Eric “Tano” Simonetti, delegado del SUTEBA La Plata y militante del Nuevo MAS.

Lo que un primer momento se presentaba como una crisis cambiaria cada vez queda más claro que se trata de otra de las tantas recurrentes del capitalismo argentino. Donde la incapacidad de ponerse a la altura de la competitividad internacional encuentra un límite en su reproducción “normal” y deja de producir la cantidad de dólares para financiarse. Faltan dólares porque la estructura productiva del país no produce los suficientes para funcionar. Bajo los últimos años del gobierno de Cristina Kirchner se “pateó para adelante” este problema con una combinación de impuestos internos, emisión monetaria y herramientas de restricción como el cepo al dólar. El macrismo giró hacia otra “solución”: obtener dólares por la vía del endeudamiento externo. Pero cuando los dólares se hicieron más caros eligió el camino más barato económicamente hablando (respecto a los intereses del préstamo, no a sus consecuencias en última instancia) pero políticamente más caro: le tocó la puerta al FMI.

Todos los analistas y periodistas “hinchas” de Cambiemos repitieron en las últimas semanas que ir al FMI (y hacer el profundo ajuste que implica) era la única opción para “no entrar en una crisis”. Pero las cosas no se han correspondido con esta optimista visión del futuro. La confianza de los mercados en la capacidad de Macri de “domar” las variables económicas no para de caer y al compás de esa falta de “fe” en su propio gobierno comienza a rumiarse la pregunta política fundamental: ¿podrá Macri hacer los “deberes” del ajuste sin chocar contra un iceberg? Y al parecer no sólo esa pregunta se la hace el empresariado autóctono sino que la propia Reina Lagarde refleja esa inquietud en una hecho curioso y abyecto: ha mandado a sus emisarios del FMI a “dialogar” con los dirigentes sindicales de la CGT y CTA, es decir, con los que garantizan que la clase trabajadora no irrumpa en las calles. Un llamado telefónico que evidencia que los amos del mundo saben con quienes hablar para ayudar a hacer pasar el ajuste.

Al mismo tiempo, la “crisis de confianza” que atraviesa la relación entre el empresariado y el gobierno no sería tal si de un plumazo Macri hiciera todos los deberes juntos: anunciar una reducción drástica del déficit fiscal con nombre y apellido de los lugares donde se achica el gasto, un aumento brutal de las tarifas que deje tranquilas a las petroleras y una devaluación de la moneda feroz que ponga el dólar a $40 o más. Ese sería el programa de la burguesía para “volver a empezar” y orquestan día y noche su andamiaje de poder para que finalmente esto se realice.

Son los que se quejan de que Macri escuchó mal el consejo de Maquiavelo y en lugar de “decir el mal todo de golpe” lo estiró en cuotas de “gradualismo” que no ayudó a evitar una crisis y dosificó las malas noticias prácticamente todos los días. El periodista Milei no es sino la versión showman de una política que el gobierno quisiera aplicar pero que se encuentra con el fantasma cada vez menos espectral de “diciembre”. Esto es: la capacidad de resistencia, organización y lucha de los trabajadores y el pueblo. De hecho, si no hubiese sido por los 300.000 trabajadores que el 14 y 18 de diciembre tomaron la Plaza Congreso la Ley Laboral a la brasileña estaría en pleno funcionamiento. Fue esa lucha masiva y radicalizada la que hasta ahora logró cajonear una de las políticas más destructivas del gobierno en lo que hace a derechos laborales.

Así vistas las cosas Macri está en una encrucijada compleja: si ajusta todo lo que le pide el empresariado puede llegar a estabilizar las “variables económicas” (es decir, los balances contables de empresarios y banqueros dentro de nuestras fronteras) pero sus efectos sociales podrían empujar al movimiento de masas a las calles y agitar el fantasma nunca del todo enterrado de un nuevo 2001. Pero si no ajusta todo lo que le pide el FMI, la confianza capitalista en su capacidad de gobierno se seguirá dilapidando hasta hacer estallar la economía.

Pero desde los ojos del gobierno las cosas podrían ser distintas. Uno de los sueños de Macri es que todos los actores políticos “serios” se encolumnen incondicionalmente en defensa de la gobernabilidad y acepten que no queda otra que hacer el ajuste. Esta táctica necesita de la ayuda de los gobernadores del PJ y de la dirigencia sindical. El problema es que el peronismo quiere que el gobierno aplique el ajuste, pero no está dispuesto a hundirse con él. Eso explica sus idas y vueltas, cuya sumatoria es la política de “dejar hacer”. Ya vimos que el propio Pichetto como portavoz del peronismo federal anunció que aprobaría, con algunos maquillajes, el presupuesto de ajuste que pide el FMI. Y por el lado de la CGT y CTA constatamos que sólo buscan ser una “válvula de descompresión” de la bronca social: de otro modo no hubiesen llamado un paro pasivo el 25 de junio, sino uno que ponga un millón de trabajadores en Plaza de Mayo. Los dos riesgos de esta táctica de “pacto social” es que ni los mercados lleguen a “estabilizarse” a tiempo como para no terminar descarrilando o que los trabajadores y sectores populares no acepten esperar al 2019 y desborden a las centrales sindicales irrumpiendo en movilizaciones masivas, cacerolazos, saqueos, etc.

Como vemos, las cosas no son solo complejas para Macri. El peronismo, que en todas sus expresiones está mentalizado en lograr unificarse y erigirse en la alternativa política para las elecciones de octubre de 2019, también ve con preocupación las andanzas de la economía. Es que si Macri choca el iceberg y no hay piloto de tormenta preparado para componer un recambio político ordenado las cosas podrían llevar a la “anomia” del 2001 y darle lugar a nuevas formas políticas que asuman la representación del descontento social. Por izquierda o por derecha, como en Europa donde los grandes partidos políticos tradicionales decaen y surgen nuevos. Por eso lo mejor que podría pasarnos, razonan en los locales peronistas, es que Macri llegue vivo al 2019 pero muy desgastado de modo tal “ser quienes capitalicemos la bronca contra el ajuste”.

Claro que en ningún de esos locales se discute lo que preocupa a millones de trabajadores: cómo parar el ajuste hoy. Cómo evitar que el gobierno siga pulverizando el poder de la moneda, siga disparando la inflación, siga despidiendo trabajadores del Estado. En ninguno de esos locales se discute cómo evitar que se aplique el ajuste que el pide el FMI ni mucho menos cómo se organiza al pueblo para que derrote ese acuerdo en las calles. Lo que sí se discute y planifica mucho es como hacer para que los trabajadores “voten bien” en el 2019, como dijo Moyano en el acto del 21 de febrero, condensando toda la estrategia que anuda desde Pichetto hasta el nuevo armado de centroizquierda “En Marcha”. Que quede claro: no es lo mismo construir una política que parta de la idea de “parar el ajuste hoy” que “ganarle a Macri en 2019”. Aunque parecen objetivos que podrían hacerse forma conjunta eso es sólo una ilusión.

¿En qué sentido es ilusorio parar el ajuste hoy y ganarle a Macri en 2019? En que es imposible que Macri deje de aplicar el ajuste y cambie su política. A lo sumo puede dosificar la aplicación del ajuste. ¿O acaso Macri podría realizar un giro de 180º y volverse un gobierno que en lugar de ajustar al pueblo ajuste a los empresarios? De ninguna manera; no cuadra en un ningún análisis político serio. Mientras Macri siga al frente del gobierno el ajuste seguirá su curso. Está en el ADN del gobierno de empresarios que elije someterse al imperialismo de la mano del FMI. La conclusión no puede ser otra, entonces, que para que el ajuste se termine hace falta que Macri no siga más gobernando. De lo que se desprenden otras conclusiones.

La primera conclusión es que la estrategia del peronismo, el kirchnerismo y la centroizquierda de jugarse todo a ganarle a Macri en el 2019 tiene como supuesto dejarle aplicar el ajuste en el presente. Por lo tanto estas fuerzas políticas apuestan más a “respetar la democracia” que a defender en el presente los intereses de los trabajadores. Prefieren privilegiar la “continuidad democrática” que imponen los tiempos electorales que poner los derechos sociales por encima. Optan por la gobernabilidad y el ajuste antes que por ganar la calles de forma disruptiva y derrotar el ajuste. Porque ¿Qué valor tiene una democracia donde el que gana lo hace mintiendo y en el medio de su mandato no hay ningún mecanismo para revocarlo si traiciona lo que prometió? ¿O acaso Macri no prometió “pobreza cero”, bajar la inflación y quitar el impuesto al salario? ¿O caso dijo en campaña que iba a endeudar el país y someterlo a los dictados del Fondo Monetario Internacional? Esa ruptura del “contrato electoral” habilita, entonces, el cuestionar su gobierno y advertir que no se trata de uno democrático y por tanto es completamente legítimo impugnar su derecho a seguir gobernando. En este sentido el paro general del 25 fue un plebiscito masivo contra la política del gobierno.

La segunda conclusión que se desprende de lo que podríamos llamar la “ilusión del 2019” es que si verdaderamente se está en contra no sólo de Macri sino de su política de ajuste otra orientación política completamente distinta a la que hoy hegemoniza en la oposición. Requeriría que los sindicatos pasen de oficiar de sostenes de la gobernabilidad y de “organizadores de derrotas” a cumplir una función de organizar la bronca para transformarla en lucha en las calles. Una política que en lugar de llamar a cantar el himno un día feriado como el 25 de mayo llame a una huelga general activa que llene la Plaza de Mayo. Otra estrategia para otro objetivo. Y sobre la marcha de “poner toda la carne en el asador” ir construyendo una alternativa política realmente opositora al ajuste de Macri, no sólo declamativa o simbólicamente. Alternativa que hoy sólo puede ofrecer la izquierda revolucionaria si decide avanzar realmente en convertirse en una fuerza potente y unitaria en el seno de la clase trabajadora. Para eso es necesario plantear claramente que Macri no debe terminar su mandato.

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