Por Claudio Testa


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Desde nuestro último artículo sobre la situación de Ucrania –”Caída del avión de Malaysia Airlines – ¿A quién le conviene?” (24/07/2014)[[1]]– ha pasado poco más de un mes. Sin embargo, no sólo ha corrido mucha agua (y mucha sangre) bajo los puentes. También la situación en Ucrania ha variado.

 

En esos momentos, la prensa occidental no sólo batía el parche del avión derribado sino que además proclamaba la victoria de los chicos buenos de Kiev sobre los tenebrosos zombis de Moscú que se habían apoderado del Este de Ucrania. Pero la realidad mundial no es una serie yanqui de clase B.

 

Del avión de Malaysia Airlines dejó de hablarse, cuando las investigaciones apuntaron a los que le marcaron la ruta sobre una zona de guerra. Es decir, los controladores de Kiev.

 

También hubo un prudente silencio de radio durante semanas sobre el curso mismo de la guerra. Este silencio se rompió hace unos días, para reconocer que las tropas de Kiev estaban recibiendo una paliza y se retiraban en todo el frente. No por casualidad, simultáneamente, se reanudaron las negociaciones de Kiev con Moscú. Hubieran sido innecesarias de producirse la derrota de los “pro rusos”.

 

Las nuevas negociaciones se iniciaron en Minsk, capital de Belarús (o Bielorrusia), en una reunión de Putin con Poroshenko, el presidente del gobierno de Kiev. Desde, entonces, hay un confuso desfile de afirmaciones y desmentidos, sobre acuerdos y desacuerdos. Al cerrar esta edición, es imposible saber a ciencia cierta qué sucede realmente, aunque da la impresión de haberse llegado a un punto muerto… sin que de todos modos hayan sido oficialmente enterradas.

 

Estos desacuerdos son múltiples (y nada fáciles de salvar), porque además aquí –contra las simplificaciones interesadas de los medios– no hay sólo dos bandos sino tres o (posiblemente) cuatro.

 

Está, por un lado, el gobierno de Kiev (que además obedece a distintas presiones, tanto de EEUU como de otras potencias de la UE). Oficialmente, Kiev sigue atornillado a su postura anti-federativa y de absoluto centralismo que ni siquiera permite elegir por voto popular a los gobernadores de oblast (región, provincia).

 

En la otra punta está Putin, que en principio desea un arreglo que lo deje como adalid de los pueblos ruso-hablantes. Para eso propone establecer en Ucrania un federalismo que dé más poderes a los oblast. Al mismo tiempo, el Kremlin no quiere saber nada con la incorporación a Rusia del “Estado Federal de Novorossiya (Nueva Rusia)”, constituido por los sublevados del Este ucraniano. Sería meter en casa una población sublevada, donde se han conformado diversas milicias que pueden ser incontrolables, entre ellas una “Shajtorskaya Diviziya” (División Minera) de mineros del carbón.

 

En el medio, están los sublevados del Este en los que habría varias posiciones. Una, sostenida inicialmente, de amplio federalismo, incluyendo relaciones económicas y políticas con el exterior. Pero la otra, que se habría impuesto finalmente, es la de separarse de Ucrania. A partir de allí, se abrirían dos posibilidades: incorporarse a Rusia (como Crimea) o de subsistir como Novorossiya (Nueva Rusia), un estado independiente… por lo menos formalmente.

 

La independencia como Novorossiya parece ser ahora la posición oficial. Después de los triunfos militares de agosto, fue ratificada en una difundida conferencia de prensa por Aleksandr Zakharchenko, que aparece también como caudillo militar y jefe de una de las principales milicias de Novorossiya, la Oplot (Baluarte):

 

“Déjenme aclarar –dijo Zakharchenko–: hoy ya no es posible ninguna federalización. Todo tiene su tiempo. Pedimos la federalización hace tres meses. Luego, pedimos permiso para hacer un referéndum. Ese tiempo pasó; ahora queremos la independencia.”[[2]]

 

Direcciones nacionalistas rusas… con “pronóstico reservado”

 

Poco después del triunfo del Euro-Maidán y el derrocamiento del presidente Yanukóvich estalló otra rebelión en el Este de Ucrania. Estas dos rebeliones, que se dieron sobre el terreno de una división regional histórica en Ucrania entre Este y Oeste, tuvieron desde el principio características distintas.

 

La rebelión del Euro-Maidán, centrada en Kiev y en los oblast del Oeste de Ucrania, tuvo principalmente como protagonistas a sectores de clases medias, empleados, estudiantes, etc. Y, sobre todo, casi desde su inicio, tuvo también direcciones políticas que la orientaron y controlaron férreamente: dos grandes partidos electorales burgueses (Batkivschina y Udar) y dos fuertes agrupaciones de extrema derecha que aportaron la militancia (los fascistas de Svoboda y los neonazis del Pravy Sektor)

 

La posterior rebelión del Este, en cambio, no sólo tuvo actores sociales mucho más plebeyos, de clase obrera y de trabajadores. Inicialmente, careció de direcciones políticas del peso de las que controlaron el Euro-Maidán. Por supuesto, como señalamos en su momento, estos “vacíos” son insostenibles. Inevitablemente, alguien los ocupa. Quienes ocuparon principalmente ese vacío, fueron las diversas organizaciones (y mini-organizaciones) del nacionalismo (y ultra-nacionalismo) ruso,[[3]] que ya existían a uno y otro lado de la frontera, y que además se reforzaron por una afluencia de combatientes voluntarios provenientes de Rusia y otros países. Desde entonces han subido y bajado personajes y dirigentes, tanto por oscuras peleas internas como por presiones desde Moscú…

 

La propaganda occidental, traza la caricatura de una “invasión militar de Rusia”, entre otros motivos para justificar las derrotas de las tropas de Kiev. La verdad es distinta y más compleja. Como señala el sociólogo ucraniano V. Ishchenko, “…la propaganda del gobierno [de Kiev] insiste en que todo el movimiento [del Este] es dirigido por Rusia, pero eso es erróneo. Por supuesto, entre los rusos que han venido de voluntarios debe haber agentes del estado [ruso]. Pero la mayoría son sólo eso, voluntarios…”[[4]]

 

Sin embargo, sin ser meros agentes a los que Putin da órdenes, Moscú tiene fuertes medios para presionarlos; por ejemplo, el envío ostensible de ayuda humanitaria (como las recientes caravanas de camiones) y probablemente armas ligeras y municiones… aunque en eso todo indica que el racionamiento es estricto.

 

Pero, al mismo tiempo, los nacionalistas pan-rusos que han tomado la conducción, también tienen cómo presionar a Putin. Frente a la opinión pública de Rusia, Putin no puede darles totalmente la espalda.

 

Por supuesto, nuestra defensa del derecho a la autodeterminación de los pueblos del Este de Ucrania, no puede incluir ningún apoyo ni la menor confianza política en estas direcciones nacionalistas, aunque se reivindiquen “de la Revolución Francesa”. No hay que confundir una cosa con la otra. Es decir, ni creer que esas direcciones son progresivas porque defienden una causa justa (como hacen algunos sectores de la izquierda), ni tampoco deslegitimar ya esa causa justa debido a los elementos que hoy la dirigen (como hacen otros sectores).

 

Esto nos lleva a la gran cuestión: cómo se irán resolviendo esas contradicciones. O sea, las posibilidades de direcciones independientes y de clase que se forjen en esta lucha, y retomen las extraordinarias tradiciones socialistas revolucionarias de los trabajadores del Este de Ucrania. Esto aparece lejano, pero las necesidades y contradicciones de clase golpean.

 

En ese sentido, el sociólogo ruso Boris Kagarlitsky, advierte “una creciente radicalización política dentro del movimiento. En agosto, fue publicada una Carta Abierta de luchadores de base de las milicias, demandando que sea efectivizada la consigna de «repúblicas sociales» con que fueron proclamadas las repúblicas de Donetsk y Lugansk. Para eso, exigen que las propiedades de los oligarcas sean nacionalizadas y que sean tomadas medidas a favor de los trabajadores. El puesto de presidente del Soviet Supremo fue asumido por Boris Litvinov, un militante comunista que rompió con la dirección oficial de su partido. Dictó una ley anulando la privatizacion de la salud pública, con tímidos intentos de nacionalizarla…”[[5]]

 

Al mismo tiempo, Kagarlitsky relata la inmediata reacción, en sentido contrario, de Moscú. Su respuesta fue desde hacer presiones para destituir a los dirigentes que cedieron o se montaron en esas tendencias “radicales”, hasta acordar con el oligarca ucraniano Rinat Akhmetov para actúe de mediador en las negociaciones con Kiev.

 

Desde ya, esos y otros elementos de radicalización que señala Kagarlitsky no implican la constitución de una alternativa política independiente, ni mucho menos. Pero sí demuestran que el proceso no está congelado ni las presiones de Moscú han logrado acallar las voces de los que exigen medidas radicales.

 

Un punto especialmente sensible podría ser el de la “propiedad privada”. El Este es la región industrial de Ucrania. Los oligarcas, sean del Este o del Oeste, se han alineado con Kiev, prácticamente sin excepciones. ¿Con qué excusa no se los va a expropiar? ¿Qué se va a hacer con sus empresas? ¿Volver a privatizarlas? ¿Entregárselas a Rusia? ¿O nacionalizarlas para que sus trabajadores las pongan en marcha, bajo su control?

 

 

 

[1].- Socialismo o Barbarie Nº 297.

[2] – Video de conferencia de prensa de Zakharchenko: https://www.youtube.com/watch?v=6ju29v1fh9c

[3].- En la entrevista que comentamos, para sacarse de encima la acusación de ser “fascistas rusos” (simétricos a los fascistas ucranianos de Svoboda y el Pravy Sektor), Zakharchenko jura que sus principios son los de la Revolución Francesa, “libertad, igualdad, fraternidad”, etc, etc.

[4].- Volodymyr Ishchenko, “Ukraine’s Fractures”, New Left Review Nº 87, May/June 2014.

[5].- Boris Kagarlitsky “Eastern Ukraine people’s republics between militias and oligarchs”, Links, 18/08/2014, subrayados nuestros.

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