Por Ale Kur


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En las elecciones primarias nacionales de agosto, junto a los cargos nacionales, se votarán también –por primera vez- candidatos al Parlasur. El Parlasur es el parlamento común del Mercosur, que es a su vez el mercado común que integra a Brasil, Argentina, Venezuela, Paraguay y Uruguay (a los que ahora se suma también Bolivia).

El Parlasur es un organismo simbólico, ya que sus decisiones no son vinculantes, no se reúne de manera habitual y no se le conocen debates relevantes. Existen discusiones entre los países miembros del Mercosur para ir hacia un funcionamiento más “real” como ámbito de discusión de los problemas comunes del mercado común.  No está claro todavía que esto vaya a ocurrir realmente, o en qué plazos.

Sin embargo, el “simbolismo” de la votación del Parlasur tiene también alguna importancia, ya que permite exponer los programas y perspectivas de los distintos partidos políticos hacia el bloque común.  Así es, por ejemplo, como el kirchnerismo utiliza la oportunidad para reiterar una vez más su relato sobre la supuesta “integración latinoamericana”.

Desde el Nuevo MAS compartimos la idea de que la integración latinoamericana es un objetivo loable, y sumamos nuestros esfuerzos a esa tarea. Lo que no compartimos es la idea de que el Mercosur sea la manera de lograrla.

Subyacen una serie de problemas de gran importancia para entender esta cuestión. El primero de ellos es que los países de América Latina somos, en distintos grados, países económicamente atrasados, dependientes. Desde la inserción del continente en el mercado mundial (a fines del siglo XIX), el rol de nuestra región es centralmente la producción de materias primas. A lo largo del siglo XX se fue esbozando una muy tímida industrialización pero que nunca llegó a superar los pasos iniciales. La industria existente es, en el mejor de los casos, un componente más de una cadena productiva dominada por los grandes capitales imperialistas en casi todas sus fases.

Estas características (atraso y dependencia) son el sello distintivo de las clases dominantes de nuestros países, que interpretan el mundo en función de sus propios intereses.  Desde la lógica de la ganancia capitalista, las burguesías locales son incapaces de salir de la perspectiva más estrecha, de corto alcance. Para el empresario rentista, parasitario y subordinado de América Latina, la “integración regional” no significa prácticamente nada, excepto alguna posibilidad de negocios, siempre y cuando se den las condiciones favorables a sus intereses a expensas de los demás.

La incapacidad histórica de las “burguesías nacionales” para llevar a fondo el desarrollo de los países atrasados en plena época imperialista es un problema que ya fue tratado extensamente por autores clásicos como Lenin y Trotsky. En nuestro país, uno de los intelectuales que señaló más agudamente este problema fue Milcíades Peña, en su polémica con los epígonos del peronismo.

Su caracterización sobre la impotencia histórica de la “burguesía nacional” argentina se vio plenamente confirmada con el fracaso del peronismo y su reconversión en agente del ajuste neoliberal, que bloqueó cualquier posible tendencia al desarrollo autónomo del país. Este mismo fenómeno se vio en gran parte de América Latina en las décadas de los 80 y 90, especialmente con el impulso de la globalización neoliberal.

El Mercosur, entonces, se encuentra limitado estructuralmente por el carácter capitalista, atrasado y dependiente de los países que lo conforman, y en especial por sus clases dominantes. Estos límites se ven con toda claridad en el caso de las disputas entre sus dos principales miembros –Argentina y Brasil- alrededor de la política cambiaria y arancelaria (es decir, del problema mismo de la existencia de un mercado común). Sus economías, en  vez de potenciarse mutuamente, resultan ser competitivas de cara al mercado mundial, por lo cual sus clases dominantes confrontan permanentemente en cuanto a las políticas a adoptar. La existencia misma del Mercosur se encuentra cuestionada ante el intento de la burguesía brasilera de asociarse a la Unión Europea mediante un Tratado de Libre Comercio.

Durante la década del 2000 se desarrolló un importante debate en nuestro continente alrededor del problema de las formas de integración de América Latina y su relación con el mercado mundial. La propuesta del imperialismo yanki, encarnada en la figura de Bush, era la subordinación a Estados Unidos a través del ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas). Esa propuesta fue enterrada por las rebeliones populares  en la región y por la persistencia de una relación de fuerzas “progresista” cristalizada en los gobiernos nacionalistas burgueses o neo-desarrollistas.

Por otro lado, el chavismo venezolano avanzó con la propuesta de un ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América), con un contenido político de integración en clave nacionalista-burguesa. Aun esta propuesta limitada, cuyo contenido no cuestionaba las bases estructurales capitalistas de la región, fue ignorada por gran parte de las burguesías regionales, que no estaban interesadas en avanzar hacia una tímida integración real.

Por nuestra parte, desde el Nuevo MAS, planteamos que la única posible integración de América Latina es derrotando a las impotentes “burguesías nacionales” y a la dominación imperialista, para establecer una auténtica federación de estados socialistas en toda la región. Sólo cuando los grandes recursos económicos del continente (naturales e industriales) se concentren en manos de los trabajadores y el pueblo, será posible avanzar hacia la constitución de un auténtico mercado común, basado en un interés común por desarrollar las fuerzas productivas en toda la región. En otras palabras, el sueño de San Martín y Bolívar no tiene posibilidades de desarrollo bajo las reglas del capital: sólo podrá ser realizado con el predominio político de los explotados y oprimidos.

Esta es, entonces, nuestra propuesta para el Parlasur: vamos como “tribunos populares” de los trabajadores y el pueblo de América Latina contra los grandes grupos capitalistas y el imperialismo, por la puesta en pie de los Estados Unidos Socialistas de Latinoamérica.

 

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