por Federico Dertaube

Hay en el mundo de hoy tres tipos de ejércitos nacionales. Están los de los países imperialistas, que se han dado un halo de “gloria” invadiendo países y pueblos indefensos. Este es el caso de los ejércitos yanquis y europeos. También existen las fuerzas armadas que se han defendido exitosamente de las agresiones de los países centrales, que incluso en regímenes reaccionarios y cipayos tienen alguna tradición de defensa nacional. Se pueden contar aquí a cubanos y vietnamitas, que aunque con “glorias” lejanas en el tiempo, siguen marcadas por la ideología de la “soberanía” contra un invasor más poderoso. Estos dos tipos tienen, con muchas variantes, antecedentes reales de enfrentamientos militares con otras fuerzas armadas profesionales.

El caso de Argentina y la mayoría del subcontinente latinoamericano  es ciertamente diferente: su única tradición sistemática es la de la represión y las masacres sobre la población civil de su propio país. En cuanto a la Argentina, hay que remontarse a la guerra con Paraguay del siglo XIX para encontrarle un “triunfo” en el extranjero. Uno que, dicho sea de paso, culminó en el genocidio de alrededor del 80% de la población masculina del país vecino para la gloria de los verdaderos ganadores de esa guerra, los ingleses. En las dos últimas guerras reales en las que participó el ejército argentino, en ambos casos el verdadero ganador fue británico; aunque las fuerzas argentinas salieran victoriosas en una y vergonzosamente derrotadas en la otra, la de Malvinas, que llevó al matadero a cientos de jóvenes. Envueltos de vergüenza por su rol de “defensa externa”, se entregaron a la tarea de mancharse las manos con la sangre de luchadores argentinos.

Pero esta historia tuvo un corte en los años 80’. El Ejército argentino fue derrotado en las calles por los trabajadores y el pueblo, que abrieron así la transición a una nueva forma del régimen político argentino. Para defenderse del “partido militar”, apoyándose en la derrota de la última y sangrienta dictadura, los partidos de la democracia capitalista se lanzaron a la tarea de debilitar una y otra vez en su rol represivo a las Fuerzas Armadas; a veces forzados a hacerlo por la movilización, a veces como necesidad para consolidar su propia dominación sin la intervención de los hombres de verde. El fracaso de los levantamientos “carapintada” fue absolutamente definitorio. Alfonsín estableció sobre el final de su mandato la estricta diferenciación entre “seguridad interna y defensa nacional”, dando comienzo a la no intervención del Ejército en cuestiones internas. Menem abolió el servicio militar obligatorio. Kirchner emitió una disposición que lisa y llanamente prohibía la participación de las FFAA en la represión interna. Por supuesto que ninguno de esos gobiernos dejó de usar a la policía y otras fuerzas “de seguridad” para reprimir y matar, pero el Ejército como tal había perdido su viejo protagonismo.

Con su anuncio del día de hoy de que se retrocederá en este viejo “consenso” de la democracia capitalista argentina, Macri muestra el rostro más brutalmente reaccionario de su gobierno. Hay que ser realmente muy ingenuo (o muy hipócrita) para no ver que (¡oh, casualidad!) el anuncio se da en el marco del avance en los acuerdos con el FMI. Para sumarle mucho más al repugnante hedor a dictadura militar. Macri hizo su discurso sobre el tema en Campo de Mayo, viejo centro de operaciones de uno de los más grandes campos de exterminio del golpe de 1976. Los discursos que suenan a autoayuda motivacional o jefe de marketing de call center en los que se nos habla de la “modernización”, “los nuevos desafíos del siglo XXI” son claramente para “engañar giles”. ¿Realmente a ningún macrista le llama la atención la arriesgada afirmación de que el narcotráfico es “un nuevo desafío” del “siglo XXI”? ¿Pueden acaso sonar más ridículas las alusiones al “terrorismo”? ¿Puede alguien en el Universo creerse eso de los peligrosos “ciberataques”?

Macri ya intentó antes tratar de retroceder en la profunda derrota que sufrieron los “milicos” argentinos. Recordemos el 2×1, la domiciliaria a Etchecolatz, etc. Pero este paso lo dan ahora, luego del acuerdo con el FMI y la visita de Lagarde. En su discurso, el presidente de los globos amarillos, los ojos azules y el corazón color verde militar dolarizado, no dejó duda alguna: este tópico fue discutido en las reuniones del G20. El objetivo del PRO es avanzar sobre la conquista histórica del pueblo argentino que fue hacer de la represión directamente militar cosa del pasado. Sus intentos ya han sido derrotados antes. Depende de la movilización democrática pararle la mano a este zarpazo brutal, de la derrota de los planes de ajuste del gobierno del FMI. La desaparición y martirio de 30 mil compañeros es una marca que todavía quema en la piel de millones, no será tan fácil para este gobierno borrar nuestra memoria histórica y nuestras luchas de hoy.

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