Los hechos recientes y lamentables que invaden los medios y la vida de todos nosotros generan la necesidad de sentarnos para intentar comprender no solamente lo ocurrido días pasados, sino la problemática del consumo en general, para lo cual es necesario abrir nuestras ideas, liberarnos de prejuicios y pre conceptos, reflexionar, repensarnos y convocar a un debate más humano, empático y sensible, donde podamos dejar de cometer el error de poner a la sustancia en el centro de la escena cuando lo correcto sería que el análisis esté centrado en el sujeto.

Cuando el uso de alguna sustancia se vuelve problemático, esto significa que genera algún trastorno en alguno o varios aspectos vitales de las personas, como trabajo, familia, pareja o estudio, entre otros, o que pone en riesgo de manera significativa nuestra salud. Tenemos que pensar en las drogas como un problema de salud pública, que nos atraviesa a todos como sociedad y no como algo ligado a un grupo determinado o a alguien en particular.

De otra manera estamos mirando a las drogas como causa y no como síntoma y estaríamos estigmatizando a los consumidores en varios aspectos.

Existen clasificaciones de los tipos de consumo, de la predisposición o el vinculo que se genera con las sustancias según los contextos sociales, pero en todos los casos cuando su uso no es recreativo hay un denominador común que es la función que cumple como elemento paliativo, como manera de estar en el mundo ante sufrimientos sociales, familiares, laborales y existenciales en general.

El sistema en el que vivimos nos empuja todo el tiempo sobre estereotipos y modelos inalcanzables y sobre pautas de consumo permanentes que, obviamente, sólo nos sitúan cada vez más en lo desparejo y desigual y generan frustraciones a la hora de enfrentarnos con la imposibilidad de pertenecer, de obtener y esto está absolutamente ligado al consumo problemático de sustancias y a muchas de las cuestiones que atraviesan hoy los jóvenes, principalmente.

No podemos dejar pasar como si nada que sólo se hable de excesos cuando atrás de eso hay un sistema operando para favorecer riesgos y muertes, como las que ocurrieron en esa y otras tantas circunstancias.

Hoy en día podemos contar con la certeza de que los jóvenes van a querer experimentar, ya sea genuinamente o por la necesidad de pertenecer a un grupo, y es normal que eso suceda, ahora habría que repensar de qué manera podemos favorecer que lo hagan de la forma más responsable, recreativa y saludable posible.

En este punto habría que detenerse porque la gravedad de todo lo ocurrido esta más ligada al contexto que favoreció las muertes que a los supuestos excesos de las víctimas.

Estas personas fueron víctimas de productos adulterados, instalaciones poco preparadas para contener tanta cantidad de gente, poderes políticos que avalan y empresarios que sólo buscan enriquecerse.

Históricamente mucho se habla de los consumidores y poco del sistema que, como antes mencioné, predispone, habilita y favorece múltiples situaciones de consumo en general, después cae sobre los usuarios el peso de la arbitrariedad de lo que es legal y lo que no; pero esto no le quita compulsividad a otros tipos de consumo quizás más naturalizados o socialmente aceptados.

Muchos de los especialistas en estas temáticas centran sus estudios en números y efectos de las distintas sustancias, estadísticas y pronósticos, y otros por suerte nos muestran un panorama más claro de la dificultad de acompañar en esta problemática en particular.

No existe la posibilidad para los traficantes de drogas de operar sin poderes políticos que lo avalen. Para ellos los pibes son su mano de obra y en determinados contextos la posibilidad de vender droga en el barrio representa un lugar, una identidad, dejar de ser nadie y sobretodo un poder adquisitivo mayor, mas rápido y con la única contra de jugarse la vida… Ahora, ellos están un paso más adelante… especulan con la idea de que a estos pibes no les importa morirse, no tienen el mismo temor, la misma idea o concepción de la muerte que quizás tengamos nosotros, para muchos puede ser una liberación, y ahí es donde encuentran el lugar para meterse.

Esto le es funcional al Estado, que se rasga las vestiduras por las víctimas del paco pero mira siempre para otro lado. Una generación de pibes entera que tiene un pronóstico de 3 años, a lo mucho, de sobrevida, no tanto por el consumo sino por lo subyacente: riesgos, ajustes de cuentas y exposición permanente.

 

La situación en la SeDroNar

 

En los últimos años y con la sanción de la nueva ley de Salud Mental y la ley IACoP (Plan Integral de Abordaje de los Consumos Problemáticos), se diseñó un cambio de paradigma en el abordaje y tratamiento de las personas con consumo problemático de sustancias, intentando derribar estigmatizaciones, internaciones compulsivas y guerras contra narcos que sólo ponen en riesgo a los consumidores. Por esto la SeDroNar dejó la parte de narcotráfico en el Ministerio de Seguridad y los equipos técnicos sólo se abocan al abordaje territorial, los grupos familiares y los usuarios desde una mirada de medicina social y no sólo sanitaria, con la herramienta de la internación en el último lugar para contraponerse a la ley de estupefacientes que, entre otras cosas, criminalizaba a los sujetos en cuestión.

Se crearon distintos dispositivos de grandes dimensiones, algunos en lugares críticos y otros quizás más desaprovechados en relación a la cantidad de habitantes y a la lectura epidemiológica de cada región.

La situación de la mayoría de estos dispositivos es compleja, las contrataciones son precarias tanto para el equipo técnico como para el personal en general que sostiene el funcionamiento.

Hoy en día la situación empeoró, ya que lo precarizado es más fácil de desarmar y a la lucha que se venía teniendo por garantizar la continuidad de insumos se le agrega la pelea por reincorporaciones y continuidad laboral.

Al formato, la idea y la intención de generar un cambio de mirada le falta todavía el recurso humano para hacerlo, porque es muy difícil situar al otro en un lugar de sujeto de derecho desde un contexto de vulnerabilidad laboral.

Todavía seguimos conviviendo con el programa que baja a determinado lugar casi como una nave espacial que aterriza en un lugar que no conoce. Esto es un problema porque después no siempre se puede ajustar el dispositivo al contexto y quién más que los ciudadanos y los trabajadores para decir qué se necesita en cada lugar.

Bueno, sólo podemos pensar que este trabajo previo no se hace porque no le interesa a nadie; lo importante es gestionar algo grande que prometa contenernos a todos los que después van a votar esos “logros”.

Hay que tratar de imaginarse lo que significa que estas condiciones se filtren en los procesos terapéuticos de las personas que voluntariamente se acercan todos los días a buscar ayuda, orientación y tratamiento.

Quizás sea interesante ejercitar la empatía para tener un escenario más claro de las experiencias que atraviesan todos los días tanto usuarios como trabajadores de estos dispositivos.

 

Trabajadora de la SEDRONAR

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