Por Ale Kur

El presidente norteamericano volvió a acaparar la atención mediática esta semana con un nuevo anuncio. Esta vez se trata de la suba de los aranceles de importación del acero y el aluminio, que pasarían a 25% y 10% respectivamente. Acompañó este anuncio con un sugestivo mensaje en las redes sociales, declarando que las guerras comerciales “son buenas y fáciles de ganar”.

La medida apunta principalmente contra tres conjuntos de países. En primer lugar, contra sus propios socios del NAFTA (Tratado de Libre Comercio de América del Norte): Canadá y México, de donde importa una parte considerable de estos insumos. Aquí, las medidas proteccionistas se cruzan con la renegociación de las condiciones del tratado mencionado: EEUU pretende extorsionar a dichos países para obtener mayores ventajas comerciales en un acuerdo reformulado. En segundo y tercer lugar, las medidas apuntan contra la Unión Europea (particularmente Alemania) y contra China, competidores económicos globales de Estados Unidos. Es decir, EEUU se dispone a largar una medida comercial que enfrenta prácticamente a todo el resto del mundo, tanto amigos como enemigos.

El impacto de esta medida se debe a que desde hace décadas el mundo está regido mayormente por reglas de “libre mercado”: forma parte del ABC de la globalización neoliberal la libre circulación de mercancías a través de las fronteras. Si bien en gran parte del mundo (incluido EEUU y Europa) siguen vigentes ciertas tarifas de importación, subsidios (especialmente al sector agropecuario), regulaciones, etc., lo que domina el comercio internacional es la tendencia al intercambio sin mayores trabas ni “distorsiones”. Esto es garantizado a nivel “macro” desde instituciones como la Organización Mundial de Comercio, y a nivel bilateral entre países a través de distintos Tratados de Libre Comercio y áreas de mercado común. Desde la caída de la URSS en 1991 (e inclusive anteriormente, con la ofensiva neoliberal de los 80), el discurso librecambista se transformó en la nueva Biblia del capitalismo contemporáneo.

Por estas razones, el anuncio de Trump significa “patear el tablero”, cuestionar y amenazar el consenso internacional vigente en el terreno económico. El establecimiento de elevadas tarifas de importación no sólo afecta las áreas específicas en las que se imponen, sino que genera un efecto “bola de nieve” en la medida en que otros países toman medidas recíprocas. Por ejemplo, la Unión Europea ya amenazó con tomar represalias, estableciendo también tarifas contra productos estadounidenses. En otros momentos históricos –especialmente, durante la década del 30- las medidas proteccionistas terminaron por generalizarse al conjunto del globo, produciendo una enorme caída del volumen del comercio mundial y transformando el modo de acumulación capitalista en todos los países.

Por otra parte, la ligereza con la que Trump llamó desde las redes a comenzar una “guerra comercial” agrava enormemente la tensión existente: ya desde su campaña electoral viene anunciando su intención de desarmar la orientación pro-globalización de EEUU de las últimas décadas y dar un giro proteccionista. Más aún, los discursos de Trump siempre incitaron de manera explícita a la confrontación comercial con China, país que obtiene un enorme superávit comercial en sus relaciones con EEUU (y con el mundo), y que viene asomando como competidor a ocupar el podio de principal potencia económica mundial.

Por esta razón, tanto los países de la Unión Europea como China vienen temiendo que Trump se lance efectivamente a aplicar su programa, a pasar de los discursos a los hechos. Hasta el momento esto todavía no había ocurrido: más allá de las amenazas, Trump no había tomado ninguna medida significativa que alterara las “reglas del juego” de la economía mundial. Se había limitado solamente a retirar a EEUU del TTP (Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica), que en los hechos no había comenzado todavía a aplicarse (era parte de los proyectos de la administración Obama para seguir profundizando la orientación globalizadora). En cuanto a China, luego del tono confrontativo inicial, Trump había moderado su discurso y dado lugar a las reuniones bilaterales y los intentos de cooperación en temas geopolíticos (como el conflicto en la península de Corea). Si la suba de tarifas anunciada se concreta, el panorama empieza a cambiar: podría ser el comienzo de un auténtico terremoto económico global.

Un último señalamiento sobre estos aspectos es que las “guerras comerciales” nunca se quedan solamente en su terreno. Durante el siglo XX, las “guerras comerciales” terminaron dirimiéndose en el terreno del enfrentamiento militar. Si la política es “economía concentrada”, como la definiera Lenin, y la guerra es la continuación de la política por otros medios (Clausewitz), no es de extrañar que los diferentes criterios sobre tarifas y tipos de cambio terminen resolviéndose a cañonazos. Fueron las dos sangrientas Guerras Mundiales las que terminaron por cristalizar el orden económico mundial vigente, definiendo la correlación de fuerzas entre los distintos Estados y por ende su distinta capacidad para imponerse en el mercado mundial.

El declive de EEUU

Desde el punto de vista de Estados Unidos, lo que hay detrás de estas medidas es un largo y lento declive de su industria y capacidad productiva, especialmente en relación al comercio internacional. En el terreno del acero, por ejemplo, EEUU pasó de producir 112 millones de toneladas en el año 2000, a 86,5 millones en 2016. Esto tuvo su fuerte impacto en la mano de obra empleada: la industria siderúrgica pasó de tener 640 mil empleados en 2000, a 385.000 en la actualidad. El declive en este terreno ya había llevado al expresidente Bush a intentar establecer tarifas similares a las que ahora impulsa Trump: anunció en 2003 una suba de los aranceles de importación del acero al 30%. Pero esto provocó un duro conflicto con la Unión Europea, ante el cual debió volver atrás con la medida sin llegar a implementarla.

El mismo declive que se ve en la industria siderúrgica ocurrió en gran cantidad de ramas económicas en Estados Unidos en las últimas décadas. Paradójicamente, la globalización neoliberal permitió a las empresas industriales y financieras de Estados Unidos colocarse a la cabeza del mundo entero, embolsándose una enorme cantidad de riqueza. Pero fronteras adentro, esto llevó a una relativa des-industrialización de EEUU: la ubicación física de la producción se trasladó en parte a otros países, como China y México, con costos mucho menores –especialmente, gracias a la superexplotación de la mano de obra-.

En términos sociales, esto produjo la quiebra de regiones enteras de EEUU dedicadas desde el “boom” de la segunda posguerra (1945) a la producción manufacturera. En muchas ciudades y pueblos del interior pegó un enorme salto el desempleo, la pobreza y la descomposición social. Este fue precisamente el caldo de cultivo para la campaña populista de Trump, que se presentó a sí mismo como el abanderado y defensor del “pequeño americano” (blanco y anglosajón) desamparado. Con su lema “America First” (América Primero), instaló la idea de que para proteger los intereses de dichos sectores, era necesario enfrentarse a los enemigos y competidores de EEUU –lo que supuestamente incluye tanto a los países mencionados como a los inmigrantes latinos, los refugiados musulmanes, etc- .

Las medidas proteccionistas de Trump apuntan por lo tanto a intentar reanimar la industria siderúrgica norteamericana, a expensas de sus países competidores. Esto mezcla tanto intenciones económicas como electorales –ratificar el apoyo de su base social-, así como de “seguridad nacional”: para Trump, el declive de la industria del acero y el aluminio deja a EEUU desabastecido en una rama de gran importancia para el abastecimiento militar. El “America First” implica también la hipertrofia de la industria armamentística: para resucitar al decaído imperialismo norteamericano, el mandatario considera que es necesario mostrarle al mundo una gran capacidad destructiva, incluyendo la “modernización” y expansión de su arsenal nuclear.

Los peligros de las medidas de Trump

Más allá de todos los peligros de fondo que conllevaría un giro proteccionista de EEUU para el mercado mundial (el posible comienzo de una “guerra comercial” a gran escala, con el consiguiente colapso del comercio mundial, la posibilidad de gravísimos enfrentamientos militares, etc.), hay otros todavía más inmediatos.

En el terreno nacional, Trump enfrenta la división de su propio partido. Paul Ryan, líder del Partido Republicano en el Congreso de la Nación, manifestó su oposición a las medidas arancelarias. El “mainstream” partidario (en el propio partido de Trump) es históricamente librecambista. Más todavía lo es el Partido Demócrata, que con Obama a la cabeza llevó a cabo una auténtica cruzada globalizadora en el planeta.

En el terreno internacional, dos peligros acechan a Estados Unidos en caso de que implemente los aranceles. El más inmediato son las posibles represalias de Europa y China, que podrían tener un grave impacto en la economía estadounidense y provocar grandes problemas internos (políticos y sociales) en EEUU.

El segundo es que Estados Unidos profundizaría su aislamiento político internacional. Al igual que ocurrió con la retirada de EEUU de los Acuerdos de París sobre el cambio climático, dicho país quedaría cada vez más “afuera del mundo” –una enorme contradicción para la potencia hegemónica mundial-. Esto facilitaría el afianzamiento de la “multipolaridad” del mundo: una China ascendente, junto a la Unión Europea (todavía fervientemente “globalizante”) y Japón, podrían tener cada vez más peso en la configuración del orden mundial, pasando cada vez más por el costado de los EEUU.

En cualquier caso, las medidas de Trump, de llevarse adelante, provocarían un gran incremento en la inestabilidad económica y política mundial, aumentando las tensiones entre Estados, entre ramas y grupos económicos, y consecuentemente también al interior de los propios países, estimulando la conflictividad política y social de los países afectados.

Desde el punto de vista de los intereses de los explotados y oprimidos de todo el globo, la salida no es ni la globalización neoliberal ni el proteccionismo imperialista. Lo que hace falta es una transformación socialista de toda la economía global, que socialice las enormes riquezas que hoy están en manos de un 1% de grandes capitalistas. Que la crisis del sistema la paguen los que se beneficiaron del mismo durante siglos.

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