Con el deterioro del fin de ciclo K, vuelven, una por una, todas las lacras de los años neoliberales que el “gobierno nacional y popular” se había encargado, en la fantasía del “relato”, de enterrar. Así, presenciamos el retorno de 1) la “restricción externa”, es decir, la vieja escasez de divisas, con todo su séquito de estrecheces, inflación y amenazas de devaluación; 2) la deuda externa como hipoteca eterna e ilevantable de la economía nacional; 3) el ajuste de tarifas, que ya se hace notar de manera grosera en el gas, el agua y el transporte, mientras otros servicios esperan turno, y ahora 4) sin prisa pero sin pausa, el fantasma del desempleo está adquiriendo cada vez más visos de realidad.

Y no se trata sólo de las ramas con problemas más conocidos, como la automotriz o la construcción. Lo que se empieza a percibir de a poco en cada vez más lugares de trabajo, del gremio que sean, y que es hasta reconocido por voceros afines al gobierno, es esa vieja frase que no se grita sino que se murmura: “Hay que cuidar el trabajo”. El propio discurso oficial es contradictorio al respecto: por un lado, el kirchnerismo se presenta como el proveedor de los puestos de trabajo pasados y el garante de los actuales; por el otro, Cristina suele agitar el espectro de la desocupación cuando se trata de disciplinar a los trabajadores, especialmente en los conflictos que cuestionan el rosado mundo K.

Las estadísticas del mismísimo INDEC empiezan a reflejar esta realidad. Desde ya, nadie debe creer que ese espejo es confiable. La manipulación de cifras que comenzó en 2007 no ha terminado en 2014, a despecho de las promesas formuladas al Fondo Monetario Internacional a fines del año pasado. El “nuevo índice de precios”, como era de esperar, luego de hacer más o menos buena letra por uno o dos meses, enseguida volvió a las andadas y ya es casi el mismo mamarracho de antes. Es verdad que la oposición no puede contraponerle números más fiables, pero la impotencia de ésta no significa la virtud del gobierno. Lo mismo sucede con las cuentas nacionales y los indicadores sociales: las cifras del PBI o los índices de pobreza deben tomarse como un acto de fe. Aun así, ni el INDEC puede disimular que el deterioro económico ya impacta en el desempleo.

 

Cifras reveladoras

 

Según la módica variación que registra el ente oficial, la desocupación creció del 7,1% en el segundo trimestre de 2013 al 7,5 en el segundo trimestre de este año. La subocupación pasó, en el mismo período, del 7,9 al 9,5%. Es decir, la suma de ambos sectores pasó del 15% al 17% en un año. A esto se debe agregar que la tasa de actividad (es decir, el porcentaje de la población total que tiene trabajo o lo busca activamente) cayó del 46,5 al 44,8% en el mismo período.

Este 1,7% adicional podemos computarlo tranquilamente como aumento de la desocupación. No hay razón para suponer que quienes se retiraron del mercado laboral es porque el resto de su familia gana tan bien que ya no necesita trabajar. Más bien sucede lo contrario, y esa caída de la población económicamente activa (PEA) debe atribuirse a que se trata de personas sin empleo que, desalentadas, abandonaron la búsqueda de trabajo. De esta manera, incluso para las dudosas estadísticas oficiales, los asalariados con problemas de empleo crecieron al menos un 20%.

Sin embargo, lo más interesante de estos datos es cuando se examina la desagregación por tipo de empleo (privado, estatal o cuentapropista). Aquí es donde hacen agua, o más bien se ahogan, los mitos del “relato”. Por ejemplo, el del supuesto “modelo industrialista”. Según un análisis de Artemio López (cercano al kirchnerismo), ese plano es el más preocupante de la actual situación laboral, y el aporte de la industria al empleo viene en declinación no de ahora sino desde hace años (Perfil, 23-8-14). El empleo asalariado industrial creció fuerte en los primeros años del kirchnerismo, un 37%, hasta 2007; después, sólo el 2%. Con una salvedad: mientras que hasta 2010 los empleos que se ganaban en la industria eran en general en blanco, el exiguo saldo a favor que da desde 2011 se sostiene sólo con empleo precario y/o temporario. Los números del empleo en la construcción son muy parecidos: salto del 40% hasta 2007 y estancamiento (con incidencia todavía mayor del trabajo en negro) hasta la actualidad.

En realidad, el principal impulsor del empleo asalariado es, desde 2007, no la industria sino el empleo estatal. Hasta 2007 aportaba crecía menos de la mitad del crecimiento promedio del empleo, y representaba sólo un 7% de ese crecimiento. Pero desde 2008 hasta el presente pasaron a ser entre un cuarto y un tercio del crecimiento del empleo (que ya venía en picada), esto es, dos o tres veces más que el promedio. Y curiosamente (pero con toda lógica), el mayor proveedor de empleo privado no es, desde 2008, ni la industria ni el Estado, sino… el cuentapropismo. En efecto, de aportar sólo el 4% del incremento de empleo durante la presidencia de Néstor Kirchner (lo que se entiende por el gran aumento del empleo industrial), desde 2010 los no asalariados pasaron a explicar el 40% de la suba de nuevos puestos de trabajo.

En suma, lo que estas cifras demuestran es un verdadero corte entre dos etapas del “modelo”. Ese corte, como hemos argumentado en otras ocasiones, es visible en el plano macroeconómico; el fin de los superávits gemelos, la desaceleración del crecimiento, el regreso del problema de la deuda, el recrudecimiento de la inflación y en general el fin de la “bonanza” de los primeros años del ciclo. Este corte o hiato se verifica también, entonces, en el plano de la generación de empleo: luego de un primer período de recuperación de puestos de trabajo en la industria, el debilitamiento estructural de las condiciones económicas hizo que la posta pasara al empleo estatal primero y luego al cuentapropismo, pero ya sobre cifras de crecimiento del empleo muy inferiores a las registradas hasta 2007. Insistimos: todo esto se da sobre la base de las propias cifras oficiales, que sin duda proponen una mirada de la realidad sumamente benévola.

 

Desempleo juvenil y perspectivas

 

No es ninguna novedad que en los países más castigados por el desempleo, quienes más lo sufren son los jóvenes. El desempleo juvenil (de 16 a 24 años) suele duplicar la tasa general en países con alta desocupación como España, Grecia, Italia o Francia. Alemania logró disfrazarlo con los “minijobs” de menos de 20 horas semanales por 400-500 euros; allí, la cifra oficial de desempleo importa poco, dado que tiene una masa ingente de subocupados que la estadística no considera tales. Pues bien, Argentina no es la excepción: el desempleo juvenil, según el INDEC, llega al 16%, con un desempleo del 18%; ambas cifras duplican el índice general. En contrapartida, el salario promedio de los jóvenes es de apenas 3.000 pesos, la mitad del promedio.

Además, la tasa de trabajo informal es entre los jóvenes del 55%, casi un 50% más alta que el promedio. En suma: más desocupados, más desempleados, peor pagos y más precarizados. No es de extrañar que Artemio López señale con preocupación que “éste es el punto de mayor debilidad de la coraza, y la fortaleza relativa del sistema productivo en materia de generación de empleo se mide ahí (…). La solución a la vista: planes de empleo juvenil sostenidos en el despliegue con mayor intensidad de obra pública” (ídem).

Ignoramos si estos esfuerzos le parecerán suficientes al sociólogo filo K para fortalecer la “coraza” del sistema laboral. Desde nuestro punto de vista, semejante “solución” es más bien una confesión de la más absoluta incapacidad de apuntar a una solución genuina, estructural, de los crecientes problemas de empleo. La industria retrocede, las empresas retraen inversiones, la economía y los empleos caen; el kirchnerismo hurga en su bolsa de ideas y extrae… empleo público de corto plazo y precario. Porque no otra cosa es la obra pública, al menos en la versión espasmódica y clientelar de éste y todos los gobiernos anteriores.

Con este panorama, está claro que los nuevos empleos que se necesitan (y la protección de los que ya están) no vendrán ni de la mano del kirchnerismo (cuya “magia” al respecto se agotó hacia 2007) y menos que menos de los empresarios, que están esperando una próxima gestión más “pro mercados” para dar rienda suelta a sus más bajos instintos de despidos, precarización y explotación laboral. En cuanto a la burocracia sindical, es harto conocida su “eficacia” a la hora de defender puestos de trabajo. Cuando la crisis del capitalismo argentino aprieta, los trabajadores sólo pueden contar con sus propias fuerzas, su propia lucha, sus propias organizaciones y su propio programa de salida a esa crisis. Que es cada vez más urgente empezar a discutir.

Marcelo Yunes

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