Roberto Sáenz


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¿En primera o segunda vuelta?

 

“La contundencia de estos datos [de deterioro económico] contrasta con la percepción de una parte de la sociedad, inducida creer que habita una suerte de isla de la fantasía. El economista Enrique Szewach define este fenómeno como una ‘crisis asintomática’ donde los problemas existen, pero no son evidentes para todos” (Néstor Scibona, La Nación, 4/10/15).

 

Al cierre de esta edición solo faltan diez días para las elecciones “en serio”. Las PASO sirvieron como “eliminatorias”, algo característico en el antidemocrático régimen electoral que rige el país desde el 2011, y que transformó el 2015 en un año que se consumió elección tras elección.

Una rara “normalidad” parece regir hoy la Argentina: un año de elecciones en el que la burguesía suspende toda decisión de fondo, y otro marcado por crisis, ajustes, conflictos: “molestias” que son apartadas cuidadosamente de las elecciones para que no impacten en ellas.

 

Scioli

 

Arranquemos con los pronósticos para el 25. A pesar de algunos desaguisados ocurridos luego de las “internas” (inundaciones, escándalo electoral en Tucumán, etcétera), todos los analistas señalan que nada esencial se modificó respecto del escenario electoral tripartito que se expresó en agosto.

La fórmula “40/30/20” sigue dominando, puntos más, puntos menos, los pronósticos. Pero ahí está justamente el quid de la incógnita con la que se llegará al 25: como –según la Constitución nacional– hay segunda vuelta si ningún candidato llega al 40%, nadie puede descartar que un escenario así vaya a ocurrir.

Todo el mundo sabe que Scioli es el mejor posicionado: para una administración que lleva 12 años, estar a un pelo de alzarse con la presidencia en primera vuelta, no es un logro menor.

De todos modos, el ex motonauta parece estancado en torno al 40%, lo que suma intriga al resultado porque de no llegarse a ese guarismo (¡aunque sea por una centésima!) habría segunda vuelta[1].

Scioli monopoliza el voto del grueso de los trabajadores, que esperan que las cosas “sigan como están”. Pero no logra hacer pie entre unas clases medias “caceroleras”, que desde hace rato han girado hacia la oposición al gobierno y votan a Macri (o a Massa).

Es verdad que existe una franja de clases medias “progresistas” que lo pueden votar: pero esta franja es minoritaria y se reparte entre el propio kirchnerismo (o poskirchnerismo sciolista), Stolbizer y el FIT. De ahí que Scioli no haya logrado hasta ahora crecer mucho por ese lado.

Por otro lado, si bien marcha primero en la provincia de Buenos Aires, su techo en el Gran Buenos Aires ha sido Massa, que se lleva una porción del voto obrero (entre los que cala la crítica por derecha a los K, así como la bronca por el impuesto al trabajo). Estos son los límites que ha tenido Scioli en su crecimiento electoral.

De todos modos, no parece haber un clima político de segunda vuelta. Debería haber más “vértigo” en la campaña electoral (como se vivió el año pasado en Brasil), o detonarse un cacerolazo de las clases medias para dar lugar a un empujón en ese sentido, cuestión que no se ve factible a pocos días de los comicios (la crisis en Tucumán fue hasta cierto punto para ese lado, pero terminó diluyéndose).

 

Macri

 

Veamos la situación de Macri. El ingeniero parece llegar con la más pobre performance de los presidenciables. Ronda el 28% de los votos: ¡ni siquiera totaliza los 30 puntos que obtuvo Cambiemos en agosto! Esto no significa que peligre realmente su segundo lugar: la elección en el interior de la provincia de Buenos Aires el 9 de agosto (entre otros ejemplos, pero este es uno significativo) mostró que tiene un sólido apoyo entre las porciones mayoritarias de las clases medias.

El problema de fondo que le ha impedido “despegar” es que no pudo (¡no se animó!) a decir lo que realmente opina: su campaña fue perdiendo consistencia hasta llegar la semana pasada al ridículo de inaugurar un monumento a Perón (payasada multiplicada cuando se recuerda que el argumento para no cerrar un acuerdo con Massa fue que este era… peronista).

El problema de Macri es que el grueso de la población trabajadora no quiere oír hablar de un eventual ajuste; ajuste que vendrá con Scioli pero es Macri el que tiene la desgracia de encarnarlo –frente a los votantes– de manera más “natural”.

En todo caso, de darse una segunda vuelta porque finalmente Scioli no llegue a los 40 puntos (en ningún escenario se espera que Macri logre perforar la diferencia de diez puntos que tiene con él), sería un cimbronazo político.

Y esto más allá de que las encuestas adelanten que el Frente para la Victoria se impondría de todos modos en la segunda vuelta: mostraría una radiografía política más a la derecha de lo que aparece a primera vista hoy.

 

Massa

 

Es aquí donde aparece el tercero en discordia: Massa. Ha logrado sostenerse en las encuestas. Incluso ha crecido un poco a fuerza de “propuestas”, unas más reaccionarias que las otras (mechándolas, inteligentemente, con la crítica al impuesto a las ganancias).

Massa propone “sacar el ejército a la calle para combatir el narcotráfico”. También propone (¡es un canalla!) hacer responsables a los docentes por la crisis educativa imponiendo un régimen persecutorio contra ellos.

Es decir: se hace fuerte demagógicamente alrededor de propuestas que, de implementarse, llevarían a un enorme choque social, a un giro reaccionario en la situación política.

¿Hay condiciones para ello? Nos permitimos dudarlo. Pero más allá de que Massa pueda decir cosas a las que Scioli o Macri no se animan, su crecimiento entre sectores conservadores de los trabajadores funge como una suerte de menemismo “residual” o “revivido”, que en todo caso habrá que ver si tiene alguna proyección política real (hay que estudiar si significa algo serio o es un puro macaneo electoral).

Nuestro pronóstico: lo más probable es que Scioli se imponga en primera vuelta, sumándole al porcentaje que le dan las encuestas el proyectado de los indecisos. En todo caso, las pesquisas también adelantan que se impondría en una segunda vuelta, llevándose la mitad más uno de los votos que obtenga Massa.

En síntesis: Scioli es el número puesto para la presidencia es casi cualquier escenario.

 

Vacas flacas

 

Con segunda vuelta o no, el escenario para el 2016 luce complejo. El FMI acaba de anunciar que espera una recesión en la Argentina, y se puede decir que este pronóstico es plausible.

Además, luego del pago del Boden 2015, la situación económica llega “atada con alambre” (¡no queda un dólar real en el BCRA!), lo que va a obligar a la gestión que asuma a tomar de inmediato medidas antipáticas (¡se excluye que Scioli o Macri ajusten a los capitalistas!).

La Argentina carece de divisas. Se les deben millones a los importadores. El superávit comercial se ha licuado. Brasil está en plena recesión. Los costos en pesos han aumentado. El tipo de cambio está atrasado. El estado mantiene un nivel de gastos que exceden los ingresos. La emisión monetaria excede el nivel de producción redundando en inflación. Las tarifas están subsidiadas a un nivel que se hace insostenible, y un largo etcétera.

¿Cómo llaman los economistas del establishment a esto?: un “cuadro de desequilibrio en las variables macroeconómicas”. Por eso, todos adelantan que se viene algún tipo de ajuste en el 2016. Esto con el objetivo de recuperar las ganancias empresarias y, concomitante con esto, la tenencia de reservas de divisas en manos del estado.

De todos modos, la próxima gestión tiene algo a su favor: el país está poco endeudado en dólares con el exterior y, de acordarse con los fondos buitre, se podría destrabar el crédito externo.

El ingreso de divisas al país permitiría “administrar” el ajuste: en esa expectativa se funda el “gradualismo” de Scioli: cuenta con que podrá arreglar rápidamente con los holds outs y “problema arreglado”.

Pero las cosas no son tan sencillas: los buitres saben que tienen una carta en la manga de importancia: el poder de chantaje que les da saber que el país carece prácticamente de reservas, que tiene urgencia por ingresar crédito externo y que si esto no ocurre –¡y bien rápido!– se podría ir a una crisis general.

Así las cosas, será el arreglo con los buitres (o no) el que dará la medida de cómo será el 2016. De acordarse con ellos, y comenzar a ingresar el crédito externo, el promovido “gradualismo” (que de todos modos significará ajuste) tendrá visos de mayor entidad.

De no ser esto así, podría venir un ajuste en regla, lo que espanta hoy a todos los políticos porque nadie considera que estén dadas las condiciones políticas para ello (sólo recordar cuando Menem hablaba de “cirugía mayor sin anestesia” para entender la diferencia en las relaciones de fuerzas entre ayer y hoy).

De cualquier manera, hay algo que se puede adelantar: el año que viene no será la “calma chicha” de este 2015. Hay que prepararse para una mayor conflictividad. Esto independientemente de que la burocracia se dedicará a tratar de evitar luchas de conjunto (amparándose en la excusa de que el gobierno acaba de ser elegido).

 

Voto crítico al FIT

 

En este contexto hay que evaluar la posible performance electoral de la izquierda. Excluido nuestro partido en las PASO, el FIT se orienta a reunir la mayoría del voto de izquierda.

En una carta que es de público conocimiento, le adelantamos al FIT cuatro propuestas: emitir una declaración común y realizar una conferencia de prensa donde manifestáramos nuestro apoyo crítico a sus candidaturas, obtener el compromiso público del FIT para una discusión sobre el posible ingreso de nuestro partido a dicho frente, la realización de un encuentro obrero a comienzos del 2016 convocado entre nuestras fuerzas, así como un 1º de Mayo unitario al servicio de las luchas y contra el ajuste. Al cierre de esta edición, y a un mes de enviada la carta, estamos esperando todavía la respuesta del frente de izquierda. Sin embargo, adelantamos nuestro voto crítico a dicho frente por elementales criterios de independencia de clase.

El FIT realizará el 25 una elección seguramente de importancia. El resultado no será tan abultado como el del 2013, ni tan bajo como el del 2011; en todo caso, el debate presidencial les sirvió para una instalación mayor en una campaña que venía muy floja.

Los votos obtenidos por nuestro partido podrían hacer una diferencia, sobre todo en la provincia de Buenos Aires, donde al FIT le faltarían solo algunos votos para consagrar un nuevo diputado nacional. En CABA, Córdoba y otras provincias, nuestros votos ayudarían también a “arrimar el bochín”, aunque habrá que ver si alcanza para consagrar otras representaciones.

Pero para esta colaboración, hace falta un llamado de conjunto en una conferencia de prensa, cosa que no podrá realizarse si el FIT no se decide a dar ni siquiera los modestos pasos unitarios que le hemos propuesto: declaración común y conferencia de prensa. Toda la vanguardia tiene que estar enterada que si no se avanza, es por responsabilidad exclusiva del FIT. 

 

Prepararnos para las luchas que vienen

 

De cualquier manera, los resultados obtenidos por nuestro partido en agosto, el haber sido protagonistas de luchas obreras de amplio impacto como la de Gestamp en el 2014, la instalación nacional de una de las figuras emergentes de la izquierda argentina como Manuela, la exitosa participación en el encuentro de mujeres de Mar del Plata siendo Las Rojas una de las delegaciones más grandes de la izquierda (¡movilizamos el triple de compañeras que lo acostumbrado!), muestran que nuestro partido se viene fortaleciendo a ojos vista.

Con estos progresos, se trata ahora de ir preparándose para el día después de la elección: las duras luchas que se vendrán y que significarán una nueva prueba para la nueva generación obrera y la izquierda clasista bajo el nuevo gobierno del ajuste.

 

 

[1] Recordemos que todas las especulaciones en torno al posible “fraude” de parte de la oposición giran, obviamente, alrededor de esta cuestión: si se respetará un resultado electoral del 39,9% o se dibujarán las cifras para que no haya una segunda vuelta.

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