El próximo 20 de agosto se cumplirán 75 años del cobarde asesinato, en México, de León Trotsky a manos de un esbirro de Stalin. Trotsky es una de las máximas figuras del movimiento obrero y del marxismo revolucionario de todos los tiempos; fue el dirigente de la toma del Palacio de Invierno en 1917 que consumo la gesta más grandiosa de la historia de la humanidad; fue el creador del Ejército Rojo y estratega durante la guerra civil derrotando a las 14 principales fuerzas imperialistas y a la burguesía zarista; luego, durante la década del 30 del siglo pasado, brilló como la mente más lúcida a la hora de analizar los acontecimientos que marcaron al siglo xx como la Guerra Civil Española y el ascenso del nazismo en Alemania y el fascismo en toda Europa; y si esto fuera poco, tuvo el mérito histórico de haber sido el responsable de defender las banderas del marxismo y el socialismo internacional cuando casi todo el mundo se postraba frente al poder de la burocracia estalinista.

En las siguientes páginas pretendemos hacerle un homenaje a este enorme revolucionario de la forma que lo debemos hacer los marxistas: tomando sus enseñanzas y proyectándolas sobre el presente y el futuro,

A continuación presentamos un fragmento de un trabajo de Roberto Sáenz sobre el rol de la represión estalinista en la Unión Soviética, y sobre las transformaciones que generaron sobre el carácter del Estado que había surgido de la Revolución de Octubre. Completamos este recordatorio con un texto del propio Trotsky en el cual analiza las causas profundas que le permitieron a Stalin hacerse del poder e iniciar un proceso contrarrevolucionario en Rusia.

“¡Han tomado Teruel! ¿Y a su mujer también?”

Pierre Broué decía que éste era un chiste que circulaba ampliamente en la URSS durante los años de las grandes purgas (1937 y 1938). Teruel era una localidad española que había caído en manos de los franquistas, y el chiste refería a la magnitud de la represión de esos años que alcanzó unos 8 millones de detenidos, así como 700.000 fusilados. El stalinismo borró del mapa casi más gente que el franquismo en la guerra civil.

Sobre las purgas del stalinismo se han escrito ríos de tinta. ¿Qué de nuevo podría decirse acerca de ellas?

En este caso, queremos sólo subrayar algunos puntos que sirven a los objetivos de este trabajo.

Buscamos delimitarnos de dos visiones: la primera, aquella que estúpida e interesadamente pretende vender una línea argumental de continuidad entre el bolchevismo y el stalinismo. La segunda, tradicional en el trotskismo, que ve en las purgas un evento de consecuencias eminentemente políticas.

Por el contrario, a nuestro modo de ver las purgas no solamente contribuyeron a enterrar políticamente la Revolución Rusa, sino que terminaron desalojando del poder a la clase obrera. Se trató de un acontecimiento de consecuencias cualitativamente mayores a lo que se ha evaluado habitualmente en las filas del marxismo revolucionario.

¿Cuál fue su resultado específico? Simple: la desaparición definitiva del partido bolchevique y la creación del partido stalinista. A Stalin no le alcanzó con burocratizar el partido bolchevique; ni siquiera quedó satisfecho con la primera generación stalinista que festejó su triunfo sobre las demás tendencias –en primerísimo lugar, la Oposición de Izquierda– en el “Congreso de los triunfadores” de 1934. Con las purgas de 1937 y 1938 arrasó también con esta primera generación stalinista que todavía tenía algunas de las marcas de la época revolucionaria, dando lugar al surgimiento de un partido enteramente nuevo conducido por una novel generación dirigente, muchos de cuyos principales miembros no llegaban a los 40 años. Werth habla del grupo stalinista constituido en la lucha “contra todas las oposiciones” incluyendo en él a Kaganovitch, Vorochilov, Molotov, Mikoian, Adreiev, pero también los más jóvenes Jdanov, Malenkov, Iejov y Beria (El terror y su desarrollo. Stalin y su sistema: 190).

“La renovación de cuadros fue espectacular: a comienzos de 1939, 293 de 333 secretarios regionales del partido y 26.000 de 33.000 altos funcionarios de la nomenklatura del Comité Central estaban en sus puestos desde hacía menos de un año. A comienzos de 1937, el 88% de los secretarios regionales habían adherido al partido antes de 1923; dos años más tarde, ese porcentaje se derrumbó al 18%, la inmensa mayoría (65%) de los nuevos promovidos a estos puestos claves habían adherido después del ‘Gran Giro’ stalinista de 1929” (Werth: 192).

Aquí debemos explicar por qué nuestro enfoque le da dimensiones sociopolíticas a un acontecimiento, a priori, puramente político, como se lo interpretó tradicionalmente.

Con la revolución, el poder quedó en manos del partido que dominaba ampliamente los soviets, y cuya dominación se fue ampliando aun más en los años subsiguientes: el Partido Bolchevique. El poder en manos del partido significaba que también correspondía a él (por intermedio de las instituciones que fueren) el manejo de los medios de producción estatizados y del sobreproducto social.

En los primeros años, es una realidad que a través del partido y los Soviets gobernaba realmente lo mejor de la clase obrera rusa. Pero con el vaciamiento de los soviets que se configuró a comienzos de los años 20, y luego del cambio de naturaleza del partido bolchevique devenido en partido stalinista (proceso que terminó cristalizando en las grandes purgas), se acaba desalojando a la clase obrera del poder por la vía de la destrucción final de su partido, garantía última de su poder.

¿Qué pasa en un Estado obrero en el que la propiedad está centralizada en manos del estado cuando la clase obrera queda desalojada del poder?

¿Hay posibilidad en una sociedad de transición que la clase obrera sea desalojada políticamente del poder pero conserve su dominación en el terreno económico-social?

A nuestro modo de ver, la respuesta a ambas preguntas se resume a una sola: cuando el sobreproducto social (el esfuerzo de trabajo global de la sociedad que adquiere la forma de plusvalía estatizada), pasa a ser administrado por una capa social ajena a la clase obrera, que es la que detenta de manera efectiva los medios de producción expropiados a la burguesía, el estado ya no es “obrero”. He ahí la verdadera clave de la definición de estado obrero: quién, qué clase y fracciones de clase detentan realmente el control del sobreproducto social. Si esa capa social se eleva cada vez más por encima de la clase obrera, pondrá el excedente al servicio de resolver –por más inorgánica que sea la forma– su propia “cuestión social” como capa privilegiada.

Tampoco se trata ya de las meras formas jurídicas de propiedad: se trata que del conjunto del trabajo humano rendido en las condiciones en las cuales la producción de la riqueza sigue dependiendo del esfuerzo humano de trabajo (de una u otra forma sigue imperando, aun con restricciones, la ley del valor), la parte del león se la llevan los mecanismos de acumulación burocráticos.

El desalojo político de la clase obrera del poder significa, dialécticamente, su desalojo social: la pérdida del carácter obrero del estado ocurre aunque la propiedad siga siendo estatizada.

No hay forma de separar una cosa de la otra, como se hizo tradicionalmente en el trotskismo. La propiedad estatizada no quedó en manos de la clase obrera sino en las de la burocracia: una capa social ajena y enemiga, y no “mandadera” o “representativa” de la clase obrera. Y ya hemos escrito en otros lugares que la burocracia soviética era algo más que una mera burocracia: era la única capa social privilegiada y dominante de la sociedad soviética en el sentido pleno de la palabra (Trotsky).1

Este análisis nos devuelve al debate acerca del verdadero carácter de las purgas y sus rasgos extraordinariamente violentos, circunstancia que algo debía decir sobre la naturaleza de los procesos subyacentes. Si las purgas sirvieron para completar definitivamente el desalojo de la clase obrera del poder y, por lo tanto, separarlas absolutamente del manejo de la economía (de la planificación y de la administración del sobreproducto social), sus consecuencias fueron un jalón cualitativo en la pérdida del carácter obrero del Estado, mal que le pese a los enfoques doctrinarios de la cuestión: “Uno de los objetivos (y, consecuentemente, uno de los resultados) del ‘período de Yezhov’, fue la destrucción de la memoria social e histórica de la población, que es pasada de generación en generación. Una suerte de tierra arrasada fue formada alrededor de los asesinados líderes del bolchevismo en la medida que sus esposas, hijos y camaradas cercanos fueron eliminados luego de ellos. El miedo evocado por el terror stalinista dejó su marca en la conciencia y el comportamiento de varias generaciones de la población soviética; para muchos significó erradicar la disposición, deseo y habilidad de involucrarse en un pensamiento ideológico honesto. Al mismo tiempo, los ejecutores e informantes del tiempo de Stalin continuaron adelante; ellos se aseguraron su buen vivir y la prosperidad de sus hijos mediante la activa participación en las expulsiones, torturas y todo lo demás” (Rogovin). Desagradable “Estado obrero” aquel en el que sólo sobreviven los delatores…

Lo importante aquí es dar cuenta del significado de la atomización en que quedó sumida, de allí en más, la clase obrera. Es muy difícil concebir como “dominante” una clase social totalmente fragmentada, sin instancias independientes ni medios de organización que le fueran propios (políticos o sindicales), en medio de una “guerra de todos contra todos” vinculada a la supervivencia y el robo de la propiedad del Estado, como fue ocurriendo en las décadas posteriores a la salida de la segunda guerra.

Coincidimos a este respecto con lo que planteara Claudio Katz, y que parafraseamos en otros trabajos: si las conquistas de Octubre vivieron en la conciencia de la población hasta la entreguerra, perdieron definitivamente este lugar en la posguerra. La inmensa mayoría de los ciudadanos soviéticos percibían al régimen como ajeno y como un instrumento de la burocracia, y por eso no lo defendieron cuando colapsó. La noción de Estado obrero burocratizado omitía esta dimensión subjetiva y se limitaba a trazar un retrato sociológico de las clases y estratos prevalecientes en la URSS.

Tal fue el efecto real de las purgas, y de ahí sus rasgos salientes: la extrema atomización de la clase obrera bajo la burocracia stalinista. Esta atomización, más allá de manifestaciones esporádicas y heroicas de resistencia aquí o allá, configuró un hecho de alcances históricos del cual nunca se recuperó. ¡Y no se trató de la atomización de cualquier clase obrera, sino de la primera en la historia en tomar el poder!

El trotskista norteamericano David North, que trabajó a comienzos de los años 90 con el historiador trotskista Vadim Rogovin, daba cuenta de las angustias y vicisitudes de éste sobre este problema: “Para mantener su propio equilibrio emocional, Vadim intentaba, en cuanto era posible, mantenerse a cierta distancia de los acontecimientos políticos diarios. Según dijo Avner Siz [amigo de Rogovin] (…) ‘cuando vemos las noticias en televisión sólo vemos dos clases de gente, idiotas y gángsters’. Vadim intentó concentrarse lo más posible en su trabajo histórico. Pero el nivel de degradación intelectual, social y moral de la ex URSS lo afectó profundamente. Aunque él comprendía la naturaleza contrarrevolucionaria del stalinismo, encontró difícil aceptar, emocional e intelectualmente, que no hubieran salido del Partido Comunista, una organización de 40 millones de miembros, al menos unas docenas, ya que no unos miles, de verdaderos marxistas” (North, “En memoria de Vadim Rogovin”).

Y sin embargo, la ex URSS le ganó la guerra al nazismo. Y lo hizo a pesar de que en los años finales de la década del 30 campeaba una enorme desmoralización y atomización social, y que con las purgas militares y otros desastres, Stalin estaba haciendo lo opuesto a lo necesario para preparar al país para la guerra que se avecinaba. En los próximos capítulos avanzaremos en la explicación de cómo a pesar de estos desastres ocurrió la paradoja histórica de este triunfo de magnitud sin igual.

Matar o morir. Gran Terror, Terror Rojo y purgas stalinistas

“Ustedes están ahora observando el Termidor en su forma pura. La Revolución Francesa nos enseñó una buena lección, pero fuimos incapaces de ponerla en práctica. No supimos cómo proteger nuestra revolución del Termidor. Ése es nuestro gran error, y la historia nos condenará por eso” (Kamenev declarando en las purgas ante Mironov, jefe del departamento económico de la policía secreta soviética, NKVD, citado por Vadim Rogovin en “Las preparaciones para el primer juicio”)

Ante de continuar, cabe aquí una reflexión respecto de los “terrores” comparados en las revoluciones francesa y rusa, y el lugar de las purgas stalinistas respecto de ellos. Esto tiene su importancia porque, como cobertura de su acción, el stalinismo intentó justificar (o mimetizar) su terror contrarrevolucionario detrás del terror revolucionario de los primeros años del poder bolchevique. Y análogamente, los críticos liberales de ayer y hoy igualan todas las formas de terror para condenarlas en bloque.

Nicolas Werth señala que el operativo de las purgas, no sólo las más concentradas en los altos dignatarios sino sobre todo las extendidas masivamente por abajo entre los cuadros medios, se llevó a cabo mediante el expediente populista de la “crítica a los dirigentes” y las “campañas de vigilancia”. En este operativo burocrático se llamaba a la base del partido (compuesta para ese entonces de un conjunto de elementos despolitizados, sin tradición anterior, provenientes del campo y carreristas de un partido de Estado), a denunciar e identificar a los dirigentes “ineficientes” o incluso “contrarrevolucionarios”. El llamado fungía de toque a rebato para cargar a estos cuadros medios la responsabilidad por todas las inercias y los problemas de la gestión del Estado (la suma de irracionalidades de la planificación burocrática), además de servir como trampolín para una carrera hacia cargos mayores para una nueva generación.

Estas purgas, extendidas masivamente y dominadas por un sistema de “cuotificación” similar al de la planificación burocrática, golpearon no sólo a los elementos con pasado revolucionario (aunque fueran su centro evidente, y, por lo tanto, el eje del “show” de los tres juicios de Moscú entre 1936 y 1938), sino que también tenía elementos de “autodepuración” de la burocracia stalinista misma, cuyo símil años después fue una práctica común, aunque con menos intensidad, por parte del maoísmo.

Esta cobertura populista, desde ya, nada tenía que ver con los tribunales populares como expresión independiente del poder de los explotados y oprimidos en las duras condiciones de la lucha frente a la contrarrevolución, sino que constituían un montaje de la burocracia al servicio de la consolidación de su propio poder.

Un elemento característico de los juicios stalinistas era el método de la “confesión”: la autoinculpación como elemento legitimador del proceso. Claro que lo que se confesaba era la mayoría de las veces tan monstruoso que, para cualquiera con buen sentido, su verosimilitud era cuestionada. Aun así, el mecanismo funcionó con aquellos dispuestos a rebajarse moralmente con semejantes “confesiones”, incluso acusando de absurdos delitos contrarrevolucionarios a los hasta ayer estrechos camaradas de armas de Lenin.

El nivel de abyección llega a ribetes increíbles en la carta de Bujarin a Stalin antes de ser condenado a muerte, toda una pieza de justificación en aras de una filosofía objetivista de la historia.2

En cambio, se llenaron de honor los que nunca fueron llevados a juicio público. Fue el caso del economista bolchevique Preobrajensky, de Muralov y de tantos otros: fueron fusilados en la oscuridad y el anonimato de la noche de los tiempos, precisamente porque se negaron a confesar crímenes que no habían cometido ni a acusar a otros.

Veremos ahora que las purgas del stalinismo de los años 30 que terminan desalojando del poder a la clase obrera nada tienen que ver con el Gran Terror del apogeo del jacobinismo en la Revolución Francesa, y menos aún con el Terror Rojo de los bolcheviques de los primeros años posteriores a la revolución rusa.

En el primer caso se combinaron dos elementos. Uno, inevitables medidas de excepción en el período 1793-1794, momento en que más en riesgo estuvo la revolución frente a los enemigos externos e internos. Dos, un exceso “plebeyo” y burocrático de la fracción de Robespierre que, para mantenerse en el poder, no solamente pegó sobre el ala derecha, sino también sobre la izquierda de los hebertistas y los enragés, lo que no estuvo al servicio de la revolución sino del socavamiento de sus impulsos más progresistas. Ni hablar del terror que se sucedió desde mediados de 1794 en manos de los termidorianos y la Convención, que, en general, se concentró sobre el flanco izquierdo, por ejemplo ajusticiando a Graco Babeuf y otros integrantes de la Conspiración de los Iguales (1796).

Agreguemos que ésta última constituyó un intento heroico pero sin perspectivas, minoritario, sobre una base social heterogénea que ya había dado todo lo que podía dar: los sans-culottes, pequeños tenderos, artesanos y comerciantes de París, cuando todavía la clase obrera no se había conformado históricamente. Sin embargo, tuvo impacto como tradición en los movimientos de izquierda de la primera mitad del siglo XIX de la mano de Buonarroti (compañero de lucha de Babeuf) y Blanqui, sentando las bases para una tradición conspirativa que luego Marx criticaría por minoritaria, aunque rescatando su aspecto revolucionario (lo mismo haría Lenin con los narodnikis rusos).

Ya el caso del Terror Rojo bajo Lenin y Trotsky fue muy distinto. Más allá de algunas formulaciones equivocadas del segundo en Comunismo y Terrorismo, y de algunos inevitables derrapes en su desarrollo, Serge es muy claro en El año cero de la revolución cuando muestra cómo el Terror Rojo fue una respuesta obligada a los ajusticiamientos en masa comenzados por el Terror Blanco contrarrevolucionario.

Traverso confirma lo mismo: “La figura más siniestra de la contrarrevolución es sin duda la de Krasnov, el general que organiza la revuelta de los cosacos del Don después de haber sido liberado, muy ingenuamente, por los bolcheviques. Su recorrido llega hasta la Segunda Guerra Mundial, donde encabeza una unidad cosaca incorporada a la Wehrmacht. Será ejecutado por los soviéticos en 1947. (…) Los bolcheviques responden con el terror, decretado el 6 de septiembre de 1918 después de los atentados en los que el jefe de la policía política de Petrogrado, Moisés Uritski, es asesinado, y Lenin resulta herido” (A sangre y fuego: 57).

Traverso también cita reflexiones de Serge: “En su diario, escrito en Petrogrado durante la primavera de 1919 y luego publicado bajo el título de La ville en danger, describe la guerra civil como conflicto irreductible entre dos partes de una sociedad dividida, un conflicto que sólo conoce la violencia y donde es nula la posibilidad de acuerdo: ‘No puede entenderse la guerra civil si uno no se representa a estas dos fuerzas, confundidas, viviendo la misma vida, rozándose en las arterias de las grandes ciudades con el sentimiento neto, constante, de que una de las dos debe matar a la otra’ (…) ‘La ley es matar o morir’” (ídem: 76-7).

La reflexión de Trotsky a modo de crítica a un Serge desilusionado por la burocratización de la revolución en los años 30 es que no hay manera de pelear una revolución, y menos que menos una guerra civil, sin apelar a métodos de terror respecto del enemigo contrarrevolucionario. Cuando todos los vínculos de solidaridad que anteriormente ligaban a ambas clases sociales (explotada y explotadora) se cortan en medio del brutal enfrentamiento y carnicería de la guerra civil, el bando que muestre debilidad o ingenuidad –que, como había demostrado la Comuna, era siempre el de la clase obrera– sería liquidado.

De ahí que el terror revolucionario fuera una necesidad y no una virtud que haya que idealizar o poner como “modelo”; algo impuesto por las condiciones objetivas de la lucha, por las leyes que rigen inevitablemente toda guerra civil, y que son las más sangrientas que se puedan imaginar. Clausewitz repetía en De la guerra que la ingenuidad era la peor de las cualidades en las guerras.

Ya las purgas del stalinismo fueron otra cosa. Los fines no justificaron los medios, porque el fin de éstas fue contrarrevolucionario: desalojar del poder de la clase obrera.

En suma, el terror revolucionario es una necesidad impuesta por la lucha, un medio que responde al fin de la emancipación humana (y que, por eso mismo, es generalmente mucho menos brutal, a pesar de todo). Otra cosa es el terror contrarrevolucionario como el de los blancos o el stalinismo: es un feroz instrumento antiobrero y antipopular de la contrarrevolución.

El terror contrarrevolucionario da lugar, además, a un tipo de moral totalmente ajena a la moral crítica, consciente y humanista que caracteriza al militante revolucionario. La moral de la contrarrevolución stalinista fue una palmaria muestra de alienación a una disciplina de hierro burocrática que se hacía ciega e instrumental.

Un buen retrato de esto es la novela El señor que amaba los perros (del autor socialdemócrata cubano Leonardo Padura), que retrata el tipo de “moral burocrática”, antihumanista e instrumental inspirada por el stalinismo: “Soy el mismo y soy diferente en cada momento. Soy todos y soy ninguno, porque soy uno más, pequeñísimo, en la lucha por un sueño. Una persona y un nombre no son nada… Mira, hay algo muy importante que me enseñaron nada más entrar en la Cheka: el hombre es relegable, sustituible. El individuo no es una unidad irrepetible, sino un concepto que se suma y forma la masa, que sí es real. Pero el hombre en cuanto individuo no es sagrado y, por tanto, es prescindible” (Padura: 374).

La mezcla non sancta de ambos terrores por la historiografía reaccionaria y antisocialista de moda (incluido Werth) sólo tiene por fin desacreditar la lucha revolucionaria contemporánea, del mismo modo que la crítica al terror del jacobinismo en el siglo XIX servía a los fines del pensamiento conservador que añoraba el Ancien Régime. Es parte de un vasto operativo de deificación histórica de la democracia burguesa, una estigmatización que comparten todas las fracciones explotadoras y conservadoras para ensuciar la idea misma de la revolución social en este nuevo siglo.

1 Desde otra escuela teórica, Nicolas Werth cita a Weber cuando señala agudamente que la burocracia, una vez implantada, aparece como una suerte de “formación social” difícil de expurgar.
2 El argumento de fondo de Bujarin era que para Stalin y el partido stalinizado todo estaba justificado porque sobre sus hombros descansaba “el desarrollo de la historia”. Entre las razones de la capitulación de estos ex dirigentes bolcheviques estaba la presión por el futuro de sus familiares como mecanismo adicional de manipulación. Bujarin logró, por ejemplo, que su joven esposa no fuera asesinada; prácticamente nadie más tuvo tanto “éxito” como él, ni llegó a semejantes niveles de abyección (salvo Radek). El caso de Bujarin es de una gran complejidad que ha llevado a varios estudios al respecto.

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