Está terminando la convocatoria del 18 F, a un mes de la muerte de Nisman. Lo primero que se puede decir es que los fiscales y los políticos opositores convocantes más Piumato y los multimedios como TN y la CNN a nivel internacional, no lograron traspasar la composición social de clases medias altas de los cacerolazos habituales. No se trató de una marcha multitudinaria ni popular. El centro de gravedad de la marcha estuvo marcado por el personal jerárquico del Poder Judicial, en una convocatoria que se quedó corta en relación a las ambiciones de los organizadores.

 

Un número realista sobre la participación, es que estuvieron presentes unas 100.000 personas, no más. No se compara con el cacerolazo del noviembre del 2012, que llenó no sólo la Plaza de Mayo, sino todo el entorno al Obelisco por la inmensa Avenida 9 de julio.

 

La realidad, entonces, es que la movilización no logró traspasar a otras capas sociales, a los sectores populares. Tampoco en el interior la marcha fue masiva. Hubo importantes concentraciones, pero no se vivió un cacerolazo histórico.

 

Los organizadores, quizás, se escuden en la lluvia que hubo en la Ciudad de Buenos Aires. Pero esto no explica por qué en el interior tampoco llegó a ser lo multitudinaria que se esperaba. Otro argumento es que estamos aún en los meses de verano. Pero este justificativo no resiste el análisis, porque los grandes eventos históricos no respetan el calendario.

 

Quizás la razón más de fondo de que los convocantes se hayan quedado cortos, es lo limitado del programa que encarna este movimiento. Las consignas de la “marcha del silencio” cantadas por los manifestantes eran “justicia”, “todos somos Nisman”, “presentes” y estrofas del Himno Nacional. Esto no alcanzan para ir más allá de las clases medias altas… ni menos para iniciar la “revolución de las clases medias” que según Carrió habría comenzado.

 

Otro problema de la movilización fue su composición generacional: de manera más marcada que en los cacerolazos, el promedio de edad fue muy alto, entre 50 y 60 años, algo menos quizás. No solamente no participaron sectores populares y, menos que menos, trabajadores. Tampoco concurrió gente joven, salvo hacia el final de la movilización y de manera aislada.

 

La realidad, entonces, es que al gobierno no le faltó cierto éxito en su política de polarización respecto a la marcha.

 

De un lado está la consigna abstracta de “República” y la defensa corporativa de la supuesta “independencia” del poder judicial. El poder que es uno de los más oligárquicos, antidemocrático y enfeudado con el pasado de la dictadura militar.

 

Del otro, el gobierno kirchnerista, que se presenta reivindicando las “conquistas” de la última década, como la superación del desempleo de masas. Algo que, en realidad, fue subproducto de la rebelión popular del 2001, so pena que la Argentina capitalista terminara estallando por los aires. Pero también hay que advertir que vivimos un fin de ciclo cuyo contenido masivo es la bronca contra el gobierno K entre amplios sectores populares y de trabajadores por el deterioro en las condiciones de vida: la caída del salario real, la tendencia al aumento del desempleo, el impuesto al salario, y otras reivindicaciones populares. Sin embargo, estos sentimientos reales no alimentaron la marcha del 18-F, entre otros motivos porque esa convocatoria no tomaba, como señalamos, ningún reclamo ni problema obrero y popular.

 

La situación en torno al caso Nisman colocó una crisis global, dónde metieron los dedos sectores del imperialismo yanqui y del sionismo internacional en concomitancia con la reaccionaria onda islamofóbica que predican mundialmente. Pero esto parece no alcanzarles para generar una movilización de la sociedad en su conjunto. El programa reaccionario de “República” en abstracto y de reivindicaciones supuestamente “democráticas” cuyo contenido es igualmente retrógrado –fortalecer las instituciones existentes–, no conmovieron a los más amplios sectores.

 

Esto deja una enseñanza, también, a aquellos sectores de la izquierda que vienen teniendo una política seguidista a los tejes y manejes de la oposición de derecha, como es el caso del PO, jefe indiscutido del FIT.

 

La salida a levantar desde la izquierda debe ser independiente de todo bando patronal. Para acabar con la impunidad en casos como el de la AMIA, hace falta poner en pie una comisión investigadora independiente; también hay que empujar para el lado de la disolución efectiva de la ex SIDE (no su reemplazo por un nuevo organismo de inteligencia como la AFI). Al mismo tiempo, el poder judicial debe ser removido de arriba abajo, liquidando su carácter de corporación oligárquica y avanzando en la elección directa de los jueces.

 

Pero con todo eso no alcanza. Frente a una crisis que aquí no termina, que es global, cuya “dialéctica” seguirá siendo los golpes y contragolpes en el lodo de la política patronal, es necesaria una salida realmente democrática: una Asamblea Constituyente Soberana. Es decir, una salida que combine los reclamos contra la impunidad, contra el carácter antidemocrático de este estado patronal y su “democracia” de los ricos, con las reivindicaciones más sentidas de los trabajadores y los sectores populares.

 

Porque lo que está en crisis es el ordenamiento económico, social y político de conjunto del país: un ordenamiento que sólo podrá ser realmente cambiado desde la movilización de los trabajadores que se independiente de ambos bandos de los de arriba y del imperialismo. Eso es lo que hay que discutir en este fin de ciclo del kirchnerismo.

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