Roberto Sáenz



 

Espartaquistas y bolcheviques

 

“Nos han arrebatado a dos líderes, dos jefes cuyos nombres quedarán inscritos por siempre jamás en el libro de oro de la revolución proletaria: Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo” (León Trotsky, “Karl Liebknecht-Rosa Luxemburgo”,18 de enero de 1919)

Entre 1918 y 1923 se llevó adelante la que quizás pueda considerarse la revolución más importante del siglo pasado, a pesar de que fue fallida. En Alemania, entonces como hoy uno de los países más adelantados del globo, ocurrió uno de los procesos revolucionarios más profundos y clásicos desde el punto de vista del lugar central que le cupo en él a la clase obrera.

Lamentablemente,a la vista de los acontecimientos posteriores(ascensos simultáneos del nazismo y el estalinismo), la revolución resultó derrotada a consecuencia del papel contrarrevolucionario que cumplió la socialdemocracia y, en otro plano, de los errores cometidos por los revolucionarios. Respecto de la socialdemocracia, no siempre se recuerda que fue el padre o la madre,junto con el estalinismo, de las burocracias contrarrevolucionarias del siglo XX: los enterradores de las potencialidades revolucionarias de la clase obrera.

Una gran dificultad fue que la revolución (comenzada con la caída del Káiser, 9 de noviembre de 1918), agarró a los revolucionarios desorganizados: compleja y contradictoria fue la evolución del ala revolucionaria en el seno de la socialdemocracia alemana, no llegando a conformarse a tiempo en partido, esto en gran medida debido a sus propias inercias a la hora de comprender la necesidad de la tarea. Chris Harman, dirigente del SWP ingles ya fallecido, cuenta cómo por dos veces, 1912 y 1916, Rosa Luxemburgo desestimó la urgencia de construir un partido revolucionario independiente aún a pesar de su plena conciencia acerca del carácter crecientemente reformista del SPD: “(…) la visión de que es necesario formar dos partidos cuidadosamente separados (…) descansa en una forma puramente dogmática de interpretar la función de los partidos” (Rosa Luxemburgo citada por Harman en TheLostRevolution, Bookmarks, Australia, 1997, pp. 92).

Lo que sobrevino fue el nacimiento de un Partido Comunista Alemán (KPD, diciembre 1918) inmaduro, que cometió graves errores a izquierda y derecha que impidieron que pudiera capitalizar el proceso de conmoción que viviera el país germano a comienzos de los años 20. Conmoción que terminó dando lugar al desplazamiento a izquierda del conjunto del proletariado alemán, eventocuyo apogeo ocurrió en 1923 a partir de la crisis ocurrida por la ocupación francesa de la cuenca del Ruhr, una de las bases de la industria germana.

No sólo el KPD careció de la madurez necesaria. La III Internacional bajo el mando de Lenin y Trotsky, se vio desbordada por el cúmulo de tareas. Con los dos dirigentes principales absorbidos en las tareas de la supervivencia de la Revolución Rusa (no pudieron dedicarse a la revolución alemana como hubiera sido necesario, lo que no deja de ser paradójico porque tenían absoluta conciencia de su importancia), la Internacional quedó a cargo de personalidades como Zinoviev (enorme orador pero débil como dirigente político, sin iniciativa propia y preocupado, ante todo, por borrar sus antecedentes oportunistas); Bujarin en su versión “izquierdista” (nunca fue un buen político); Radek, lo opuesto a un modelo de coherencia política (más allá que su papel en estos años fuera lo más destacado de su trayectoria); y personajes mediocres como BelaKun, jefe de la frustrada Revolución Húngara, entro otros de menor valía. La dirección cotidiana de la Internacional no solamente cometió graves errores políticos: llevó adelante una gestión muchas veces burocrática de la Internacional[1]. Y atención que estamos hablando del periodo revolucionario de la Internacional, no de su degeneración burocrática a partir de 1924 bajo la orientación de la “bolchevización” de los partidos comunistas encabezada por el mismo Zinoviev.

Una y otra vez Lenin y Trotsky debieron intervenir para corregir los rumbos, los “desaguisados” cometidos por los antes nombrados. Sin embargo, esto ocurrió muchas veces a posterioride los acontecimientos, cuandoestaban consumados.

Una revolución olvidada

La Revolución Alemana fue una de las más importantes del siglo pasado, sino la fundamental: de haber triunfado hubiera apuntado a dar vuelta, estratégicamente, las relaciones de fuerzas entre el comunismo y el capitalismo; la historia posterior hubiera sido distinta seguramente a las enormes tragedias que jalonaron el siglo pasado: la interacción entre las revoluciones Rusa y Alemana habría creado inmensas perspectivas para la humanidad.

Sin embargo, resultó derrotada. Y quizás por ello sea una revolución olvidada. Siquiera entre las filas de los revolucionarios se tiene conciencia del significado de su derrota, menos se estudian sus lecciones estratégicas. Harman señala que las revoluciones derrotadas son rápidamente olvidadas quedando fuera de la mirada histórica, como notas al pie de la misma, a las que sólo se dedican los especialistas.

La circunstancia es que sobre el terreno de uno de los países más avanzados del mundo capitalista ocurrió la experiencia de una revolución obrera y socialista que puso sobre la mesa, en el momento más álgido del siglo pasado, los problemas fundamentales de la estrategia revolucionaria en la época de la revolución socialista, así como la problemática de la construcción del partido revolucionario de vanguardia, su carácter irremplazable a la hora de la revolución proletaria: “Después de Octubre, parecía que los acontecimientos se desarrollarían en Europa por sí solos y con tal rapidez que no nos dejarían siquiera el tiempo de asimilarlos teóricamente (…). Pero ha quedado demostrado que, sin un partido capaz de dirigir la revolución proletaria, ésta se torna imposible” (Trotsky, Lecciones de Octubre).

Este texto liminar de Trotsky, escrito a propósito de las lecciones obtenidas por la derrota de la revolución en Alemania, va justamente a ese punto: el del carácter imprescindible del partido revolucionario a la hora de la revolución propiamente socialista. Aunque a muchos les pueda parecer que el partido es un “factor externo” del mecanismo histórico, un elemento “caduco” (dada la cantidad de procesos anticapitalistas que se han sustanciado sin él), la comprobación fáctica indica que en el único caso en que la clase obrera logró hacerse del poder y mantenerse en él (¡y estamos hablando de la clase obrera como tal, su dictadura de clase!), fue en el caso de la Revolución Rusa. Revolución que, ¡oh casualidad!, contó a su frente con un partido revolucionario, el partido revolucionario más logrado de la historia: el partido bolchevique. Así de complejo es el proceso histórico. Así de característica la mecánica por intermedio de la cual la clase obrera puede hacerse del poder, según lo ha indicado la experiencia histórica del siglo XX.

Alemania fue el crisol donde “chocaron” las dos tradiciones emergentes del socialismo revolucionario: bolchevismo y espartaquismo. Experiencia que, sin embargo, quedó en gran medida trunca: no logró hacer síntesis. Esto en gran medida debido a la muerte prematura de Rosa Luxemburgo, la que fue una tragedia no sólo para la Revolución Alemana, sino para la construcción de la propia Internacional.

Tanto los problemas estratégicos como los constructivos se pusieron al rojo vivo sobre el terreno alemán, revelando las inercias acumuladas por el espartaquismo, como así también las dificultades de los bolcheviques a la hora de la construcción de la Internacional Comunista.

Que Alemania fuera un país avanzado en relación a Rusia hizo a la especificidad de los problemas que se sustanciaron allí. Cuando se abordan las enseñanzas generales de la Revolución Rusa, lo que se coloca al tope de la agenda, lo que tiñe con sus colores todo lo demás, es el debate acerca del carácter de la revolución: si la misma debía limitarse a una revolución burguesa o si podría trascender ese carácter deviniendo en obrera y socialista. Gran parte del debate entre los revolucionarios rusos giró en torno a esto. Y las conclusiones estratégicas se desprendieron también de la apreciación que se tuviera del cambiante carácter de la revolución durante el desarrollo de los acontecimientos mismos (ver el debate de Lenin con Kamenev en abril de 1917 y su crítica al “dogmatismo a atenerse en las viejas fórmulas en vez de partir de la realidad”).

Con la Revolución Alemana no ocurre exactamente lo mismo: su carácter obrero y socialista se daba, de alguna manera, por descontado; al menos entre las fracciones revolucionarias. Sus debates se nos presentan más directa y abiertamente anudados alrededor de los problemas de estrategia política y organización.

Es decir: no había dudas que la revolución en Alemania, aun a pesar de una importante serie de tareas burguesas pendientes (la enorme rémora del militarismo, el poder de los junkers, la costra burocrática incrustada en el aparato de Estado), era una revolución obrera y socialista, una revolución donde le cabía a la clase obrera hacerse cargo de solucionar las lacras del país; de ahí que el debate se concentrara en los problemas de estrategia y partido.

Sobre el terreno de la Revolución Alemana y de la puesta en pie del KPD ocurrió una dura pelea en dos frentes: contra los elementos izquierdistas (y ultraizquierdistas, la “enfermedad infantil del comunismo”) y contra las desviaciones e inercias oportunistas que terminaron por hundir el Octubre alemán sin disparar un solo tiro.

Pero vayamos por partes: veamos primero los antecedentes del debate sobre partido entre espartaquistas y leninistas, por así decirlo.

Rosa y Lenin

Los antecedentes se sitúan alrededor del posicionamiento frente a la Primera Guerra Mundial y la necesidad de la construcción de una organización revolucionaria planteada por el giro cada vez más oportunista de la socialdemocracia alemana.

La historia de los posicionamientos en torno a la guerra mundial no la abordaremos acá. Lo concreto es que posteriormente a la capitulación del SPD el 4 de agosto de 1914, da origen al surgimiento del Grupo Internacional que posteriormente pasaría a llamarse Liga Espartaco, que agrupará a la vanguardia internacionalista en el seno de la socialdemocracia alemana.

El problema fue que la transformación de este agrupamiento en partido no sería nada fácil. La izquierda al interior del SPD fue siempre una suerte de “sensibilidad” que tenía su historia y sus personalidades: Luxemburgo, Liebknecht, Zetkin, Joguichesy Mehring (y también el núcleo comunista de Bremen vinculado a Radek y los bolcheviques; demás está decir que ambos núcleos tenían pésimas relaciones[2]). Sin embargo, el espartaquismo nunca logró ser una fracción organizada.

Llama la atención que el partido “luxemburguista” en Polonia tuviera rasgos de una organización centralizada (¡incluso con métodos más centralistas y conspirativos que el propio Lenin, Joguichesdixit!). Sin embargo, el carácter de masas del SPD siempre le pesó a Rosa Luxemburgo a la hora de organizarse de manera separada, dentro del partido y fuera de él. Su concepción era un poco que “el partido es la clase”: separarse del partido era como separarse de la propia clase obrera[3].

A la complicación por esta concepción unilateral heredada en cierta medida de Marx (aunque en Marx pueden observarse cuatro tipo de experiencias “partidarias” distintas), se le venía a sumar la problemática de la existencia de otras expresiones de izquierda en el seno de la Segunda Internacional; sobre todo los bolcheviques en Rusia. Sus tendencias nunca lograrían ponerse del todo en sintonía: Rosa no comprendió la pelea de Lenin contra los mencheviques; Lenin consideraría la pelea de Rosa contra Kautsky como “infantil”(organizada alrededor de aspectos “tácticos”).

Ocurrió algo paradójico: Rosa y Trotsky compartían la apreciación de que la Revolución Rusa debería transformarse en socialista para resolver sus tareas (a diferencia de Lenin, que dejaba las cosas más abiertas). Simultáneamente, recelaban de la concepción de partido de vanguardia de Lenin, al que tildaban de sustituista. En Nuestras tareas políticas (1904) Trotsky manifestaría su temor de que “el partido sustituya a la clase obrera, y que el comité central sustituya al partido”, endilgándole esta tendencia a Lenin. Por su parte, Luxemburgo le cobraba a Lenin su definición, mal interpretada por ella, de los revolucionarios como “jacobinos en el seno de la organización del proletariado”.

Ninguno de los dos llegaría a entender, en ese momento, la concepción del partido de Lenin; Trotsky, de todas maneras, llegando a comprender la cuestión al calor de la Revolución de 1917; Rosa, lamentablemente, arribando a la necesidad de partido de vanguardia de manera tardía, sobre el momento mismo de la fundación del KPD.

A estos problemas se les vino a sumar las desconfianzas, rencillas y malos entendidos propios de todas las tendencias en competencia (¡incluso de las tendencias revolucionarias!), lo que hizo difícil las relaciones entre espartaquistas y bolcheviques (esto más allá que Rosa valorara el papel de los bolcheviques por haber “salvado el honor del socialismo internacional”, con la Revolución Rusa).

Está claro que los contextos de Alemania y Rusia eran distintos: esto es lo que explica los abordajes diversos de Rosa y Lenin en materia de los problemas de organización. Si el segundo tenía la tarea de poner en pie un partido revolucionario a la escala de toda Rusia a partir de grupos dispersos, el caso de Luxemburgo era cómo sobreponerse al peso muerto que implicaba el aparato socialdemócrata respecto de la voluntad de acción del proletariado; de ahí el origen disímil de sus concepciones en materia de organización.

Sin embargo, nada de esto puede justificar las cosas: en Rosa se observa una verdadera necedad, casi ceguera frente a desarrollos que exigían a gritos la organización en partido. Pierre Broué, en su quizás más brillante obra, Revolución en Alemania, muestra cómo Luxemburgo, una y otra vez se posicionó contra esta tarea; una y otra vez dilató esta exigencia sólo para verse frente al hecho consumado de tener que fundar el Partido Comunista Alemán cuando los acontecimientos se habían desencadenado.

Tanto Broué como Harman cuentan cómo entre los elementos de la vanguardia revolucionaria de aquellos años hubo comprensión de que el Partido Comunista había sido fundado tarde: “En víspera de la guerra, estos militantes radicales de izquierda, detentan posiciones sólidas. (…) Tienen también, y tal vez sobre todo, una gran influencia en los grupos de jóvenes socialistas. (…) En 1914, estos militantes se han aproximado unos a otros, sin llegar a soldarse; (…) lo que en definitiva constituye el fundamento común de la lucha de militantes socialistas es su creencia profunda en que la revolución socialista es la única solución opuesta al imperialismo y la guerra, y que la acción espontánea de las masas supone en política la única fuerza decisiva, y sobre todo, como escribe Rosa Luxemburgo, en ‘un partido verdaderamente democrático’ como lo es, a su parecer, el partido socialdemócrata alemán. Enfrentados desde hacía muchos años con la organización autoritaria de su propio partido, los radicales de izquierda alemanes han terminado por ver –al contrario de Lenin- en la centralización, el principal obstáculo a la ‘radicalización de las masas’ y, en consecuencia, al desarrollo de la acción revolucionaria. Conscientes de los progresos del revisionismo en las filas del partido y, en particular, en su cabeza (…), pero convencidos del carácter revolucionario del período imperialista, críticos infatigables del oportunismo de los dirigentes y del autoritarismo de sus métodos, piensan, como Luxemburgo, que no existe ninguna receta en materia de organización” (Broué, Revolución en Alemania, pp. 29). Agrega Broué: “Esta concepción fundamental de la acción, la identificación que hacen entre el partido y el movimiento de la clase, su profundo ligamen a la organización en la que –a pesar de sus tumores burocráticos- ven siempre la expresión del movimiento obrero socialdemócrata, revolucionario, les conduce a rehusar organizarse en fracción. Apartan la eventualidad de la formación, incluso de manera informal o sobre fronteras aproximativas, de una tendencia revolucionaria socialdemócrata alemana o internacional que les asociaría a los bolcheviques, y, a priori, a toda escisión en el seno del universo socialista, partido o Internacional” (ídem, pp. 30).

Este “fetichismo de la forma organizativa”(fijado en este caso en el partido de masas socialdemócrata) alejaría a Rosa, paradójicamente, de la tarea que estaba planteada: la formación del partido revolucionario. Un fetichismo similar al que llevó, como hemos señalado, a muchos viejos bolcheviques a capitular al estalinismo.

Esta serie de inercias, esta dramática ceguera frente al factor organizador, esta sobreestimación de los elementos espontáneos, son otras tantas taras que dificultaron la conformación de un partido revolucionario en torno al espartaquismo, y que hicieron parte de los dramáticos problemas con los cuales se vieron confrontados los revolucionarios cuando a finales de 1918 estalló la Revolución Alemana.

Un partido descabezado

“Nosotros [en el Freikorps], somos una banda de peleadores borrachos con toda la pasión… Qué queremos, no lo sabemos; qué sabemos, es lo que no queremos” (cita brillante que pinta de cuerpo entero el tipo de “moral” lumpenproletaria que habitaba a los integrantes de los cuerpos francos que se llevaron la vida de Rosa y Liebknecht. En Antes del diluvio, una pintura de Berlín en los años 1920, Otto Friedrich, 1995, Nueva York, pp. 36).

El 9 de noviembre de 1918 cae el Káiser alemán a consecuencia de la derrota alemana en la guerra. Se declara la República democrática burguesa.

El ejército y el SPD pasan un acuerdo secreto para limitar los desarrollos de la revolución con la asunción de Ebert como presidente de la República. Simultáneamente, los soviets de obreros y soldados surgidos espontáneamente a semejanza de la experiencia rusa pero, paradójicamente, con abrumadora mayoría socialdemócrata, votan al jefe del partido y novel presidente de la República al frente de un tramposo “Consejo de Comisarios del Pueblo” (nombre homónimo al del gobierno revolucionario encabezado por Lenin en Rusia, pero con un contenido opuesto a éste), el que se superponía y hacía la veces de un típico gabinete burgués con nombre de fantasía.

Esta primera etapa de la revolución está dominada por la ingenuidad en el seno del proletariado; la presión por la “unidad” de todos los partidos obreros considerando que, de manera incruenta, por la vía de la “democracia en general” (que en realidad era, evidentemente, la democracia burguesa), se podrían alcanzar los objetivos del socialismo. De ahí que, lógicamente, el peso de la socialdemocracia en el seno del proletariado fuera abrumador al comienzo de la revolución. Además, el carácter científico de su organización, de su aparato burocrático, vino a dificultar las cosas (algo que en nada se pareció a la debilidad “congénita” de mencheviques y socialistas revolucionarios en Rusia).

Al calor de la guerra y la revolución en la izquierda se va produciendo una delimitación: los elementos centristas (pacifistas) de la socialdemocracia se habían escindido del SPD a comienzos de 1917 fundando el USPD (un partido de masas que llegaría a alcanzar enorme predicamento entre la clase obrera durante 1919, totalizando casi el millón de miembros en su apogeo). El espartaquismo rompe junto con el USPD y se transforma en corriente interna de éste. Sin embargo, el SPD y el USPD comparten el primer gabinete socialdemócrata (burgués) emergente de la revolución de noviembre, lo que coloca a la orden del día la fundación de un partido comunista independiente, lo que finalmente ocurrió a finales de diciembre de ese año.

Conclusión: se produce el congreso de fundación del KPD con la contradicción de que se trata de un evento dominado por los elementos izquierdistas de la vanguardia alemana. Una juventud que recién llegaba a la vida política con todo su entusiasmo pero con pocos o nulos vínculos con el proletariado; tendencias izquierdistas como reflejo de la inexperiencia y de una crítica no dialéctica a las tradiciones burocráticas y parlamentaristas de la socialdemocracia. Un partido inmaduro que sanciona en su congreso fundacional decisiones erróneas que hipotecarían los primeros tiempos del desarrollo partidario, por no hablar del fallido levantamiento de enero 1919[4]. Entre ellas, su negativa a participar en las elecciones a la Asamblea Constituyente que eran un hecho consumado (hasta los bolcheviques que habían tomado el poder participaron en enero del 18 en la Constituyente rusa, aunque sólo para disolverla de inmediato; a diferencia del caso alemán, ellos sí habían tomado el poder). Esto dejó todo el espacio político en la izquierda libre para los contrarrevolucionarios del SPD y los centristas del USPD marginando, insistimos, al KPD de la vida política en todo el primer periodo de la revolución.

A Paul Levy (sucesor en gran medida de Luxemburgo al frente del partido y gran dirigente de éste a comienzos de la década del 20) le tocó dar el informe sobre la necesidad de participar en la Constituyente, siendo abucheado. Rosa tomó la palabra sin lograr tampoco convencer a los delegados…

En la base del partido se acumulaban reflejos antiparlamentarios; se postulaba la criminal orientación de salirse de los sindicatos oficiales donde se agrupaban millones; incluso concepciones abiertamente antipartido y presiones federalistas: toda la suma de desviaciones izquierdistas en materia estratégica y en lo que hace a la construcción partidaria (¡connotados dirigentes como Otto Ruhle –compañero de Liebknecht en la segunda votación contra los créditos de guerra en el Reichstag- se terminaron declarando contra la construcción del partido revolucionario! A tal punto llegaba la crítica mecánica de la experiencia del SPD).

Para colmo, se trataba de un partido pequeño, sin implantación nacional, sin vínculos reales con los trabajadores; un partido que ni siquiera estaba centralizado nacionalmente: cada región hacía lo que quería. Tal era su debilidad organizativa que en oportunidad de la Conferencia del Reich de Consejos de Obreros y Soldados celebrada a mediados de diciembre de ese año en Berlín (en simultáneo con la fundación del KPD), ni siquiera hubo un bloque espartaquista en él: la organización dijo tener 10 delegados; el SPD tenía 288 delegados y el USPD 80…

Inmediatamente finalizado el congreso fundacional (evento que de todas maneras tuvo amplia repercusión política en el país) se produce el heroico levantamiento de los obreros de Berlín (comienzos de enero 1919): la convocatoria a una insurrección fallida, mal preparada, prematura. El gobierno de Ebert tendió una provocación y los revolucionarios entraron en ella. Harman resalta el contraste con los bolcheviques, que en las famosas Jornadas de Julio acompañaron a los trabajadores en su experiencia, pero con la orientación explícita de tratar de desactivarla (Radek señalaría lo propio en tiempo real). Trotsky hacia la propio en su texto homenaje a los dos dirigentes espartaquistas asesinados cuando titulaba una de sus partes “Lo que hubiera podido suceder en Rusia durante las jornadas de julio”.

Resultó ser que el jefe de policía de la ciudad era una figura de la izquierda del USPD. Su colocación en el cargo había ocurrido por cuenta y cargo de los obreros movilizados. Sin embargo, simultáneamente con la orden de su dimisión desde el gobierno central, estaba el hecho que los ministros de su partido habían renunciado al gabinete conjunto con el SPD y por “lógica” consecuencia, éstos reclamaron el cargo. Harman resalta que era obvio que se trataba de una maniobra para desatar un levantamiento prematuro; que el SPD tenía los argumentos formales de su lado y que había que intentar no caer en la provocación.

Ocurre que Liebknecht (figura pública extraordinariamente valiente del espartaquismo, firme, principista, pero poco reflexiva[5]), aparentemente de espaldas a la disciplina de la Zentrale (dirección ejecutiva del KPD), daba pasos en la conformación de un “comité insurreccional” junto con otras figuras de la USPD (los delegados revolucionarios de Berlín, que expresaban a lo mejor de la clase obrera de la ciudad), habida cuenta de la incorrecta evaluación de que la situación estaba madura para “tirar abajo al gobierno de Ebert”. A los integrantes del comité se les figuró que el intento de sustitución de Emil Eichhorn (que se negó a renunciar afirmando que su cargo estaba a disposición de los obreros de Berlín), era la razón perfecta para llamar al levantamiento.

Ocurrió que la movilización de la clase obrera de Berlín para defender al jefe de la policía fue multitudinaria: según Liebknecht, “algo nunca visto en Alemania”. Sin embargo, cuando se desencadenaron los enfrentamientos armados en Berlín con los cuerpos francos enviados por Noske (ministro del Interior y perro guardián del gobierno de Ebert, conocido por su famosa frase “alguien tiene que hacer el trabajo sucio” al asumir el cargo) para enfrentar el levantamiento de los “sanguinarios espartaquistas”, el resto del país no se movió.

Es más: se había lanzado un plan “insurreccional” y el comité formado a tales efectos -que por lo demás tenía demasiados integrantes para llevar adelante cualquier tarea ejecutiva- se demostró absolutamente incapaz de poner en marcha una sola medida efectiva. Desastres que, como ocurre en estos casos de guerra civil en los cuales “la burguesía se decide por todos los crímenes” (Lenin), terminó con un baño de sangre: Rosa y Liebknecht se negaron a abandonar Berlín (con el argumento de no dejar solos a los obreros por una acción en la que, en cierto modo, se sentían responsables), siendo el 15 de enero brutalmente asesinados.

En las horas previas Rosa había tenido un amargo intercambio con Liebknecht recriminándole el haber actuado por detrás de los organismos partidarios (testimonio de Levy). De todas maneras, Luxemburgo se negó a hacer un balance claro de la acción, un balance estratégico. El último texto de Rosa, La calma reina en Berlín, es extraordinario en muchos sentidos pero no pasa balance de lo ocurrido: aborda el fallido levantamiento como una ocurrencia objetiva, más que como un acontecimiento estratégico del cual se debían sacar las lecciones del caso(también Radek se manifestó en contra del llamado insurreccional considerándolo unas jornadas de julio).

En síntesis: un partido pequeño, inexperto, no suficientemente centralizado, la presión de las masas de Berlín, la trampa tendida por el gobierno de Ebert, la inmadurez del equipo de dirección del KPD (y también los restos de incomprensión espontaneísta respecto de la insurrección): fueron todos ingredientes que contribuyeron a la derrota del movimiento inicial de la Revolución Alemana.

Sobre todo, dio lugar al descabezamiento del novel Partido Comunista alemán: el asesinato de Luxemburgo (única dirigente que podía discutirles de igual a igual a Lenin y Trotsky) fue una inmensa tragedia que impidió, como señalamos arriba, que se pudiera procesar la fusión entre bolcheviques y espartaquistas.

 

[1]A este respecto nos falta todavía llevar adelante el estudio de la monumental Historia de la III Internacional de Pierre Broué, de manera tal de tener un cuadro completo de la cuestión, entre otros textos que han abordado la historia de la misma.

[2]Rosa se metió en una acusación por “robo” de fondos partidarios de Radek que vino a complicar todas las cosas, y que nunca quedó del todo aclarada.

[3] Una errada concepción parecida les pesó a muchos viejos bolcheviques a la hora de enderezar la pelea contra el estalinismo: aquí no sólo el partido era la clase, sino al mismo Estado se lo valoraba como superpuesto a ella; esta fue la razón para la capitulación de la mayoría de los viejos bolcheviques, a diferencia de Trotsky, que supo conquistar una concepción de estas relaciones mucho más madura y flexible, sin ningún fetiche ni partidario ni estatal.

[4] Sobre el debate acerca de la relación entre Constituyente y soviets, la política traidora deKautsky de subordinarlos a la Constitución, a las instituciones de la república burguesa, su consideración de los mismos como “organismos de lucha” pero de ninguna manera como organismos de poder, estatales, no podemos referirnos en este texto lamentablemente.

[5]Liebknecht admitió durante el debate del congreso fundacional acerca de la participación en la Asamblea Constituyente que “se iba a dormir con una posición y se levantaba con otra”…

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