Por Ale Kur

En el número anterior de este periódico publicamos un artículo[1] sobre el triunfo de la joven socialista y latina Alexandria Ocasio-Cortez, quien derrotó en las primarias del Partido Demócrata de Nueva York a un “peso pesado” del establishment partidario.

Escribimos también que la organización a la que pertenece, los Socialistas Democráticos de América, viene teniendo un crecimiento explosivo, con la incorporación de más de 30 mil miembros en los últimos dos años. Existe una fuerte tendencia entre los jóvenes menores de 35 años a apoyar a estas alternativas que cuestionan al sistema desde la izquierda, lo que llevó, por ejemplo, a una votación masiva al pre-candidato presidencial Bernie Sanders (que se proclama socialista) en las primarias demócratas de 2016.

Señalamos también que, pese a todo lo anterior, el proceso tiene un importante límite: que se desarrolla por el momento al interior del Partido Demócrata, uno de los dos grandes partidos tradicionales del capitalismo imperialista norteamericano. En ese sistema bipartidista, el Partido Demócrata abarca a la totalidad de las tendencias liberal-progresistas del espectro político, en contraposición al Partido Republicano que concentra a las tendencias conservadoras. Ninguno de ambos saca los pies del plato del neoliberalismo, de las guerras de agresión a otros países, de los ajustes contra los trabajadores, de la depredación ambiental, etc.

Los Socialistas Democráticos de América identifican correctamente a la plana mayor del Partido Demócrata como agentes al servicio de los intereses capitalistas, como políticos financiados por las grandes corporaciones, de los cuales no puede esperarse nada que beneficie a los trabajadores y el pueblo. Sin embargo, tienen la definición de seguir presentando y apoyando candidatos socialistas en las elecciones primarias de dicho partido, con el objetivo de desbancar a los candidatos del establishment y poder ser electos como diputados, senadores, etc. Es precisamente con esta táctica que consiguieron que Ocasio-Cortez se imponga como candidata demócrata por su distrito a la Cámara de los Representantes de los EEUU.

En este artículo queremos profundizar precisamente en este debate. No entraremos aquí en la discusión táctica sobre cuál es la mejor manera para los socialistas de intervenir en el terreno electoral en el corto plazo. Lo que queremos desarrollar son las consecuencias políticas que tiene la orientación de presentarse como candidatos del Partido Demócrata. Señalaremos algunos de los principales problemas que se desprenden de lo anterior.

1) Cuando los candidatos socialistas se juegan a presentarse a las primarias demócratas y las pierden contra los candidatos del establishment partidario, quedan por fuera de las elecciones generales sin poder disputarlas, como ocurrió con Bernie Sanders en 2016. Al ser derrotado por Hillary Clinton, esta quedó como candidata presidencial del Partido Demócrata, enfrentando en las elecciones generales a Donald Trump. Es decir, las presidenciales se desarrollaron entre dos representantes de los intereses capitalistas, sin que los trabajadores tengan ningún representante propio en la contienda. Bernie Sanders y las organizaciones socialistas quedaron por fuera del momento más intenso de definiciones políticas del país, limitándose a llamar a votar “contra Trump”, es decir, a un voto vergonzante a Hillary Clinton.

Esto ya es en sí mismo un problema político de clase, porque los socialistas terminan a la rastra de candidatos de las grandes corporaciones. Pero esto ni siquiera garantiza el triunfo del “mal menor”, como demostró finalmente el triunfo de Trump. Un importante sector de la clase trabajadora se negó a votar a Hillary Clinton por su carácter neoliberal y corporativo, lo que otorgó la ventaja decisiva a Trump en varios estados. Pero esos mismos trabajadores perfectamente podían haber votado por Sanders u otro candidato socialista, ya que la principal motivación de su voto era la fuerte preocupación frente a las condiciones económicas a las que lleva la política neoliberal.

Por lo tanto, en las elecciones de 2016 no solo era necesario que existiera un “tercer partido” socialista para garantizar que haya una voz de los trabajadores en la contienda, sino que existía una base política objetiva para que un partido así se desarrolle, peleando por el voto de un amplísimo sector social.

2) Inclusive en el caso de que los candidatos socialistas se impongan en las elecciones primarias, esto significa que corren en las elecciones generales como candidatos de un partido liberal, y no de un partido socialista. Esto no contribuye en nada a clarificar las enormes diferencias políticas, programáticas, estratégicas e ideológicas que los socialistas tienen con el liberalismo burgués.

Y aunque los candidatos socialistas se presentan bajo un programa radicalmente diferente al de los demócratas corporativos-neoliberales, no resulta tan claro que se diferencien del ala centroizquierdista del Partido Demócrata, de los sectores neo-keynesianos y populistas de dicho partido. Entre los “demócratas de izquierda” de EEUU (incluido, en parte, el propio Bernie Sanders) está muy arraigada la reivindicación de la política y la figura del ex presidente Franklin D. Roosevelt, artífice del “New Deal” -un acuerdo histórico de conciliación de clases llevado adelante en la década de 1930 en el marco de la gran crisis económica- . Estos sectores añoran el regreso de las medidas del “estado de bienestar”, sin realizar una crítica de conjunto a la política capitalista e imperialista de la cual fue parte.

Es necesario que los socialistas peleen por la construcción entre las masas trabajadoras y populares de una tradición histórica claramente separada, independiente de la del “justicialismo demócrata”, que cristalice la pelea por la independencia de clase en una nueva identidad política, en una conciencia y cultura de lucha de clases. Esto requiere la puesta en pie de partidos y organizaciones socialistas independientes, que proclamen abiertamente sus objetivos sin diluir ni rebajar su perfil propio.

3) Por otra parte, la ausencia de una clara delimitación de los socialistas con el liberalismo ambiente del Partido Demócrata, aumenta fuertemente el riesgo de adaptación, mimetización y cooptación de sus miembros (tanto individualmente como de sus organizaciones enteras).

En todo momento y lugar, la intervención de los socialistas en las instituciones del régimen ejerce sobre los primeros una fuerte presión hacia la “moderación”, de la que no escapan ni siquiera las organizaciones revolucionarias más coherentes. La fuerza de esta presión aumenta proporcionalmente a la cantidad de posiciones institucionales que se conquistan, al grado de exposición mediática alcanzada, a la inserción y responsabilidades políticas del partido ante las masas, etc. Todas estas cosas hacen que los partidos socialistas sientan el peso del conservadurismo y el atraso (real o imaginado) de amplios sectores de su propia base social, así como de los ataques de los medios de comunicación y representantes burgueses. Se plantea así la tentación cada vez mayor de hacer “seguidismo” del sentido común, de avanzar por la “línea de menor resistencia” para no arriesgar votos y posiciones conquistadas, o para expandir la base electoral hacia nuevos sectores.

Pero en las organizaciones socialistas revolucionarias, existe (o por lo menos debería existir) el contrapeso de la claridad política y estratégica de sus miembros, que les permiten realizar un esfuerzo consciente para vencer esas presiones, para contrarrestarlas con la comprensión de conjunto de los objetivos de la pelea socialista.

Si en lugar de esta claridad lo que existe es la confusión, la ambigüedad, la coexistencia bajo un mismo partido con sectores no socialistas e inclusive abiertamente burgueses, las presiones a la adaptación no encuentran ningún contrapeso. Así es como las figuras socialistas pueden ir perdiendo cada vez más su filo radical, rebajando su programa y su discurso, ocultando sus objetivos de transformación global de la sociedad (al punto de terminar olvidándolos). La política socialista puede terminar convirtiéndose en una mera búsqueda de reformas superficiales, negociadas con la clase dominante y que no cambian nada sustancial. O, peor todavía, quedar reducida a la impotencia completa.

La historia tiene sobrados ejemplos de cómo políticos radicales de la clase obrera terminan convertidos en meros apéndices del sistema. El ejemplo más trágico, por su enorme peso histórico, fue el de la socialdemocracia europea de comienzos de siglo XX. Su adaptación al régimen la llevó a apoyar la Primera Guerra Mundial, una enorme carnicería humana que enfrento entre sí a los pueblos en beneficio de las burguesías imperialistas. Fue precisamente esta decisión la que llevo a un puñado de revolucionarios socialistas, encabezados por los bolcheviques rusos, a romper con la Internacional Socialista y fundar Partidos Comunistas independientes.

Es necesario estudiar estas experiencias históricas y sacar conclusiones de ellas, para evitar repetir los mismos errores. El resurgir del socialismo entre las nuevas generaciones de EEUU es un proceso de enorme valor político, que abre enormes posibilidades para el desarrollo de la lucha de clases en EEUU y el mundo entero. Es necesario apuntalar este proceso, mediante la construcción de un partido socialista independiente del bipartidismo tradicional.

[1]Terremoto político en Nueva York: se impuso una candidata socialista en las primarias del Partido Demócrata”. Por Ale Kur, SoB 476, 5/7/18

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