Irak y Siria – 

 

La semana pasada, el Estado Islámico (EI) –formación extremista religiosa con control territorial en algunas regiones de Irak y Siria– subió a las redes un video mostrando cómo sus militantes decapitaban al periodista estadounidense James Foley. Foley era un periodista del periódico digital Global Post que había viajado a Siria para cubrir la guerra civil, y fue secuestrado en el año 2012.

El Estado Islámico utilizó su ejecución en cámara como presión contra el gobierno de EEUU, que semanas atrás había comenzado una campaña de ataques aéreos contra el EI en Irak. En el mismo video, el EI amenaza con decapitar a otro periodista, Steven Joel Sotloff, en caso de que EEUU no suspenda los bombardeos.

Desde estas páginas queremos dejar sentado nuestro más profundo rechazo a este acto barbárico, que no sólo se descarga contra un periodista inocente (que ni siquiera reflejaba la posición de los grandes medios imperialistas), sino que da más pretextos a Washington para volver a intervenir militarmente allí. De la misma forma, repudiamos los bombardeos yanquis, que de ninguna manera van a traer una solución progresiva a los problemas de Irak ni de Medio Oriente.

 

El regreso de los bombardeos imperialistas

 

El marco de esta acción es la profundización de la guerra reaccionaria en las regiones de Irak y Siria, en las que el Estado Islámico viene logrando una serie de avances militares resonantes. En Irak, esto llevó a amenazar la frontera de la región autónoma kurda hace varias semanas. El Kurdistán iraquí tiene cierta importancia para el imperialismo yanqui por una serie de factores: fue uno de sus principales bastiones en la invasión de 2003, allí se encuentra un gobierno “amigo” de los EEUU, y quizás lo más importante, en su territorio pueden encontrarse algunas de las reservas petroleras más grandes del país. Por lo tanto, el avance del EI sobre el Kurdistán era inaceptable para EEUU, que aprovechó el pretexto de las masacres cometidas contra las minorías religiosas (cristianas y yazidíes) para retomar los bombardeos, por primera vez desde su “retirada” de Irak en 2011.

Esto significó por parte de Obama la ruptura de su promesa de no volver a involucrarse militarmente allí: gran parte de su campaña electoral se centraba en considerar “terminada” la guerra de Irak y festejar como un triunfo la retirada de las tropas yanquis.

La guerra iniciada por Bush había logrado su objetivo de derribar a Saddam Hussein y su régimen nacionalista burgués. Sin embargo, lo hizo al costo de destruir el “tejido social” propio de la sociedad iraquí, explotando todas las tensiones sectarias e interreligiosas, además de masacrar a cientos de miles de civiles y destruir la infraestructura del país. La contrapartida fue el incremento despiadado del “terrorismo”, el ascenso de Al Qaeda y en general la fragmentación político-social.

Por otro lado, EEUU sufrió miles de bajas y la guerra tuvo un enorme costo económico, lo que llevó a un desprestigio del militarismo y las intervenciones en su población. Así, la percepción popular de la guerra de Irak está más cerca de ser la de una derrota (o por lo menos un “gran error”) antes que la de una victoria.

 

“Islamofobia” al servicio del colonialismo imperialista

 

Sin embargo, la barbarie del Estado Islámico genera ahora un efecto opuesto: grandes sectores, no sólo de la población occidental sino también del propio mundo musulmán, se horrorizan ante una organización que sistemáticamente se dedica a decapitar, crucificar y lapidar a cualquiera que no cumpla con “su” concepción de lo que es la Ley Islámica.

En este sentido, es funcional a las campañas “islamofóbicas” que el imperialismo viene lanzando desde 2001, cuando utilizó el pretexto de la “guerra contra el terror” para comenzar a invadir los países de Medio Oriente. El operativo mediático es construir una imagen de los musulmanes como si fueran esencialmente terroristas, por lo tanto des-humanizarlos y justificar su bombardeo en masa. Esto se puede ver, por ejemplo, en la campaña que está llevando adelante el primer ministro israelí Netanyahu, que intenta igualar a Hamas con el Estado Islámico para ganar consenso en el bombardeo a los palestinos.

Desde ya, rechazamos de plano todas las teorías y propagandas islamofóbicas y su utilización para fines imperialistas. En primer lugar, los grupos extremistas como el Estado Islámico cuentan con escaso apoyo en el mundo musulmán: si prosperan se debe a que en países como Irak y Siria (y en otros de la región) gran parte de la población se encuentra en situaciones de profunda miseria, con altísimos índices de desempleo y muy bajos salarios, a lo cual se le suman las políticas de exclusión sectaria por parte de los diferentes Estados apoyados a su vez por las diferentes potencias regionales (Arabia Saudita, Irán, Turquía, Qatar, etc.).

La población marginada económica, social y políticamente intenta encontrar sus métodos de rebelión: esta fue la esencia de la Primavera Árabe iniciada en 2011. Pero cuando las protestas pacíficas, pro-democráticas y laicas fueron aplastadas militarmente por los distintos regímenes locales, los grupos ultra-reaccionarios como los que conformaron el Estado Islámico permitieron canalizar una parte de ese descontento.

En algunos casos, como en varias zonas de Irak, sus avances militares son recibidos por la población local con simpatía, aunque sin mucho entusiasmo, vistos como un “mal menor” frente al predominio de los viejos regímenes opresivos.

Por esa misma razón, ninguna campaña de bombardeos ni invasión militar puede “derrotar” al extremismo religioso. La única manera de superarlo es suprimir sus causas económicas, sociales y políticas. Esto es lo que demostraron con toda claridad las invasiones yanquis de Afganistán e Irak y toda la historia de la “guerra contra el terrorismo”.

 

La falsa comparación de Hamas con el Estado Islámico

 

En segundo lugar, es completamente falso que el Estado Islámico pueda ser igualable a organizaciones como Hamas.

Hamas es una organización que expresa, con todos sus límites y contradicciones, la legítima resistencia del pueblo palestino contra la opresión colonial israelí (como hizo en su tiempo la OLP (Organización para la Liberación de Palestina).

El ascenso de Hamas se debe, en primer lugar, al fracaso del nacionalismo laico de la OLP, que entregó la resistencia palestina en los Acuerdos de Oslo, y desde entonces se convirtió en el carcelero local de los palestinos.

El principal objetivo de Hamas es resistir la ocupación sionista de la Palestina histórica, a diferencia del Estado Islámico, cuyo objetivo es establecer un nuevo “califato” extremista en todos los territorios musulmanes. Por eso, mientras Hamas combate principalmente contra Israel (aunque sea cuestionable su estrategia, sus fines y su nivel de consecuencia con esta tarea), el Estado Islámico combate principalmente contra los propios musulmanes (sean chiítas o sunnitas “moderados”), contra las minorías religiosas, contra los kurdos, contra las mujeres y las minorías sexuales, etc.

Esto no quiere decir que Hamas tenga una visión “progresista” ni mucho menos. Efectivamente, también comparte una concepción retrógrada del mundo y profundamente opresiva, aunque ni siquiera en este plano puede tampoco ser comparado con el EI.

Hamas es parte de la corriente “islamista política” de los Hermanos Musulmanes, que admite como válida la forma de gobierno democrático-burgués pero regido por principios islámicos. El nivel de barbarie que expresa el EI es cualitativamente superior al peor de los hechos opresivos llevados adelante por Hamas, y esto se debe a que sus naturalezas y funciones político-sociales son muy diferentes más allá de ciertas apariencias.

Es que no existe un solo “islamismo”, de la misma forma en que sólo una minoría de musulmanes son “islamistas”; y aún eso mismo es consecuencia de causas económicas, sociales y políticas y no de un “esencialismo” religioso como sostienen muchos ideólogos occidentales y del sionismo.

De la misma manera, en Occidente, las corrientes políticas derivadas del catolicismo o del cristianismo en general, han sido muy heterogéneas y frecuentemente enfrentadas entre sí. La pretensión de los medios occidentales y sionistas de poner un signo igual entre todas las corrientes políticas que se reclaman derivadas del Islam es una falsificación. Tiene como objetivo justificar las intervenciones imperialistas y las matanzas que periódicamente desata Israel.

 

Ale Kur

 

 

Medio Oriente

¿Elegir entre el “Califato” y los bombardeos imperialistas?

 

Tener que elegir entre el Estado Islámico y los bombardeos imperialistas es, para las poblaciones de Medio Oriente, una disyuntiva inaceptable. Mientras lo primero significa una opresión religiosa, política, económica y social insoportable, la segunda significa la pérdida de la soberanía nacional, la masacre de miles de civiles, la destrucción de infraestructura, la colonización, el aumento de la pobreza y de las tensiones sectarias: por lo tanto, lleva inevitablemente a volver al “punto cero”, el caldo de cultivo ideal para los extremistas.

El dilema así planteado es un círculo vicioso de imposible solución. EEUU ya está discutiendo ampliar su esfera de intervención militar a los territorios del EI en Siria, lo cual además podría significar convertirse en colaborador de su gran “enemigo”, Al Assad. Esto no puede ser ninguna salida progresiva, menos aún luego de que Al Assad ha masacrado a cientos de miles de civiles en su propio país para aplastar la rebelión popular.

Por el contrario, la única manera de romper el círculo vicioso, implica también romper con el “status quo” de los regímenes nacionalistas dictatoriales, de las monarquías petroleras, de las teocracias y sus peones sectarios. Es decir, romper con todos los gobiernos de Medio Oriente. El único camino progresista es el señalado por la Primavera Árabe: la movilización masiva de la juventud, los trabajadores y los sectores explotados y oprimidos, contra toda forma de opresión, de sectarismo y de barbarie.

 

A.K.

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