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El domingo 17 del pasado mes de noviembre, se realizó la primera vuelta de las elecciones presidenciales. En general, casi todos los observadores predecían un rotundo triunfo de Michelle Bachelet, ex presidenta y candidata de la coalición de “izquierda” Nueva Mayoría, que agrupa al Partido Socialista (PS), al Partido Comunista de Chile (PCCh), el Partido Demócrata Cristiano (PDC) y organizaciones menores.
El desprestigio del saliente gobierno de Sebastián Piñera y de la derecha, que para estas elecciones organizaron la coalición Alianza, era de tal magnitud que sucedió algo poco frecuente: casi todos sus precandidatos a presidente desertaron. Así, por default, sólo quedó en pie la candidatura de Evelyn Matthei, cuyo principal blasón es la de ser hija del genocida Fernando Matthei, general de la Fuerza Aérea que integró la Junta Militar encabezada por Pinochet, que dio el golpe de septiembre de 1973.
En esa situación, y en un clima de descontento y protesta social –luchas estudiantiles en los últimos años y también aunque en menor medida de trabajadores– se esperaba la consagración de Bachelet en primera vuelta, como “voto castigo” al oficialismo y la derecha. Pero no llegó a ser así. Se realizará una segunda vuelta el domingo 15 de diciembre.
Bachelet logró el 46,7%. Matthei, el 25%. El resto, se distribuyó entre otros siete candidatos. Pero el dato más importante y significativo fue la gran abstención. ¡Sólo votó un 56%!
Aunque en Chile el voto no es obligatorio, el alto porcentaje que no fue a votar no sólo expresa a sectores “atrasados”, indiferentes a la política, sino también a franjas que con toda razón desconfían “por la izquierda” de esa “Nueva Mayoría”… que tiene muy poco de “nuevo”.
Efectivamente, la “Nueva Mayoría” de Bachelet no es más que la continuidad (con otro nombre más el agregado del PCCh) de la vieja “Concertación”, que ya gobernó Chile… la última vez, con la misma Bachelet de presidenta del 2006 al 2010.
En resumen: en la segunda vuelta del 15 de diciembre, es seguro que se impondrá Bachelet… pero no en la forma rotunda que se preveía.

Veinte años de “Concertación”… y de continuidad…

En total, la Concertación gobernó durante veinte añitos, desde 1990 a 2010. Durante ese período, administró fielmente el régimen archireaccionario diseñado por el genocida Pinochet, sin cambiarle una coma en líneas generales, ni a nivel económico-social ni político. Así Chile es uno de los países más desiguales del mundo. Además, “se paga el precio más alto de América Latina por la electricidad, y en verano el metro cúbico de agua potable cuesta el doble; las aguas de los ríos, lagos y arroyos pueden ser de propiedad privada, bajo unas leyes que impuso la dictadura de Pinochet, el mismo gobierno que creó un código minero que permite a una empresa explotar un yacimiento subterráneo sin el consentimiento del propietario de los terrenos que están en la superficie, y que tiene preeminencia sobre la legislación que protege el ambiente. Pinochet sabía que a la industria minera había que favorecerla, porque la empresa nacional del cobre está obligada por ley a entregar todos los años a las fuerzas armadas el 10 por ciento de sus utilidades. De todos modos, buena parte del negocio, que representa casi el 60 por ciento de las exportaciones, está en manos de compañías extranjeras, beneficiadas por varios tipos de reducciones y exenciones tributarias.”[1]
Un punto particularmente escandaloso es la mercantilización total de la educación, que fue finalmente el detonante de la protesta social durante la presidencia de Piñera. “Ya sea que estudien en el sistema público o en el privado, enviar a los hijos a la universidad implica que, una vez recibidos, los nuevos profesionales estarán pagando durante diez o veinte años los préstamos con que financiaron sus carreras. Con pagos de matrículas, incluso en las universidades del estado, que pueden superar los mil dólares por mes, no es raro que las familias deban decidir cuál hijo puede aspirar a un título profesional. Eso siempre y cuando el ingreso alcance, porque el salario promedio nacional es inferior a la matrícula mensual de muchas carreras.” (Horacio R. Brum, cit.)

La promesas de Bachelet

Aunque en su anterior presidencia no cambió nada de esto, Bachelet se presenta ahora cómo la gran “reformadora”.
Promete una reforma educativa de fondo, que garantizaría la gratuidad a nivel universitario en el plazo de seis años. Para financiar eso, su segundo eje de campaña es una reforma tributaria que aumente gradualmente los impuestos a las empresas. Su tercera propuesta es una reforma de la Constitución, que cambiaría el régimen autoritario heredado de la dictadura pinochetista. También promete el matrimonio igualitario y liberalizar la represiva legislación antiaborto, aunque sin llegar a establecer el pleno derecho al aborto libre, legal, seguro y gratuito.
Pero en las elecciones burguesas prometer no cuesta nada… Y, por la dudas, Bachelet ya ha abierto el paraguas, declarando que “los gobiernos no pueden al día dos empezar a tener resultados dramáticamente distintos”… O sea, las prometidas “reformas” van a demorarse.
Y para justificar las promesas incumplidas, Bachelet ya tiene pretextos: las elecciones parlamentarias, que fueron simultáneas a la votación presidencial, no le dieron bancas suficientes en las cámaras, como para imponer por sí sola las reformas constitucionales. Debería acordar con sectores de la derecha…
Claro que esto es así, porque la Constitución pinochetista, por un lado, establece un sistema escandalosamente antidemocrático de elección de parlamentarios; y, por el otro,  pone trabas enormes a su propia “reforma”.
Y, por supuesto, Bachelet y sus “izquierdistas” de Nueva Mayoría no parecen dispuestos a liquidar por las vías de hecho una “Constitución” ilegítima que fue impuesta “a dedo” por una dictadura sanguinaria mediante un plebiscito fraudulento.
La legítima vía revolucionaria de desconocer una “Constitución” manchada de sangre y convocar a una Asamblea Constituyente democrática, es inconcebible para estos “izquierdistas”.

La necesidad de una alternativa política independiente, obrera y popular

Si las cosas se jugaran exclusivamente a nivel de las instituciones, no habría mayores perspectivas de cambios en Chile. Pero lo más importante es que, durante la presidencia de Piñera, las masas chilenas comenzaron a movilizarse. Se fue a pique la “paz social” de los 20 añitos de la Concertación… que fueron la continuidad “democrática” de la terrible derrota que significo la dictadura de Pinochet.
Sin llegar a grandes rebeliones ni a procesos como los de Bolivia, Ecuador, Argentina o Venezuela, amplios sectores de masas se pusieron en movimiento. En primer lugar, la juventud estudiantil, una nueva generación que no había sufrido en carne propia esa derrota. Pero también se desarrollaron luchas de los trabajadores, y procesos de recomposición del movimiento obrero, con nuevos activistas que se diferencian de la podrida burocracia de la CUT, hoy manejada principalmente por el PCCh.
Pero a ese ascenso ha tenido resultados desiguales: no se ha desarrollado una fuerte alternativa política independiente obrera, juvenil y socialista. Por eso, finalmente, lo capitaliza la Nueva Mayoría, que es la vieja Concertación secundada por el PCCh.
Al principio, inevitablemente, un amplio sector de la juventud y de la clase trabajadora va a tener esperanzas en el nuevo gobierno. Además, a nivel parlamentario han sido electos algunos dirigentes de las luchas estudiantiles y sociales que refuerzan esas ilusiones. Sin embargo, ya en los mismos resultados, tanto de las presidenciales como de las parlamentarias, se reflejaron distintos grados de desconfianza. Así, la abstención fue mayor en la votación a presidente que a parlamentarios. Y los llamados “diputados sociales” (principalmente, dirigentes juveniles que fueron en las listas de la Nueva Mayoría) tuvieron una votación mucho más alta que el promedio de los políticos “tradicionales”.

Sin embargo, esto también es contradictorio, sobre todo a nivel de la vanguardia. Dirigentes como Camila Vallejo, del PCCh, ex-presidenta de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (Fech), se hicieron mundialmente famosos y hoy son diputados con una alta votación. Pero, una semana antes de las elecciones presidenciales y parlamentarias, hubo elecciones en la Fech… y los candidatos del PCCh perdieron por paliza!!! Ganó la presidencia Melissa Sepúlveda, que encabeza una lista anarquista. El PCCh salió último.(diario La Tercera, 13/11/2013)
A nivel de masas, las mismas expectativas que hay en Bachelet, pueden ser un boomerang para su gobierno… en la medida que las prometidas “reformas” no se concreten. Es que los trabajadores y la juventud tienen una pesada factura para presentarle. Y es muy dudoso que la satisfaga.
Por esos mismos motivos, la cuestión de poner en pie una alternativa política independiente es decisiva, tanto para la vanguardia juvenil como del movimiento obrero. El cretinismo antiparlamentario y “antipolítico” del anarco-autonomismo y/o el sindicalismo, es incapaz de dar una batalla seria. Para eso, los luchadores obreros y juveniles tienen el desafío de construir una fuerza política independiente que le dé una batalla política al nuevo gobierno. El anarco-autonomismo no sirve para eso

Rafael Salinas

1 – Horacio R. Brum, desde Santiago, “¿Segundas partes serán buenas?”, Brecha, Montevideo, 22/11/2013.

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