Por José Luis Rojo


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Gestamp: primeras enseñanzas de una lucha que no ha terminado –

“El trabajador hace equilibrio en la cornisa. Amenazante, ‘jugándose’ –dice, camina hasta abrazarse a una columna blanca cerca del techo. Mira hacia un abajo lejano, hace muecas y grita palabras indescifrables a 20 metros del piso, dónde sobresalen las líneas de prensa y los agentes de infantería. Sus ocho compañeros, otros expulsados de la fábrica, acompañan con rugidos y golpes de objetos metálicos sobre el cuerpo de la enorme grúa-puente amarilla que sirve de trinchera hace casi 72 horas. Ese es el insólito escenario que estos obreros fabricaron en un intento de recuperar su trabajo” (Francisco Jueguen, La Nación, 30 de mayo del 2014).

 

La lucha de los obreros de Gestamp ya es histórica, aun cuando todavía no termina y un núcleo de los compañeros despedidos se mantienen firmes en el acampe sosteniendo un sinnúmero de iniciativas así como poniendo en marcha, paralelamente, juicios por su reinstalación en los puestos de trabajo.

A continuación trataremos de ir adelantando, sin embargo, algunas de las lecciones de esta gesta obrera inmensa, alertando que se trata de un texto escrito como al correr de la pluma, no exhaustivo, como para poner un material sobre la mesa, a ser enriquecido por los propio compañeros protagonistas de esta gesta.

 

1. Las debilidades estratégicas del “just in time”

 

Nos interesa destacar aquí dos o tres enseñanzas o aspectos más generales de esta heroica e histórica pelea. Nos interesa referirnos, básicamente, a tres aspectos: el significado de esta lucha en materia de la recuperación de los métodos tradicionales de la clase obrera argentina, lo que reflejó el conflicto en materia de la crisis de la Verde del SMATA (y su brutal macartismo, que no hace del todo “sintonía” con el verdadero sentimiento de la base del gremio), y el hecho que se haya tratado de una lucha en un gremio estratégico de la industria argentina. Arrancaremos de estos dos últimos aspectos y luego iremos al primero[1].

Lo más objetivo por así decirlo, y lo que en gran medida alarmó a la patronal, a la Verde y al gobierno es, efectivamente, el hecho de que la nueva generación obrera, en una lucha que desbordó los cuerpos orgánicos sindicales tradicionales, se haya expresado en un sector estratégico de la producción.

Esta es una cierta novedad; o una novedad completa visto desde otro punto de vista. Es verdad que la izquierda y la nueva generación luchadora venían ganando posiciones en el SMATA. Los casos más notorios son los de Lear, donde la interna en su conjunto está en manos de compañeros independientes y de la izquierda. También algunos independientes son delegados en VW de Pacheco y, sobre todo, en VW de Córdoba se viene de una importante experiencia habiéndose ganado en determinado momento el cuerpo de delegados de esa planta, que luego se perdió pero manteniendo delegados independientes de importancia.

Hubo también otras experiencias en el SMATA, que se nos escapan seguramente en este momento. Pero de lo que estamos seguros es que ninguna de esas experiencias y / o luchas pusieron sobre el tapete de semejante manera el cuestionamiento a la burocracia en la rama más concentrada de la industria argentina como es el caso de Gestamp. Menos que menos se dio el caso de que una lucha obrera, en una de las plantas del gremio mecánico, paralizara de esta manera y simultáneamente, la producción en cuatro o cinco terminales como fue el caso de la pelea de Gestamp.

Esto es lo que alarmó al gobierno, los empresarios y el SMATA: que delegados y un conjunto de trabajadores independientes vinculados a la izquierda llegaran a cuestionar el control burocrático de la base en una rama de tanta importancia estratégica.

Incluso más: la lucha de Gestamp puso al desnudo algo sobre lo que ya se había “teorizado” pero frente a lo cual hubo hasta el momento en nuestro país pocas experiencias de magnitud: los puntos débiles del método del “just in time” (justo a tiempo). ¿Qué es el justo a tiempo? Un método para organizar la producción por intermedio del cual se trabaja sin stock, aprovisionándose en el momento que las piezas son necesarias, organizando una logística a la altura de los tiempos de mundialización que corren, y evitando de esta manera tener pérdidas por sobre acumulación de piezas.

El “justo a tiempo” configura una nueva forma de organización de la producción impuesta en las últimas décadas que busca, justamente, lo señalado: evitar pérdidas a propósito de la sobre acumulación de stocks; que las piezas se fabriquen a pedido y a partir de un moderno sistema logístico, se distribuyan a las distintas plantas.

Cuando surgieron los métodos toyotistas (trabajo en grupos, formalmente “sin capataz”) y el “just in time” (que de todas maneras no son la misma cosa), ya se había hecho la reflexión acerca de los puntos “ciegos” estratégicos de esta reorganización de la producción. Bien, Gestamp los puso de relieve demostrando la importancia del paro, de la ocupación de planta, del bloqueo de los portones, de todo aquello que paralice el aprovisionamiento de las grandes terminales automotrices, así como su efecto no sólo sobre la patronal de la empresa en conflicto, sino sobre el resto de toda la rama productiva.

Que el “just in time” haya entrado en crisis justamente en la industria automotriz, es seguramente algo que las patronales estarán discutiendo por lo bajo para ver como remediar en casos futuros, pero que sin ninguna duda debe entrar en el acervo de los métodos de lucha de la nueva generación obrera y de la izquierda revolucionaria.

 

2. Los límites del “régimen del terror”

 

El segundo aspecto que queremos subrayar aquí son los límites que mostró en el conflicto la burocracia del SMATA, sus “métodos de terror” sobre la base del gremio; métodos que no significan que la base los apoye realmente.

Hay que decir que, en realidad, la Verde sí tiene un factor de legitimación vinculado a un hecho material: los sueldos proporcionalmente más altos en las terminales que en otras industrias. Además, no es lo mismo el caso de las autopartistas vinculadas al gremio mecánico y, menos que menos, los de la UOM, con sueldos muchos más bajos. Estamos hablando de la rama del automóvil, la que mundialmente tiene uno de los mayores sueldos relativamente.

Estos sueldos más altos se deben a que se trata de industrias que poseen lo que se llama una “mayor composición orgánica de capital”: con un grado de inversiones en máquinas y capital fijo mucho mayor que el resto del promedio de la industria. Esto mismo hace que el trabajo humano en ellas sea mucho más productivo: fabrican autos, no galletitas.

Al ser un trabajo mucho más productivo, producen mucho más valor, mucha mayor riqueza. Y, por lo tanto, los sueldos son mayores. Lo que no es menoscabo para el hecho que, de todos modos, el trabajo no pagado de un trabajador automotriz sea mucho mayor que el de un trabajador de la alimentación o del neumático. Pero esto ocurre como proporción con el valor o la riqueza creada, lo que no quita el hecho de que ganen dos o tres veces más que un trabajador de otro gremio.

La burocracia mecánica se atribuye, así, lo que es un factor objetivo de la rama productiva que “co-administran” como perros guardianes de la patronal, pero que en realidad es un “efecto objetivo” que se desprende de la realidad de esa rama productiva. Efecto objetivo que le permite manejar a full los “premios”, las horas extras y demás “beneficios” que hacen que los compañeros se atornillen a sus puestos de trabajo, a unas condiciones salariales que consideren “beneficiosas”.

Pero cuando la situación económica se deteriora, cuando comienzan las suspensiones, cuando las horas extras se cortan, cuando los salarios comienzan a caer, cuando se viene la amenaza del despido, sólo queda entonces el terror.

¿A qué nos referimos con esto? A lo siguiente: el discurso del peronismo, el discurso del miedo a los “zurdos”, que son “come-chicos” y cosas por el estilo, que en cierto modo atrasa. Es un discurso de otro período histórico, de los años 70, que no es exactamente el actual. No es que no siga teniendo cierto peso, lo tiene. Pero está devaluado, y a falta de la base de sustento económico para la legitimación, o en la circunstancia del debilitamiento de esto, a la burocracia sólo que le queda el terror, los métodos del terror y la patota, la amenaza implícita de que el que “salte” va a terminar en la calle, sino algo peor.

Que este es un elemento de debilidad y no de fortaleza, que Pignanelli y las declaraciones públicas que hizo son impresentables, es evidente para todo observador atento. Porque, además, la burocracia sindical en los años 70 se basaba todavía en un determinado grado de politización o, más bien, de “ideologización” (Perón y sus concesiones al movimiento obrero, la confianza en un “salvador” que ya los “había salvado un vez” y elementos por el estilo) que hoy no está presentes en las nuevas generaciones.

Hemos escrito que lo queda es algo así como el “residuo burgués” de la conciencia peronista en el habitual sentido reivindicativo de la conciencia obrera, pero prácticamente desvinculada de todos los elementos ideológicos; incluso si hubo una cierta “épica k” en las última década, hoy ella luce hecha gironés[2].

Si esto es así, que le queda a la Verde entonces: le queda algo muy importante pero sin embargo frágil, endeble estratégicamente desde el punto de vista de su legitimación en la base trabajadora: el control del aparato, la complicidad de las empresas, las relaciones con el Estado y el poder, con el gobierno k y los gobiernos patronales que vengan.

Es decir, algo muy importante, pero sin embargo endeble estratégicamente: los compañeros no logran visualizar como rebelarse contra la Santa Alianza de todos estos poderes, pero esto no quiere decir que le crean a la Verde, que la apoyen a conciencia, que no simpaticen con los trabajadores en lucha. Por esto mismo los compañeros trabajadores no despedidos en Gestamp o, por ejemplo, en la Ford y VW de Pacheco, no decían nada en público con las arengas en asambleas de la burocracia contra los zurdos, el PO, el nuevo MAS, Damian Calci, etcétera; muchos, incluso, se iban confundidos, pero atención: ¡muchos más mascullaban por lo bajo contra la burocracia y simpatizaban con los pibes del puente-grúa!

Las “semillas de rebelión” que ha dejado la gesta de los pibes de Gestamp no hay manera que sean liquidadas y es uno de los legados más importantes que deja esta pelea: ha dejado abierta la posibilidad de progresar en el SMATA y llegar, porque no, a cuestionar a la monarquía Verde, un reinado que tiene décadas, que carga sobre sus hombros con la entregada de decenas de compañeros a la represión bajo la dictadura militar y que como toda monarquía algún día va a terminar cayendo: ¡que se cuide Piganelli que la base no le termine cortando la cabeza como a Luís XVI en la Revolución Francesa!   

 

3. La recuperación de los métodos históricos de lucha de los trabajadores

 

Llegamos así a lo sustancial de nuestra reflexión: la recuperación de los métodos tradicionales de lucha de los trabajadores. Esto ha merecido muchas reflexiones estratégicas en la izquierda en los últimos años[3]. Está claro que emerge una nueva generación obrera en el mundo pos caída del Muro de Berlín, en los años posmodernos del imperio neoliberal, cuando en gran medida se cortó el hilo de continuidad con las experiencias históricas de la clase obrera, cuando vivimos bajo la hegemonía de la democracia de los ricos y el legalismo en el seno de la clase, cuando no hay casi elementos de radicalización.

Y, sin embargo, alguna vez esto debe comenzar a cambiar si se quiere transformar la sociedad. De alguna manera, en los hechos, esto es lo que colocó sobre la palestra la lucha de Gestamp. De ninguna manera la idea era colgarse en el puente-grúa por colgarse, sólo 9 compañeros con la planta vaciada. A nadie se podía ocurrir esto como pretenden algunas corrientes de la izquierda demasiado adaptadas a la democracia patronal. Se trataba de ingresar a la planta para facilitar el paro de los compañeros adentro; en todo caso la ocupación de la planta entre todos.

Claro que la ocupación plantea el cuestionamiento al monopolio de la propiedad por parte de la empresa. Pero también es un hecho que la lucha contra los despidos cuestiona otro derecho supuestamente absoluto de los empresarios: el de libertad de contratación; el que puedan tomar y despedir trabajadores a su antojo. Esto también es legal. Los socialistas revolucionarios cuestionamos este derecho empresario, cuestionamos su derecho a despedir a los trabajadores, cuestionamos su monopolio de la propiedad de los medios de producción, cuestionamos no sólo los bajos salarios sino un régimen económico basado en la explotación del hombre por el hombre.

No es verdad lo que dijo Cristina de que la historia “terminó”, que “la toma del Palacio de Invierno” ya no está a la orden del día y que en la Argentina “no hay explotación”. Esto último es una estupidez que se desmiente con las estadísticas del propio INDEK que reconocen que en la Argentina (y el mundo como un todo) la distribución del ingreso empeoró sustancialmente en las últimas décadas: ¡cada vez menos personas son más ricas y más personas son más pobres!  Esa es la realidad del capitalismo argentino, esa es la realidad desde que el capitalismo es capitalismo, se llama explotación, y que la hay y mucha en la Argentina.

Tampoco es verdad que haya “pasado de moda” la toma del Palacio de Invierno (la toma del poder por parte de la clase obrera en la Rusia de 1917). Si hay explotación hay lucha contra esa explotación y esa injusticia. No hace falta que el trabajador sea “zurdo” para que se rebele contra esta realidad. Se rebela, simplemente, porque siente el aguijón de la necesidad, de la injusticia. Pero desde que siente este aguijón, está injusticia, se rebela (esto ocurre, sobre todo, y lógicamente, entre las más jóvenes generaciones) y cuando se rebela comienza a tomar conciencia de las relaciones reales, de los que los rodean, de los que lo apoyan o no. Ya el patrón le cae mal porque se da cuenta rápidamente que vive del trabajo de él, del sudor de él: que él va en bicicleta o en un auto normal a trabajar y el patrón, cuando va a la planta, va en un Mercedes Benz. Se da cuenta y le caen mal las jerarquías en la planta, la explotación, los capataces, el régimen dictatorial sin cuestionamiento posible que impera dentro de la planta, el hecho que un compañero que considera piola, “copado”, sea despedido por cuestionar una injusticia.

Pero cuando sale a pelear se da cuenta también del rol del sindicato, para que lado tiran; se da cuenta que tira para el lado de la empresa y le cae mal. Y cuando sale a la lucha, a marchar, o a un acampe afuera, se “encuentra” con la izquierda, que, además, en realidad, ya estaba “adentro”, porque la izquierda no es un factor “externo” a la clase obrera como la quiera pintar Pignanelli (que llegó al colmo del absurdo de decir que los trabajadores de Gestamp y la izquierda iban a ir “a tomar desde afuera VW”). En realidad, lo que los pone nerviosos es que la izquierda está adentro de las plantas sencillamente porque un sector de vanguardia de la clase obrera está dando muy incipientes pasos en ese sentido y cualquier sector obrero que quiera salir a luchar, que cuestione a las empresas, que cuestione al gobierno de Cristina, que cuestione la complicidad del sindicato con todas estas injusticias, tiende “naturalmente” hacia la izquierda por así decirlo[4].

Este desarrollo tiene su propia “lógica”. Claro que no llega hasta el final espontáneamente, automáticamente, requiere de su vinculación con al izquierda, como lo requiere la “toma del Palacio de Invierno”. Pero la toma de un “gran palacio” (es decir, del poder) depende de la toma, primero, de “pequeños palacios”. Y esos “pequeños palacios” son los lugares de trabajo en los cuales los trabajadores se ven forzados a realizar quites de colaboración, huelgas, bloqueo de portones y hasta tomas de empresa sencillamente como respuesta a las medidas de hecho (por definición, no legales o, mismo, ilegales como el lock out patronal) de los empresarios y la patota burocrática.

¿Qué es, sino, la acción de despedir de manera encubierta y arbitraria aquellos trabajadores que no le gustan a la empresa y el sindicato? ¿Qué es, sino, vaciar las plantas para que los trabajadores no puedan decidir en asamblea, colectivamente, los pasos a seguir? ¿Qué es, sino, la brutal militarización de Gestamp y el imperio de la patota dentro de planta, que no dejan juntarse a más de tres compañeros a charlar, ni ir al bajo sin custodia? ¿Desde qué “derecho adquirido” puede la patronal cuestionar cuando los trabajadores deciden hacerse fuertes luchando –desde un paro hasta una ocupación si fuera necesario y hay condiciones para ello- para forzar una solución? Ocupación que si se impone e, insistimos, si hay condiciones para ello, no es la “toma del Palacio de Invierno”, sino algo mucho más sencillo: ocupar transitoriamente el lugar de trabajo para no ser dejados en la calle, sin el pan para su familia y sus hijos, sólo en beneficio de la ganancia empresarial.

Porque todos estos sentidos reales y simbólicos puso sobre la mesa la lucha de Gestamp, independientemente de su desenlace concreto o inmediato. Ya había señalado Rosa Luxemburgo que se gane o se pierda una lucha (¡aunque esto no sea indistinto, claro!), lo más importante, lo fundamental, lo estratégico, es lo que deja en materia de conciencia y organización, de aprendizaje histórico para la clase obrera y su vanguardia como un todo[5]. ¡Y vaya si la lucha de Gestamp dejó enseñanzas para nuestra clase y para los revolucionarios!

 

 

 

[1] Señalemos que hay otro elemento que no tratamos aquí y que es de enorme importancia: es el que refiere a las relaciones entre el derecho burgués y las luchas de los trabajadores. Esta problemática se puso nuevamente de manifiesto en la lucha de Gestamp en la medida que la conciliación obligatoria firmada fue escandalosamente “derogada” por la misma autoridad que la había decretado pocos días después de haber hecho lo propio. Este misma acción de las autoridades debe servir de ejemplo acerca de los límites de la legalidad patronal, de cómo, en última instancia, lo único que valen son la lucha y las relaciones de fuerza; que si no se puede llevar adelante ninguna lucha obrera sin tener en cuenta el derecho laboral (e, incluso, el penal) las instancias jurídicas y lo abogados son sólo puntos de apoyo secundarios a lo que es principal: la lucha directa de los trabajadores.

[2] Cuando hablamos de los elementos de conciencia “residual” nos inspiramos en esto en un agudo señalamiento del sociólogo burgués Max Weber que dando una explicación idealista del surgimiento del capitalismo (por factores “espirituales” y no materiales), presentaba la idea de cómo una determinada “ética”, un determinado comportamiento, vaciado de su contenido anterior, podía sin embargo aceptar nuevos contenidos, ponerse a disposición de objetivos diversos a los que le habían dado origen. En este caso, la conciencia peronista clásica anterior y la burguesa a secas, reivindicativa actual, son ambas formas de conciencia capitalista. Pero lo que queremos subrayar con esta idea es como ese contenido estrechamente reivindicativo, burgués, sobrevive despojado de todos sus elementos “ideológicos” anteriores.

[3] Recordamos aquí el debate específicamente con el PTS a propósito de la lucha de Kraft que se terminó perdiendo; también la de Pilkintong, que se ganó, todo esto a propósito de si la toma de fábrica puede ser un método a ser utilizado en la actualidad o no habría condiciones para el mismo.

[4] Hace ya un siglo Lenin decía que el trabajador “tiende” hacia la izquierda por la experiencia de la injusticia, de la explotación, pero que esta tendencia se veía inhibida una y mil veces por la ideología burguesa que siempre era más fuerte. De ahí que se planteara de manera clásica la necesidad insustituible del partido revolucionario para lograr que esta conciencia fuera hasta su final lógico: la conciencia de clase y socialista.

[5] Y Rosa también agregaba que la lucha de clase socialista, revolucionaria, obrera, era muchas veces un camino de derrotas que llevaban al triunfo estratégico, final, mientras que la perspectiva autosatisfecha de la burocracia sindical de la obtención de un “éxito” reivindicativo tras otro, sólo llevaban, en último termino, a la manutención de la explotación capitalista; es decir, del capitalismo, a la derrota estratégica.

 

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