En el marco de las jornadas “A 100 años de la revolución rusa” que realizaremos durante el mes de noviembre, el jueves 9 daremos inicio al Cine Bar “Noviembre Rojo” con la proyección de una versión inédita del “Acorazado Potemkin” de S. Eisenstein. Esta película, estrenada en 1925, retrata uno de los acontecimientos más importantes de la revolución rusa de 1905: la rebelión de los marineros del Potemkin contra los oficiales zaristas y su unión con el pueblo ruso. Por primera vez se proyectará en la Argentina la versión restaurada por la Filmoteca Nacional Alemana con música del dúo británico Pet Shop Boys, el compositor alemán Torster Rasch y la Orquesta Sinfónica de Dresde.

Reproducimos a continuación fragmentos de un texto de Christian Rakovski para la introducción del libro “Recuerdos de un marino del Potemkin”, de Anatoli Petrovich Berezovsky, escrito en 1907.

Se sabe que la revuelta del Potemkin no fue un acontecimiento inesperado. Fue la explosión prematura y aislada de un plan valientemente preparado de sublevación general que debía abrazar con anillo de hierro de toda la flota del Mar Negro. Al apoderarse de bastiones marítimos, la revolución rusa habría dispuesto de una base inexpugnable para nuevas conquistas. Con bombardeos de las costas de los asentamientos de las guarniciones, ella habría ganado todo el sur y más allá, se habría extendido al resto del país. Esta sublevación debía estallar en julio, durante las grandes maniobras de la flota. A la señal convenida –dos cohetes tirados uno después del otro desde el puente del acorazado Catherine II. Los marineros que formaban parte debían detener o matar a los oficiales “en el nombre del pueblo”, apoderándose de todos los navíos y tomando el comando de ellos. Como se sabe, el lamentable incidente de la comida podrida suscitó antes de hora una revuelta en el Potemkin, y todo el plan se hundió.

Los otros navíos, mal preparados, no estaban advertidos; entre ellos, sólo pudieron tomar parte del movimiento el Georgi Pobedonostzev que, durante 24 horas, permaneció fiel a la revolución, y el navío-escuela Prut que buscó en vano al Potemkin con el fin de unirse a él. También es necesario mencionar al Sinopia que se unió también al Potemkin pero se alejó de Odesa por una orden repentina dada por el almirante Krieger de dirigirse a Sebastopol mientras que la minoría de los marinos revolucionarios no había logrado aún vencer las dudas de la mayoría indecisa y timorata. Lo más lamentable fue la puesta fuera de actividad del acorazado Catherine II, “Katia” como decían familiarmente los marinos, Katia la roja, dispuesta a dar el paso más decisivo y que fue víctima de su ardor revolucionario. Mientras que la revuelta explotaba en el Potemkin, se produjo un conflicto menor entre los marineros y los oficiales del Catherine II, un incidente ridículo en comparación con el rol que el acorazado habría podido jugar dos días más tarde, pero que condujo al descenso a tierra de la mayoría de la tripulación. Así, el más revolucionario de los acorazados fue obligado a permanecer en Sebastopol mientras que los otros se dirigían hacia Odesa contra el Potemkin.

Sin embargo, se planteó una cuestión: ¿la sublevación general habría tenido éxito si no hubiera tenido lugar el acontecimiento del Potemkin? ¿La flota podía prever un éxito en esta tentativa de tomar posesión de las ciudades costeras y sublevar allí a la población obrera?

Conociendo a través del relato de Kirill los detalles de la historia convulsiva, dramática, de la lucha de los marinos revolucionarios, descubriendo cuán próximo estaba el éxito, incluso cuando sólo se había sublevado un navío, se adquiere casi la convicción de que una sublevación general podía triunfar […] Desde un punto de vista puramente técnico-militar, la idea de lanzar una revuelta armada general por una sublevación de la flota era excelente: primero porque los marinos eran los más receptivos de todos los militares a la propaganda socialista y sobre todo porque una flota amotinada está en mejor estado para resistir y defenderse que cualquier otra formación. Una victoria de la sublevación de la flota habría creado una situación sin precedentes en la historia de las guerras civiles. El absolutismo ruso, con todo su ejército, se habría mostrado impotente para luchar contra ese puñado de hombres. La Rusia de los gobernantes se habría encontrado en una posición ridícula como fue la de Rumania cuando el Potemkin se levantó repentinamente a lo largo de Constantza: se movilizó a toda la guarnición, incluso… a la caballería.

Pero el verdadero interés histórico de la sublevación de la flota se revela en la apreciación de sus causas. El Partido obrero socialdemócrata ruso y particularmente su organización en Crimea (la Unión socialdemócrata de Crimea) contribuyó mucho, a través de una acción prolongada, a la emergencia de revolucionarios entre los marinos. Pero es la estructura del Estado ruso y especialmente el régimen de los cuarteles que despertaron su espíritu y les enseñaron a comprender las ideas revolucionarias y socialistas. Es imposible comprender la sublevación revolucionaria de la flota ni otros movimientos análogos sin tomar en cuenta estos elementos. Cuando se sabe hasta qué punto la acción revolucionaria está frenada en Rusia, cuántas víctimas y esfuerzos cuesta cada paso –víctimas cuyo ínfimo número verá realizado el objetivo y de las cuales la mayoría caerá desde la primera batalla contra la multitud de obstáculos erigidos por el régimen político- se comprende que el origen de la revuelta de los marinos se encuentra ante todo en sus condiciones de vida.

Hoy es más necesario que nunca conocer bien la naturaleza del régimen de los cuarteles en Rusia. Concluida la paz y establecida la Constituyente, los partidos políticos harán reconstituir al país de manera radical. Pero Rusia no será realmente transformada más que cuando sea liberada de los errores del pasado. Queremos […] describir, sobre la base de los documentos en nuestro poder, el rol en la revuelta de los factores conscientes, es decir, de la propaganda socialista, y los factores inconscientes, es decir, el régimen militar en Rusia. El régimen en los cuarteles sólo es un reflejo de la estructura política y social de un país y las condiciones de vida a bordo del Potemkin eran las mismas en el conjunto de la flota. Allí se chocaba con los mismos abusos. De parte de los oficiales, sobre todo de los oficiales superiores, en todas partes existía la misma crueldad estúpida, la misma incomprensión de la necesidad de un comportamiento más humano hacia los marinos. Toda tentativa de estos últimos para obtener una vida más soportable sólo reconocería en los oficiales la determinación obstinada de castigarlos aún más severamente. Los marinos no podían entonces alimentar buenos sentimientos con respecto a sus superiores. En apariencia eran dóciles, por temor a la represión, pero en el fondo ellos mismos, odiaban y despreciaban a los “dragones” y los “escorpiones”, palabras que no dudaban en emplear a la menor ocasión. En el curso del amotinamiento del 3 de noviembre, los marinos perseguían obstinadamente a sus oficiales a piedrazos y los injuriaban groseramente. Las injurias además eran por otra parte tan corrientes que los oficiales, habituados, parecían no escucharlas […]. El antagonismo y la desconfianza entre oficiales y soldados son un fenómeno general, en todos los ejércitos, pero eran más agudos en el ejército ruso. Este abismo infranqueable entre ellos se cruzaba a cada acontecimiento político que conducía al envío de los soldados contra huelguistas y manifestantes. […]

Para explicar esta desconfianza, así como el odio tanto como el desprecio de los marinos por los oficiales, es necesario recordar, más allá de las razones políticas, las fallas propias del cuerpo de oficiales rusos, en particular en la flota, donde estos últimos se reclutaban exclusivamente en la nobleza. Las escuelas militares estaban pobladas de la “crema” de la sociedad industrial. La juventud honesta y capaz poblaba habitualmente las prisiones rusas e invadía las profesiones intelectuales. Sólo las personas incapaces y serviles se inclinaban por las carreras burocráticas y militares […] Estos oficiales consideraban su función como un medio de subsistencia y se esforzaban por trabajar lo menos posible con el mayor beneficio personal posible. Sobre este terreno se desarrollaron las relaciones entre oficiales y marinos que a veces tuvieron consecuencias catastróficas.

Pero volvamos al acorazado Potemkin. Los castigos corporales más crueles eran habituales allí. A pesar de la aparición de una circular secreta que insistía en la necesidad de “respetar la dignidad humana de los subalternos”, los oficiales de marina continuaron, por hábito, distribuyendo bofetadas y puñetazos. Los marineros me hablaron de casos de tímpanos perforados por la violencia de los golpes […] Pero sufrían por encima de todo, las injurias y humillaciones de todo tipo que llegaban a alcanzar su dignidad de hombre. Era necesario ver con qué arrogancia los llamados aristócratas trataban a sus subordinados para comprender la fuerza del odio que estos últimos alimentaban con respecto a estos […]

Tales medidas no habrían tenido consecuencias tan graves algunos años antes. Se puede afirmar incluso que el resultado habría sido el mismo si hubiera habido una mejora y no un deterioro de las condiciones de vida en la flota: ante todo, eran los marinos mismos quienes habían cambiado y madurado. Y en unos cinco o seis años, el sentimiento de su dignidad personal había madurado. […] Aquí se ve un hecho característico de la nueva generación: los reclutas de 1904 de la tripulación N° 36 –la del Potemkin- plantearon al lado de sus superiores, antes incluso de prestar juramento, una serie de reivindicaciones. La potente conmoción impulsada en toda Rusia por el movimiento obrero en los cinco años precedentes había despertado en los marinos la esperanza de una nueva vida, mejor y libre. Por las condiciones de trabajo el acorazado es una verdadera fábrica flotante; los marinos están más próximos a la clase obrera que a ninguna otra. En el número importante de condenas por lectura que, aunque legales, no tenían la aprobación de los oficiales, se aprecia el grado de interés de los marinos por la ciencia y la literatura, así como su sed de conocimientos. Su búsqueda de un futuro mejor se chocaba con el obstáculo de los oficiales […] que personificaban el absolutismo.

Los marinos discutían con fervor sobre la cuestión de las relaciones entre oficiales y soldados: el partido dirigente de la futura Rusia debe interesarse por ello sin excepción. Recordemos que el primer punto del ultimátum dado por el acorazado al comandante militar de Odesa era la sustitución del ejército permanente por milicias populares. Las relaciones de los marinos con sus superiores estaban en primer plano. Es a la vista del comportamiento de un marino frente a sus oficiales y de sus sentimientos con respecto a ellos que los camaradas revolucionarios decidían si era digno de tomar parte en las actividades secretas […]

Es importante detenerse en la manera en que se conducía el trabajo de propaganda a bordo del Potemkin. Numerosos marinos ya habían encontrado las ideas socialdemócratas cuando trabajaban en los astilleros navales Nikolaievsky. Estaban en contacto con obreros civiles, muchos de los cuales habían sido tocados por la propaganda socialista. Luego, la tripulación del Potemkin tomó contacto directamente con el partido socialdemócrata en Sebastopol donde ya había tejido relaciones sólidas con la flota militar. Sólo un pequeño número de marinos podían evidentemente estar en contacto directo con los revolucionarios. Entre los del Potemkin, he contado de quince a veinte que frecuentaban de manera irregular las reuniones secretas organizadas por los socialistas. Estas reuniones llamadas “volantes” cuando casi no había participantes y “de masas” si había muchos, reunían a los marinos que prestaban servicio en la cincuentena de barcos de guerra anclados en Sebastopol. Primero espaciadas, estas reuniones fueron cada vez más frecuentes; en el curso de los cuatro meses precedentes a la sublevación, se realizaba cerca de una cada domingo (del 10 de noviembre al 25 de marzo, hubieron once en total). El número de marinos que tomaban parte allí pasó de treinta a tres o cuatrocientos. Con el fin de evitar sorpresas desagradables, se realizaban estas reuniones fuera de la ciudad, en un bosque próximo a la colina de Malajov. Los marinos iban hacia allí por pequeños grupos, tomando primero la ruta de Inkerman, luego se separaban pasando por pequeños caminos. Una guardia apostada todo a lo largo aseguraba que el camino estuviera libre. Cuando llegaban al prado que servía de lugar de reunión, se instalaban como querían. Las intervenciones comenzaban. Los oradores, frecuentemente mujeres, explicaban a los marinos las causas de la existencia del poder opresor e intolerable, proponían medios para destruirlo y liberar a todo el país. Luego se discutía, se informaba y, después de haber adoptado una resolución, se terminaba la reunión con un canto revolucionario. Aquí está el texto de una de estas resoluciones, que fue adoptada el 20 de marzo:

“Nosotros, 194 marinos de la flota del Mar Negro, unimos nuestra voz a la de los obreros rusos representados por su ala revolucionaria, el partido obrero socialdemócrata ruso; exigimos la destitución del régimen autocrático y su reemplazo por una república democrática. Estamos convencidos que sólo la convocatoria de una Asamblea Constituyente, sobre la base del sufragio directo, igual para todos y con boleta secreta, puede afirmar el poder del pueblo. Sabemos que el régimen zarista emprendió la guerra por sus propios intereses. Por ello exigimos que se le ponga fin inmediatamente. Uniendo nuestra voz a la de Rusia que se despierta a la vida política, estamos seguros que nuestro ejemplo, el de la protesta de la flota del Mar Negro, será seguida por todo el ejército ruso. El último apoyo del régimen está en camino de hundirse. Nuestra liberación está próxima y llamamos a todos aquellos que persigue y oprime la autocracia a unirse a nuestras filas, las de nuestro partido. Nuestra lucha sólo se interrumpirá cuando la humanidad esté liberada de la explotación de las tarántulas capitalistas. Luchamos por el socialismo. ¡Abajo la autocracia! ¡Abajo la guerra! ¡Viva la Asamblea Constituyente! ¡Viva la república democrática! ¡Viva el partido obrero socialdemócrata ruso! ¡Viva el socialismo!”

Ciento cincuenta marinos que no habían asistido a esta reunión adoptaron esta resolución.

Entre los otros marinos, la propaganda era llevada a través de folletos y sobre todo llamados. Hay que destacar que los marinos demandaban al comité de Sebastopol, llamados especialmente redactados de acuerdo a sus necesidades. Cuando el comité constató que la propaganda entre los marinos era eficaz, se esforzó en aclarar cada acontecimiento más o menos importante de la vida de la flota. Así, dos o tres días después de la revuelta, cuando los marinos se levantaron y salieron al patio, encontraron volantes sobre los últimos acontecimientos, esparcidos en el suelo. El comité de Sebastopol llamaba a los marinos a dar un carácter político a su protesta. Este llamado fue difundido en 1.800 ejemplares. En general, el comité difundió 12.000 volantes desde principios de noviembre a principios de abril. Estos eran algunos títulos: “Es tiempo de terminar con esto”, “El ayuda memoria de los soldados” (2.800 ejemplares), “Las dos Europas”, “¿Quién vencerá?”, “Muerte a los tiranos”, “El Manifiesto del zar” (9 de enero), etc. Algunos eran relativos al régimen ruso en general, otros concernían especialmente a los marinos. Describían las penosas condiciones de existencia de los marinos que ellos oponían al confort y a los privilegios de los que disponían sus oficiales. Subrayaban la enorme diferencia entre los sueldos de los marinos y el de los oficiales de Rusia, en comparación con otros países. Mientras que en Japón, en esta época, el gran almirante Togo recibía 5.600 rublos por año, el gran duque Aleksei, gran almirante de la flota rusa, recibía un salario dieciocho veces superior (108.000 rublos). Por el contrario, el sueldo de los marinos era incomparablemente más elevado en Japón que en Rusia. Un marino costaba al gobierno japonés 54 rublos contra 24 al gobierno ruso, del cual la mitad era robada por los oficiales. Se distribuyeron volantes particulares con respecto a la partida de 800 marinos para Libau, otros en el momento del juicio a treinta marinos acusados de haber sido los “instigadores” de la revuelta del 3 de noviembre. Paralelamente a estos hechos particulares, las cuestiones de orden general estaban planteadas: la guerra, la situación de los obreros y de los campesinos, el Estado ruso, etc. El fin de la guerra era la consigna más popular. Algunos aconsejaban el rechazo a ir a Medio Oriente. Un volante produjo una impresión particularmente vigorosa: impreso por el comité de Sebastopol, había sido redactado y firmado por “marinos y suboficiales del acorazado Catherine II, reunidos con el partido obrero socialdemócrata”. Este era la señal de acciones más importantes que surgieron como resultado de la derrota de Tsushima.

[…] Estos llamados eran difundidos en todas partes en centenares de ejemplares. Un día los marinos del Potemkin tuvieron al despertarse la sorpresa de encontrarlos sobre los cobertores de sus camas. Cada uno se ponía a recoger a los “pichones” y a buscar “un rincón tranquilo” para leerlos. Le seguían discusiones por grupos durante varios días. Los marinos quizás no comprendían todo. Sucedía que los del Potemkin escribían [al comité] para reprochar el empleo [en los folletos] de demasiadas expresiones incomprensibles para la mayoría de los marinos y pedir nuevos volantes. Pero estos volantes pequeños, insignificantes, frecuentemente ilegibles, impresos en secreto en máquinas primitivas, hacían su trabajo revolucionario. Eran la prueba viviente de la existencia de un partido subterráneo, que se acercaba a los marinos aislados y sometidos para escuchar sus quejas y compartir sus sufrimientos. Las personas de este partido tendían fraternalmente la mano a los marineros, los trataban de igual a igual, ponían a su disposición su tiempo, sus medios y su vida; los llamaban a luchar con ellos contra el enemigo de toda la clase obrera. No se podía esperar que esta propaganda transformara a los marinos en socialistas conscientes. Sin embargo, hizo mucho dando a su descontento difuso un carácter político y popularizando las consignas del programa mínimo socialista.

Inicialmente desordenada, la lucha de los marinos se convirtió en consciente. Retomaron por su cuenta el partido y el programa. “Somos 300 socialdemócratas dispuestos a morir”: con estas palabras me saludó el marinero Matyushenko cuando subía al Potemkin en Constantza. Estos 300 socialdemócratas quizás no sabían todo lo que reclamaba su partido, pero el hecho de contarse entre sus miembros les daba una confianza ilimitada en sus propias fuerzas.

Así, con una energía y un espíritu de iniciativa creciente, los marinos encontraban en ellos mismos lo que los llamados no podían ofrecerles. Completaban su formación política observando los hechos que los rodeaban, leyendo libros y periódicos autorizados por sus oficiales. Guiados por el odio al despotismo, descubrían ideas revolucionarias hasta en los libros religiosos. Aquel que conoció de cerca la vida cotidiana a bordo del Potemkin, pudo constatar su intensa vida intelectual. Era una verdadera colmena en la cual cada uno actuaba en la medida de sus fuerzas. Había una treintena de no violentos que preconizaban la resistencia pasiva a la guerra, el rechazo a tirar sobre “seres humanos, criaturas de Dios”. Las discusiones estallaban casi todos los domingos entre ellos y el comandante Golikov […]

Si se examina la personalidad de los marinos, se destaca que había entre ellos hombres brillantes, cuyas posibilidades de jugar un rol eran obstaculizadas por las condiciones sociales y políticas del país. Entre ellos, Nikichkin, verdadero tribuno popular, ejercía una gran influencia sobre sus camaradas (murió heroicamente en Feodosia). Dotado de un gran talento de orador, impregnado de este idealismo religioso profundamente enraizado en las masas populares, sobre todo en el campesinado y que aún no es alcanzado por el escepticismo superficial, poseyendo una notoria memoria, adornaba sus discursos con citas. Lanzó la moda de un estilo de discurso que comenzaba por un extracto del Evangelio y terminaba con un himno revolucionario.

Zvenigorodsky, aprendiz mecánico de la escuela práctica, era de otro tipo; hijo de un periodista, él mismo hacía periódicos donde describía las miserias y los sufrimientos de los marinos y se los leía a sus camaradas. Es gracias a su acción que numerosos marinos, como Reznichenko, por ejemplo, se convirtieron en revolucionarios. “Discutimos frecuentemente durante horas enteras –me contó este último- observando la superficie lisa del mar”. Más allá de estos dos personajes, había toda una serie de líderes activos, Matyushenko, Reznichenko, Kurilov, Dymchenko, Makarov y muchos otros. Discutían los acontecimientos que agitaban a toda Rusia. Una de las consecuencias de la guerra ruso-japonesa fue indudablemente la emergencia de una vida social y de una opinión pública […] Las aflicciones, la humillación y los sufrimientos comunes acercaron a la flota y al ejército al pueblo […] Una vez, Nikichkin leyó un extracto de la pieza de Gorki, Los bajos fondos, en la cual uno de los habitantes del cabaret de Vassilissa se lanza en un discurso revolucionario: “Vuestra ley, vuestra verdad, vuestra justicia, no son las nuestras”, etc. Nikichkin diseminaba sus lecturas en los rincones y escondites del navío y sus auditores se animaban de un sentimiento común. Pasaban de la palabra a los actos: las protestas colectivas se volvían cada vez más frecuentes. Se las preparaba a la tarde antes de acostarse. Los marinos, reunidos en la playa detrás del navío para la plegaria, se negaban a dispersarse a pesar de las órdenes del oficial de guardia y comenzaban a discutir en voz baja; luego uno de los más valientes levantaba la voz y lanzaba consignas. Cuando habían dicho todo, los marinos se dispersaban.

Es en la tarde del 3 de noviembre[*] que, por primera vez, la protesta de los marinos toma un carácter amenazante de rebelión. Las ventanas del cuartel, las lámparas del patio, los departamentos de los oficiales fueron saqueados en un instante. Los oficiales corrieron a esconderse en todos los lugares posibles y lograron esquivar la cólera de los marinos. Los soldados que habían sido llamados de los cuarteles vecinos, se negaron a tirar. Los marinos y los suboficiales del Pamiat’ Merkuria llegaron finalmente, después de algunas salvas, a dispersar los motines […] Los incidentes estallaron cada vez más frecuentemente en los navíos […] Los marinos del Catherine II amenazaron con hundir el barco si no se pagaba el mismo sueldo que durante la guerra. Las tripulaciones de todos los navíos apoyaban esta exigencia. Ganaron, así como con la calidad del pan. Los marinos revolucionarios eran en general el origen de estas acciones. Cada éxito fortalecía su influencia.

Pero la guerra era el estimulante más vivo para los marinos. Había puesto al desnudo las innumerables carencias del ejército y de la flota que los marinos imputaban a la incapacidad y cobardía de los “jefes”. Los oficiales habían perdido toda autoridad y no inspiraban ningún respeto ni temor. Los marinos, habían comprendido que la acción resuelta lleva a la victoria y comenzaron a ser audaces. Los actos de insubordinación se hicieron cada vez más numerosos y eran abiertamente apoyados por todos.

Es en esta atmósfera donde soplaba el viento de la revuelta y donde la disciplina se hizo añicos, que nació la idea de la sublevación general. ¿Dónde, cuándo y por qué, la idea fue lanzada por primera vez? Como toda idea verdaderamente popular, sin duda no fue lanzada voluntariamente por alguien preciso y surgió espontáneamente en el ambiente de esperanza que reinaba en el navío. Ya, el 3 de noviembre, los marinos habían preguntado al partido socialdemócrata si no había llegado el momento de transformar la rebelión en movimiento organizado. El comité había aconsejado el traslado a un momento más favorable. La idea de una intervención revolucionaria había emergido así ya desde hacía un año. Más tarde, a principios de este año, frente al anuncio de un pogromo judío perpetrado por la policía de Sebastopol, 150 marinos armados salieron a la ciudad y se unieron a los obreros para defender a los judíos.

Los acontecimientos del 8 al 12 de enero (1905) en Petersburgo provocaron una gran emoción entre los marinos […] La “central de los marinos” –el comité central dirigido por representantes de los marinos de todos los navíos- se puso a elaborar seriamente un plan de sublevación. Esto no era fácil. El proyecto suscitaba una afluencia de cuestiones concretas: ¿qué comportamiento adoptar con los oficiales? ¿Se los debía ejecutar o detenerlos? ¿Cuáles serían las consecuencias de la sublevación según quién gane o quien sea abatido? ¿No iba a dislocar a Rusia? Cada marino daba su punto de vista. En una carta dirigida al comité de Sebastopol […] la tripulación del Potemkin pedía una respuesta a todas las cuestiones que levantaban dudas. Sin embargo, la derrota de Tsushima, el anuncio de la masacre de 40 marinos de la escuadra Niebogatov cerca de Shangai (aparecido en un periódico ruso) pusieron al límite la paciencia de los marinos. Decían: “Si se debe morir, también que sea por liberar a Rusia, antes que ser muerto por los oficiales o los japoneses”. Y la idea de la sublevación ganaba todos los días más partidarios.

Aquí se plantea una cuestión: ¿cuántos marinos del Potemkin estaban comprometidos en el complot? Al menos la mitad, se me respondió. En efecto, los marinos revolucionarios no guardaban su plan secreto; sólo observaban las precauciones elementales. Este es un hecho que revela su audacia: los oficiales de un pequeño navío –del cual silenciamos su nombre- iban un día a la ciudad para asistir a un casamiento: durante este tiempo, los marinos realizaron un mitin a bordo […] Es muy probable que los oficiales hayan sabido lo que se preparaba. Se sabía que había una treintena de buchones entre los marinos. ¿Pero cómo desmantelar este plan? ¿A quién detener? No se llegaba a descubrir a los miembros del comité revolucionario del Potemkin […]

El comandante del Potemkin fracasó en todas sus tentativas de restablecer la disciplina a bordo a través de medidas tradicionales, ridículas e ineficaces […] Se buscaba impedir que se reunieran los marinos; se les prohibía incluso la lectura de los periódicos y revistas y era difícil obtener un permiso para ir a la ciudad. Golikov, que antiguamente pasaba la noche fuera del navío, no lo abandonó más: inspeccionaba las cabinas para verificar el empleo del tiempo de los marinos: “¿Por qué esta hamaca está vacía? ¿Quién es el marinero X? –Está de guardia”, respondía el vecino, mientras que el marinero X discutía en su escondite con un camarada. Estas medidas draconianas avivaban las protestas. Hubo una, particularmente viva, en los dos o tres días antes de la Trinidad. Golikov creyó poder ponerle fin pronunciando durante la fiesta un discurso sobre la disciplina. Contó como la revuelta, veinte años antes, a bordo del Svetlana donde se encontraba, había terminado con numerosas ejecuciones. “Eso es lo que les espera a aquellos que olvidan la disciplina”, lanzó […] Después de la derrota de Tsushima, tales palabras eran de una gran ligereza. El hecho de aprender los riesgos que corrían permitía a los marinos vencer su miedo de las consecuencias de una revuelta. ¿Pero qué podría hacer un lamentable comandante? Como todo buen soldado del absolutismo, defender por todos los medios a la vieja Rusia. Frente a la dificultad de la tarea, Golikov, como los otros, perdía la cabeza y sólo aceleraba el proceso. Por otro lado, él mismo estaba convencido de su propia impotencia: “El veneno revolucionario se expande en el barco incluso entre los suboficiales”, dijo un día a un oficial de gendarmería. Toda tentativa de extirpar la revolución terminaba con un fracaso […]

Reznichenko cita un ejemplo significativo: “Estábamos a punto de comenzar la reunión cuando llegó una patrulla comandada por un oficial. Quería detenernos. Uno de nosotros se aproximó a él y después de saludarlo, le preguntó: “¿Qué le importa lo que hacemos aquí? –¡Les ordeno dispersarse! -¿Por qué? –Porque yo se los ordeno -¡Pero no hacemos nada criminal! –Dispérsense o doy la orden de tirar –Nadie le obedecerá. Hoy, yo estoy de este lado, pero mañana puedo estar en vuestra patrulla y, si usted da la orden de tirar, yo tiraría sobre usted primero”. El oficial dio marcha atrás sin decir palabra. Los marinos cambiaron de lugar y retomaron la reunión. Baranovsky, el comandante del Prut, hizo, a propósito de estas reuniones, un discurso en el cual acusó a los judíos de ser el origen de los desórdenes en la flota. Añadió que no dudaría en decretar la pena de muerte contra todos aquellos que participaran en los complots con los socialistas. Algunos días más tarde aparecía una proclama de los marinos: “Tu has dicho la verdad. Sabemos que eres un verdugo. Está próximo el día en que no dudaremos en estrangularte. La hora de pagar llegará”.

Algunas semanas más tarde, Baranovsky era detenido por los marinos y Golikov caía, víctima de la obstinación del absolutismo.

 

Nota

* Se trata del 3 de noviembre de 1904

 

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  • Nuestra Prensa – SoB 448

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