Carla Tog, Barcelona, domingo 10 de junio del 2018

La primera reacción y sensación instantánea apenas conocidas las duras sentencias del caso Gürtel (1), fue la de pensar en voz alta que Rajoy se iba a ir y se tenía que ir. Claro está, que la retirada de Rajoy y la llegada de Pedro Sánchez a la Moncloa tras la convulsa salida de Mariano Rajoy por la moción de censura presentada por el PSOE (2), no ha sido producto directo de la lucha de clases. Más bien, se revela como una expresión distorsionada de la inestabilidad y crisis político-institucional no resuelta en España, del cuestionamiento al Régimen del ‘78 y de la histórica y abierta crisis con Catalunya que ha puesto sobre la mesa en los últimos años la cuestión de la autodeterminación del pueblo catalán.

Esta situación ya se advertía de manera intuitiva un año atrás, cuando Rajoy salvaba los muebles ante la cloaca de corrupción destapada involucrando al PP de arriba abajo y lograba, muy sobre el límite, sortear  la moción de censura presentada por Podemos (3), pero que dejó al PP en crisis y a su gobierno en minoría y muy debilitado y termina “cayendo” y siendo “reemplazado” por intermedio de los mecanismos del Régimen. En este contexto, la caída de Rajoy, aunque mediada, no deja de ser muy progresiva y desde este punto de vista se muestra como efecto distorsionado de todo el proceso político de crisis y lucha de clases y de la incapacidad de Rajoy de dar una solución “coherente”, “consensuada”, a los problemas globales y sobre todo al problema catalán.

En este marco es que opera la Justicia (burguesa) como factor relativamente “independiente” del desarrollo específico de la coyuntura, que de manera “insospechada” aparece para inclinar la balanza creando las condiciones para el relevo de Rajoy. Las duras sentencias en el caso Gürtel, ya en la mira judicial desde hace tiempo, no se deben al justo accionar de la justicia que es buena y eficaz (basta con ver sino los casos de la Manada, Altsasu, los presos catalanes, el 155, Valtonyk, por ejemplo), sino más bien respondiendo a la preocupación más estratégica y de fondo de la legitimación del régimen político ante la acumulación de crisis y corrupción. De manera contradictoria, este elemento burgués de “auto reforma” o “saneamiento” del Régimen por las propias instituciones del mismo termina siendo el vector por el cual se decanta la caída de Rajoy.

El Gobierno de Sánchez: Formas distintas para más de lo mismo

Ahora bien, el hecho satisfactorio de que Rajoy y el PP hayan sido removidos del poder por corruptos, en las circunstancias y contexto señalados anteriormente, no quiere decir que el nuevo gobierno de Sánchez sea “progresivo” y que lleve a cabo reformas de fondo o a largo plazo.

Desde el punto de vista estructural el nuevo gobierno del PSOE es muy parecido al que se fue de Rajoy. Son parte del histórico bipartidismo en crisis y asume con una agenda similar de sumisión total a los dictados de la UE, a favor de los recortes y el ajuste y en contra del derecho de autodeterminación de Catalunya. Pero el PSOE recurre a formas y gestos menos brutales que los de Rajoy de diálogo, mediación y negociación, haciendo concesiones cosméticas, superficiales y más “consensuales” para una política casi similar, de mantener por encima de todo el régimen heredero de Franco. La formación de su gobierno lo confirma, con un gabinete de derecha que, por más que lo adornen con rostro de mujer, juró ante el rey seguir dentro del marco de los preceptos del reino de España.

Lamentablemente, una vez más, hay que dedicarle unas palabras a Podemos y a su nefasta y capituladora política de adaptación al juego parlamentario, de mano tendida al PSOE y de sostén del Régimen que ahora paga y llora ante los hechos consumados de la formación de un nuevo gobierno monocolor que contó con su apoyo, el de los vascos y los catalanes. En todo caso y en última instancia, otra vez se confirma que Podemos,  su política y su accionar no configura una perspectiva  independiente para los trabajadores, las mujeres y la juventud, sino más bien es cada vez más un vector del posibilismo y la gobernabilidad.

Sánchez necesitará paciencia y capacidad de acotar un terreno de juego meramente simbólico, sin tocar nada de lo fundamental. No es el mejor espacio para un gobierno. Menos aun cuando el propio Sánchez, el caudillo regenerador, va a ver sometido a su propio partido a un calvario judicial como aquel por el que ha pasado el PP. ¿Hasta dónde estará dispuesto Sánchez a llegar para satisfacer a sus socios de moción? En juego estarán los presupuestos aprobados bajo el Gobierno de Rajoy, las pensiones y, por supuesto, el otro gran reto del nuevo Gobierno socialista está en gestionar la situación catalana. Se trata de no poner en cuestión la unidad nacional pero también de dar alguna “satisfacción” formal a unas demandas nacionalistas abiertamente independentistas. Habrá que ver si los gestos simbólicos o puramente políticos son suficientes. Todo esto acontece en una realidad marcada por los estragos de la crisis económica que sigue su curso y donde el hartazgo y descontento social están a la orden del día.

Ninguna confianza en el gobierno de Sánchez

Todo el apoyo a las luchas en curso

Apoyo incondicional al derecho de autodeterminación del pueblo catalán

No a la política de ajuste y recortes

Por la construcción de una alternativa independiente y de clase de los trabajadores las mujeres y la juventud

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