por Marcelo Yunes

 

La crisis que muchos parecían esperar para después de las elecciones de 2019, cuando gran cantidad de operadores esperaba la tan demorada política económica racional del presidente Macri, parece haberse adelantado para 2018. (…) Toda expansión de gasto o caída de ingresos en las actuales circunstancias (…) puede derivar en una estampida de fuga de capitales que no sólo va a borrar de un plumazo la acumulación de reservas traduciéndola en negativa, sino también en una contracción en el gasto privado, un cierre de las ventanillas crediticias para el Estado, la industria y los comercios, un brusco corte en diversas líneas de crédito al país y también de los propios bancos argentinos a sus clientes, y un clima político sumamente enrarecido que puede traducirse en una brusca creciente impopularidad del Gobierno sin que por ello se garantice una recuperación en la voluntad de voto en la oposición” (W. Graziano, Ámbito Financiero, 2-5-18)

 

La situación económica, y con ella la política, se deteriora a un ritmo vertiginoso que parecía impensado hace sólo semanas, al menos para los que no estaban atentos a las múltiples señales de alarma que se conocen desde hace tiempo. Aquí, un resumen de algunos de los aspectos que muchos quieren (y necesitan) entender para saber qué es lo que está en juego en este otoño de crisis.

 

¿Por qué viene subiendo el dólar?

 

Primero pongamos en cifras la actual situación. En lo que va del año, y considerando el cierre del miércoles a 21,52 pesos frente a los 18,73 pesos de principios de enero, el dólar aumentó casi un 15%, muy por encima incluso de la ya muy alta inflación de este año. Estamos en un país sin Presupuesto real: la “ley de leyes” votada el año pasado establece no sólo una ridícula meta de inflación del 12% anual (¡se va a superar el mes que viene!), sino que calculaba un valor promedio del dólar de 21,20 pesos… ¡pero en 2020, no en 2018!

Lo que hace mucho más grave esta disparada es que todos los mecanismos que intenta el gobierno para controlar el valor de la divisa yanqui fracasan ruidosamente, y a altísimo costo. Primero el gobierno intentó frenar la escalada vendiendo dólares del Banco Central. No hubo caso: los “inversores” se llevaron todo lo que el gobierno ofertó, el gobierno reventó 7.200 millones de dólares de reservas en una semana (a lo que hay que sumar otros 2.000 millones que se volaron en marzo)… y el dólar sube igual.

El Banco Central, desesperado luego de aniquilar el 12% de sus reservas sin ningún resultado, recurrió a lo que no quería hacer: subir la tasa de interés de la deuda del BCRA, las Lebac (que explicaremos más abajo), del 26% a más del 32%, para hacer atractiva la inversión en pesos de modo tal que esos pesos no se vayan a comprar dólares. Más abajo veremos qué consecuencias tiene esta medida para la economía, pero respecto del dólar, el balance es claro: ni vendiendo reservas ni subiendo la tasa se pudo evitar el salto en la cotización.

Ahora pasemos a las causas, que son tanto externas como internas, y están relacionadas. Empecemos por las de afuera. La Reserva Federal de EEUU (equivalente a un banco central) viene subiendo de a poco la tasa de interés, que ya llegó al 3% anual. En parámetros argentinos, parece poquísimo; para un mundo que venía de tasas de interés cercanas al 0% e incluso negativas (es decir, hay que pagar plata para depositar), es bastante. Y eso genera que muchos inversores se sientan atraídos por esa tasa, que a diferencia de la de los países “emergentes” tiene riesgo prácticamente cero. Cuando eso pasa, naturalmente, el dólar sube: capitalistas de otros países quieren comprar bonos de la Reserva Federal, que no son otra cosa que emisión de moneda yanqui, lo que baja el precio de las demás monedas respecto del billete verde. Esa mini devaluación tuvo lugar en estos días con varias monedas del Tercer Mundo.

Ahora veamos un factor interno: el impuesto a la renta financiera para extranjeros que implementó el gobierno en los lejanos meses en los que quería quedar como “equitativo” para disimular el tijeretazo de la reforma previsional empezaba a cobrarse en estos días. Por lo tanto, los inversores extranjeros que compraban Lebacs y ganaban casi un 3% mensual (¡no anual!) en dólares decidieron irse del peso (ayudados por la suba de tasas en EEUU). Se calcula que unos 5.000 millones de dólares de Lebac (mejor dicho, su equivalente en pesos) estaban en manos de inversores de afuera. Se sacaron de encima los pesos, compraron dólares y adiós Argentina y Macri, gracias por los servicios prestados.

A eso se suma un tercer factor, también interno, que podemos llamar “incertidumbre de los mercados ante la evolución económico-cambiaria” o bien por su nombre más criollo: cagazo. Veremos eso más abajo.

 

¿Qué son las Lebac y qué tienen  que ver con esta situación?

 

La sigla significa Letra del Banco Central; recordemos que una letra es una obligación de pago que emite una institución (o persona) que pide plata prestada. En el fondo es, simplemente, una forma de endeudarse. Como es sabido, el BCRA es el que emite la moneda nacional. El kirchnerismo, cuando se vio en problemas, recurrió a la emisión de moneda. Pero ese mecanismo alimenta la inflación; los liberales no mienten del todo en eso (lo que hacen es callar otros factores). ¿Cuál es la diferencia entre emitir moneda (los K) y emitir Lebac (Macri)? Que emitir moneda genera inflación, con la ventaja para el BCRA de que no paga intereses por esa emisión. En cambio, emitir Lebac no alimenta la inflación, pero obliga a pagar intereses (y muy altos) a los inversores que compran esas Lebac.

El sistema de las Lebac le permitió al gobierno endeudarse en pesos sin, en principio, generar inflación, pero trajo otros problemas que se están agravando. El primero es, justamente, la carga de los intereses. Ya hay en plaza 1,3 billones (millones de millones) de pesos en Lebac, que obligan al BCRA a pagar intereses del orden del 25-30% anual o incluso más, como ahora. Estamos hablando de más de 60.000 millones de dólares de Lebac que generan unos 15.000-18.000 millones de dólares anuales en intereses (en ambos casos, en pesos).

El mecanismo es así: la gran mayoría de los inversores compran Lebac pero no con vencimiento a un año, sino en buena medida con vencimiento en 30 días (¡así de “estratégicas” son estas inversiones!). Por ejemplo, el próximo vencimiento de Lebac, el 15 de mayo, significa “renovar” (es decir, cobrar intereses y volver a depositar, sin retirar el capital, como si fuera un plazo fijo) más de 680.000 millones de pesos, es decir, más de la mitad del total. ¡Imagínense la que se armaría si en vez de renovarse casi todo el stock de Lebac que vencen, como ocurre en general, los inversores se asustaran y decidieran llevarse su capital! Esa bomba de tiempo sólo puede ser desactivada eliminando paulatinamente las Lebac.

Ahora bien, ¿por qué se invierte en Lebac? ¿Qué es lo que las hace atractivas? Queda claro que, para el gobierno, son una manera de absorber pesos que de esa manera no irán a comprar dólares; para el BCRA, “anclar” el valor del dólar es la (única) gran idea para frenar la inflación. Para los inversores –hablemos claro: especuladores de afuera, bancos de afuera y de adentro, grandes empresarios, y recién después algo del “chiquitaje”– el atractivo es la tasa de interés, que les permite ganar millonadas sin hacer absolutamente nada más que dejar pasar los días (¡ni siquiera los meses!).

Veamos un ejemplo que explica por qué la suba de la tasa de interés del BCRA revienta la actividad económica. Supongamos que un empresario tiene un capital de 3 millones de pesos (menos de 150.000 dólares; estamos hablando de un empresario realmente pequeño). Poner un negocio con esa plata significa alquilar local, gestionar habilitaciones, conseguir stock e instalaciones, contratar algunos empleados, pagar impuestos, etc. ¿Para ganar cuánto? Seguramente, bastante menos que los más de 80.000 pesos mensuales que le rinden esos 3 millones de pesos invertidos en Lebac a la tasa del 32,5% anual que acaba de poner Sturzenegger. ¡Y todo sin molestarse para nada; sólo hay que prender la TV y mirar deportes, series y películas durante un mes! Si esto vale para un microempresario con un capital total mísero de 150.000 dólares, imagínense las “decisiones de inversión” de los empresarios en serio que mueven millones de dólares por mes. Todos a timbear con las Lebac, y del crecimiento que se encargue Magoya.

 

¿Cómo talla la deuda externa en todo esto?

 

Por supuesto, porque las reservas del BCRA no son otra cosa que deuda emitida por el Tesoro nacional y depositada (en parte, claro) en el Central. Además, los pagos de deuda externa salen de los dólares del BCRA. Justamente, la Argentina está entre los cinco países más vulnerables del mundo a una agitación del dólar o de la tasa de interés internacional, debido al endeudamiento monstruo al que se ha dedicado en los dos últimos años en que “nos abrimos al mundo”. Es exactamente la misma situación que atravesó el país en los 90. Y, según parece, con el mismo timonel: Domingo Felipe Cavallo, cuya influencia en el pensamiento económico del gobierno es cada vez más notoria y reconocida por el propio macrismo.

En realidad, la cuestión del dólar es central, porque hace a la relación de Argentina con el resto de la economía mundial. En 2016 y 2017 hubo un ingreso de dólares (casi todo endeudamiento) de 76.300 millones de dólares, de los cuales 31.000 millones fueron a parar al BCRA, y el resto a financiar agujeros. ¿Cuáles son esos agujeros?

Veamos. Todo país tiene una relación entre dólares que entran y dólares que salen por todos los conceptos; esa relación se llama balanza de cuenta corriente externa. ¿Cuáles son las entradas? Exportaciones, inversiones directas, turistas que gastan aquí sus dólares. ¿Cuáles son las salidas? Importaciones, pago de intereses de deuda, remesas de ganancias de las multinacionales a sus casas matrices, turistas que gastan dólares en el exterior.

Sólo hacer la lista es darse cuenta de cómo va a dar el saldo de la cuenta corriente: mal. ¿Cuán mal? Y, por lo menos 35.000 millones de dólares de déficit. Eso sólo cierra con más endeudamiento. Las “cuantiosas reservas” de las que se jacta el PRO alcanzan para financiar menos de dos años de déficit externo. Si se corta el chorro de préstamos externos, se acabó todo el esquema. Y probablemente muchas otras cosas.

 

¿Cómo afecta la suba del dólar en lo cotidiano?

 

Por lo pronto, el hecho de que obligue al BCRA a subir la tasa de Lebac para intentar frenarlo, como vimos, mata el crecimiento económico. La política económica del macrismo es una manta corta, que no puede tapar el pecho sin destapar los pies. En efecto: si intenta controlar la inflación a través del tipo de cambio –es decir, contener el valor del dólar con la tasa de interés del BCRA–, lo que hace es desalentar el crecimiento. Pero cuando intenta alentar el crecimiento bajando la tasa de interés, que es lo que estuvo intentando el BCRA en los últimos meses, el resultado es que se dispara la inflación… ¡y se le mete presión alcista al dólar! El resultado actual es el peor de los mundos: el crecimiento económico calculado por los “mercados” para 2018 no para de bajar –empezó en el 3%, bajó al 2,7% y ahora está por debajo del 2,5%– y la estimación de inflación ya supera el 22%, según consultoras privadas.

En Argentina, desde hace décadas, la suba del dólar dispara la inflación: de los precios de productos importados, por razones obvias; de los productos que se exportan, porque los exportadores no quieren perder plata; de los demás productos, por las dudas. Agréguese a esto que uno de los principales precios de la economía, el de la energía (que mueve todo lo demás, desde el transporte hasta la producción industrial), está dolarizado por decisión de Macri y Aranguren. El tarifazo por sí solo dispara el índice de precios, pero además la inflación se alimenta de los “aumentos de segunda generación”, es decir, por la suba de los productos que absorben el aumento de la energía. Que son casi todos.

Sucede que al gobierno la única salida que se le ocurre del círculo infernal de deuda-inflación-recesión es bajar la deuda (sea la deuda externa del Tesoro o la deuda en Lebacs del BCRA) vía achicar el déficit del Estado, en este caso, eliminando subsidios a los servicios públicos. El “reformismo permanente”, hoy en crisis, no es otra cosa que eso. Como el precio local del petróleo y el gas está empalmado con el internacional, el resultado es éste: si sube el dólar, aunque no suba el precio internacional, la nafta y el gas suben. Si sube el precio internacional aunque no suba el dólar, la nafta y el gas suben. Y retirar subsidios a tarifas dolarizadas es letal cuando suben tanto la cotización del dólar como el precio internacional del petróleo y el gas, que es lo que ocurre ahora.

 

¿Adónde va este “clima político enrarecido”?

 

Estamos llegando a un punto en que hay demasiadas variables insostenibles. La propia burguesía está preocupada y vuelve a sobrevolar el temor de que, como decía el ex director macrista del Banco Nación, Carlos Melconian, “se puede ir todo a la mierda”. Es el mismo fantasma que evoca el archiliberal Walter Graziano en el acápite que citamos arriba: el fantasma de una crisis estilo 2001, que nadie veía siquiera en el horizonte lejano y ahora es el monstruo cuyo nombre nadie quiere pronunciar pero ya está en las mentes de muchos.

El nivel de venta de reservas no da para más. No se puede reventar dólares –porque vendérselos al “mercado” sin lograr resultados equivale a tirarlos a la basura– a un ritmo de 2.000-3.000 millones por semana. Las reservas no son de goma, son ya 56.000 millones, y las de libre disponibilidad son mucho menos que eso. Nadie del establishment forzaría una corrida contra el peso –o “contra el Banco Central”, como dice otro archiliberal, Carlos Rodríguez, del CEMA–; todos desean la continuidad de Macri. No hay más que ver la solicitada del Foro de Convergencia Empresarial, que reúne a toda la clase capitalista argentina, en defensa de los tarifazos y criticando la “demagogia” de la oposición. Pero “los mercados” tienen su propia lógica económica que no siempre coincide con la “racionalidad” política, y una aceleración en cascada de la corrida cambiaria no se puede descartar.

Por otro lado, recurrir sólo a la suba de tasas para frenar el dólar es matar un “crecimiento” que en el fondo apenas podía considerarse tal. Para salir de este círculo infernal, crecen las voces dentro del gobierno (el recurso a Cavallo es parte de eso) de que hace falta adelantar el tan temido “shock” y enterrar de una vez un “gradualismo” que ya no puede acompañar el ritmo de los tiempos que corren, que han cambiado. Ese shock no significa otra cosa que una vuelta de tuerca del ajuste fiscal, o una devaluación fuerte del peso, o, más probablemente, ambas cosas. Pero ni siquiera en este gobierno de garcas hay consenso sobre eso, lo que se refleja en los febriles rumores de internas en el PRO. Desde ya, no por sensibilidad social, sino porque, con algún criterio político, temen abrir una caja de Pandora que luego no puedan cerrar. El problema que tiene el ala de las “palomas gradualistas” es que las opciones que hasta ahora habían alcanzado para controlar los problemas se están agotando y ya no parecen suficientes para atajar una situación que puede madurar hacia una crisis económica en regla, con todas las derivaciones políticas del caso.

¿Es seguro que eso pase? No. ¿Es lo más probable? Hoy, tal vez no. ¿Pasó a formar parte del panorama de desenlaces posibles, cuando parecía fuera de la escena? Sin ninguna duda.

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