Los números nacionales y de la izquierda

Los resultados de octubre no arrojaron ninguna sorpresa respecto de los de las PASO. Era de esperar que el macrismo mejorara un poco con el impulso de “caballo ganador” y que cosechara algo del voto más despolitizado que quiere huir de las fotocopias perdedoras del original. Es así que la principal incógnita de la elección, la provincia de Buenos Aires, se definió a favor del gobierno gracias a la evidente migración de parte de los votos del massismo a Cambiemos: los cuatro puntos que perdió la alianza Massa-Stolbizer fueron casi exactamente los que aumentó Bullrich para derrotar a Cristina por ese margen.

Algo parecido sucedió en el interior, donde fue ostensible cómo las formaciones peronistas más cercanas al gobierno retrocedieron en beneficio de la alianza oficialista. El caso más estruendoso fue el de Urtubey en Salta, que adquiere mayor relieve porque se trataba de uno de los peronistas que aspiraba a encabezar el “PJ post kirchnerismo”. El derrumbe del Frente Progresista en Santa Fe, que le permitió a Cambiemos llevarse la victoria en ese distrito, tuvo causas algo distintas, pero sumado al triunfo en la provincia de Buenos Aires, dieron como saldo que el oficialismo se quedó con todos los distritos grandes del país, algo que hacía tiempo no ocurría.

El peronismo fue el gran derrotado de la elección. Aunque ganó en 11 provincias, no hay más que mirar la lista: se trata en general de las provincias más pobres y menos pobladas del país, a excepción de Tucumán. Ni uno solo de los caciques del PJ que pudieron cantar victoria son otra cosa que caudillos locales sin proyección nacional, que están muy lejos de dar la talla para convertirse en prenda de unidad de un partido profundamente balcanizado, sin conducción, sin candidatos visibles, sin estrategia electoral y sin proyecto político discernible.

El paradójico panorama que dejó la elección en el peronismo es que su figura con más votos sigue siendo Cristina, pero derrotada en Buenos Aires y con un alto de nivel de rechazo que parece irremontable hacia 2019. Sin figuras ni proyectos de recambio, la diáspora del PJ facilita inmensamente la tarea del gobierno, al que le resultará incluso más fácil que hasta ahora negociar localmente con caciques provinciales aislados y dispersos, a merced del chantaje económico del Tesoro y que no opondrán ninguna resistencia seria a los draconianos planes de contrarreformas neoliberales en varios planos, en primer lugar el laboral, que ya está anunciando el macrismo.

Por su parte, el massismo, que ya había quedado muy desdibujado en las PASO, confirmó su irremediable debacle, y su destino no parece ir más allá de confluir en alguna variante “pan-peronista” o confirmarse como quinta rueda de Cambiemos. Y es sabido lo que le pasa a la quinta rueda: como no es necesaria, se termina desechando. Ni hablar de Randazzo, que directamente quedó debajo del FIT en la provincia de Buenos Aires.

En resumen, el escenario político queda, curiosamente, casi monocolor, donde una fuerza política nacional electoralmente masiva digna de ese nombre, la alianza oficialista, con más del 42% de los votos. El peronismo en sus muy diversas vertientes suma el 37%, pero no es un partido mínimamente homogéneo sino una agregación de caudillos de provincias importantes pero derrotados y de caudillos ganadores pero de provincias que siempre pesaron poco en la política nacional. El massismo, que sólo se presentó en la mitad de las provincias y salió decisivamente debilitado en la más importante, Buenos Aires, ya apenas califica como tercera y lejanísima fuerza, puesto que estuvo a punto de perder con la izquierda trotskista. No es una exageración: el total nacional del massismo cayó al 5,9% (en 12 distritos), mientras que los dos frentes de izquierda suman el 5,4%, con presencia en todas las provincias del país salvo Corrientes. Apenas algo menos de 140.000 votos separan a la tercera fuerza burguesa, la alianza Massa-Stolbizer, del conjunto del trotskismo.

La votación de la izquierda

Deliberadamente hablamos aquí de “elección de la izquierda” y no de “elección del FIT”, porque, pese a que Izquierda al Frente por el Socialismo no pudo participar en octubre en dos distritos clave como CABA y provincia de Buenos Aires, nuestro frente se presentó en 11 distritos (el FIT, en 21) y logró conservar buena parte de sus votos. No obstante, y justamente por ocupar casi sin disputa la presencia (sobre todo mediática y en cartelería) de la izquierda en CABA y Buenos Aires, el FIT en cierto modo pareció adueñarse, a los ojos del electorado, de la representación de toda la izquierda. Enseguida veremos que esto no fue así.

El FIT subió, respecto de las PASO y a nivel nacional, de un 3,95% y 900.000 votos a un 4,76% con 1.145.000 votos. Es decir, subió 8 décimas y 250.000 votos, crecimiento que analizaremos más abajo.

Por su parte, Izquierda al Frente por el Socialismo, al no poder presentarse en Capital y Buenos Aires para defender los 117.000 obtenidos en esos distritos en las PASO, cayó de 265.000 votos en todo el país (1,17%) a 145.000 (0,60%). La diferencia son 120.000 votos, esto es, casi exactamente los que no tuvo posibilidad de defender en Buenos Aires, y CABA, y que prácticamente en su totalidad se trasladaron al FIT. En el resto de los distritos donde pudo presentarse, IFS logró en general mantener sus votos, como la muy buena elección en Córdoba, y aunque bajó un poco en varias provincias, también creció en porcentaje y en votos en Salta, San Juan y Santa Cruz. En esas condiciones, la relación entre ambos frentes, que había sido de 3,4 a 1 en las PASO, fue ahora de 7,9 a 1, diferencia considerable pero que, incluso en las muy adversas circunstancias de no poder presentarnos en los dos principales distritos del país, demuestra no sólo que no se puede hablar de única izquierda sino que se siguen manteniendo ciertas proporciones entre las dos listas. Por ejemplo, si no consideramos los cinco distritos grandes, de los cuales IFS se pudo presentar en tres en las PASO y sólo en uno (Córdoba) en octubre, la relación entre ambos frentes es 2,9 a 1.

Pasemos al análisis de la elección del FIT. En cierto modo, el balance es muy parecido al de las PASO: conservar un espacio importante que, si bien minoritario, cobra relevancia ante el derrumbe de las demás opciones burguesas por fuera de Cambiemos y el PJ. El crecimiento moderado que tuvo el FIT en octubre (obtuvo un quinto de votos y porcentaje por encima de las PASO) se explica por varios factores, que operan de manera distinta según los distritos.

En el más importante, la provincia de Buenos Aires, sin duda, el aporte de votos que habían ido a IFS (ver en el cuadro cómo la suma FIT-IFS de las PASO da cifras cercanas a las del FIT en octubre) fue probablemente decisivo para el ingreso de los dos únicos diputados nacionales que cosechó el FIT en todo el país. El crecimiento del FIT fue aquí uno de los mayores, ya que subió del 3,62% al 5,33%, y de 321.000 votos a 492.000, es decir, un 50% más. De esos 160.000 votos adicionales en octubre, con toda probabilidad unos 100.000 (más del 60% de ese crecimiento) provenían de IFS. A eso debe sumarse quizá algunos votos provenientes de la muy magra cosecha de la centroizquierda de De Gennaro y, sobre todo, algo de corte de boleta que favoreció a la lista encabezada por Del Caño, que logró casi 50.000 votos más que Pitrola.

En Capital, aunque también el FIT tuvo un crecimiento aún mayor que en provincia (de 71.000 a 111.000 votos, un 56% más), la competencia de Luis Zamora lo privó de obtener un diputado nacional, si bien consiguió dos legisladores porteños (Bregman tuvo 20.000 votos más que Ramal). Aquí el aporte al FIT probablemente haya llegado, además de la mayoría de los 16.000 votos de IFS, de los votantes de Itaí Hagman, fuera de competencia luego de las PASO.

Sorprendió el retroceso del FIT en Córdoba (del 4,3% al 3,3%), mejoró bastante en Mendoza (del 8,8 al 11,7%) y en el resto del interior tuvo altibajos, con pequeños crecimientos en algunos casos, pero menor porcentaje que en las PASO en ocho provincias. La gran estrella de la elección del FIT fue Jujuy, donde salió tercero con el 18%, por encima del ya elevado 12% de las PASO y a apenas 5.000 votos del PJ. Si le ganaba, hubiera logrado una banca en una provincia donde sólo se elegían tres. Dicho esto, reiteramos algo que ya señalamos en el balance de las PASO: hay que tomar estos fenómenos sin impresionismo, porque al ser puramente electorales y no producto de una acumulación orgánica (al menos, no a ese nivel de masas), hoy están y mañana se desinflan o desaparecen.

Al respecto, es ilustrativo el caso de Mendoza: el FIT había salido tercero con el 15% de los votos, logrando la banca para Nicolás del Caño. Ahora el FIT hizo una buena elección, pero quedó cuarto detrás del Partido Intransigente, una fuerza importante en los años 80 pero cuasi desaparecida hace décadas. El candidato del PI es un personaje que se hizo conocido por los “frazadazos” contra los tarifazos, y llevó como candidato a senador provincial a un pastor sanador completamente marginal… que fue electo. No es descabellado pensar que parte de los votos de ese engendro político salieron del FIT. Y no porque se hubieran convertido, sino porque sencillamente no eran votos propios ni orgánicos. De modo que felicitaciones a los compañeros por la elección jujeña, pero esperamos que lo tomen con más mesura que en las épocas de “Salta la trotska”, donde ahora ganó Cambiemos. Es de esperar que no se hable de “Jujuy la trotska” con Gerardo Morales en la gobernación…

Marcelo Yunes

 

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