Víctor Artavia 12 de julio, 2018

“Si Daniel Ortega no cede a la convocatoria de elecciones adelantadas o si no encontramos una salida democrática, vendrá lo que no queremos para el país: una guerra civil”

Sergio Ramírez, escritor nicaragüense[1]

El 18 de abril inició la rebelión popular en Nicaragua. Durante las primeras semanas el proceso estuvo marcado por la espontaneidad del movimiento de masas que se apropió de las calles de Managua exigiendo la salida inmediata del gobierno de Daniel Ortega, similar a las rebeliones del Cono Sur a inicios del siglo. Las marchas de cientos de miles de personas daban la impresión de que el gobierno iba caería en cuestión de semanas o días, como sucedió con el “Argentinazo” en el 2001 o el “Octubre boliviano” en el 2003.

Pero transcurridos ochenta y cinco días de protestas el panorama es sumamente complejo, pues el conflicto se militarizó producto de la brutal represión del gobierno sandinista, instalando un clima de “guerra civil” entre la población y desatando una política de terrorismo de Estado similar al de las dictaduras de los años setenta en América Latina.

La rebelión popular hizo estallar el régimen político

Ortega retornó al poder al ganar las elecciones del 2006, en medio del apogeo del chavismo en Latinoamérica. Esto le permitió cubrirse con un perfil “anti-imperialista” en su discurso, a la vez que recibir enormes sumas de dinero de Venezuela, aproximadamente 500 millones de dólares al año, recursos que manejó de forma discrecional con sus “hombres de confianza” en ALBANISA (Alba de Nicaragua, S.A) y logró amasar una enorme fortuna para invertir en medios de comunicación, industrias, tierras, etc. Además tuvo margen para otorgar “bonos solidarios” y otras formas de asistencialismo social burgués, tejiendo una amplia red clientelar que le permitió contener a sectores populares y trabajadores del sector público.

Por otra parte cerró un acuerdo con los principales empresarios del país agrupados en el Consejo Superior de la Empresa Privada (COSEP), mediante mesas de “diálogo-consenso” donde decidían bilateralmente la creación de leyes en su beneficio. De igual manera sostuvo buenas relaciones con los Estados Unidos, colaborando con sus políticas migratorias y de lucha contra el narcotráfico, a la vez que no cuestionó un solo elemento de la economía de libre mercado en Nicaragua (incluido el TLC con los Estados Unidos).

Esto dio como resultado un régimen bonapartista alrededor de la figura de Ortega, quien se posicionó como líder indiscutible que concentraba todo el poder político, sin ningún mecanismo institucional de contrapeso o reglas de juego estables, con potestad de premiar y castigar a su antojo, y con el control directo de las fuerzas represivas para lidiar con cualquier tipo de oposición en las calles.

Hasta el 18 de abril parecía que este régimen era sólido como el cemento, pero estalló en mil pedazos tras la represión a una pequeña protesta de estudiantes y personas pensionadas contra la reforma al sistema de pensiones que, de forma inesperada, dio paso a una espectacular rebelión popular, quizá una de las más radicales en cuanto a sus métodos de lucha y profundidad política.

Además de las movilizaciones de cientos de miles de personas, se levantaron “tranques” (cortes de ruta con barricadas) por todo el territorio, sostenidos disciplinadamente por las comunidades con equipos de vigilancia y control del tráfico por las carreteras. Más importante fue el desarrollo de experiencias embrionarias de doble poder en algunas ciudades liberadas, como Masaya, Jinotepe y León, donde se desconoció el gobierno de Ortega y se llamó a conformar un autogobierno para organizar la recolección de basura, garantizar la seguridad de los barrios, la confección de morteros artesanales y la alimentación colectiva de los manifestantes en las barricadas, así como poner en pie hospitales comunales para atender los heridos de bala por la represión de la Policía y los paramilitares.

De esta forma, la rebelión popular puso contra las cuerdas al gobierno de Ortega y generó embriones de autogobierno desde abajo, con la potencialidad de constituirse en “pequeñas comunas” que pusieran en cuestión al Estado burgués e imprimirle un curso más radical al proceso de lucha.

El giro dictatorial de Ortega

Inicialmente Ortega quedó contra la pared y se mostró incapaz de hacerle frente a la enorme rebelión popular. Su salida del gobierno parecía inminente, pero logró un respiro gracias a la política de conciliación de la COSEP (impulsada por el imperialismo yanqui) y la Conferencia Episcopal, cuyo objetivo era frenar el proceso de radicalización y pactar una salida negociada de Ortega con el adelantamiento de elecciones para marzo del 2019.

En este marco se convocó al Diálogo Nacional que, desde un inicio, fue funcional para que el gobierno ganara tiempo y reorganizara sus filas, mientras continuaba matando y orquestaba un sangriento plan para derrotar las protestas.

El punto de quiebre fue el 30 de mayo cuando se realizó la “Madre de todas las marchas”, encabezada por las madres de estudiantes asesinados en las protestas. Al mismo momento el gobierno organizó una concentración donde Ortega habló a favor del diálogo y la paz, pero mandó a francotiradores a masacrar la movilización, con el saldo de 20 muertos y decenas de personas heridas.

A partir de este momento el gobierno comenzó a ganar terreno y cambió la correlación de fuerzas a punta de balas. Esta escalada represiva tiene por objetivo inmediato derrotar la rebelión popular por medio de la represión, pero también da cuentas de la transformación del régimen político que está desarrollando Ortega sobre el terreno, constituyéndose en un nuevo dictador para mantenerse en el poder a toda costa.

Las escalofriantes cifras de la masacre de Ortega

Además de los 15 mil efectivos de la Policía Nacional, Ortega lanzó a las calles a un ejército irregular de paramilitares encapuchados y fuertemente armados, que comenzaron a transitar por las calles de Managua, posicionándose en las principales vías de la ciudad, realizando requisas de autos y con total libertad para detener o asesinar a quien deseen.

Desde mediados de junio Ortega lanzó la “Operación Limpieza”, que consiste en escuadrones de la muerte que se desplazan en contingentes de hasta 50 camionetas “Hilux” con policías y paramilitares con armamento de guerra (AK-47, fusiles Dragunov, bazucas rusas y granadas de mano) para retirar los tranques y barricadas en las ciudades. Los relatos de la represión de estos escuadrones en León y Carazo son terribles: antes de atacar cortan los servicios de agua, luz y telefonía (con la complicidad de la compañía Claro), luego comienzan los ataques contra las barricadas y, cuando ingresan a los barrios, los paramilitares ya tienen preparadas listas de personas para secuestrar (en su mayoría jóvenes), quienes son llevados a cárceles clandestinas para torturarlos y asesinarlos (en el caso de mujeres también son violadas). El fin de semana anterior (8 de julio) realizaron una masacre en Carazo, que dejó más de 20 muertos, decenas de detenidos y desaparecidos, y hay denuncias sobre una fosa común en la parte trasera del estadio local.

El último informe de la Asociación Nicaragüense Pro Derechos Humanos (ANPDH), brindado el 11 de julio, arrojó datos escalofriantes sobre la masacre de Ortega contra el pueblo nicaragüense[2]. En ochenta y cinco días de manifestaciones fueron asesinadas 351 personas, un promedio de cuatro al día, de las cuales 289 fue por armas de fuego (disparos precisos al tórax, cuello o cabeza), diez quemadas, diez por arma blanca, dos descuartizados, dos por granadas de mano,  dos por mortero, etc.

Al desglosar los datos es claro que la mayor cantidad de víctimas están de lado de los manifestantes, siendo que 306 eran civiles, mientras que 28 eran paramilitares y los restantes 16 policías. Por otra parte hay un patrón generacional que denota la persecución contra los jóvenes, pues 139 tenían edades entre los 18 y 30 años, mientras que 27 eran menores de 17 años, incluidos niños de pocos meses de edad.

Al respecto de lo anterior, los paramilitares son responsables del asesinato de una familia del barrio Carlos Marx de Managua, quienes se opusieron a que un francotirador se instalara en el techo de su casa de tres pisos, por lo que fueron quemados vivos con dos bebés de pocos meses de edad. También mataron a un niño de catorce meses de un balazo en la cabeza un domingo a las 7:30 am cuando sus padres iban a trabajar, y en el hospital pusieron como causa de muerte “posible suicidio”.

Además se han reportado 329 desaparecidos, de los cuales 68 ya fueron rescatados y mostraban signos de tortura. Algunos denunciaron que fueron llevados a los locales del FSLN en Carazo y León que funcionan como centros de tortura clandestinos para los detenidos en las protestas[3]. Por último se reportan 2100 heridos hasta el momento.

¡Abajo la dictadura de Ortega! ¡Solidaridad internacional con la rebelión popular de Nicaragua!

Hace cuarenta años, Ortega era parte del FSLN que luchó contra la cruel dictadura de Somoza e inspiró a toda una generación de militantes de izquierda en Latinoamérica y el mundo. Hoy,  desde las alturas del poder y convertido en un señor burgués, es el artífice de una masacre contra la juventud y el pueblo nicaragüense.

Por otra parte, la rebelión popular nicaragüense atraviesa un momento difícil debido a la ofensiva del gobierno y la orientación desastrosa de la Alianza Cívica por la Justicia y la Democracia, que aceptó ingresar a una mesa de diálogo y renunció a exigir la salida inmediata del dictador, asumiendo la “hoja de ruta” de la Conferencia Episcopal y la OEA (es decir, del imperialismo yanqui) de una salida negociada de Ortega. Por este motivo, la Alianza no tiene un plan de lucha unificado para derrotar al gobierno, prolongando la exposición del pueblo nicaragüense a la masacre de Ortega.

En este sentido, es fundamental que la rebelión popular retome la exigencia de la salida inmediata del poder de la dictadura de Ortega, que es el clamor que recorre las calles, tranques y barricadas de Nicaragua.

Para esto es necesario que la juventud universitaria, el movimiento campesino, los sectores trabajadores y populares en lucha, impulsen un plan de lucha con reivindicaciones propias, con total independencia de la COSEP, la Conferencia Episcopal y demás sectores aliados a la burguesía, los cuales no están por sacar a Ortega del poder por temor a una radicalización del proceso insurreccional. ¡Contra la dictadura es válida (y necesaria) la mayor unidad de acción en las calles, pero sin perder las banderas y programa desde los sectores explotados y oprimidos!

Además es imprescindible que los sectores en lucha asuman como tarea central el armamento para la autodefensa contra los escuadrones de la muerte. Ante los métodos de guerra civil de Ortega, el pueblo tiene el derecho de proteger su vida.

Por último es necesario que las corrientes de izquierda, particularmente en Latinoamérica, desarrollen una campaña de solidaridad con la lucha del pueblo nicaragüense, con plantones en las embajadas de Nicaragua, debatiendo con la “izquierda” del Foro de Sao Paulo que defiende a Ortega contra el “golpe blando” auspiciado por el imperialismo, etc.

¡Abajo la dictadura de Ortega!

¡Por un gobierno provisional de la juventud universitaria, el movimiento campesino, los sectores trabajadores y populares en lucha!

¡Asamblea Constituyente para refundar Nicaragua desde abajo!

 

 

[1] ‘El tiempo del caudillismo en Nicaragua está llegando a su fin’. Entrevista a Sergio Ramírez. En http://www.eltiempo.com/mundo/latinoamerica/entrevista-con-el-escritor-sergio-ramirez-sobre-el-sandinismo-en-nicaragua-y-la-salida-de-ortega-225758 (Consultada el 11 de julio de 2018).

[2] Crisis en Nicaragua deja 351 muertos y 329 desaparecidos. En https://www.elnuevodiario.com.ni/nacionales/469337-crisis-nicaragua-asesinatos-parapolicias/ (Consultada el 11 de julio de 2018).

[3] Casas del partido sandinista funcionan como centros de tortura en Nicaragua. En https://www.articulo66.com/2018/07/11/casas-del-partido-sandinista-funcionan-centros-tortura-nicaragua/ (Consultada el 11 de julio de 2018).

 

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