Por Roberto Sáenz 



 

 

“La idea de la revolución esta criminalizada (…) archivada en el capítulo ‘totalitarismo’ de la historia del siglo XX (…) El capitalismo y el liberalismo parecen haberse convertido nuevamente en el destino ineluctable de la humanidad (…) El contraste choca con el paisaje memorial del siglo que ha finalizado. En los momentos más oscuros de la ‘era de los extremos’ cuando una guerra destructiva sacudía al viejo mundo (…) el comunismo aparecía, para millones de hombres y mujeres, como una alternativa por la que valía la pena luchar” (Traverso, El pasado, instrucciones de uso).

En el giro de un siglo a otro muchos de los “vasos comunicantes” con la experiencia del pasado se rompieron.

Claro, no se trata de cualquier experiencia, sino de la epopeya del siglo más revolucionario de la humanidad, donde se comenzó a abrir la puerta hacia la transición socialista y, por lo tanto, un tesoro de experiencias sociales, políticas y económicas que deben ser recuperadas en la pelea por relanzar la batalla por el socialismo en este siglo XXI.

De ahí que le concedamos importancia a la problemática que nos preocupa en este texto (y que ya hemos abordado en otros). Se trata de la pérdida de lo que podríamos llamar “conciencia histórica” entre las nuevas generaciones y su vinculación con la conciencia política promedio entre las camadas que están protagonizando el recomienzo de la experiencia de lucha en los últimos años.

Una ruptura en la transmisión de la experiencia

Podemos partir de un dato que es visualizado por muchos de los historiadores y antropólogos contemporáneos. El fallecido Eric Hobsbawm, Marc Auge, Enzo Traverso y muchos otros autores dan cuenta del mismo fenómeno: la ruptura en la continuidad de la experiencia respecto de las luchas y vivencias de las generaciones pasadas.

Ejemplos de esto hay muchísimos y remiten a las vivencias de algunos de nuestros abuelos en la guerra civil española, en las batallas de la Segunda Guerra Mundial, en la resistencia antinazi y así de seguido.

Desde ya que esto es mucho más común en países europeos que en la Argentina; aunque en nuestro país, de todos modos, dado el peso de la inmigración esta memoria transmitida solía ser importante.

Más allá de esto, muchísimos analistas marcan cómo el pasaje del siglo XX al XXI constituyó una suerte de “borrón y cuenta nueva” en materia histórica; un fenómeno que se resuelve en la adoración del presente como única dimensión de la temporalidad: una suerte de abolición de la historia misma: “El hombre actual vive en una especie de hipertrofia del presente” dice Marc Auge.

La base material de esta ruptura de la experiencia (de transmisión de esta de una generación a otra) la podemos encontrar en dos dimensiones que no son idénticas pero tienen una relación dialéctica.

Por un lado, con la mundialización económica, las deslocalizaciones fabriles, la emergencia de un nuevo proletariado en China, el sudeste asiático y más en general en los nuevos centros de acumulación capitalista, lo que hay es una ruptura de la experiencia transmitida en los lugares de trabajo[1].

Desde ya que esta dimensión no es absoluta: existen múltiples ejemplos donde esta experiencia se transmite.

Sin embargo, el desempleo de masas que campeó en muchos países en determinados momentos de las últimas décadas (en la Argentina esto ocurrió en los años ‘90), “superado” con el ingreso a trabajar de una nueva generación (eventualmente en otros centros o regiones donde se volvió a dinamizar la acumulación), de alguna manera alteró la transmisión “normal” de la experiencia en los lugares de trabajo: desde el “saber hacer” laboral, hasta las experiencias de lucha y organización.

De todos modos, en este artículo nos interesa más bien enfocarnos en otra dimensión de las cosas: en lo que podríamos llamar la transmisión de la experiencia histórica, la vivencia de las experiencias de lucha, y cómo a partir de la caída del Muro de Berlín (y más en general de la “muerte del comunismo”), se cortó la relación con las luchas emancipadoras del pasado (las que fueron arrojadas al tacho de basura común del “totalitarismo”).

Una conciencia fragmentada

Es un hecho que no en todos los países o regiones del mundo esta problemática es idéntica. Es más aguda en aquellos que pasaron por experiencias no capitalistas y su población no encuentra forma de darle unidad a la experiencia del siglo pasado.

Traverso es agudo cuando señala cómo la vivencia en la ex URSS, la memoria histórica de la vida, se ha fragmentado irremediablemente: “La memoria del estalinismo es profundamente heterogénea, porque es a la vez memoria de la Revolución y del Gulag, de la ‘gran guerra patriótica’ y de la opresión burocrática” (El pasado, instrucciones de uso).

Más que fragmentaria, efectivamente, heterogénea en el sentido de que no se le encuentra unidad.

El autor de esta nota hizo una experiencia respecto de esta “memoria heterogénea” (que no encuentra síntesis) charlando con un taxista en Cluj, Rumania, al interrogarlo sobre su apreciación de Ceaucescu (último dictador al frente del país bajo el estado burocrático).

Cuando se le preguntó por el ex dictador, la respuesta fue de repudio; pero a la hora de contestar acerca de cómo era la situación económica en ese momento, el taxista respondió que era mejor que hoy…

En Rusia actual, si se quiere, las cosas son mucho más contradictorias aun.

Integrantes de las viejas generaciones reivindican abiertamente a Stalin (cuestión que comienza a ser explotada por Putin) aunque, de todas maneras, al preguntarles por las purgas y la represión de la burocracia, la respuesta es de amargura[2].

Esta conciencia heterogénea hace parte, también, de los problemas de transmisión de la experiencia a los que estamos haciendo referencia: el corte en la memoria histórica de las nuevas generaciones.

Un problema similar se observa, dando un ejemplo más, en China.

Una conciencia nostálgica de las viejas “seguridades” (laborales y demás) se encuentra entre los trabajadores estatales jubilados (que gozaron de amplios beneficios antes de ser despedidos en masa con el paso al capitalismo).

Ahora bien, entre las nuevas generaciones no parece haber rastro de esto. Cómo está integrada la experiencia de la China no capitalista en su “conciencia histórica”, vaya uno a saber.

Una cuestión es clara: el peso del elemento nacionalista en China emerge como forma de conciencia “sustituta” para la burocracia del PCCH; algo que el día de hoy, y a diferencia de ayer, ya no tiene que ver con un país dependiente y semicolonial arrasado por el imperialismo occidental en las “ciudades del tratado” o por el imperialismo japonés ocupando Manchuria, sino expresando un “imperialismo en construcción”, lo que es algo muy diferente[3].

De todos modos, el interrogante no es ese sino cómo integrar los elementos no capitalistas y/o “igualitaristas” heredados de la Revolución de 1949 (bajo la camisa de fuerza y la deformación extrema introducida por la burocracia maoísta) con las vivencias y conciencia del presente de un inmenso proletariado de 400 o 500 millones de miembros sometidos a condiciones de súper explotación, pasaportes internos, ausencia de derechos de sindicalización y un largo etcétera.

En todo caso, si lo anterior ocurre en los ex países no capitalistas (esta no integración de la conciencia histórica, esta heterogeneidad a la hora de su abordaje), el fenómeno se extiende y generaliza entre las nuevas generaciones forjadas en el contexto de un capitalismo sin contendiente social.

De ahí la pérdida de dimensión histórica con la que se vive, pérdida con la que emergen a la vida política las nuevas generaciones, lo que se conecta con la abstracción de toda idea de que pueda haber una alternativa: el “posibilismo” (o ni siquiera eso) que campea entre las nuevas generaciones. “Durante muchos siglos, el tiempo fue portador de esperanza. Del futuro los hombres esperaron serenidad, evolución, maduración, progreso, crecimiento o revolución. Pero eso se terminó. Para el antropólogo Marc Auge, en las últimas tres décadas el porvenir prácticamente ha desaparecido: un presente inmóvil se abatió sobre el mundo, desmantelando el horizonte de la historia” (La Nación, 22 de mayo del 2015).

Historia y memoria               

“Amos Funkenstein sin duda tiene razón al señalar que, en el punto de encuentro entre memoria e historia, emerge una tercera instancia a la que se llama conciencia histórica(Traverso, ídem).

En otros artículos hemos abordado los problemas que para una conciencia política socialista plantea este corte en la experiencia historia entre las nuevas generaciones.

No se trata de una abstracción o de algo que venga no se sabe de dónde: proviene, evidentemente, de la derrota del primer gran empuje emancipador socialista que caracterizó la experiencia de los explotados y oprimidos en el siglo XX.

Observando los ciclos revolucionarios de otros siglos, se puede decir que la Revolución francesa inauguró un largo ciclo político que muchos historiadores fechan como cerrándose recién un siglo después: con la derrota de la Comuna de París (que, de todos modos, ya era un movimiento de otra naturaleza social, porque a su frente estuvieron los proletarios de París).

Muy rápidamente, además, tras la derrota de la Comuna y la disolución de la I Internacional que le fue concomitante, en 1889 nacía la II Internacional, la que por añadidura se transformó casi instantáneamente en una internacional obrera de masas, al menos en Europa.

Así las cosas, este corte de la memoria histórica del que estamos hablando no está claro que haya sido un fenómeno con igual intensidad que hoy.

Las tradiciones revolucionarias se mantuvieron por intermedio de Filippo Buonarroti (lugarteniente de Graco Babeuf, inspirador del último levantamiento jacobino en la revolución francesa o del primer levantamiento comunista de la historia según se lo interprete), tradición luego recogida por Auguste Blanqui, lo que fue simultáneo con la emergencia del socialismo utópico y luego del científico de Marx y Engels.

De todos modos, aquí nos estamos refiriendo a la conciencia de amplios sectores de masas, no a la vanguardia donde el trotskismo es actualmente la corriente emergente que está asegurando la continuidad histórica del marxismo revolucionario del siglo XX.

Porque es precisamente entre las nuevas generaciones (en sentido amplio) donde está el problema que estamos identificando: el corte de la experiencia transmitida, la falta de conciencia histórica, de vínculo con los hechos revolucionarios del pasado reciente.

¿Qué consecuencias tiene este fenómeno? El “presentismo” con que se manejan las nuevas generaciones, la pérdida de dimensión histórica de las cosas y procesos, se traduce en una conciencia política más limitada, de “bajas miras” (esto en la medida en que lo que se visualiza es el presente: el futuro, el porvenir, aparece difuso por decir lo menos).

De ahí que el trabajo por la historia del siglo XX, el correcto abordaje de sus enseñanzas, el balance acerca del mismo hecho desde la perspectiva estratégica del relanzamiento de la lucha por el socialismo, tenga semejante importancia: hace a la forja de la conciencia revolucionaria de las nuevas generaciones militantes en momentos donde recomienza la experiencia de lucha: “Hay memorias oficiales, sostenidas por instituciones, incluso Estados y memorias subterráneas, escondidas, prohibidas. La ‘visibilidad’ y el reconocimiento de una memoria dependen también de la fuerza de quienes la llevan” (Traverso, ídem)[4].

 

 

[1] Traverso diferencia el concepto de “experiencia transmitida” con el que alude a la que se pasa de una generación a otra, del concepto de “experiencia vivida” que es la que un sujeto experimenta en tiempo presente.

[2] Señalemos de paso que, al parecer, el conocimiento de Trotsky y su batalla contra la burocratización de la ex URSS es prácticamente desconocida entre las amplias masas. Un efecto particularmente perverso del triunfo de la URSS sobre el nazismo es que elevó a Stalin a héroe nacional.

[3] La conciencia nacionalista fue un rasgo característico de China a lo largo de todo el siglo pasado; un rasgo progresivo más allá de que hasta cierto punto opacara una conciencia más de clase, socialista e igualitaria. Esto en las condiciones donde sí se impuso una suerte de “igualitarismo” de la pobreza en el campo después de la revolución; en las ciudades el proletariado protegido por el Estado no logró elevarse a una conciencia que fuera más allá del corporativismo; pero esto es otra cuestión que no podemos abordar aquí.

[4] Es importante notar que la lucha “por la memoria” (que sería, desde nuestro punto de vista, por el correcto abordaje de las enseñanzas del siglo pasado) debemos desenvolverla como un batalla en dos frentes: contra la liberal reducción del siglo XX a “totalitarismo”, al tiempo que por sacar el balance de sus enseñanzas frente a las inercias conservadoras que incluso se observan en las filas de los revolucionarios.

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