Por Claudio Testa



 

Nadie es profeta en su tierra

 

“La «interna» de la Iglesia está en un complejo proceso de debates y confrontaciones que puede dar lugar a sorpresas. El próximo partido se disputará en Roma, en el Sínodo de Obispos convocado del 4 al 25 de octubre. Sesionará bajo el título: «La vocación y la misión de la familia en la Iglesia y en el mundo contemporáneo». Pero bajo este título, que suena «inofensivo», hay bombas de tiempo que pueden producir estallidos. Si eso va a suceder y qué alcance tendrá, es algo que no podemos responder. Lo indiscutible es que esos puntos de discordia existen y hacen a la supervivencia del aparato burocrático-religioso más antiguo del planeta.” (“Gira del Papa por Cuba y EEUU – Francisco en campaña”, Socialismo o Barbarie, 24/09/2015)

 

“Bergoglio es peronista y actúa como tal… sin duda ha adoptado el estilo de «conducción» del viejo líder. O sea, la indefinición. Perón decía las cosas a medias… Y trataba de producir un guiño especial para cada uno, a fin de retener a todos bajo su tutela política, aunque en ese amplio paraguas se refugiaran personas de las más opuestas convicciones. […] Francisco gobierna según los postulados de ese moderno Maquiavelo que fue el general Perón. Acoge a todos en los discursos, hace guiños a izquierda y derecha. Y gira en redondo… porque él va adonde quiere ir… Pero opera según el más rancio estilo peronista: a cada uno le dice lo que quiere oír. (“El Gran Engatusador”, Panorama Católico Internacional, 13/09/2015)

 

Después de la gira triunfal de “Francisco superstar” por Cuba y EEUU, su regreso al Vaticano ha sido mucho menos gratificante. Aterrizó en plena ebullición de la crisis de la Iglesia… y de las opuestas líneas doctrinarias que pelean dentro de ella.

 

La misma elección en marzo de 2013 de un papa latinoamericano y jesuita –dos novedades inconcebibles hasta hace poco en la Iglesia Católica– fue expresión de esa crisis… la más grave desde que la reforma protestante la partiese al medio en el siglo XVI. Y la ebullición con que el papa Bergoglio se topó ahora al volver a Roma, tuvo que ver con que el 4 de octubre se iniciaba el Sínodo de obispos dedicado a debatir puntos claves de la crisis… en un clima recalentado por divergencias, enfrentamientos… y zancadillas que en un partido de fútbol motivarían la expulsión del jugador que la comete.

 

La Iglesia Católica –como explicamos varias veces– sufre la crisis de una doble erosión. Por un lado, sobre todo en América Latina, está roída por lo que hemos llamado las “religiones de la barbarie”, las sectas de origen estadounidense o brasileño, que muerden sobre todo en los sectores cultural e ideológicamente más atrasados y/o desheredados de la población. En sus giras por América Latina, Francisco apuntó a recuperar terreno allí, proclamando: “¡Cómo me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres!”, y otras frases del mismo repertorio. Es lo que él llama “teología de la pobreza”… que hasta ahora no ha hecho que la Iglesia se desprenda de sus lujosos palacios ni del IOR, el banco del Vaticano. El consejo de Jesús, “vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres”, aún no se aplica.

 

Por el otro lado, opera sobre la Iglesia una creciente secularización, que es arrasadora en Europa pero también notable en EEUU y América Latina. Sobre todo para las nuevas generaciones, especialmente las de más nivel cultural, las normas de la Iglesia sobre sexo, unión de parejas, prohibición de condones y otros anticonceptivos, el matrimonio indisoluble y la negación categórica del divorcio, el anatema de personas LGBT, la condena del derecho al aborto, etc., etc., aparecen como otros tantos sinsentidos.

 

Pero, entre esas posiciones, lo que ha sido más erosionante para la Iglesia, que le ha provocado (y le sigue provocando) una sangría fenomenal de fieles es su inflexible negación del divorcio. Esto podía ser un problema menor uno o dos siglos atrás. Pero hoy, por ejemplo en EEUU, el 50% de los matrimonios acaba en divorcio. En Europa, aún más: el record lo tiene la católica España, con el 75%. En América Latina, las cifras son algo menores y desiguales según el país, pero también son históricamente altísimas… y en aumento.

 

A eso hay que agregar la creciente multitud de jóvenes en todo el mundo que viven en pareja y/o tienen relaciones, sin molestarse en pasar por el altar ni por el casamiento civil… por lo menos hasta que deciden tener hijos.

 

A contramano de esa realidad, la Iglesia Católica ha quedado como la única religión del mundo que prohíbe el divorcio. Los protestantes, los cristianos de las iglesias ortodoxas, los judíos, los musulmanes, los budistas, los hinduistas, los taoístas de China, etc., todos pueden divorciarse.

 

Y la Iglesia Católica no sólo lo prohíbe, sino que condena y excluye. Los católicos divorciados quedan excluidos de los sacramentos, en primer lugar de la eucaristía. O sea, es una expulsión sacramental de la “ecclesia” (comunidad de fieles) que muchas veces alcanza también a sus hijos. Así, a los niños de parejas divorciadas o de madres solteras, frecuentemente se les negaba el bautismo… rito que significa la entrada en la Iglesia.

 

Cerrar así las puertas en las narices de los divorciados y sus hijos, y fletarlos al Infierno negándoles los sacramentos, podía ser efectivo siglos atrás. Pero en nuestros tiempos ha significado un lento suicidio para la Iglesia. Y además ha quedado en ridículo. Con eso, no sólo ya no asusta a nadie, sino que se excluye a sí misma, en una sociedad en que, con todas las desigualdades entre regiones y países, está cada vez más secularizada.

 

Este vaciamiento fue lo decisivo para elegir un papa que intentase remontar la cuesta. Así, Bergoglio pasó a ser Francisco.

 

El diablo metió la cola y el Sínodo sobre la familia comenzó con el pie izquierdo

 

No es casual entonces que el Sínodo, la asamblea de obispos que comenzó a sesionar este mes, tenga como tema “la familia en la Iglesia y en el mundo contemporáneo”. Si la Iglesia no logra un “aggiornamiento” en ese punto clave, su ruptura con las sociedades cada vez más secularizadas será irreversible y total.

 

Para eso, la política del papa Francisco es en esencia conservadora. No propone cambios radicales de doctrina. Pero, al mismo tiempo, trata de paliar sus consecuencias y cambiar las formas.

 

Como decíamos en un artículo anterior, el truco teológico de Francisco para recuperar a las masas de pecadores (divorciados, parejas que viven “en pecado”, mujeres que abortan, personas LGTB, etc.), que además han abandonado la Iglesia, es la misericordia. Doctrinariamente, esto no modifica la nomenclatura de pecados ni tampoco establece el divorcio. Pero, como la misericordia de Dios es infinita, alcanza para perdonar a todos.

 

Asimismo, para eludir el disparatado rechazo del divorcio –gran motor de la sangría de fieles– se establecería un mecanismo acelerado y gratuito de «anulación» del matrimonio. La “anulación” ya existía, pero demoraba largos años… y costaba fortunas. ¡Ahora Francisco quiere que la “anulación” no sólo sea rapidísima, sino además gratis! Y la doctrina se respetaría: no hay divorcio, sino anulación.

 

Este “bombazo” –la anulación express y gratuita del matrimonio–, que permitiría ganar la delantera en la competencia divorcista del mercado religioso, Francisco no lo lanzó personalmente. Se lo encomendó a uno de sus hombres en el Vaticano, para medir las reacciones.

 

Pero, esta “flexibilización” de los pecados, y las prestidigitaciones para conservar al mismo tiempo la doctrina, han despertado las iras de un amplio sector del aparato de la Iglesia. Es difícil seguir diciendo a cada uno lo que quiere oír. Y eso se refleja en el Sínodo.

 

Ya había comenzado con malos augurios. Días antes, Krzysztof Charamsa, un importante teólogo de la Congregación para la Doctrina de la Fe, se declaró gay y se presentó públicamente con su pareja. Quizás había confiado en el Papa, cuando dijo: “¿Quién soy yo para juzgar a un gay?” Francisco no sólo lo juzgó, sino que lo expulsó inmediatamente del Vaticano. Hay un abismo entre las frases simpáticas del Papa y la realidad.

 

Pero otros hechos fueron más dañinos que lo de Chamrasa. En primer lugar, “misteriosamente”, fue publicada una dura “carta reservada” de 13 cardenales atacando el documento del Sínodo, el “Instrumentum laboris”, y, en general, criticando la política de adaptación conservadora de Francisco. Simultáneamente, fue otro fiasco para los “reformistas” el “informe introductorio” del cardenal Erdo que inauguró el Sínodo, dando marcha atrás en algunos tímidos avances del Sínodo del año pasado, especialmente en el tema divorcio, y alineándose con los conservadores. Esto exigió un “contrainforme” de hecho del cardenal Marx, “progresista”, y luego una intervención del Papa.

 

Lo importante es que la oposición a los cambios apareció más fuerte y activa de lo esperado. Las giras triunfales del Papa en otras latitudes y sus dificultades en Roma, ratificaron “que ningún  profeta es aceptado en su propia tierra”. (Lucas 4:24)

 

Una pelea de resultados difíciles de pronosticar

 

No es posible hacer ya un balance ni predecir los resultados del Sínodo, que sesionará diez días más. El aparato de obispos y cardenales que lo compone, y los usos y costumbres de la Iglesia, no se caracterizan precisamente por su transparencia. Son, además, especialistas en insinuar una cosa en un párrafo y otra cosa en otro. Con 2.000 años de práctica, en eso le ganan a cualquier político patronal.

 

Sin embargo, la crisis de la Iglesia exige definiciones, cursos de acción. Y es evidente, leyendo diversas publicaciones católicas, que hay cualquier cosa menos unanimidad. Esto va desde sectores que públicamente consideran al papa Francisco como el “gran engatusador” hasta los que lo alaban incondicionalmente como el ángel que ha bajado para salvar a la Iglesia en una de sus mayores crisis históricas. Y, entre ambos extremos, hay de todo.

 

Para recuperar terreno con la política de Francisco, la Iglesia tiene un problema que señalan agudamente los “conservadores”. No basta con que el papa “superstar” haga una gira y millones vayan a saludarlo, como en EEUU y otros países que visitó. La cuestión es cuánta de esa gente irá el próximo domingo a misa. O sea, qué queda “orgánicamente”. Para eso, toman el ejemplo del “colapso de las iglesias protestantes progresistas” que creyeron que iban a hacer el gran negocio, adaptándose. (Carta crítica de los 13 cardenales)

 

A su vez, los partidarios de hacer cambios, les retrucan que si no salen a la calle y comienzan a lograr simpatías entre la gente, y sobre todo en los jóvenes, la Iglesia tampoco va a ganar a  nadie como “practicante”. Y para eso, una Iglesia que se presente excluyendo de entrada a los pecadores, divorciados, etc., se cierra en sí misma y será incapaz de recuperar el inmenso terreno perdido.  Por eso, el 8 de diciembre, van a comenzar el “Año Santo de la Misericordia”, con una campaña de perdón a todos los pecadores… Con tal de que regresen, se les perdonará cualquier pecado…

 

 

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