por Tofi Mazú

Entre la noche de ayer y el día de hoy, 5 de junio, aparecieron en todos los diarios y portales oficialistas una serie de notas respecto a la tasa de graduación en las universidades. La clara intención de las mismas no es otra que la de convencer a los gorilas acomodados y las doñas de Recoleta de que los estudiantes son los nuevos “planeros” y de que se malgasta el presupuesto educativo.

Toda su alharaca la basan en un informe realizado por Alieto Guadagni, director del Centro de Estudios de la Educación Argentina de la Universidad de Belgrano. Saber quién fue el autor de dicho informe resulta bastante ilustrativo a la hora de entender a qué vienen estas “noticias”. Tiene en su currículum haber sido ministro de Economía y de Obras Públicas de la Provincia de Buenos Aires entre 1968 y 1970 (dictadura de Onganía) y entre 1987 y 1991 (Alfonsín, el mismo de la hiperinflación y Menem…Menem). Durante los ‘90 fue viceministro de Defensa, secretario de Industria y Comercio, secretario de Recursos Hídricos, entre otros.  No solo estuvo metido en un gobierno de facto, sino que este economista participó en gobiernos que dejaron hecha polvo la economía del país llevando al hambre y la miseria a gran parte del pueblo trabajador.  Estamos hablando de un agente directo del empresariado, que del 2002 al 2004 fue director del Banco Mundial, y que está metido en la palestra política para defender los negocios de su propia clase social. No podemos esperar de este neoliberal menemista, nada que no sea su actual función: ser un neoliberal macrista. Eso es exactamente lo que viene a demostrar con su “informe” respecto a la educación, en completa consonancia con las recientes declaraciones de Vidal ante el Rotary Club.

La defensa de la educación privada

El informe del CEA compara, gráfico mediante, la tasa de graduación de las universidades públicas y privadas, sin discriminar entre las primeras a aquellas que tienen ingreso irrestricto de otras como la UBA, donde el CBC opera como un verdadero filtro. Afirman que de cada 100 inscriptos en las estatales 75 no se gradúan o lo hacen “tarde” (el 74% de los estudiantes se egresa luego de más de seis años). Mientras que en las privadas el número es de 58. Si bien la diferencia no es tanta, usan esos números para decir que es más rentable la educación privada que la pública, además de plantear que implica entonces un “menor gasto” para el Estado, aun cuando el mismo financia a toda la educación, sea privada o pública.

Esto no es más que una excusa para afirmar dos cosas. Por un lado, que el déficit fiscal es la educación (al igual que la salud y que los salarios de todos los estatales), y no los subsidios a las empresas privadas de los millonarios (ya sean en forma de fábricas o de universidades como la UCA). Por otro, es afirmar que sobran estudiantes.

Deteniéndonos en esto último hay varias cosas para decir. Este señor Guadagni no pone reparos en declarar que el problema es el “ingreso irrestricto” y pone como modelo a seguir a las universidades de Chile. En este país, las familias se endeudan desde que sus hijos son niños para que de grandes puedan tener estudios superiores y miles de jóvenes se ven obligados a migrar a países como el nuestro para poder cursar una carrera de grado. Increíblemente pone también de ejemplo a Harvard, resaltando que el 95% de los ingresantes se egresa… una institución donde para entrar hay que, o bien ser millonario, o bien ser Bill Gates. Esto nos lleva a la siguiente cuestión:

¿Por qué gran parte del estudiantado no se recibe o tarda tanto en hacerlo?

Es una pregunta simple y compleja al mismo tiempo. Podemos hablar horas respecto al deterioro de la educación primaria y secundaria (sobre todo por el desfinanciamiento y las condiciones de precariedad), que ha llevado a que generación tras generación, al estudiantado le cueste más mantener el ritmo de la cursada universitaria. En la universidad más grande del país, la UBA, el Ciclo Básico Común retrasa o imposibilita el acceso a las carreras de gran parte de los aspirantes, actuando como un verdadero filtro. La solución que estos gorilas encuentran no es invertir en la educación primaria y secundaria, incorporar el contenido de los cursos de ingreso a la carrera y nivelar, sino arancelar (modelo chileno) o restringir el acceso en las universidades que no cuentan con algún sistema similar al CBC, mediante exámenes al final del colegio. Se atreven, incluso, a hablar de “selección de estudiantes” (!), como si educarse no fuera un derecho, sino un privilegio.

Pero la falta de preparación no es la única ni la más importante de las razones por las que gran parte del alumnado abandona o ralentiza sus estudios superiores. El verdadero enemigo es el problema de ser estudiantes y trabajadores al mismo tiempo. Aunque la Universidad estatal en nuestro país no sea arancelada, estudiar no es gratis, como dicen los reaccionarios. Para estudiar hay que comprar apuntes, libros, cuadernos. En ciertas carreras como las artísticas y las de diseño hay que gastar cientos de pesos semanales en materiales para encarar cantidad de trabajos. Para estudiar, primero hay que vivir: hay que comer, pagar el alquiler, tomar uno, dos o tres medios de transporte solo para llegar a la facultad. En definitiva, hay que trabajar para estudiar. Y sí, parece absurdo que estemos aclarando semejante obviedad. El mismísimo Gran Diario Argentino reconoce que, en los últimos tres años (gracias, Macri), la deserción aumentó considerablemente. Es decir, conforme avanza el ajuste, el tarifazo, el dólar, la canasta básica, etcétera, avanza también la necesidad de aumentar la jornada laboral para llegar a fin de mes; con ello crece, entonces, la presión por dejar materias o la carrera misma. Lejos de ser los vagos que este gobierno quiere presentar a su base social, los estudiantes se levantan a las siete de la mañana para laburar y vuelven a casa a las once de la noche después de cursar.

Los pies en la Tierra y la mirada al cielo

Para estos zánganos que viven del trabajo de millones, la educación es “un costo muy grande que da poco beneficio” (Sic). Querrán decir, que da poco beneficio en función de sus propios intereses. Es evidente que no les preocupa siquiera tener mano de obra capacitada, porque implica subir el salario. El propio Clarín en su nota refleja que el sueldo de un empleado con título universitario es un 40% más alto que el de aquel que únicamente cuenta con título secundario. Incluso, un trabajador que no ha terminado sus estudios superiores, cobra un 20% más que sus colegas que no cursan ninguna carrera.

Al mismo tiempo, intentan instalar la idea de que el conocimiento por sí mismo no significa nada ni para la individualidad de cada trabajador (obvio, pedirle eso a los patrones es un delirio), pero ni siquiera para el desempeño laboral del mismos. Los marxistas defendemos hasta el final el derecho a educarse de todo el pueblo trabajador, porque entendemos que en la elevación cultural de las masas se encuentra gran parte de la conciencia de clase que se adquiere. También, porque implica un desarrollo superior de cada individuo, dando lugar a su enriquecimiento personal. Pedes in terra ad sidera visus (con los pies en la Tierra y la mirada en el cielo) es el lema de la Universidad Nacional de Tucumán y resume con claridad el rol de la educación. Acceder a estudios superiores permite, en efecto, tener una visión más clara y concreta de lo que es la realidad, el mundo que nos rodea y, por consiguiente, permite ver “más allá”, tener aspiraciones, pensar, cuestionar… Al mismo tiempo, si cada vez más capas de la sociedad gozan de cierto enriquecimiento cultural, de conjunto pueden intervenir en la misma, asumir la idea de que pueden influir en el destino del país y el mundo, en su producción y organización. Con su sistemática elevación cultural, amplios sectores oprimidos pueden proyectarse para ser más que engranajes en el infernal sistema de la producción capitalista, pueden dejar de ser meros ejecutores para pelear ser dirigentes de la sociedad. Esto es así con o sin título.

Aunque peleamos porque estudiar sí sea efectivamente gratis, aunque peleamos por el boleto educativo, las becas, los alojamientos para los migrantes internos y externos, aunque peleamos por las condiciones edilicias y todo lo que hace falta, el hecho de que no haya un arancel en las universidades estatales de nuestro país es una conquista del movimiento estudiantil casi única en el mundo. Eso es lo que quieren atacar, a 100 años de la reforma del ’18 y a 50 del Mayo Francés. No sabemos si a Guadagni le encargó el reporte el FMI, Macri, o el Banco Mundial… o si Gaudagni le arma los discursos a Vidal. Lo que sí sabemos es lo que significa: el macrismo se agarra de este informe engendrado en una universidad privada para allanar el terreno para sus próximos ajustes. Busca así combatir a su archienemigo, el Déficit Fiscal, personificado esta vez en jóvenes de entre 17 y 35 años.

 

 

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