Por Ale Kur

Estas semanas, el gobierno de Donald Trump protagonizó un nuevo escándalo mundial. Se trata de la detención sistemática de niños migrantes en la frontera con México: ya son más de 2300 los casos de menores que el gobierno de EEUU separa de sus padres y encierra en “centros de detención”. Las imágenes que circulan en la prensa internacional hablan de una práctica barbárica, con los niños de entre cero y doce años hacinados en establecimientos que parecen cárceles.

Esto viene ocurriendo desde comienzos de mayo, momento en que el gobierno Trump resolvió un giro hacia la “mano dura” con la política migratoria, anunciado públicamente por el fiscal general Jeff Sessions (y defendida por el mismo con citas bíblicas). Con esta nueva orientación, los migrantes indocumentados adultos que cruzan la frontera son considerados automáticamente delincuentes y se les presentan cargos penales, por lo que son trasladados a las cárceles federales de EEUU. Pero como allí no pueden ingresar niños, sus hijos son separados de ellos y recluidos en centros aparte. Ni los hijos ni los padres saben cuándo volverán a verse, ni donde se encuentran sus familiares. Esto produce un enorme sufrimiento humano y deja un profundo trauma en miles de menores, violando todas las convenciones sobre derechos de la niñez y Derechos Humanos.

Por otra parte, esta avanzada se enmarca en un ataque más general de Trump contra los migrantes. Ya en enero de este año el gobierno intentó avanzar contra los derechos de los “Dreamers” (2 millones de inmigrantes indocumentados que arribaron a EEUU en su niñez y que llevan muchos años viviendo arraigados en dicho país), amenazando sus protecciones legales frente a la deportación. Además Trump viene presionando para intentar conseguir fondos para financiar la construcción del muro con México, así como para obtener de conjunto una legislación mucho más dura frente al conjunto de los migrantes. Se trata de un gobierno nacionalista y reaccionario que muestra la peor cara del imperialismo yanqui, intentando erigir una “fortaleza” que deje afuera a las millones de personas a las que la propia política imperialista condenó a la miseria y falta de perspectivas[1].

La indignante situación de los menores detenidos está generando un gran revuelo, tanto dentro como fuera de EEUU, provocando una catarata de críticas al gobierno de Trump. Ya se están realizando algunas movilizaciones en las zonas fronterizas (a las que convocan, entre otros, el Sindicato de Enfermeras de la región), y se están convocando a grandes protestas nacionales para el 30 de junio.

Dentro del espectro político, esto produjo también la reacción de la oposición demócrata e inclusive del propio partido republicano al que pertenece Trump. Sin embargo, se trata de “lágrimas de cocodrilo”, ya que ninguno de ellos está llamando realmente a quebrar la política migratoria del gobierno, y todos ellos fueron cómplices de las leyes restrictivas y deportaciones en masa, tanto del gobierno actual como de los anteriores (Obama, Bush, etc.).

Por su parte, la Iglesia Católica manifestó su repudio a través de la Conferencia Episcopal de EEUU: calificó las medidas de Trump como “inmorales” y “contrariaras a la moral católica”. Resulta llamativa la blandeza de estas calificaciones, si se las compara con las recientes declaraciones del papa Francisco contra el aborto, al que comparó con “lo que hacían los nazis”. Evidentemente, a la Iglesia le recuerdan más al nazismo las mujeres que deciden sobre sus cuerpos que los campos de concentración donde se recluyen a los niños ya nacidos. Tampoco se ve ninguna gran campaña desplegada aquí por los “pro-vida”, mostrando que el verdadero enemigo de los conservadores son las mujeres y no realmente los poderosos que pisotean los derechos de los niños y niñas.

La política reaccionaria de Trump debe ser derrotada con la más amplia movilización popular, tanto en Estados Unidos como en los países de los que provienen la mayor parte de los migrantes, comenzando por México y toda Centroamérica. El “patio trasero” de EEUU debe rebelarse para poner fin a los atropellos sistemáticos del matón del Norte. Por su parte, el movimiento migrante en EEUU ya posee una gran tradición de lucha (como viene mostrando desde la huelga general de 2006), y la juventud progresiva norteamericana una importante tradición de solidaridad, como se viene observando desde la asunción de Trump y el comienzo de sus ataques xenofóbicos y racistas. Es necesario desarrollar al máximo esta resistencia y unidad en las calles, para imponer una salida favorable a los de abajo.

[1] En el caso de México, por ejemplo, además de las relaciones de opresión de siglos de EEUU hacia dicho país, la constitución del NAFTA (como área de libre comercio) significó la quiebra en masa de los agricultores mexicanos, dando lugar a grandes oleadas migratorias.

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