“Si el objetivo es lograr la paz social, la Iglesia puede hacer gestiones para unir por arriba al sindicalismo, pero será muy difícil que esas gestiones lleguen abajo, a los trabajadores afectados por el ajuste K. La demostración más contundente es el conflicto en la autopartista Gestamp, de Escobar, donde el despido de 67 operarios representó, y sigue representando, una de las peores pesadillas para Cristina Kirchner, Daniel Scioli y la CGT Balcarce: el de la explosión de una desobediencia que no pueden dominar y que podría extenderse si no logran contenerla. La foto que quedó estampada es la de una pulseada ganada gracias a nueve obreros que permanecieron cuatro días en un puente grúa, a 20 metros de altura. En esa fábrica, la comisión interna está integrada por expresiones de izquierda independiente y también del PTS y del Nuevo MAS” (“Gestamp y el avance de los desobedientes”, Clarín, 2-6-2014).

 

El conflicto de los trabajadores de Gestamp, que ya es histórico con un mes de pelea ininterrumpida, se ha colocado en el centro de la coyuntura nacional. Con la burocracia sindical echándose una “siesta” al menos hasta después del Mundial, el gobierno aprieta el acelerador para que pase el ajuste transformándolo en un hecho consumado cuya desembocadura es el recambio burgués en el 2015.

Lo que está en juego no es sólo el tema “económico”. Se trata de las relaciones de fuerzas entre las clases, otra de las tareas pendientes del gobierno. Cristina se ha sacado la careta y pretende ahora dejarlas varios grados a la derecha de las imperantes en la última década, cerrando definitivamente el ciclo abierto con la rebelión popular de 2001.

De ahí la importancia histórica de la pelea de los trabajadores de Gestamp. Una prueba de fuego en la cual la Santa Alianza del gobierno, la oposición, la patronal automotriz y la burocracia sindical quieren dar una “lección ejemplificadora” a los trabajadores que osen salir a luchar.

El caso de Gestamp es comparable así, históricamente, con conflictos como el de la Ford en 1985 (tras el cual Alfonsín impuso el ajuste del Plan Austral), o peleas como las de Somisa, Telefónicos o el ferrocarril a comienzos de la década del 90 bajo el menemismo, cuyas derrotas posibilitaron el establecimiento del plan neoliberal.

En la última década, pocas luchas obreras han sido tan “bisagra” como ésta. Las hubo y de importancia como los trabajadores del Casino, la experiencia del neumático o Kraft. Pero ninguna de ellas alcanzó el impacto, la repercusión política y el carácter de conflicto histórico que ha adquirido Gestamp. Se trata de una pelea abierta que hay que redoblar para quebrarle el espinazo al gobierno ajustador.

 

Una bisagra histórica

 

Partamos del principio: el carácter histórico del conflicto de Gestamp. Esto es así por varias razones. Uno, que estamos ante la principal lucha obrera en la actual coyuntura, que está plantándose frente el durísimo ajuste del gobierno y su pretensión de hacerle pagar a los trabajadores la cuenta de la crisis.

Dos, se trata de un conflicto en una empresa autopartista, parte integrante del centro neurálgico de la industria argentina, como es la rama automotriz.

Tres, que por esto mismo, enfrenta patronales muy duras y acostumbradas a garantizar la explotación de sus trabajadores (como es el caso de Gestamp, autopartista de capitales españoles primera en su rubro a nivel mundial). Cuatro, la lucha de Gestamp está apuntando al corazón de la burocracia del SMATA, que hace décadas controla con puño de hierro al proletariado automotriz, uno de los más concentrados de la industria argentina. Esta burocracia sindical se caracteriza desde la dictadura militar por el método de la “caza de brujas” del activismo en un gremio de los más antidemocráticos del país, donde impera desde siempre el método de la lista única.

Tal es el bochorno de este gremio, que su dirección histórica (el gordo Rodríguez, ya fallecido) enfrenta en variados tribunales juicios por la desaparición, en la Ford y en varias plantas automotrices más, de activistas obreros entregados por la burocracia a la represión.

Por último, pero no menos importante, el de Gestamp es un conflicto histórico desde el punto de vista de las relaciones de fuerzas más generales entre las clases. Les ha tocado a los compañeros de Gestamp la enorme tarea y responsabilidad de plantarle cara al ajuste configurando un conflicto de alcance nacional donde se juega hasta cierto punto, la suerte del ajuste como tal.

 

La recuperación de los métodos históricos de lucha de la clase obrera

 

Hay un elemento a destacar de gran importancia estratégica. Es el hecho de que los compañeros hayan decidido ir más allá de los estrictos límites de la legalidad a la que suelen estar sometidos los conflictos obreros. No hay que tomar esto con liviandad, irresponsablemente, o creer que el “voluntarismo” sea una receta para arreglar las cosas, o que lucha y derecho laboral no estén siempre entremezclados en toda pelea obrera. Esto sería un completo error, un puro infantilismo de izquierda. Se trata, simplemente, de que en las condiciones dadas, no elegidas por el colectivo en lucha, y donde la burocracia mantuvo bajo el método del terror el control de la base, no había más alternativa que hacer lo que se hizo: ocupar parcialmente la planta.

Los compañeros despedidos, apoyados incondicionalmente por nuestro partido, se jugaron a llevar a cabo la ocupación pacífica de la planta con el simple objetivo de reestablecer el nexo con los compañeros de adentro.  No es verdad que la toma de la planta se haya llevado a cabo “en el aire” o “sin preparación” (como dicen algunas sectas en su deriva cada vez más derechista y de aparato). Se hizo con la mejor preparación que admitían las circunstancias dadas, y de ahí que haya resultado exitosa. Las circunstancias objetivas eran que el manejo de los tiempos no estaba en manos de los trabajadores despedidos sino del gobierno, la empresa y la burocracia, frente a los cuales cualquier dilación hubiera resultado criminal.   

En su conjunto, estamos frente a una lucha histórica que goza del apoyo y simpatía de la inmensa mayoría de los compañeros no sólo dentro de la planta, sino del SMATA como un todo, además de la opinión pública, lo que no es un hecho menor. Existe multitud de testimonios de trabajadores en Volkswagen (donde Manrique se largó literalmente a llorar en una asamblea de planta a las 11 de la noche), la Ford y otras plantas del gremio que manifiestan simpatía con los trabajadores de Gestamp en lucha y muestran a la Verde llegando al punto máximo de su nerviosismo. Tanta es la crisis de la Verde que si no logra romper el “cerco de terror” impuesto por la militarización de Gestamp y la omnipresencia de la patota en el gremio es porque no es tarea sencilla romper una inercia de décadas.

 

La organización del activismo

 

Otros grupos de izquierda consideran que lo que se hizo fue una “locura”. Lo que expresan estos grupos (que le temen más que a nada a la acción directa de nuestra clase, y donde dirigen algo es sólo para hacerle seguidismo al sector más atrasado de la base) es, nuevamente, quepierden de vista que las condiciones de la lucha no las elegimos los revolucionarios, ni la propia clase o el activismo. Se trata de ver cuál es la mejor respuesta que nuestra clase puede dar en esas condiciones no elegidas. Y no admite discusión que la decisión que tomaron los compañeros no sólo fue la correcta, sino, además, de trascendencia histórica en lo que hace a recuperar los métodos de lucha de nuestra clase.

En sentido contrario al argumento anterior, las históricas jornadas de los compañeros de Gestamp en el puente grúa ya se han incorporado al acervo histórico de la lucha de clases en nuestro país y más allá. Rompiendo el cerco policial e introduciéndose en la fábrica, los compañeros lograron amplio impacto y simpatía entre la base, parte de la cual atinó a apoyarlos. Es verdad que la patronal vació la planta contando para esto con la abierta complicidad de la Verde. Pero aquí hay que desmentir otra de las idioteces de cuantas sectas pululan por el mundo. Claro que hubiera sido mejor que el activismo en la planta y la militancia de la izquierda estuvieran “mejor organizados”… Pero si la empresa y el SMATA se jugaron a quebrar el activismo con el cuento de “no hacer olas frente a la crisis” y las suspensiones, fue justamente, para evitar que ese proceso, que venía dándose pero al que le faltaban varios capítulos, siguiera avanzando.

Esta fue otra de las condiciones objetivas de la lucha, que se sustancia en las condiciones dadas en tiempos que el activismo no pudo elegir. Ser derrotados sin dar pelea no era una opción; no se podía dejar pasar el intento del despido del activismo por la vía encubierta de las suspensiones sine die, sin reaccionar.

En fin: claro que hubiera sido mejor tener más organización y una mayor maduración de los delegados y del activismo. Pero aun así, y aunque los tiempos no los eligieron los compañeros, están dando una pelea histórica que está haciendo hablar a todo el país.  

 

El monopolio de la Verde puesto en cuestión

 

Con la conciliación obligatoria del sábado pasado el frente burgués se fracturó por unos días. Scioli presenta ahora las cosas como si hubiera sido una “genial maniobra” que hizo se “resolviera” el conflicto “sin daños que lamentar”. Pero esto no es más que una reescritura falsa de la historia tal como fue. La toma del punte grúa por parte de los compañeros, su arrojo y heroísmo, y el aguante que les hicimos desde fuera, en primer lugar nuestro partido, fueron los que forzaron esa conciliación vivida por los compañeros, muy justamente, como un primer triunfo. No se podían pasar más días subidos a 20 metros de altura, y, además, sin haber logrado el apoyo activo de los demás compañeros de la planta.

Firmada la conciliación, se desató una crisis política mayúscula en el gobierno nacional, el provincial, los empresarios del sector, la empresa y el SMATA, que se habían juntado horas atrás en una inédita reunión en Casa de Gobierno dónde sólo faltó Cristina.

Débora Giorgi, ministra de Industria, en representación del complejo automotriz, salió inmediatamente a cuestionar lo firmado y a plantear que había que “dar marcha atrás”. Por su parte, el buchón Pignanelli salió abiertamente a amenazar con la patota, y en un gesto poco usual en un dirigente sindical incluso de la repodrida burocracia sindical argentina, ¡exigió abiertamente que se retrotraiga el acuerdo y se despida a los compañeros por “delincuentes”!

Lo de Pignanelli no tiene antecedentes. Cuestionado por las bases en todas las automotrices –en voz baja, porque la dictadura que es el gremio no deja opinar a nadie abiertamente so pena de terminar en la calle, si no en un zanjón–, se parece más a un jefe no de un sindicato, sino de una patota. Un barrabrava que a pesar de todos sus gestos, maniobras y contorsiones no puede evitar que el cuestionamiento a su autoridad se le haya metido profundamente en la base y que planteará seguramente, paso a paso, la disputa por la dirección del gremio.

 

¡Se puede ganar!

Impongamos un paro general contra la represión y en apoyo a Gestamp

 

Volvamos una vez más sobre el contexto general de la pelea de Gestamp. Al cierre de esta edición hay 200 detenidos y otros tantos heridos, algunos no con balas de goma sino de plomo, en el Chaco. El giro represivo del gobierno es escandaloso y ya venía siendo anunciado con la militarización de Gestamp. Esto pone las cosas en otro terreno: el terreno de salir a exigir e imponer un paro nacional contra la represión, el ajuste y en apoyo a los obreros de Gestamp.

Este giro derechista y represivo del gobierno el que se expresa en el escandaloso desconocimiento de la “conciliación obligatoria” firmada por el Ministerio de Trabajo de provincia de Buenos Aires, algo que no tiene antecedentes. ¿Qué pasará ahora, de aquí en más, con cualquier acuerdo en sede ministerial? ¿Cómo harán los ministerios de Trabajo y el Estado para mantener la ficción de su supuesta “neutralidad”?

Se trata, incluso, de algo mucho más grave: que el propio Estado y el gobierno provincial y nacional han incumplido y borrado con el codo, abiertamente, un compromiso firmado sólo cinco días atrás. Es una provocación. Y aunque entre la población pueda haber, inicialmente, alguna confusión al respecto, de una cosa no hay duda: la enorme mayoría de los trabajadores del país simpatiza con los compañeros de Gestamp y no con el gobierno hambreador de Cristina, con los empresarios que se han llenado de plata y con sindicalistas impresentables como Pignanelli, que en vez de defender a sus afiliados, llama abiertamente a que se los meta presos.

Las condiciones políticas para ganar esta heroica lucha están dadas. Cabe ahora decidir el próximo curso de acción. Al cierre de esta edición se está realizando una multitudinaria reunión en apoyo a los compañeros de Gestamp. El Nuevo MAS apoyará incondicionalmente, con toda su militancia, tal como lo viene haciendo hasta ahora, toda medida que resuelvan los trabajadores para redoblar esta lucha que no termina, que ya es histórica, y, sobre todo, que se puede ganar.

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