La crisis de la democracia socialista

Por Roberto Sáenz

“La reacción política que comienza antes del Termidor consiste en que el poder comienza a pasar, formalmente y en los hechos, a las manos de un número de ciudadanos más y más restringido. Las masas populares, al comienzo por una situación de hecho, posteriormente de manera legal también, fueron poco a poco excluidas del gobierno del país” (Christian Rakovsky en Pierre Broué; 1996; pp. 304).

Damos continuidad aquí a la nota que publicamos la semana pasada sobre la experiencia del poder bolchevique, en este caso específicamente referida al proceso que llevó al hundimiento de los elementos restantes de la democracia socialista en el seno del gobierno bolchevique.

  1. Guerra civil y terror

Un capítulo particularmente delicado del gobierno bolchevique es el del Terror Rojo y la formación de la Cheka. Si esta última fue formada a finales de diciembre de 1917, el Terror Rojo terminó de ponerse en práctica plenamente en respuesta al intento de asesinato de Lenin por la Socialista-Revolucionaria Fanny Kaplan a fines de agosto de 1918[1].

Horas después del atentado se emitió un decreto oficial llamando al “terror masivo” contra todos los enemigos de la revolución reflejando la lógica de hierro de la guerra civil: golpe por golpe.

Antes de proseguir conviene avanzar en una caracterización de la contrarrevolución Blanca. Mandel insiste que la misma hubiera asumido características fascistas o semifascistas de haber triunfado. Por otra parte, es claro que hubiese sido una contrarrevolución burguesa y no feudal. Posiblemente hubiera restablecido el zarismo y la propiedad privada. Más difícil era la vuelta atrás en la servidumbre (que había sido abolida por el propio zarismo en 1861[2]).

De todas maneras, lo importante aquí es la exasperación a que llevaron los desarrollos el desencadenamiento de la guerra civil, y, dentro de ella, el desatarse precisamente de las “Furias del Terror” y su tendencia intrínseca a la radicalización: “No puede haber revolución sin contrarrevolución; son fenómenos y procesos inseparables, como la verdad y la falsedad: ‘Como la reacción está ligada a la acción’, están unidas entre sí propiciando una ‘acción histórica que es al mismo tiempo una dialéctica y que está empujada por la necesidad” (Las Furias; 2014; pp. 63).

Serge había señalado que la guerra civil era la más terrible de todas las guerras: aquélla donde se rompen todos los vínculos de solidaridad entre las clases sociales. Una guerra en la cual se enfrentan vecinos contra vecinos. Donde los que se pelean se conocen las caras; tuvieron algún tipo de cotidianeidad anterior. Trotsky insistía en que no había manera que una guerra civil se llevara adelante mediante métodos “humanitarios”: que era inconcebible sin toma de rehenes, fusilamientos, justicia sumaria, etcétera.

Hay que entender la mecánica del enfrentamiento “golpe contra golpe” que plantea una confrontación de este tipo: el hecho que el bando proletario no pueda mostrar debilidad. El que muestra debilidad está perdido, porque se trata no solamente de ganar la guerra en el terreno militar, sino de arrastrar, también, a la población neutral, que se definirá tanto por lo que comprenda que tiene en juego -derechos recientemente adquiridos como la tierra a los campesinos-, como por aquel bando que considere se pueda imponer[3]: “En el frente blanco los procesos son muy cortos. Cada soldado es interrogado y, si acepta ser comunista, inmediatamente es condenado a muerte, fusilado. Los rojos, lo saben perfectamente” (testimonio de un periodista reaccionario en plena guerra civil, Mandel, google).

Es conocido cómo los comuneros pagaron carísimo su magnanimidad, un balance destacado por Trotsky en Comunismo y terrorismo[4]. Arno Mayer también recoge el testimonio de lo que fue la represión ejemplificadora de Thiers, el jefe de la III Republica burguesa fundada sobre la derrota de la Comuna.

Esto nos lleva a la problemática del Terror Rojo. Hay que entender que el mismo se desató en respuesta al Terror Blanco de la contrarrevolución: que siempre fue más benigno que este último. Hubo también elementos de Terror Verde campesino (mayormente contra el campo bolchevique) y terribles pogromos contra los judíos (también embanderados del lado de la revolución): “En 1918/21, Ucrania fue el escenario de los peores pogromos –masacres perpetradas contra las comunidades judías- que Europa conociera hasta la ‘solución final’ de los nazis. Según Zvi Gitelman, hubo 2000 pogromos; de esos, 1200 se llevaron a cabo en Ucrania. El autor estima en 150 mil el número total de víctimas.

“Estas masacres iban acompañadas de inauditas crueldades: los hombres eran enterrados hasta el cuello y morían bajo los cascos de los caballos que eran pasados sobre ellos, o eran literalmente despedazados por caballos que tiraban en direcciones opuestas. Los niños eran estrellados contra los muros ante los ojos de sus padres; las mujeres embarazadas eran un blanco favorito, sus fetos eran asesinados frente a ellas. Miles de mujeres fueron violadas y a consecuencia de esta experiencia cientos de ellas perdieron la razón” (Mandel, google).

El debate sobre el terror es complejo; se coloca como necesidad en la guerra civil. Desde ya que no es una norma de la dictadura proletaria. Si no hay guerra civil no tiene que haber terror. Tampoco es el método de la clase obrera para despachar los asuntos, como fue entre los jacobinos no solamente por las condiciones de la guerra contra las potencias extranjeras (y la contrarrevolución interior) sino también porque, en cierto modo, los jacobinos estaban “suspendidos en el aire”.

La clase de referencia que representaban, la burguesía, no los acompañó en su radicalización por alguna razón “principista”. Si tácticamente los dejó correr fue sólo por un período determinado, excepcional, mientras duró la guerra. En cuanto los jacobinos resolvieron con éxito esta tarea ganando la guerra, fueron borrados del mapa de un plumazo en el famoso Termidor de 1794 (18 de julio de dicho año según el calendario gregoriano), cuando Robespierre y los suyos fueron guillotinados.

Paradojas si las hay, esto ocurrió sin resistencia de parte suya: la dirección jacobina se encontró en el “limbo” en cuanto el abismo se abrió bajo sus pies; expresaron el desfondamiento de su base social en la medida que ya habían pasado por la guillotina a los dirigentes de los sans culottes de París (heberistas y enrages), así como inmediatamente después pegaron sobre el ala derecha de su propio grupo ajusticiando a Danton y otros dirigentes. Robespierre creyó utópicamente poder suprimir las contradicciones sociales mediante el método expedito del terror…

No fue el caso de los bolcheviques. Lenin y Trotsky fueron explícitos siempre en que el terror significaba medidas de excepción dictadas por la guerra civil. Habían estudiando críticamente las enseñanzas de la Comuna de París, que mostraban el peligro de la ingenuidad. En realidad, Lenin había hecho hincapié en las adquisiciones positivas de la Comuna, al igual que Marx. Pero Trotsky alertó en sus escritos contra los peligros de la magnanimidad de la revolución.

Otra cosa distinta es que tuvieran la suficiente conciencia de las consecuencias no queridas de la guerra civil y el terror: la militarización de la sociedad a la que llevó dicho enfrentamiento, que tuvo por consecuencia estrechar hasta límites dramáticos cualquier ejercicio real de la democracia socialista.

Es evidente que los teóricos de la burguesía se han agarrado siempre del terror de la revolución para condenarla, para asimilarla a la contrarrevolución burocrática (o fascista). Desde Furet, Arendt y demás teóricos del “totalitarismo”, se trata de una cantinela repetida en las últimas décadas y que tiene antecedentes en la condena (desde la derecha) del terror jacobino; condena que en realidad se solapaba con la de la Revolución Francesa misma.

En definitiva: el terror revolucionario en la revolución proletaria es una necesidad impuesta por las condiciones de la lucha, no una norma a ser promovida en toda revolución. Una necesidad que debe tenerse el cuidado siempre de ser colocada al servicio del fortalecimiento del poder de la clase obrera y no de su sustitución al frente del nuevo Estado proletario.

Esto nos lleva a la discusión acerca de la Cheka, la “Comisión Extraordinaria Panrusa para la lucha con la Contrarrevolución y el Sabotaje”, constituida por el novel gobierno bolchevique el 20 de diciembre de 1917. Mandel afirma que por sus características “profesionales”, la Cheka terminó demostrándose un error: alimentó una práctica sustitucionista. Subraya su tendencia a escapar de todo control. Incluso a la corrupción. Porque la Cheka administraba los bienes apropiados a las víctimas de la represión. Señala que la Cheka había sido una creación más de los S-R de izquierda que de los propios bolcheviques: “(…) la tendencia de la Cheka a volverse un aparato autónomo, cada vez menos controlable, estaba presente desde los inicios. (…) Serge utiliza el término ‘degeneración profesional’. Esta es la razón por la cual nuestra conclusión es, sin duda, que la creación de la Cheka fue un error” (Mandel, google).

La complejidad del tema es evidente. El estalinismo se apoyó en este precedente para llevar adelante la represión contra la revolución. También es verdad que es difícil pensar en una guerra civil sin policía política. Pero eso no le quita en nada la agudeza al planteo de Serge: las tendencias a la autonomización de la Cheka. Las “deformaciones profesionales” que una actividad así implicaron, incluso si entre los chequistas formaron filas algunos de los mejores militantes bolcheviques. Éstos tenían un atuendo particular: unas chaquetas de cuero negro que los identificaban y les daban prestancia. Se consideraban “la brigada de avanzada de la revolución”.

Hay que tener presente que su actividad entrañaba un elemento de sustitución que, lamentablemente, dio lugar a deformaciones burocráticas en su accionar[5]. Se trata de un tipo de prácticas que tienden a desmoralizar a los que las ejecutan y que luego serían instrumentalizadas por el estalinismo con otros fines, como ya hemos señalado. Pero ese es otro capítulo que veremos más adelante.

  1. La supresión de la democracia en el partido

Las cosas se pusieron muy difíciles para la revolución a comienzos de 1921. El período fue definido por el propio Lenin como de “crisis general de la revolución”. Los bolcheviques venían de cometer varios errores. Entre ellos la fallida ofensiva sobre Polonia. Pero, sobre todo, el retraso en acabar con el comunismo de guerra, que había terminando colocando a la mayor parte de la población contra el gobierno.

Es en ese contexto que, como “contrapeso” a las tendencias al desarrollo de prácticas de mercado por la implementación de la NEP, y ante los peligros que considera acechan al partido de una posible división, Lenin comete el grave error de promover la prohibición de las tendencias y fracciones dentro del partido en el X Congreso de marzo de 1921.

Lenin lo había pensando como una medida de “excepción”, pero resultó ser que esto no quedó plasmado en la resolución. Para colmo, la misma tenía cláusulas secretas que prohibían, incluso, los grupos de opinión. Es sabido que Stalin se agarró de esta resolución cuando desde finales de 1923 comenzó abiertamente la lucha por “la sucesión de Lenin”; en verdad, la pelea contra la burocratización final del partido.

El error de suprimir la democracia partidaria fue de alcances universales: terminó matando la única institución de la dictadura proletaria donde sobrevivía plenamente la democracia socialista. Porque así como es inconcebible un partido revolucionario sin centralización, también lo es sin debate democrático en sus filas. Deja de ser un partido porque, en definitiva, es una organización política y no una mera herramienta administrativa[6].

Sin intercambio de ideas, sin que el debate político llene todas sus venas, sin que se exprese la diversidad de puntos de vista, el partido muere en tanto que organización política: “Sin elecciones generales, sin una irrestricta libertad de prensa y reunión, sin una libre lucha de opiniones, la vida muere en toda institución pública, se torna una mera apariencia de vida, en la que sólo queda la burocracia como elemento activo” (Rosa Luxemburgo, La Revolución Rusa). Esto es lo que pasó con el Partido Bolchevique.

Si bien Rosa estaba refiriéndose aquí al régimen político de la dictadura proletaria en su conjunto, en términos generales sus consideraciones tienen validez para el partido revolucionario en el poder. De ahí que parezca haber cierta “inspiración luxemburguista” en el Nuevo Curso de Trotsky de 1923. Aunque, quizás, éste no estaba haciendo más que recuperar intuiciones que había planteado en su folleto de 1904 Nuestras tareas políticas, que si bien era unilateral (Trotsky había esgrimido erróneamente ideas “democratistas” contra Lenin), nunca habían sido dejadas de lado por Trotsky (en todo lo que tenían de correcto respecto de los alertas sobre el sutitucionismo de la clase obrera[7]).

Antes de proseguir hagamos un señalamiento respecto del levantamiento de los marinos de Kronstadt a comienzos de 1921, un tema complejo pero que no podemos dejar de abordar. La guerra civil prácticamente había terminado. Pero de las ruinas y destrozos dejados por la misma, del hambre que campeaba entre amplios sectores obreros y campesinos por la desorganización económica, del constante “rumiar” de las tendencias no bolcheviques, surgió el levantamiento de Kronstadt.

No compartimos la idea de Sabado y Michelaux que el doloroso tratamiento de esta rebelión haya sido “un crimen contra la revolución”: “la violencia de esta represión no tiene justificación” afirman[8]. Compartimos, sí, la definición de Trotsky, que la situó como una “trágica necesidad”. Una rebelión surgida, es verdad, de errores de apreciación de los propios líderes bolcheviques en el sentido del retraso en pasar del comunismo de guerra a las medidas de liberalización del mercado que se afrontarían con la Nueva Política Económica. Sin embargo, el gobierno bolchevique no podía darse el lujo de soportar una rebelión (apoyada por la contrarrevolución) en las puertas de la capital de la revolución (Petrogrado).

Jean Jaques Marie, eminente historiador trotskista, considera que la obra del historiador anarquista Paul Avrich, La tragedia de Kronstadt, una de las principales sino la principal, sobre la rebelión. Se trata de un autor crítico del bolchevismo, evidentemente, que de todos modos da la siguiente definición sobre el levantamiento: “En el caso de Kronstadt, el historiador puede permitirse afirmar que su simpatía está con los rebeldes, sin menoscabo de reconocer que la represión fue justificada” (J-J. Marie; 2005; 11).

Todas las tendencias del partido, incluyendo en esto a los decistas y la oposición obrera, votaron la intervención militar en Kronstadt. Zinoviev (jefe del partido en Petrogrado) había hecho demagogia alrededor de la “democracia socialista” (esto ocurrió en el contexto del debate sobre los sindicatos), un factor que ayudó a desestabilizar la situación en la región (Zinoviev era el presidente del partido en dicha región).

Hizo esto para virar luego hacia formas demasiado rudas con los rebeldes en sus intercambios con los mismos. También es verdad que Tujachevsky comandó las operaciones militares sin miramientos.

Pero qué otra cosa podía hacerse cuando los campesinos y obreros de la guarnición de Kronstadt, exasperados por las condiciones de vida dramáticas hacia el final de la guerra civil, no había forma que no fueran instrumentalizados por las fuerzas contrarrevolucionarias[9]. Hay que tener en cuenta que su programa exigía la conformación de soviets sin partido. Es decir: que los bolcheviques depusieran el poder…

Se trata de un debate complejo: “(…) tomando en cuenta el hecho de que la guerra civil todavía no había terminado, [se trata] de una cuestión de juicio político, táctica, y no con una cuestión de principios. La dificultad del debate reside en el hecho que la mayor parte fundan su juicio, en lo esencial, en apreciaciones puramente políticas: naturaleza de las reivindicaciones, naturaleza de las fuerzas políticas presentes, etc. Desde nuestro punto de vista, en una situación de guerra civil lo que resulta decisivo es la naturaleza de las fuerzas sociales presentes (y sus ‘lógicas’)” (Mandel, ídem).

Mostrando la complejidad de la circunstancia, Mandel agrega inmediatamente: “Con todo, la información de la que actualmente disponemos no permite sacar conclusiones definitivas (…) Según unos (…) lo que se planteaba (…) era el problema de la democracia soviética, proletaria (…). Según otros, sobre todo Trotsky (…) había que negociar (…) pero no ceder a una dinámica social que podía reforzar la amenaza contrarrevolucionaria sobre Petrogrado, una amenaza nacional e internacional, porque el deshielo de las aguas podía abrir la puerta de Kronstadt a la flota blanca del Báltico” (Mandel, google).

A nuestro modo de ver, los bolcheviques no tuvieron alternativas que reprimir el levantamiento dando el giro (tardío) hacia la NEP: terminar con la requisa de granos exigida por el creciente descontento campesino, pasar al libre comercio del excedente, etcétera. Esto aplacó los ánimos en todo el país y marcó el final del comunismo de guerra.

Lo que sí ofrecía otro camino, y es parte de un consenso mucho mayor, es el grave error de la prohibición de fracciones que votó el X Congreso, a lo que hay que sumarle la perjudicial prohibición de lo que restaba del pluripartidismo en el seno de los soviets.

En ese momento existían en el Partido Bolchevique al menos el grupo Centralismo Democrático (una tendencia formada en 1919 y dirigida por Sapronov y Smirnov), la Oposición Obrera de Aleksander Schliapnikov y Aleksandra Kolontai y, además, muy recientemente, había ocurrido el debate sobre los sindicatos que había dividido en una agria disputa nada más y nada menos que a Lenin y Trotsky (además de Bujarin, que durante mucho tiempo había dirigido la fracción izquierdista que se opuso al Tratado de Brest Litovsk).

Lenin pensó dicha prohibición como una medida “provisoria” (cosa que no quedó explicitada en la resolución, como ya hemos adelantado). Pero aquí se expresó una falta de comprensión acerca de la dinámica de conjunto del poder bolchevique: el alcance mucho mayor de los elementos de deformación burocrática que se habían acumulando por cuenta de la guerra civil, el cansancio y destrucción de las fuerzas del proletariado, el vaciamiento de los soviets.

Hubo un fallo en la apreciación de la dinámica y naturaleza del proceso de burocratización. Esto es notorio en la angustia expresada por Lenin a partir de octubre de 1922, cuando se repone de su primera caída en la enfermedad. Angustia frente a la emergencia de Stalin que había sido nombrado secretario general del partido a comienzos de ese mismo año.

El problema era que si los soviets estaban vaciados; si no había otro ámbito de democracia socialista que no fuese el partido; si la guerra civil y el retraimiento de los trabajadores estaban introduciendo deformaciones burocráticas en el funcionamiento del Estado obrero, coartar la libertad de debate político y de tendencias en el seno del partido que era el depositario último de la democracia socialista, fue un dramático error: “El error de Lenin y Trotsky fue teorizar y generalizar las excepcionales condiciones del momento. Desde el comienzo de la NEP (…) el debilitamiento numérico y el desclasamiento de la clase obrera se habían detenido. (…) Justo en ese momento la progresiva ampliación de la democracia soviética hubiera podido acelerar el restablecimiento socio-político de la clase obrera, facilitando su lenta repolitización. Pero al reducir, en ese momento preciso y de manera draconiana, lo que todavía subsistía en materia de democracia, los dirigentes soviéticos agravaron la despolitización del proletariado y del partido” (Mandel, google).

En el mismo sentido se pronuncia Alvin Wartel, cuando afirma que los mencheviques estaban recobrando terreno a pesar de los obstáculos que enfrentaban. Tan tarde como en 1920 los mencheviques consiguieron la elección de 45 delegados al soviet de Moscú, 225 en Jarkov e importantes delegaciones en docenas adicionales de soviets. En muchos, sino en todos los sindicatos, los mencheviques y sus partidarios “eran muy superiores al haz de comunistas carentes de popularidad que dominaban los organismos sindicales y en tres sindicatos por lo menos, los mencheviques dominaron hasta 1921 a pesar de todos los esfuerzos comunistas por desalojarlos.

“Y lo que era más alarmante, desde el punto de vista comunista, era que hasta los propios comunistas estaban comenzando a escuchar con respeto, hacia 1920, lo que decían los mencheviques en el sindicato. Se habían acabado los días, como sucedió en 1918 o 1919, en que la palabra ‘libertad’ en boca de un menchevique era saludada por los comunistas con silbidos, rechiflas, y gritos de ‘vergüenza’. Se acercaba rápidamente el momento en que sería preciso dar pleno reconocimiento legal a los partidos socialistas o destruirlos” (Wartel, ídem). En mayo de 1921 el Partido Menchevique fue oficialmente proscripto y se convirtió en blanco de severas medidas de supresión. Para 1922, la “oposición leal” de los mencheviques había dejado de existir.

Aun con todos los riesgos, porque los mencheviques no habían dejado de ser una corriente reformista y pro burguesa, la prohibición de los demás partidos soviéticos, lo mismo que la de las fracciones en el seno del partido, se pagó muy caro, entre otras múltiples razones, porque sirvió como antecedente y justificación “legal” a Stalin para actuar con la “ley partidaria” en la mano a la hora de suprimir las oposiciones que vinieron después.

Acabó con lo que quedaba de la democracia socialista, y, con eso, se comenzó a matar, también, la propia dictadura en tanto que dictadura del proletariado.

  1. De la Revolución Francesa a la Revolución Rusa

Para la evaluación crítica del poder bolchevique es interesante comparar a Lenin con Robespierre que presidió, como es sabido, el año más álgido de la Revolución Francesa (1793/4).

Las diferencias son de calidad. En el caso de Robespierre, que ha sido condenado por toda la historiografía burguesa, se trata del punto más alto en la radicalización de la Revolución Francesa. Siendo contrario a la guerra, no escatimó esfuerzos en tomar las medidas radicalizadas que la misma demandaba para defender la revolución contra los ejércitos contrarrevolucionarios de la Santa Alianza.

Dichas medidas incluyeron la leva en masa (que dio lugar a la creación de los primeros ejércitos modernos), el máximo a los precios del pan y los alimentos bajo la presión de los sectores populares de París, la estatización de bienes eclesiásticos y de los emigres contrarrevolucionarios, la descristianización, amén de tratar de poner en pie una religión laica.

Sin embargo, tomó estas medidas con los métodos burgueses del “bonapartismo revolucionario”, del sustituismo social de los explotados y oprimidos y sin cuestionar la propiedad privada desde el punto de vista principista. De ahí que Trotsky caracterizara agudamente a los jacobinos como “utopistas de la igualdad sobre la base de la propiedad privada”.

Si Robespierre y Lenin pueden ser asimilados como gobiernos revolucionarios en condiciones de guerra civil, ahí termina la analogía. Es que, como acabamos de señalar, el de Robespierre fue un gobierno “bonapartista revolucionario”. El de Lenin fue de una naturaleza social y política completamente diferente: una dictadura proletaria sometida a las distorsiones otorgadas por las condiciones de una guerra civil (condiciones agravadas por el aislamiento internacional al que terminó viéndose sometida la revolución).

Ambos gobiernos revolucionarios difieren por su naturaleza de clase. Robespierre no tuvo empacho en despachar los asuntos al ritmo de la guillotina. Pegó por derecha, pero por la izquierda también. Incluso pegó primero a la izquierda sacándose de encima a los heberistas y enrages condenando a muerte a los principales dirigentes de las masas populares parisienses (Daniel Guerin).

La lógica del bonapartismo revolucionario tenía que ver con un gobierno que, si en determinados momentos se apoyó en los sans culottes de París, gobernaba en última instancia por cuenta de la burguesía.

El gobierno de Lenin tenía otras. Expresó la primera experiencia de la clase obrera en el poder. La lógica de su gobierno no era sustituista (por cuenta de una clase propietaria o de un sector privilegiado), sino un gobierno de los trabajadores, de los explotados y oprimidos: un gobierno que apostaba al gobierno colectivo de todos ellos (cualesquiera sean las deformaciones a las cuales se vio sometido).

Tanto Hal Draper como Michael Lowy insisten en esta diferenciación de principios. Una diferencia que reenvía a la imposible sustitución de las masas populares a la hora de la transformación social: “En todo caso, una cosa era clara: a sus ojos [Marx], 1793 no era de ninguna forma un paradigma para la futura revolución proletaria. Cualquiera que fuese su admiración por la grandeza histórica y la energía revolucionaria de un Robespierre o de un Saint-Just, el jacobinismo es expresamente rechazado como modelo o fuente de inspiración de la praxis revolucionaria socialista. Ello aparece desde los primeros textos comunistas de 1844, que oponen la emancipación social a los callejones sin salida e ilusiones del voluntarismo político de los hombres del terror” (Lowy; 1985).

Traducido: nuestro modelo no es el gobierno por el terror; la imposición violenta de nuevas relaciones sociales; la puesta en pie de un poder minoritario contra la mayoría de la sociedad sino la dictadura del proletariado, una dictadura en la cual es la mayoría la que la ejerce sobre la minoría y que en tanto tal mayoría, organiza su dominación bajo la forma de una democracia de nuevo tipo (la democracia socialista).

Mandel recuerda cómo Lenin se esforzó por no tener que recurrir al terror en el período inmediatamente posterior a Octubre. Es conocido que los bolcheviques fueron inicialmente benignos con los dignatarios del Gobierno Provisional y los principales generales zaristas (a los que dejaron libres bajo palabra de “no conspirar contra la revolución”).

Cuando se estudia la Revolución Francesa se aprecia la revolución burguesa por antonomasia; lo que tiene de común y de diverso respecto de la revolución proletaria. Permite obtener una mayor perspectiva histórica para apreciar los eventos no solamente del pasado sino también del porvenir.

“Es sólo en marzo de 1850, en la circular a la Liga de los Comunistas (…) que la expresión ‘revolución permanente’ gana por primera vez el sentido que tendrá a continuación en el curso del siglo XX (especialmente en Trotsky). En su nueva concepción, la fórmula guarda de su origen y del contexto histórico de la Revolución Francesa, sobre todo (…) la idea de una progresión, de una radicalización y una profundización ininterrumpidas de la revolución. Se reencuentra también el aspecto de la confrontación con la sociedad civil/burguesa, pero contrariamente al aspecto jacobino de 1793 ella ya no es la obra terrorista (necesariamente destinada al fracaso) de la esfera política en tanto que tal –que intenta en vano atacar a la propiedad privada por la guillotina- sino desde la misma sociedad civil, bajo la forma de revolución social (proletaria)” (Lowy; 1985)[10].

Este es el ángulo recogido por Trotsky cuando denunciaba el utopismo de la “igualdad” jacobina. Si en los jacobinos la guillotina se transformaba en “un fin en sí mismo” (el terror como momento de autonomía de lo político que entra en conflicto violento con la sociedad burguesa porque carece de bases sociales de sustentación), el gobierno bolchevique, cualesquiera sean las deformaciones a las que se vio sometido, fue evidentemente una herramienta al servicio de la emancipación histórica de los explotados y oprimidos: ¡el gobierno más progresivo que haya existido en la historia de la humanidad! (sin olvidarnos de la Comuna de París).

La Revolución Francesa –y el gobierno jacobino que la expresó en su punto más alto- fue todavía la tragedia entre “el ya no más” de un orden monárquico caduco y el “todavía no” de la revolución proletaria (Bensaïd). Citando al gran historiador francés del siglo XIX, Michelet, el marxista francés afirma que los republicanos burgueses de dicho siglo ya tenían detrás de sí “el espectro de las mil escuelas que llamamos hoy día socialismo”: los enragues, los babouvistas y otros conspiradores por la igualdad que portaban ya “el germen oscuro de una revolución desconocida” (comunista).

En ese entre-dos, en ese equilibrio catastrófico entre “el ya no más” de una revolución burguesa que no podía ir más lejos y el “todavía no” de la revolución proletaria, el cesarismo jacobino debía terminar beneficiando a la burguesía victoriosa[11]. Los virtuosos habían cumplido su tiempo. Eran buenos para el exilio o la guillotina (“La révolution francaise refoullé”).

Luego agrega una aguda cita de Thomas Paine frente a la Convención el 7 de julio de 1795: “Mi propio juzgamiento me ha convencido que si ustedes hacen girar la base de la revolución de los principios a la propiedad, ustedes apagarán el fuego de todo el entusiasmo que hasta el presente ha sostenido la revolución y pondrán en su lugar no otra cosa que el frío motivo del bajo interés personal, la doche glacee de la competencia liberal generalizada de todos contra todos” (Bensaïd; ídem).

Entre Robespierre y Lenin existen diferencias de principios que no pueden perderse de vista. Esto más allá de cualesquiera medidas de excepción que los bolcheviques se vieran obligados a tomar bajo las condiciones de la guerra civil. Si Trotsky llegó por momentos a teorizar erróneamente sobre la base de una lógica de sustitución de la clase obrera, ello se debió a un grave malentendido que la experiencia histórica vendría a poner en su lugar.

El gobierno proletario no puede ser nunca un “bonapartismo revolucionario”. Porque esto significa una sustitución durable de la clase obrera en el poder. Y la lógica de la sustitución termina llevando para otro lado que no es la consolidación de la dictadura del proletariado. De ahí que la experiencia histórica haya enseñado en contra de la asimilación mecánica entre el máximo exponente de la revolución burguesa, Robespierre, y el máximo exponente de la revolución proletaria, Lenin.

  1. Dictadura proletaria y democracia socialista

Los avatares del nuevo poder proletario quedaron deben comprenderse bajo la fórmula algébrica de la dictadura proletaria. Como señalara Lenin, dicha fórmula implica una combinación dialéctica entre una democracia de nuevo tipo y una dictadura de nuevo tipo (cuestión que complejiza la simple identificación de la dictadura proletaria con la democracia socialista).

En la realización plena de la dictadura proletaria como autogobierno de las masas, ambas connotaciones deben ser sinónimos. Pero este es un complejo proceso histórico; entre otras cosas, porque la elevación de las masas a sus tareas históricas entraña una compleja maduración, lo que junto con la actuación de la contrarrevolución (burguesa y ¡burocrática!), hace parte de las tensiones que la dictadura del proletariado entraña[12].

Perdiendo de vista la complejidad de este proceso, muchos críticos plantean que Lenin y Trotsky cometieron el error de aceptar los términos del debate planteado por Kautsky (con el cual polemizaron sobre la dictadura proletaria): una abstracta contraposición entre dictadura y democracia. La propia Rosa Luxemburgo les endilgaba haberse olvidado que “la dictadura del proletariado es la democracia socialista” lo que, en términos generales, como norma rectora, es justo.

Siempre hemos insistido en esta tensión democrática: la absoluta necesidad de la democracia socialista para que el proletariado pueda ejercer el poder. Un poder que sólo puede ser ejercido colectivamente; democráticamente por lo tanto.

Sin embargo, nos preocupa también evitar trasmitir a las nuevas generaciones una idea ingenua de la lucha de clases. Menos cuando todo se tensa en una guerra civil: en la lucha a muerte entre revolución y contrarrevolución. Es en este escenario cuando aparece la problemática de la dictadura proletaria y la tendencia que debe verificarse a superponerse con la democracia socialista.

En la medida que es una democracia de nuevo tipo, la dictadura proletaria debe tender a ser una democracia socialista. Pero las cosas fueron algo más complejas bajo el gobierno bolchevique; esto en la medida que la mayoría de las tendencias socialistas conciliadoras se colocaron abierta o embozadamente del lado de la contrarrevolución. En esas condiciones, era muy difícil la existencia de otras tendencias más allá del Partido Bolchevique.

La única corriente que se mantuvo dentro de las pautas mínimas no contrarrevolucionarias al parecer fueron los mencheviques internacionalistas de Martov. De los S-R no hace falta hablar (incluso su izquierda estaba caracterizada por una enorme irresponsabilidad, por decir lo menos), y los anarquistas se dividieron en dos alas: una que terminó formando filas con los bolcheviques, como Víctor Serge y tantos otros connotados militantes anarquistas, y otros como Makhno, dirigente rural ucraniano de nota, que montó un ejército verde que osciló, ora entre los Blancos, ora entre los Rojos, y al cual finalmente los bolcheviques dispersaron sus fuerzas.

De esta forma se colocó, insensiblemente, la dinámica a la sustitución por parte del partido de una clase obrera retraída. Una clase obrera que perdía de vista sus intereses históricos en medio del derrumbe de las condiciones de existencia. En otro lugar hemos señalado que, quizás, sea inevitable alguna circunstancia excepcional de sustitución. Pero la experiencia histórica ha demostrado las dramáticas consecuencias de una situación así; el hecho de que no existen vacíos en política: un gobierno no puede estar en el aire. Y si no está la clase obrera, otro sector social ocupa su lugar (Moshe Lewin; El último combate de Lenin).

Aun en las peores condiciones nunca se debe perder de vista la tensión a que la dictadura proletaria no sustituya a la clase obrera: que tienda a transformarse en una democracia socialista. El hecho que subsista esta tensión entre ambos términos no debe llevar a la teorización de un imposible sustituismo social: “El error fundamental de Trotsky fue el de ‘hacer de necesidad virtud’, teorizando como una especie de ‘ley’ del período de transición lo que en realidad no era sino una política dolorosa impuesta por la situación presente” (Enzo Traverso).

La pérdida de vista de esta perspectiva fue un error porque no se aprecian de igual forma las cuestiones durante una guerra civil que en tiempos normales; un error en el que cayó Trotsky con su “tendencia a resolver administrativamente” las cosas, como le señalara Lenin en su testamento y que le valiera una derrota tremenda en el debate sobre los sindicatos (que lo dejaría mal parado para la batalla que se avecinaba contra la burocracia).

Lenin y Trotsky mil y una vez repitieron que todas sus expectativas estaban puestas en la extensión de la revolución al resto de Europa. La no realización de este pronóstico es lo que presionó para todas las deformaciones que vinieron después, por no hablar de la lisa y llana emergencia del monstruo burocrático.

Por esto mismo hay que subrayar las consecuencias adversas que dejaron las condiciones de “fortaleza sitiada” del poder bolchevique durante la guerra civil. Muchas de las prácticas del “ordene y mande”, los desarrollos y prácticas burocráticas, el “ukase” y la “disciplina en la acción”.

Una serie de prácticas militares que por definición admiten más centralización, y que terminaron infectando el partido facilitando las condiciones de legitimación para el mando burocrático (del estalinismo): “Los tres años de guerra civil dejaron una huella indeleble en el propio gobierno soviético en virtud del hecho que muchísimos de los administradores, una capa considerable de ellos, se habían acostumbrado a mandar y a exigir incondicional sumisión a sus órdenes” (Trotsky; 1975; pp. 262)[13].

Fueron las circunstancias de la guerra civil las que impusieron este pesado fardo; circunstancias que no deben ser teorizadas en el sentido que la dictadura del proletariado es, inevitablemente, un poder dictatorial, ni tampoco apreciadas, mecánicamente, como algo ineluctable.

Esto no es así. La norma debe ser la tendencia a la mayor “superposición” posible entre democracia socialista y dictadura del proletariado. La realización consecuente de la dictadura del proletariado no solamente como “dictadura de nuevo tipo” sino también como “democracia de nuevo tipo”.

Parece claro que en Lenin (incluso en el de su batalla final contra la burocratización), aparecen confundidas las instancias entre democracia sindical, democracia política y Estado (Bensaïd). Incluso nos parece que al tomar medidas que anularon la democracia socialista, pretendió resolver por vía administrativa (reforzamiento de la Inspección Obrera y Campesina, ampliación de los integrantes del Comité Central con obreros de tradición, etcétera), lo que, en definitiva, era un problema político (y político-social): la emergencia de la burocracia; problema que sólo podía enfrentarse apelando a una ampliación de la democracia obrera y no su cercenamiento.

Este es el camino que tomaría la futura Oposición de Izquierda con un Trotsky ya más claro –en términos generales- acerca de qué rumbo tomar frente al problema inédito de la burocratización de la revolución. Pero esto será parte de nuestra próxima nota[14].

Bibliografía  

– Daniel Bensaïd, “La révolution francaise refoulée”, página de Daniel Bensaíd.

– “La cuestión de Octubre”, Democracia Socialista, 12/11/13.

– “Lénine, la fin d’un mythe”, Futurs, 19/03/1998.

– Bensaïd, Martelli, Werth, Wolikow, “La violence dans la révolution”, página de Daniel Bensaïd.

– Pierre Broué, “Trotsky”, 1988.

– “Rakovsky o la revolución en todos los países”, Fayard, Francia, 1996.

– Daniel Guerin, “La lucha de clases en Francia en al apogeo de la Revolución Francesa”.

– Michael Löwy, “Marx y la Revolución Francesa: la ‘poesía del pasado”, texto de 1989 publicado por Viento Sur, 20/10/17.

– Moshe Lewin, “El último combate de Lenin”.

– Rosa Luxemburgo, “La Revolución Rusa”, Antídoto.

– Ernest Mandel, “Octubre de 1917: ¿Golpe de Estado o revolución social?”.

– “Democracia y socialismo en la URSS en Trotsky”, Marxist Internet Archive, septiembre 2010.

– Jean-Jacques Marie, “Trotsky, un revolucionario sin fronteras”, Fondo de Cultura Económica, Argentina, 2009.

“Kronstadt”, Fayard, Francia, 2005.

– Arno Mayer, Las Furias. “Violencia y terror en las revoluciones francesa y rusa”, Prensas de la Universidad de Zaragoza, España, 2014.

– Charles Michaloux y Francoise Sabado, “Nuestra revolución rusa”, Viento Sur, 24/08/17.

– Kevin Murphy, “La historia de la Revolución de Febrero”, google, 21/03/17.

– Enzo Traverso, “El profeta mudo: Trotsky hoy”.

– León Trotsky, “Stalin”, El Yunque Editora, Buenos Aires, 1975.

– Alvin Wartel, “Julio Martov y la crisis del menchevismo ruso”, google.

[1] En la misma jornada fue asesinado Moisés Uritsky, un importante dirigente bolchevique en ese momento Comisario del Pueblo del Interior y jefe de la Cheka de Petrogrado.

[2] Hay quienes dicen que esa abolición configuró el primer antecedente que desembocaría en la Revolución Rusa de 1917.

[3] Jean-Jaques Marie muestra cómo los campesinos cambiaron de bando varias veces en la guerra civil; si se terminaron decantando por los bolcheviques es porque intuían que el triunfo de los Blancos significaría la restauración de la propiedad de los grandes señores.

[4] Con todo lo equivocada que era la segunda parte de esta obra en materia de militarización del trabajo, partido único y otras lindezas, la primera dedicada a las enseñanzas de la Comuna de París mantiene su valor.

[5] Es conocida la anécdota de que el propio Lenin tuvo que advertirle a Martov de abandonar Rusia a comienzos de 1921 porque no sabía hasta cuándo podría protegerlo de caer en las redes de la Checa.

[6] Un grupo de encumbrados dirigentes bolcheviques encabezados por Preobrajensky presentó la “Declaración de los 46” apuntando a la burocratización del partido. Trotsky, sin firmarla, entre las “sombras”, le dio su apoyo. Esta declaración más un artículo en Pravda del propio Trotsky en simultáneo, es lo que rompió el fuego en la pelea abierta contra la burocratización del partido. Stalin enseguida respondió que dichas iniciativas estaban de espaldas a lo resuelto en el X Congreso, que había prohibido las tendencias internas.

[7] El texto de Trotsky era una crítica equivocada al ¿Qué Hacer? de Lenin. Aun errando en el blanco contenía una serie de preocupaciones que Trotsky retomaría en su lucha contra el estalinismo.

[8] Todos los autores del mandelismo actual parecen haber asumido esta posición.

[9] Marie señala que la única apreciación honesta del levantamiento es que fue espontáneo. Otra cuestión es que de inmediato despertó todas las expectativas entre la contrarrevolución en el exilio y que a posteriori sus dirigentes terminarían siendo instrumentalizados por la reacción.

[10] Una revolución social que se opone a la meramente política en el sentido que no es epidérmica, es profunda, atañe a las relaciones sociales y cuyo sujeto es una amplia mayoría social, no una nueva minoría privilegiada.

[11] Bensaïd agrega “de los agiotistas y especuladores de los bienes nacionales”, estatizados, para dar cuenta de los beneficiarios inmediatos que se enriquecieron con su gestión más allá de su servicios históricos prestados a los burguesía ascendente.

[12] Como digresión señalemos que esto no quiere decir caer en el “modelo” burocrático zinovievista por el cual el gobierno proletario vendría a ser una “autoridad pedagógica” que debiera “guiar” a unas masas ignorantes que, por su orfandad, no podrían tomar en sus manos los destinos del país.

[13] Bensaïd insiste en que estas consecuencias adversas han sido subestimadas habitualmente (“La violence dans la révolution”).

[14] Según nuestro plan de trabajo posiblemente “insertemos” previamente alguna reflexión sobre la acción del gobierno bolchevique en el frente económico.

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