Ale Kur

El martes de esta semana, el presidente norteamericano anunció la retirada de Estados Unidos del “pacto nuclear” firmado entre Irán y un conjunto de potencias (EEUU, Alemania, China, Francia, Reino Unido y Rusia). Dicho pacto establecía la limitación del programa nuclear iraní, a cambio de la retirada de las sanciones económicas en su contra que se habían establecido desde 2012. La firma en 2015 de este acuerdo había sido uno de los grandes “logros” de política exterior del gobierno de Obama, ya que pretendía alejar la posibilidad de una guerra con Irán, contribuir a pacificar Medio Oriente y generar un clima propicio para las inversiones en el país y en la región.

Donald Trump renunció a dicho acuerdo acusándolo de estar “mal negociado” y de no impedir a Irán la posibilidad de desarrollar armas atómicas en un breve plazo, llevando a una carrera nuclear en toda la región. También acusó al régimen iraní de “patrocinar el terrorismo” y de ser un “régimen asesino”. Por estas razones anunció también el restablecimiento de las sanciones económicas, dando por tierra en los hechos con la participación norteamericana en el acuerdo. Las sanciones se aplicarían a todas las empresas que hagan negocios en y con Irán, lo cual perjudicaría tanto a empresas europeas como de Rusia y China: de esta manera, la pelea geopolítica en Medio Oriente se enlaza también con la “guerra comercial” que EEUU está desatando a nivel mundial contra sus competidores y adversarios.

La decisión de Trump remite a cuestiones tanto de política interna como externa. En el plano nacional, busca mantener la adhesión entusiasta de su base social más derechista, que ve a Irán como uno de los grandes males del mundo a ser combatido. En el plano internacional, apunta centralmente a intentar torcer las relaciones de fuerza en el gran pantano geopolítico que es hoy Medio Oriente, donde se cruzan gran cantidad de conflictos y tensiones. Desollaremos esto a continuación.

 

Israel vs. Irán 

 

El partidario más entusiasta de la ruptura de los acuerdos nucleares es Netanyahu, primer ministro de Israel. Más aún, podría considerarse que fue aquel el verdadero autor de la decisión política de Trump. En las últimas semanas se dedicó a sembrar el terreno montando una campaña de propaganda sobre el supuesto incumplimiento del tratado por parte de Irán, quien secretamente seguiría llevando adelante su programa nuclear. Poco le importó que el Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) viniera certificando hace rato que no ocurrió ninguna violación iraní a los términos del acuerdo.

El fantasma que se agita es el de que Irán ya posee misiles de largo alcance, en el que podría montar cabezas nucleares para atacar el territorio israelí. En las condiciones del acuerdo nuclear existente, Irán necesitaría relativamente escaso tiempo para fabricar armas atómicas, dejando al país al borde de una catástrofe. Esto se trata mayormente de un pretexto: Irán está mucho más interesado en desarrollar libremente su economía y su influencia político-militar “convencional” en la región que en desatar un apocalipsis atómico.

Lo que realmente preocupa al gobierno israelí es la creciente proyección que Irán viene ganando en Medio Oriente. Especialmente a partir de la guerra civil (con intervenciones externas) en Siria, en la que milicias pro-iraníes (entre ellas la libanesa Hezbollah, pero no solamente) se desplegaron a lo largo y ancho del país, estableciendo allí bases propias. De esta manera, Hezbollah quedó en Siria “a tiro de misil” del territorio israelí, cosa que preocupa sobremanera al establishment militar sionista.

Más estratégicamente aún, lo que aterroriza a Israel es la posibilidad de que Irán establezca una especie de “corredor” terrestre continuo hasta el Líbano, pasando a través de Irak y Siria. Esto no solo fortalecería militarmente a Hezbollah contra Israel (luego de que la primera le propinara una dura derrota en 2006), sino que plantearía la posibilidad de que Irán establezca bases militares en el Mar Mediterráneo. Esto alteraría el equilibrio militar en toda la región, al introducir la dimensión de un nuevo frente naval en la ecuación de fuerzas.

Por estas razones, Israel ya venía bombardeando en Siria a las posiciones ocupadas por milicias iraníes y afines, incluso al riesgo de escalar a una guerra frontal con el régimen sirio y su gran aliado Rusia. Pero esto no es suficiente: la “seguridad” del enclave sionista necesita una garantía mucho mayor que ataques esporádicos a posiciones puntuales. Israel viene preparándose hace años para una posible guerra en toda la línea contra una Hezbollah reforzada por años de acumulación de armamento (proveniente de Irán).

Por último, Israel no es el único país de Medio Oriente interesado en aislar y derrotar al régimen iraní. Cuenta con un aliado de peso en el propio mundo árabe e islámico: Arabia Saudita, cuya monarquía se encuentra enfrentada agriamente a la “República Islámica” de Irán. Pesan aquí centralmente rivalidades económicas y geopolíticas, pero también cuestiones religioso-sectarias derivadas de las distintas identidades dentro del Islam (sunnitas wahabitas vs. chiitas).

Por esta razón, el régimen saudita viene intentando en los últimos años conformar una “liga regional” de Estados con el objetivo de aislar a Irán. No se trata solamente de una “guerra fría” sino que tiene episodios muy calientes: el enfrentamiento militar de ambos bloques en Yemen (y –últimamente en menor medida- también en Siria). Por todo esto, el gobierno saudí felicitó también a Trump por su anuncio de retirarse del acuerdo.

 

Se abrió la caja de Pandora

 

La retirada de EEUU del acuerdo no significa inmediatamente que este deje de existir, ya que quedan todavía otros cinco países (grandes potencias) firmantes además de Irán. Los gobiernos de los países europeos (Francia, Reino Unido y Alemania) criticaron la decisión de Trump, defendiendo la perspectiva de mantener el acuerdo. Aquí entran en juego consideraciones de estrategia geopolítica tanto como de intereses económicos: todos ellos tienen fuertes inversiones en Irán, en los rubros de explotación petrolera y gasífera[1], en la industria, etc., que se verían perjudicadas por el regreso de las sanciones.

Sin embargo, la decisión de Trump es una jugada enormemente peligrosa, ya que las sanciones de EEUU tienen el poder de hacer un daño económico real a Irán. Por otra parte, significa que EEUU se desliga de toda responsabilidad en mantener un canal “pacífico” de resolución de conflictos con dicho país, aumentando enormemente las posibilidades de choques militares y hasta de una guerra en toda la línea.

Por estas razones, Irán anunció que se tomará algunas semanas para evaluar la posibilidad de su propia retirada, que conllevaría la reanudación del programa de enriquecimiento de uranio (que puede ser utilizado tanto para el desarrollo de energía atómica con fines pacíficos, como para las armas nucleares). En lo inmediato, la tensión solo puede aumentar enormemente en toda la región, por lo cual pueden esperarse inclusive choques regionales entre los bloques, especialmente sobre el terreno sirio (la actual “frontera caliente”).

Pese al enorme poderío militar de EEUU y de Israel, en caso de que estallara una guerra frontal con Irán estos países no pueden contar con nada parecido a un “triunfo fácil” en la misma. Hay de por medio enormes dificultades. A nivel internacional, tanto Rusia como China se pondrían del lado iraní en caso de una agresión, amenazando con un conflicto mundial de enormes proporciones. A nivel regional, Irán cuenta con fuertes aliados, como la milicia Hezbollah capaz de causar un gran daño a Israel en sus fronteras. Pero especialmente, a nivel nacional Irán cuenta con unas poderosas (y sobre todo numerosas) Fuerzas Armadas, con una economía relativamente fuerte (que produce enormes volúmenes de petróleo, pero también con una cierta base industrial). Se trata además de un país con un amplio territorio, con una geografía llena de puntos de difícil acceso para fuerzas invasoras, y con una población de 80 millones de personas.

Desde el punto de vista interno, el régimen iraní viene de sufrir una oleada de cuestionamiento por parte de amplios sectores de la población, que se pusieron de pie contra las dificultades económicas, los bajos salarios, la inflación y el desempleo. También generó impacto el movimiento de las mujeres que se negaron a usar el velo, desafiando al poder teocrático y su censura religiosa sobre las costumbres. Pero pese a lo anterior, la “República Islámica” sigue contando con una enorme base social, que estaría dispuesta a combatir hasta el último hombre en caso de una agresión externa (estimulada además por el fanatismo religioso).  Por otra parte, un ataque imperialista pondría a la mayor parte de la población del lado de la defensa nacional, lo que en el corto plazo fortalecería a los elementos más “duros” del régimen dejando en un segundo plano las divisiones internas. La mera implementación de sanciones económicas contra Irán ya logra en parte este mismo efecto.

Todas estas cuestiones hacen que la perspectiva de una guerra frontal no sea la más probable, pero tampoco puede descartarse ya que una caída del acuerdo nuclear no dejaría espacio para muchas otras soluciones.

En síntesis, la decisión de Donald Trump abrió la caja de Pandora en Medio Oriente. Es imposible realizar ningún pronóstico de lo que ocurrirá a continuación. En cualquier caso, es seguro un aumento de la conflictividad, de la tensión y del peligro de grandes choques. Es necesario repudiar cualquier intento de agresión imperialista, en la perspectiva de defender el derecho de las naciones de Medio Oriente a su propia autodeterminación. Esto, por otra parte, no significa otorgar ni un milímetro de apoyo al reaccionario régimen iraní, que debe ser derrotado con la movilización de su propio pueblo.

[1] Es especialmente el caso de la compañía francesa Total, que posee una inversión conjunta con China en el campo gasífero iraní de South Pars (el mayor del mundo por sus reservas) que podría alcanzar la cifra de 5 mil millones de dólares.

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