“Lo de Neuquén fue, antes que nada, un ejemplo de lo que puede suceder (y no tarda en suceder) cuando un Estado, en este caso provincial, decide usar las fuerzas policiales para reprimir una demanda social. (…) Es que la derecha defiende la vida de ‘los particulares’. (…) Los otros, los que marchan juntos en la manada, los que obstaculizan medidas o ajustes, los que piden por su parte no son particulares. Quedan abolidos de ese rango porque violan la principal premisa del ‘particular’: accionan políticamente. Para la derecha, la política es un privilegio de los políticos.

 

Sandra Russo sobre el asesinato de Carlos, Página/12, 7 de abril de 2007

 

En un día de paro general, con todos los personeros del gobierno (incluida Sandra Russo) abogando por “el derecho del que quiere ir a trabajar” y tachando a la medida de “política” como si fuera el peor de los insultos, es curioso volver sobre esos tiempos, cuando el discurso K todavía chorreaba ternura por los que “obstaculizan medidas o ajustes” y consideraba como propias de “la derecha” esas políticas y ese discurso que hoy el gobierno nacional lanza abiertamente contra los trabajadores. Y sobre todo, cuando todavía alertaban sobre las consecuencias de la represión policial contra las demandas sociales. No habían sucedido las luchas de Gestamp y Lear, con las fábricas militarizadas por orden del gobierno nacional. La represión era cualitativamente más dura en las provincias del interior, y el kirchnerismo la silenciaba o hablaba de ella como si sucediera fuera de la órbita del gobierno nacional, como si fuera en otro país.

Pero no era otro país. El gobierno K, por acción y omisión, garantizó la impunidad de Sobisch. La Ctera oficialista se negó a luchar por justicia. La directiva de Aten levantó la movilización de decenas de miles de trabajadores que habían ido a la gobernación a pedir la cabeza de Sobisch. Los jueces que condenaron al policía Poblete, autor material del crimen, dijeron que había cometido un “exceso”; uno de ellos había sido asesor de los militares, justamente, en los juicios por “excesos” cometidos durante la dictadura, y fue la misma teoría de los excesos la que utilizaron para salvar al gobernador. El gobierno K ataca a los jueces cuando acusan de corrupción a sus funcionarios o cuando no lo dejan aplicar la ley de medios, pero nunca movió un dedo para destituir a los agentes y las prácticas de la dictadura en el Poder Judicial.

Junto con esta política de echar baldes de agua fría sobre la rabia popular y “dejar actuar a la Justicia”, el kirchnerismo intentó apropiarse de la figura de Carlos, sobre todo por la vía de negar su militancia revolucionaria pasada y presente. Si hoy es sabido que era un militante trotskista, es porque nuestro partido, que vino creciendo en la provincia y en el país, peleó con todas sus fuerzas y talentos para que su verdadera historia de vida no quedara sepultada en esa imagen borrosa de víctima que no jorobaba a nadie, inventada por la Ctera y sus secuaces.

Pero reivindicar al verdadero Carlos Fuentealba no es necesario sólo como un homenaje hacia el compañero. Conocer su vida política y de lucha sirve para derribar varios mitos sobre la historia reciente de nuestro país, instalados por el gobierno, por las corrientes antipartido o simplemente por la falta de ejercicio de la memoria histórica que padece nuestra clase trabajadora por culpa del sindicalismo peronista.

Con la historia de Fuentealba te enterás de que a principios de los 90 hubo una Uocra clasista que se mantuvo varios años enfrentando al ex servicio de la dictadura y hoy kirchnerista Martínez; que esos trabajadores, con Alcides Christiansen a la cabeza, no sólo pelearon por sus propios reclamos sindicales, sino que reunían en sus asambleas a todas las fuerzas populares de la provincia y se unían en la lucha a los demás sectores de trabajadores. Y de que es posible que miles de trabajadores banquen de su bolsillo un sindicato considerado ilegal por los patrones, el gobierno y la burocracia, poniendo su cuota en la alcancía que Carlos y sus compañeros llevaban a la salida de la obra.

Te enterás de que las famosas frases del estilo de “al menemismo no le hacían piquetes” o “todo el mundo se calló en los 90” son mentiras. Carlos, Alcides y muchos de los trabajadores que habían hecho la experiencia de la Uocra clasista tomaron la gobernación de la que Sobisch (el mismo que años después asesinaría a nuestro compañero) se tuvo que escapar por la ventana disfrazado de policía. Exigían una solución para los desocupados, como hicieron miles de trabajadores en todas las provincias del país hasta que los capitalistas tuvieron que resignarse a aflojar el bolsillo porque el Argentinazo, la resultante final de todas esas luchas, no les dejó más ventanas por las que escaparse.

El gobierno K les dice a los trabajadores que el neoliberalismo cayó por obra y gracia de Néstor, y que después de Néstor la vida de los trabajadores es un jardín florido. Carlos Fuentealba fue uno de los que dieron realmente esa pelea que ningún funcionario K libró jamás, porque estaban del otro lado, haciendo plata y gobernando con el menemismo; pero además, siguió peleando contra el gobierno y la burocracia K como había peleado contra los anteriores, incluso retomando el camino de la construcción de un partido revolucionario.

En el octavo aniversario de su asesinato, te invitamos a sumarte al Nuevo MAS para luchar contra la impunidad de Sobisch, el ajuste K y la construcción de una alternativa socialista para que gobiernen los trabajadores.

 

 

 

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