La salud pública viene siendo atacada desde la década de los ’90 por avanzadas privatistas de la mano de las recomendaciones del Banco Mundial. Actualmente, con la nueva Ley de Salud Mental nacional y de la CABA, con la represión del PRO al Hospital Borda y el ajuste que está implementando el Gobierno Nacional, la salud pública mental está sufriendo una enorme sangría tanto con la falta de recursos, como con la tercerización a los profesionales y trabajadores de la salud, los paupérrimos sueldos y la falta de inversión. Sumando esto a las políticas económicas del ajuste del gobierno nacional: devaluación, suspensiones y despidos,  inflación creciente e incontrolable, el pago de la deuda externa (sin importar que las necesidades de la salud pública van primero), etc.; se configura un panorama negro para la salud pública que le podrán dar sólo salida, con la organización, los profesionales y trabajadores de la misma.

En este marco, para los estudiantes y egresados de la Facultad de Psicología, una de las salidas viables es el trabajo de acompañante terapéutico (at) como primera experiencia en la clínica y en instituciones públicas. Pero ¿Qué es un at, y cuál es su rol? Al acompañante se lo convoca cuando otras formas de contención no son suficientes o directamente fracasan. Cuando no hay algún marco estable que permita la organización subjetiva y objetiva de la cotidianeidad. El acompañante debe construir con la implicancia del paciente un programa para lo cotidiano con determinadas instrucciones, articulado con un proyecto terapéutico de trabajo en equipo para que el sujeto pueda sostener esa cotidianeidad y llevar adelante el tratamiento. Elaborar una praxis allí en donde la cotidianeidad resulta insostenible sin el apoyo de recursos interdisciplinarios, en donde el lazo social aparece en conflicto. Se trabaja principalmente con psicosis y toxicomanías. En este caso en especial hablaremos de lo que respecta a niños y adolescentes con diversas patologías.

Esto teóricamente, ahora bien, en el contexto de la salud pública descripto en el primer párrafo, las cosas no son tan pintorescas. Ya desde las primeras guardias en hospitales, neuropsiquiátricos u hogares (donde salta claramente a la vista la enorme falta de inversión y recursos) el at se las verá con pacientes victimas de la marginalidad, en su mayoría pibes en situación de calle y/o judicializados. Observará, además, el maltrato que sufren, ya sea de un enfermero totalmente alienado o un operador terciarizado que no cuenta con ningún tipo de preparación previa. Además, se encontrará con la ineficiencia misma del Estado: un monstruo burocrático que dilata todos los tiempos para sacarse de encima a los pibes. La mayoría de ellos, llevados a paradores u hogares que a menos que pertenezcan a la Dirección de Niñez y Adolescencia serán lugares espantosos tanto en su infraestructura e higiene como en la falta de personal capacitado. Estos son hogares particulares que se transforman en grandes negocios con la complicidad del gobierno (tanto de la cuidad como de la nación) de turno. De esta forma la niñez, la pobreza y la locura, con ayuda del sector público, el gobierno y el sector privado cierran un triángulo perverso en donde el at es testigo presencial de la vulneración de los supuestos “derechos del niño” por los cuales tiene que velar.

 

¡Por la derogación de las leyes privatistas de salud mental nacional y de la cuidad!

¡Por más presupuesto para salud pública y mejores condiciones de trabajo para los profesionales y trabajadores de la Salud Pública!

¡Basta de lucrar con la locura!

 

Daniela Pau

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