetada, totalmente a través de las adicciones y cuando no, directamente asesinada. Partimos de que el flagelo de la drogadependencia viene de las consecuencias del capitalismo. Es así como la precarización laboral, la falta de futuro y perspectivas, el resquebrajamiento de los vínculos familiares (no remplazados por instituciones sociales nuevas), la destrucción de la salud pública y el sin sentido que genera la pérdida de todo proyecto de vida deseable desencadenan muchas veces en una “estética del exceso“, de la embriaguez, de “querer estar sedado”, como decían Los Ramones. Una verdadera fuga de la realidad y de la cotidianeidad que se plantea muchas veces sin ningún tipo de autocontrol. Por otro lado, que una sustancia psicoactiva sea legal o no, muchas veces no reduce los daños que provoca en el seno de la juventud y la clase trabajadora. Así las cosas, el fin de la ley seca estadounidense cercano a la crisis de los 30, no se produjo por una lucha democrática ganada “a favor de la libertad a decidir sobre el propio cuerpo”, sino por la necesidad de poner de pie una enorme industria del alcohol que reactivara la economía capitalista y trajera siderales ganancias empresariales. Como puede observarse, tanto la prohibición y su consecuente contrabando y mercado negro; como la legalización, con su contraparte en la comercialización y marketing de las adicciones, van y vienen al compás de los intereses de la burguesía. Al respecto, Trotsky planteaba en “Problemas de la vida cotidiana”, luego de la toma del poder: “Nuestros éxitos, tanto económicos como culturales, serán proporcionales a la disminución del porcentaje de alcohol en las bebidas. No es posible hacer concesión alguna en esta materia.” Trotsky veía a la industria del alcohol (monopolizada anteriormente por el zarismo) como la “empresa de degradación del pueblo” e intentaba suplantarla por divertimentos de “más alto nivel cultural”, planteándose crear una red estatal de cine para diversión y entretenimiento de los obreros. Lejos estamos acá de transpolar mecánicamente lo que planteó Trotsky en los 20 al respecto del tema. Seríamos hipócritas si no reconociéramos que tomar cerveza con amigos o fumar marihuana es un hábito extendido en la juventud, lo cual, mantenido dentro de ciertos límites, no lo vemos como problemático. Entendemos, sin embargo, que los socialistas nunca podemos apoyar lo que “degrada al pueblo”, debemos combatir políticamente el abuso de sustancias psicoactivas. El potencial transformador que tiene la juventud es muchas veces diezmado por estos flagelos que encuentran en los problemas sociales ocasionados por el capitalismo un terreno fértil para desarrollarse.

Por otro lado, el PO raya lo ridículo con un impostado prohibicionismo, que expone un ejemplo de doble estándar tan notorio que da vergüenza ajena: “Nuestra lucha por la despenalización no puede confundirse con la apología de la droga que busca liquidar a la juventud como factor transformador.” En este planteo, el PO demoniza cualquier consumo y no plantea ningún tipo de diferencia entre uso y abuso de drogas. De pronto, fumar un porro con amigos y tener problemas de adicción con algún psicoactivo es todo lo mismo. Lo más gracioso es que la juventud del Partido Obrero parece vivir más cerca de los hábitos de los sectores juveniles en general que de sus encorsetados planteos políticos al respecto. Un verdadero caso de doble estándar: “haz lo que yo digo pero no lo que yo fumo”, parece decir el PO.

Planteamos que el debate no se centra para nosotros en legalización o prohibición, porque ambas son variantes de los negocios capitalistas. Tal es así, que cuando se necesitan blanqueos millonarios de capitales o hay acuerdos con magros negocios por fuera de los marcos legales, la prohibición y la legalización conforman un minué de conjunto para la burguesía. El terrible flagelo que representa la drogadependencia en la juventud demuestra que los grandes pesares de la humanidad no pueden resolverse dentro del sistema capitalista. No estamos de acuerdo con el PTS en que la política de reducción de daño sea una medida transicional; por el contrario, consideramos que la pelea por la defensa de la salud pública, a favor de poner de pie verdaderos programas de asistencia a los adictos financiados estatalmente sobre impuestos a los grandes empresarios del juego y de la noche, ofrecería una salida para los miles de jóvenes que no encuentran ninguna respuesta a su padecimiento. Consideramos que la defensa de la educación pública, a favor de la concientización sobre los terribles perjuicios del consumo de estupefacientes deben ponerse en la agenda de cada programa, y por supuesto estamos en la lucha irrevocable por la despenalización de todo consumo y en contra de la estigmatización de la juventud que llevan adelante el gobierno y los medios masivos de comunicación.

 

Alejandro Anielewicz

[1]                    [1] Diego Santilli es el esposo de Carmen Polledo, vicepresidenta de la Legislatura Porteña. Por otra parte, el predio de Costa Salguero es uno de los preferidos del PRO ante cada disputa electoral, incluso fue elegido por Macri ¡para casarse!

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