por Marcelo Yunes

“Desde la capital norteamericana se anotará como un gesto positivo a favor del acuerdo [con el FMI] el casi inevitable veto que Macri hará del proyecto de ley que retrotrae el nivel de tarifas de servicios públicos a diciembre. En algún momento de las charlas en Washington se habló del potencial costo fiscal de una decisión de este tipo, que llevaría el déficit primario al 3,5% del PBI. Un porcentaje imposible de aceptar tanto por la administración Macri como por los fiscalizadores del FMI. La mención del veto trajo tranquilidad en Washington” (C. Burgueño, Ámbito Financiero, 30-5-18).

 

Al cierre de esta edición, se estaba votando en el Senado la marcha atrás al tarifazo, que de todas maneras, en caso de concretarse, será vetada por Macri. A decir verdad, la cuestión de las tarifas es sólo uno de los muchos capítulos del programa de ajuste que se está cocinando en Washington entre los técnicos del FMI (que están para dar las órdenes) y los funcionarios argentinos (cuya función es decir “Sí, mi amo”). Pero el “debate público” –de alguna manera hay que llamarlo– sobre el papel de las tarifas en el gasto estatal y en general sobre la política económica que viene ya está dejando todo tipo de lecciones. Pues claro: ¿quién dijo que la mentira no enseña?

 

Mentira 1: “La energía en el mundo es cara y hay que pagarla lo que vale” (Macri)

 

Bueno, en realidad a ésta habría que contarla como mentira triple o cuádruple, así que vayamos por orden.

Por empezar, la energía en el mundo es cara… o barata: depende de si el país en cuestión tiene o no fuentes propias de energía. En los reinos y emiratos petroleros, la nafta es casi regalada, y no porque esté subsidiada, sino porque su costo de producción es muy bajo. Los países “serios”, cuando tienen un insumo abundante y exportable (especialmente, alimentos y energía), reservan una cuota de ese insumo para abastecer el mercado interno al precio de producción, no al precio de exportación, que es internacional. Por supuesto, esto no vale para Argentina en general, y menos que menos para la Argentina de Macri, donde como no hay cuota obligatoria para el mercado interno, pagamos la harina, el aceite o la nafta al mismo precio de exportación que lo pagaría un país desértico.

Por supuesto, además, es completamente falso que en todos lados se paguen las cosas “lo que valen”, razonamiento que, llevado hasta el final, significa que no hay que subsidiar nunca nada. Pues bien, no hay país del mundo que no subsidie algún insumo o consumo que considere estratégico, tenga producción local de ese insumo o no. Ya que tanto se quieren mirar en el espejo del Primer Mundo,  vayan a EEUU a convencer a los yanquis de que paguen la nafta al precio internacional, o intenten convencer a los franceses de que su producción agrícola no puede ser subsidiada y que debe quedar a merced de la liberalización de precios (ese mismo es el principal obstáculo para el acuerdo de libre comercio entre el Mercosur y la Unión Europea).

Pero la mentira mayor es que el tarifazo lleva el precio de la energía a su costo “real”. Es increíble el caradurismo de estos tipos, que sostienen con total frescura algo que se deshace a la primera googleada. El curro escandaloso de dolarizar la energía es tanto más indignante cuanto que Argentina sólo importa el 30% del gas que consume. Y por otra parte, buena parte de esa importación viene de Bolivia, a un precio que es incluso inferior al internacional promedio que nos quieren hacer pagar. ¿Por qué hay que pagar una tarifa 100% en dólares si el insumo tiene un componente importado de sólo el 30%, y el resto de los costos son en pesos? Lo que nos conduce al punto siguiente.

 

Mentira 2: “Con tarifas realistas habrá inversiones estratégicas” (Aranguren y Macri)

 

Desde ya que las tarifas de servicios bajo el kirchnerismo eran bajas y no cubrían los costos. Lo que nuestros liberales no dicen es que esa situación no fue elegida por los K, sino que fue el tributo que debieron pagar a la rebelión popular de 2001, uno de cuyos blancos preferidos fueron los estafadores de las compañías privatizadas de servicios. Y por muy buenas razones: esos chantas tuvieron durante todos los años 90 tarifas dolarizadas que aprovecharon para llenarse los bolsillos sin invertir nada, que es exactamente el esquema que el macrismo viene a replicar, como veremos ahora. La indignación popular por haber pagado durante años un servicio malo y caro fue tal que el kirchnerismo decidió no tocar esa fibra sensible. Por supuesto, eso significó que las privatizadas no invertían, pero al final de cuentas, cuando tuvieron la guita tampoco lo hicieron…

Pasemos al modelo macrista de tarifas. Por lo pronto, cuando Aranguren hizo el cálculo de tarifas para 2018, estimaba un dólar en 20 pesos para fin de año, con una inflación de menos del 20% y un crecimiento económico de más del 3%. En un mes, se derrumbó todo. Al respecto, fue notable la unanimidad de la mesa de garcas de la que fue anfitrión el ministro Dujovne el miércoles 23 de mayo: Miguel Ángel Broda, Miguel Kiguel, Pablo Guidotti, Ricardo Arriazu y Miguel Bein (sí, el gurú económico de Scioli en las elecciones 2015). Todos, incluido el propio Dujovne, coincidieron en una inflación del 26-27%, un crecimiento raquítico del 1% y, sobre todo, que “lo que más hay que evitar en 2019 es un waiver [un “perdón” por no cumplir las metas acordadas. MY] en el primer acuerdo con el FMI después de tantos años” (Ámbito Financiero, 24-5-18). En este marco, no sólo los tarifazos pautados por Aranguren quedaron muy por detrás del objetivo de cubrir el “costo real” (en verdad, el costo dolarizado) de la energía, sino que desapareció del mapa hasta el menor rastro de “inversiones estratégicas”.

En ese punto, podemos estar seguros de que las obras de renovación y ampliación de la infraestructura energética que tanta falta hacen jamás se harán. Porque en realidad, la planilla Excel de Aranguren nunca tuvo ese objetivo, sino el de garantizar cuantiosas ganancias a las petroleras y a las distribuidoras y transportistas de electricidad. En la Bolsa de Buenos Aires, las empresas del rubro son por lejos las que más han aumentado su valuación en el último año, a niveles escandalosos del 600 y el 700%. Y la frutilla del postre es que ni disimulan: todas las empresas del sector han publicado que la abrumadora mayoría de esas ganancias jugosísimas tuvo como destino no las quiméricas “inversiones” (que, cuando existen, van muy por debajo de la inflación), sino la muy terrenal “distribución de dividendos”. En criollo: la guita que ganaron, se la guardaron. Y la infraestructura eléctrica, que la renueve Cadorna. Porque recordemos que buena parte de la generación de energía eléctrica depende del gas como insumo básico.

Tan grosero es todo que hasta el economista jefe de FIEL, Daniel Artana, de impolutas credenciales garcas, cuestionó que “no se puso un peso en generar reglas de competencia que aseguren que los costos van a ser los más bajos posibles”, y se quejó de las licitaciones de energías renovables que le aseguran a las empresas precios en dólares ¡durante 20 años! Esto no es pagar lo que vale, ni lo justo, ni nada: el verdadero nombre que merece es el de saqueo a mano armada.

 

Mentira 3: “Sin tarifazo queda un agujero fiscal imposible de tapar”

 

Esto es mentira, pero al menos nos vamos acercando al verdadero problema: los tarifazos no son más que uno de los instrumentos de un brutal ajuste fiscal ortodoxo, al más puro estilo años 90 (o años 2010-2018 en Grecia, para hablar del “nuevo” FMI), que es la condición indispensable para que se llegue a un acuerdo con Lagarde & Cía.

El ministro Dujovne habla de un “agujero de recaudación” de 115.000 millones de pesos. Lo que verdaderamente angustia al ministro es que el acuerdo con el FMI tiene como condición número uno la reducción progresiva del déficit fiscal (del primario, por supuesto, el de los gastos corrientes; los pagos de la deuda, lógicamente, son sagrados). Es ese objetivo el que quedaría comprometido si las tarifas deben efectivamente retrotraerse a diciembre del año pasado. Lo que es no sólo falso sino hipócrita es que en una reducción del déficit haya que empezar por reducir el salario real e indirecto de trabajadores y jubilados, que es de lo que se trata.

Para ir sólo al ejemplo más reciente: ¿por qué esos 115.000 millones de pesos en un año generarán un apocalipsis económico, pero los intereses de las Lebac por tres o cuatro veces esa cifra no son ningún problema? ¿Por qué reponer subsidios por 4.500 millones de dólares es una tragedia que merece ser vetada inmediatamente, pero que si el Banco Central revienta el doble para sostener un dólar a 20 pesos durante apenas tres semanas antes de ser derrotado por “los mercados” es una simple “turbulencia”?

La respuesta es obvia: la decisión está tomada, y Macri está resuelto a hacer pasar el ajuste a como dé lugar, pagando el costo político que sea, ejerciendo un veto rechazado por el 90% de la población y, llegado el caso, dispuesto a recurrir a las Fuerzas Armadas, emulando a su modelo Temer en Brasil. No sabemos si habrá “peronismo irresponsable”, pero lo que queda claro es que el macrismo abandona sus pretensiones irresponsables de reelección vía “ajuste gradualista” y abraza definitivamente el ajuste a lo bruto que reclama el Fondo Monetario Internacional. El peligro para el país no son las “locuras de Cristina”, sino las locuras de Christine, que en cuanto a cintura política, diga lo que diga Peña, no parece diferenciarse mucho de su colega Anne Krueger en 2001.

En este marco, la pregunta que queda flotando es cuánta capacidad de medir un desgaste político vertiginoso tiene un gobierno cuya única línea de contacto con la realidad parece ser el cordón umbilical que lo une a las oficinas del FMI en Washington.

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