Marcelo Yunes

Argentina se comprometerá formalmente ante el FMI a cumplir con un déficit fiscal de menos de 2% antes de un año, como principal activo para acceder a una línea de crédito de u$s 22.000 millones con el Fondo Monetario Internacional (FMI). Ésa será la principal promesa que le hará en Washington el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, a la directora gerente del organismo, Christine Lagarde, y al que será el responsable de la negociación, el italiano, Roberto Cardarelli. (…) Mauricio Macri tomó la decisión de abrir negociaciones con el Fondo Monetario Internacional (FMI) luego de analizar dos datos terminales: a) el interés de deuda que debía pagar el país en el segundo semestre del año podría superar el 13% anual, y b) la salida masiva y rabiosa del país de los inversores extranjeros(C. Burgueño, Ámbito Financiero, 9-5-18).

 

Se terminó la farsa del discurso macrista. Macri, Dujovne y Peña pueden seguir haciendo el ridículo en público cuantas veces quieran, pero ya no hay retorno. No les cree la oposición, no les creen “los mercados”, no les cree la gente común, no les creen sus aliados, no les creen los mismos miembros del gobierno, no les cree nadie. Nadie.

La verdad de las cosas se puso sobre la mesa de la manera más brutal posible: no había más dólares para aguantar la corrida, los inversores internacionales ya no prestan sino que, al revés, huyen y se llevan sus dólares. El único prestamista a mano y (más o menos) dispuesto a aflojar la bolsa es el FMI. Acordar con el Fondo era visto hace sólo semanas, en Nueva York, por los mismos miembros del equipo económico interpelados por financistas internacionales, como “políticamente inviable”. No era un plan B: era un plan J, o un plan W. Pero no les quedó ningún otro camino.

La corrida contra el peso se hizo imparable. Nada funcionaba: ni reventar reservas, ni subir la tasa al delirante 40% (por muy lejos, la más alta del mundo), ni rogar a los inversores. Decíamos la semana pasada que “nadie del establishment forzaría una corrida contra el peso (…). Pero ‘los mercados’ tienen su propia lógica económica que no siempre coincide con la ‘racionalidad’ política, y una aceleración en cascada de la corrida cambiaria no se puede descartar”. Pues bien, fue casi exactamente lo que pasó. Veamos cómo lo describe un analista cercano al gobierno: “La información que llegó a la Casa Rosada desde el primer día de la corrida cambiaria hablaba de una fidelidad asombrosa de las empresas, bancos y particulares con domicilio en la Argentina. Vino allí la primera gran desilusión para el Presidente. Los que fugaban dólares desde el miércoles 25 de abril eran tenedores institucionales extranjeros, especialmente fondos de inversión, que en su mayoría habían llegado al mercado local desde los primeros meses de gestión macrista” (C. Burgueño, cit.).

En efecto, Macri fue “traicionado” por aquellos en quienes depositaba todas sus esperanzas: los inversores extranjeros que iban a traer una “lluvia de dólares” gracias a la “confianza” que les generaría un presidente blanquito, de ojitos claros y pura raza CEO. En la crisis terminal de Alfonsín en 1989, el entonces ministro de Economía Juan Carlos Pugliese se quejaba, estúpidamente, de que a los mercados “les hablé con el corazón y me respondieron con el bolsillo”. Macri no fue tan ingenuo, pero igual le respondieron con el bolsillo.

Citábamos también en la edición anterior a Carlos Rodríguez, economista ultragarca del CEMA, que revelaba que el primero en disparar la corrida (más bien, fuga) fue la banca JP Morgan, de donde salieron varios cuadros del riñón mismo de este “gran equipo”. Si esta gente de relaciones carnales con el macrismo salía corriendo, qué quedaba para meros fondos anónimos que sólo veían en Argentina un lugar de ganancia rápida y fácil. Finalmente llegó la lluvia de dólares, pero en la dirección inversa: salieron de acá y se fueron a EEUU.(1)

Y ojo que no se trataba sólo de las Lebac. Esos inversores internacionales, que vislumbraron el negocio puramente financiero que se abría con la política económica de Macri, tenían plata puesta en Lebac, pero también en empresas que cotizaban en Bolsa, en bonos de deuda, en Letras del Tesoro y otros instrumentos. Las Lebac fueron sólo la primera puerta (jueves 3 y viernes 4). Pero el lunes 7 y martes 8 se empezó a derrumbar todo lo demás.(2) Ante la magnitud de la estampida, Macri decidió recurrir al Fondo porque, simplemente, ninguna otra señal podía calmar a los “mercados” que, como se dice en la jerga, olían sangre.

¿Ninguna otra señal? Bueno, había otras opciones, pero eran políticamente más tóxicas todavía. Miren si no esta sugerencia del inefable garca Carlos Rodríguez, que bien puede hablar en nombre de todos los ultraliberales que se venían quejando del “gradualismo cuasi populista” de Macri: “Los mercados internacionales están muy nerviosos. Hace una semana que los seguros contra un default de Argentina vienen subiendo, y esto es peligroso porque en todos los emergentes van bajando, menos en Argentina. Está pasando algo raro. Hay agentes económicos en Nueva York que se están asegurando contra un default de Argentina. Es muy importante tranquilizar a los tenedores de la deuda internacional. Ahí es donde el Presidente debe sacarle las reservas al BCRA, porque no las va a necesitar porque el dólar va a flotar [es decir, devaluación brutal. MY] (…). Que el Presidente dé un discurso que diga que las reservas son para pagar la deuda externa argentina. La prioridad del Gobierno tiene que ser pagar la deuda y no que la inflación sea 15 por ciento” (Ámbito Financiero, 4-5-18).

Pues bien, el micro discurso de Macri de 3 minutos no fue tan directo, pero tiene exactamente ese sentido. Fue el propio Macri, al comienzo de la corrida, el que dio la orden de vender las reservas que hicieran falta porque “hay que cumplir con la palabra empeñada y demostrar que esta gestión es diferente”; las restricciones y cepos son cosa de populistas. Y si la única posibilidad de garantizar que los fugadores puedan fugar y los acreedores puedan cobrar es pedirle plata al Fondo, pues se le pide y punto.

 

Las condiciones del FMI: Garrote, Garrote, Garrote

 

El objetivo de Macri con el Fondo es muy simple: conseguir todo lo que se pueda. Aunque se habló al principio de 30.000 millones de dólares, por una serie de aspectos técnicos que ahora no desarrollaremos (reglas del FMI para prestar según el valor de la cuota, entre otras), lo más probable es que el gobierno deba conformarse con menos. El crédito stand-by (expresión que a los que vivimos los 90 hasta el 2001 nos resulta muy familiar) permite desembolsos rápidos… y tiene condiciones estrictas. Veamos.

Por lo pronto, antes de prestar plata el FMI considera siete variables importantes: 1) sostenibilidad de la deuda, 2) acceso a mercados de crédito locales e internacionales, 3) situación fiscal (esto es, tamaño del déficit), 4) balanza comercial, 5) índice de inflación, 6) política monetaria (sobre todo, tasa de interés) y 7) confiabilidad de las estadísticas. No hagan muecas: con el endeudamiento monstruo; un déficit fiscal real del orden del 7% (otros dicen 9%) del PBI; 10.000 millones de déficit comercial; inflación ya con un piso del 24% (es lo que calculó la consultora Ecolatina antes del temblor de esta semana, con el agregado de “siempre y cuando no haya nuevas sorpresas”…) y una tasa de interés del 40% (en el mercado de privados llegó al 47%), es evidente que de los 7 exámenes la Argentina de Macri aprueba, como mucho, uno y medio. A saber, los datos del INDEC y, con muy buena voluntad, acceso al crédito (pero cada vez más caro y a regañadientes, y sobre todo insuficiente).

Pese a esto, es posible que el crédito se otorgue y el FMI haga la vista gorda, habida cuenta de la importancia regional de Argentina, que encima ocupa ahora la presidencia del G-20. No es lo que se dice una buena imagen, pero, como dice un analista, “la intensidad de la corrida no dio margen”. En el fondo, para dar luz verde al asunto pesarán menos los requerimientos “técnicos”: “Lo que se supone es que el acuerdo al que accederá Lagarde será ‘político’ y una decisión casi personal de la directora del FMI” (C. Burgueño, cit.). Bueno, probablemente será algo más que la “decisión personal” de Christine Lagarde: ya Trump, Rajoy y Temer salieron presurosos a bendecir el acuerdo Argentina-FMI.

Ahora bien, una cosa es ser generoso con las condiciones para dar el crédito y otra muy distinta es serlo con las condiciones de devolución. Veamos un análisis descarnado: “Aquí no debería haber sorpresas, el menú del Fondo es archiconocido [sólo el cínico de Peña puede atreverse a decir que “el Fondo cambió”. MY]. Los negociadores argentinos tendrán enfrente a un sabueso, el italiano Roberto Caldarelli. Lo más parecido a Los Intocables. O sea que, más allá de las simpatías esbozadas por la jefa del FMI, Christine Lagarde, a la hora de acordar el programa no habrá concesiones. (…) El BCRA (…) es quien parecería fortalecerse bajo un programa del Fondo, ya que el organismo no sólo exigirá mantener un régimen de tipo de cambio flexible, lo que implica que se irá a niveles de un dólar que elimine el retraso cambiario e incluso dejen un colchón de depreciación. Además, como el FMI comulga con el esquema de metas de inflación y no le disgustan las Lebac, la estrategia de la cúpula del Central se verá fortalecida. O sea, en buen romance, seguirán las altas tasas de interés.(3) Es posible que en vista de la situación fiscal y social haga la vista gorda en demorar un poco la reducción del déficit fiscal, pero lo que no será negociable es el tipo de cambio libre y flexible. Pero el abc del programa del Fondo no escapará de ajuste fiscal con política monetaria dura, en pos de bajar la tasa de inflación. Veremos después el plafón sociopolítico que habrá para sostenerlo [¡“Veremos después”! ¡Vaya optimismo! MY]. (…) Lo que está claro que se va a un tipo de cambio más alto. En este contexto el stock de Lebac se vuelve más que relevante. Algunos hablan de un plan 30/30, por los 30.000 millones de dólares que pondría el Fondo (que en realidad serían menos) y 30 de tipo de cambio. El debate se centra aquí en diseñar un canje de las Lebac o licuarlas vía tipo de cambio. Magia no hay” (J. Herrera, Ámbito Financiero, 9-5-18).

No sabemos si tanta seguridad en un dólar mucho más alto se verá confirmada en lo inmediato. Si así fuera, el “plafón sociopolítico para sostener” ese tipo de cambio puede revelarse muy delgado: ¿cuánto tiempo cree tener esta gente? En lo que sí tiene razón el analista es en que magia no hay. Recuerdan los funcionarios macristas que cuando Roberto Caldarelli, el “sabueso” del Fondo, estuvo en Buenos Aires cuando Macri aceptó la supervisión del famoso artículo IV de la carta del FMI (el mismo que se aplicaría ahora), lo que les llamó la atención fue su preocupación por evitar subas de salarios que comprometieran las metas de inflación.

Los analistas que se preguntaban por la “factibilidad política” de la negociación con el FMI se preocupaban por la relación de fuerzas en el Congreso, dando muestras de una ceguera rayana en la estupidez. ¡El Congreso es el menor de los problemas para Macri; todo este paquete está sujeto a la prueba de la lucha de clases! ¿Alguien cree que en este contexto de deterioro político del macrismo, de recrudecimiento de la crisis social, de malhumor de masas, un ajuste marca registrada FMI va a pasar como si tal cosa?

Pero ese tema se trata en otras páginas de esta edición. Cabe alertar entonces que Macri no sólo deberá pasar la prueba del descontento popular, sino incluso de los mismos “mercados” que tanto idolatra y quiere seducir. En efecto, un informe de Consultatio post reviente de reservas pero antes del pedido de auxilio al FMI da cuenta de que “desde el mercado empiezan a cuestionarse cuánto podrá avanzar la administración de Mauricio Macri en la agenda de reformas que se había propuesto”. Y los muchachos mercadistas se están poniendo exigentes: un vocero de una garconsultora hablaba por todos ellos cuando explicaba que aunque el discurso de Macri pidiendo la escupidera al FMI cayó bien, ese efecto “fue rápidamente dilapidado por la conferencia de Dujovne, que no anunció nada, no dio detalles del crédito. Si esta noticia no viene complementada con un ajuste fiscal agresivo, que es lo que está pidiendo el mercado, se profundizará el mal humor de los inversores”.

Lo pide el “mercado”, lo pedirá el FMI, Macri intentará hacerlo. Se acerca cada vez más la disyuntiva: derrota del movimiento obrero o sonido de aspas sobre la Casa Rosada.

 

Notas

  1. Un dato revelador de muchas cosas es que el gobierno supo que se trataba de inversores extranjeros porque la demanda de dólares era a) de montos bien grandes, y sobre todo b) con dinero totalmente “blanco”, es decir, de procedencia que se podía justificar. Si los inversores hubieran sido residentes argentinos, tal vez hubieran podido cumplir la primera condición, pero de ningún modo la segunda. No es una chicana de esta columna, sino la pura verdad: chequear la nota citada de C. Burgueño.
  2. Aunque nadie quería hacer olas ni decirlo en voz alta, el “mundo” al que “habíamos vuelto” ya había emitido su veredicto: “Los activos financieros argentinos se han vuelto tóxicos para la mayoría de los inversores extranjeros (…). Las acciones más representativas de la Argentina retrocedieron en lo que va del año un 21,4% en dólares, sólo superadas entre las 78 plazas que sigue la agencia MSCI [la misma que debería subirle la calificación al país para considerarla “mercado emergente”. MY] por la isla Mauricio y Turquía. (…) El peso pierde más del 17%, coronándose entre las 53 monedas más relevantes del globo como la más desvalorizada frente al dólar” (Ámbito Financiero, 7-5-18). En las dos semanas entre el 20 de abril y el 2 de mayo, las monedas de Perú, Colombia, Chile, México y Brasil se depreciaron frente al dólar, en promedio, un 2,54%; la moneda argentina, un 5%.
  3. No hace falta aclarar que semejante menú de combate a la inflación vía ajuste fiscal, devaluación y tasas altas no tiene garantizado que bajen los precios, pero sí un brutal frenazo de la actividad económica. La estimación más actualizada de evolución del PBI para 2018, la de Ecolatina, ya se resigna a que no llegará siquiera al 2%. Y esto era antes del anuncio de Macri de su pedido de socorro al FMI.

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