Por una estrategia socialista revolucionaria frente al imperialismo

 

La votación realizada en la ONU sobre la necesidad de establecer algún marco regulatorio que le permita a los países deudores pagar, y le garantice a los acreedores cobrar, reactualiza el debate sobre los caminos para superar el atraso y la dependencia de nuestros países. Como parte de ese debate publicamos un fragmento editado del libro “Revolución o dependencia” de Marcelo Yunes publicado por editorial Antídoto.

En todo el espectro del pensamiento de izquierda en general se parte de reconocer que la actual estructura mundial es desigual e injusta, que la mundialización aumenta la brecha entre clases y países ganadores y perdedores, y que el orden imperialista requiere necesariamente de guerras y agresiones en la periferia para sostenerse. Pero así como los diagnósticos y las comprensiones del origen y dinámica de esta situación son muy distintas, lo son también las estrategias políticas para enfrentarlo.

El conjunto del reformismo parte de una premisa inamovible: el socialismo y la revolución social están fuera del horizonte histórico. Las justificaciones son más o menos diversas: la “derrota histórica” del stalinismo, al que se asimila sin más con el socialismo; la relación de fuerzas es desfavorable por un largo período (que terminará, convenientemente, más allá del fin de la vida de quienes sostienen tal cosa); nunca fue un proyecto verdaderamente viable (los más quebrados)… Pero la conclusión política suele ser la misma: lo que es posible, deseable y conseguible es la “democracia”, ya sea a secas, o como “utopía democrática”, o “participativa”, o “ampliada”, y en general no se hace mención del carácter de clase de esa criatura.

Por lo tanto, el orden mundial capitalista-imperialista no puede sufrir ninguna transformación revolucionaria ni mucho menos ser derribado, sino sólo modificado o reorientado. Algunas organizaciones sintetizan muy bien esa idea cuando aclaran que no se trata de meter mano en el terreno de la producción (esto es, la propiedad de las capitalistas es sagrada e intangible), sino sólo de lograr una distribución más justa de la riqueza. Claro que la distribución no es de ninguna manera independiente de la producción, de modo que a tal perspectiva sólo le queda apelar a la sabia y bondadosa mano de algún estadista populista. Esto es, un Lula o un Morales que les haga entender a los insaciables capitalistas que, en aras de sostener el orden en su conjunto, deben tener la inteligencia necesaria de aflojar parte de sus ganancias para “redistribuir”.

Desde el punto de vista marxista, el utopismo de semejante proyecto es palmario. No sólo ni fundamentalmente porque apele a la sensibilidad, o el sentido estratégico, de los capitalistas, sino porque, en las condiciones puestas por la mundialización, no hay a largo plazo la menor posibilidad de que burgueses integrados al mercado mundial cedan parte sustancial de su plusvalía para otros propósitos que no sean los de la acumulación, so pena de desaparecer como capitalistas. Y aquí no tallan las cualidades de voracidad o filantropismo, sino las exigencias de la ley del valor. De allí que la impotencia política de fondo del proyecto “redistribucionista” sea la contracara de su subyacente filosofía de posibilismo y Realpolitik.

En relación con el orden capitalista-imperialista en tanto tal, y en particular en lo que hace a la inserción de los países de la periferia como los latinoamericanos, desde el ángulo del “progresismo posibilista” sólo se ofrece una de dos variantes. O bien se propone un reciclado apenas maquillado de la vieja ideología cepaliana-desarrollista, cuyas premisas “autárquicas” resultan hoy aún más utópicas que en los 50-60, o bien se busca una entrada por la puerta grande al mundo globalizado y al club de países desarrollados vía la inserción exportadora en el mercado mundial, acompañada de un reconocimiento geopolítico por parte de los “hermanos mayores”. En la región, Brasil es indiscutiblemente paladín de esta orientación. Pero casi todos los gobiernos de centroizquierda de América Latina apelan alternativa y a veces simultáneamente a estos esquemas, que dan por sentado el carácter inmodificable de la arquitectura imperialista y sólo aspiran, como máximo, a dejar atrás a sus pares menos favorecidos.

En el fondo, todas las posiciones políticas e ideológicas señaladas tienen en común una absoluta vaguedad respecto de cuál sería el sujeto social capaz de transformar la realidad, incluso en el sentido tan estrecho y limitado al que se confinan. A un proyecto de contornos bastante poco definidos le sigue, como una sombra a otra sombra, un actor social igualmente vaporoso y variopinto: la “ciudadanía” (concepto que nos retrotrae al siglo XVIII, y que se lleva bien con la “utopía democrática”), el “pueblo” (algo caído en desuso), la “multitud” (para los posmodernos) o una mixtura ad hoc de varios de esos agentes. Salvo excepciones, como es el caso del discurso kirchnerista que pretende presentarse como de izquierda, la confianza en la “burguesía nacional” parece irremediablemente erosionada. Pero en todos los casos hay un rechazo explícito de la capacidad y centralidad transformadora de la clase trabajadora.

El papel decisivo de esa clase es negado con las argumentaciones más insólitas. Algunas son de orden “económico”, como la “revolución informática”, el “nuevo paradigma productivo” y la “economía post industrial”, entelequias también en boga hasta hace poco pero cuya pertinencia se ve seriamente dañada en el marco de la actual crisis mundial. Otras son más ideológicas, como el razonamiento de que junto con la salida definitiva de la revolución y el socialismo de la escena histórica (al que se identifica intencionalmente con el stalinismo) corresponde, por carácter transitivo, decretar la muerte de la potencialidad transformadora de la clase obrera, sobre todo la industrial.

Así es como todos estos proyectos políticos quedan en un amargo gemido por “otro capitalismo” el cual tiene patas estructurales muy cortas. Si no es posible, a largo plazo, sustraerse a la marcha de la economía mundial mediante la edificación de islas semiautárquicas nacionales o regionales, lo es mucho menos suponer que el orden capitalista-imperialista va a cambiar su carácter desigual y explotador, que tiende a profundizarse, no a atenuarse.

En este marco, la invocación a la “democracia” de sexo indefinido, por más “ampliada”, “participativa” o “social” que se proponga, deja incólumes las bases del orden capitalista sobre las que se asienta la estructura imperialista y su esquema centro-periferia.

En consecuencia, todo proyecto de superar el atraso en el desarrollo, la desigualdad social y la opresión nacional debe ser no sólo anticapitalista, sino postular un nuevo orden social global. Y el único proyecto coherente y de alcance histórico de oposición al capitalismo es el socialismo, por dos razones fundamentales.

Primera: el socialismo es la única alternativa global, internacional, de construcción de un sistema social que no asume un punto de partida por detrás del desarrollo capitalista. Es decir, parte (aunque busca superar críticamente las rémoras generadas por siglos de explotación) de realidades como la integración de la economía mundial, la división mundial del trabajo y el desarrollo científico-tecnológico. Esto lo diferencia del utopismo romántico, que conduce a idealizar el atraso productivo e industrial con argumentos falsamente humanistas o ecologistas.

Esta opción por el socialismo es también defendida por algunos valiosos intelectuales de izquierda en nuestro continente, pero cabe identificar serios debates al respecto. Por ejemplo, un camino particularmente peligroso es confundir la concepción clásica de socialismo con la versión Chávez del “socialismo del siglo XXI”. Porque éste se halla lejos de corporizar la “invención heroica” que reclamaba José Carlos Mariátegui para el socialismo latinoamericano, más bien, en vez de constituir una adaptación feliz del socialismo clásico a las condiciones materiales de América Latina en nuestro siglo, el “socialismo” chavista representa, en lo ideológico, un cierto sincretismo o pastiche de tópicos de la tradición populista de izquierda; en lo político, una versión del nacionalismo burgués más radical de los 50, a lo que se agrega una visión de “partido único de la revolución” (el PSUV) de clara inspiración stalinista, pero a la vez sin romper los marcos de la democracia burguesa, y en lo económico, una reedición limitada del capitalismo de Estado también de ciertos movimientos nacionalistas de los 50 y 60.

La segunda razón de fondo por la cual el socialismo es la única alternativa global al capitalismo imperialista es el hecho de que se apoya sobre una fuerza social también orgánica y global: la clase trabajadora. Digamos de paso que quienes rechazan el rol transformador de la clase obrera no identifican, ni pueden hacerlo, ningún sucedáneo viable con domicilio conocido, sino sólo las entelequias sociales ya mencionadas.

En América Latina, donde el ciclo de rebeliones populares corrió en su momento el péndulo a la izquierda y puso nuevamente sobre la mesa motivos antiimperialistas y anticapitalistas, la cuestión de la estrategia socialista y las fuerzas sociales que pueden motorizarla es particularmente acuciante.

Cerrada por la historia y por la fase de mundialización del capital la vía desarrollista a una mayor autonomía económica y política, y siendo que toda forma capitalista de integración a la economía globalizada no hará más que fortalecer las cadenas de sometimiento y dependencia de los países de la región, se abre un espacio para la salida socialista impulsada desde la clase trabajadora. No es de extrañar que todas las propuestas reformistas, utópicas y/o centroizquierdistas a la vez rechacen una estrategia desde la clase obrera y acepten como inevitables los fundamentos de las relaciones capitalistas, empezando por la propiedad. En efecto, la única vía de superación del atraso y la dependencia es romper con una burguesía que, sin ser pura y simplemente un agente del imperialismo, está atada por mil y un lazos económicos, políticos y sociales a éste. Y esta estrategia sólo puede ser formulada por un actor orgánicamente independiente de todo sector burgués, y que a la vez es objetivamente portador de un orden social que pueda romper con la explotación sin por eso retroceder a un régimen de producción preindustrial.

Es verdad que en América Latina, como en todas partes, el socialismo, como decía Mariátegui, “no podrá ser calco y copia, sino invención heroica de nuestros pueblos”. Pero las herramientas teóricas y prácticas no se inventan de la nada. El socialismo es, también, una síntesis de las experiencias de lucha del movimiento obrero, de los pueblos y sectores sociales explotados y oprimidos. Y las lecciones que ofrecen el siglo XX y lo poco que hemos transitado del siglo XXI son inequívocas en confirmar los grandes lineamientos de la elaboración marxista sobre el imperialismo. No hay atajos, no hay proyectos capitalistas alternativos, no hay lugar para formas bastardas de socialismo: el camino de la lucha antiimperialista, de la lucha por liberar a nuestros países de la dependencia conduce inexorablemente a la afectación de la propiedad capitalista, al combate contra todo sector burgués vernáculo, a la revolución social, al poder de la clase obrera y sus aliados explotados y oprimidos, a la transición al socialismo, a la Federación de Estados Socialistas de América Latina. Cinco siglos de capitalismo y uno de imperialismo confirman que toda otra vía es en verdad una vía muerta para los trabajadores y las masas de nuestro sufrido y combativo continente.

 

Marcelo Yunes

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