La reforma laboral macrista y el nuevo campeón de la burguesía

“El ‘círculo rojo’ ya tiene quien lo represente. Casi sorpresivamente apareció una figura nueva y, lo más importante, sin pasado ni deudas con el poder político que saldar. Y que dice abiertamente, sin eufemismos, lo que las cámaras empresarias necesitan que se debata. Se trata de Marcos Galperín, el fundador y CEO de Mercado Libre (…), la cuarta compañía del país, con una valoración de 13.000 millones de dólares (supera a YPF), que disparó el ya famoso tuit a favor de la aprobación de una reforma laboral a la brasileña. (…) Inmediatamente después, las cámaras aplaudieron la valentía de Galperín (…). Saben los representantes de los sectores privados que si cualquiera de ellos hubiera declarado lo que dijo Galperín, hubiera sido blanco de un ametrallamiento oral y público (…). Saben los privados que desde el escándalo de la ‘ley Banelco’, que desató nada menos que el comienzo de la caída de un presidente, cualquier discusión sobre el tema está envenenada. (…) Prácticamente todos los representantes de las cámaras privadas están, en mayor o menor medida, manchados con cierto pasado de vinculación con aquellos olvidables años. Se necesitaba entonces alguien nuevo y con indudable respeto general” (C. Burgueño, Ámbito Financiero, 15-9-17).

Es indudablemente cierto que en materia de legislación laboral, el empresariado argentino no tiene lo que se dice mucha autoridad moral. La patronal argentina tiene tanta vocación de explotación y precarización del trabajo como cualquiera, pero le agrega una capacidad corruptora de funcionarios y legisladores que no es tan habitual en otros países. ¡Si el propio Héctor Méndez, durante años titular de la Unión Industrial Argentina, dijo lo más suelto de cuerpo hace poco más de un año que “a la obra pública le decían Movicom, porque venía con un 15 [por ciento de coima] adelante”! Otro ejemplo es la ley Banelco a la que hace referencia el periodista: justamente, un proyecto de flexibilización laboral impulsado en el año 2000 por las cámaras empresarias y para cuya aprobación se pagaron coimas millonarias a senadores (el escándalo disparó la renuncia del vicepresidente de De la Rúa, Carlos “Chacho” Álvarez).

Por supuesto, no se trata sólo de las coimas y la corruptela: la mancha indeleble de la burguesía argentina desde su nacimiento mismo, como lo demuestran todas las investigaciones históricas serias, es que se trata de una clase que, a diferencia de las burguesías revolucionarias de los siglos XVII y XVIII, no sólo no revolucionaron el Estado sino que sólo pudieron crecer y prosperar a la sombra y bajo el amparo de éste. Por eso, toda invocación a la “libre iniciativa privada” en boca de los capitalistas argentinos, eternamente prebendarios, socios y a la vez saqueadores del Estado, suena como Astiz defendiendo los derechos humanos.

Era de esperar que, con semejantes antecedentes, las entidades patronales aplaudieran sin hacer olas la intención del macrismo de cambiar las leyes laborales, sin mucho margen para hacer cuestionamientos. Es aquí que entra la figura del “hombre sin pasado (impresentable)”, un “emprendedor” moderno, tecnológico, del siglo XXI, que “se hizo solo, sin ayuda del Estado”: Marcos Galperín. Vamos a presentarlo.

Un emprendedor global sin “raíces argentinas”

Galperín, creador de Mercado Libre, no es un empresario del montón. Es, según la revista Forbes, uno de los exactamente siete argentinos con un patrimonio superior a los mil millones de dólares (en inglés, “billionaire”). Vocero del grupo Endeavor, promotor de la “cultura emprendedora”, es además amigo personal de Mauricio Macri y representa el paradigma de los “valores PRO”, que por ejemplo la reforma educativa macrista quiere inculcar a los jóvenes de este país: “innovador”, “exitoso”, “emprendedor”, “competitivo”, “adaptado a las tecnologías del siglo XXI” y un largo etcétera. De hecho, más de una vez el ex ministro de Educación Esteban Bullrich propuso como objetivo de la “nueva educación” el de “detectar y crear los nuevos Marcos Galperín”.

A todo esto, ¿en qué consistió el famoso tuit de Galperín? Textualmente: “Viendo la reforma laboral Brasilera, Argentina puede 1) imitarla 2) salirse del Mercosur 3) resignarse a perder millones de empleos a Brasil” (9-9-17). Si dejamos de lado la penosa ortografía y sintaxis de Galperín, el mensaje está claro. Como dijo un ejecutivo de una automotriz: “Todos pensamos lo mismo. La diferencia es que algunos se animan a decirlo y otros no”. Claro, los que no se animan son los que tienen la colita demasiado sucia.

La comunión conceptual y política de Galperín con la reforma brasileña tiene incluso un argumento también profusamente utilizado por Macri: el proceso de transformación del mundo laboral que motorizan las tecnologías digitales. Sin entrar en el tema en profundidad (algo que merece una elaboración mucho mayor, que estamos en curso de desarrollar), sólo señalaremos que con la excusa de “prepararnos para los empleos que todavía no existen”, lo que se propone como modelo es una “uberización” de las relaciones laborales, donde los empleados no son tales sino “proveedores independientes” sin relación de dependencia; donde el trabajo deslocalizado, itinerante, nómade, “co-working”, abre un panorama de trabajadores encapsulados, sin contacto personal cara a cara con sus compañeros; con una creciente estratificación entre los “creativos” y los que quedaron fuera de los empleos “cognitivos” y, por supuesto, con una competencia individualista brutal sin el menor espacio para prácticas colectivas y para organizaciones sindicales, “tradicionales” o nuevas. Es exactamente el ambiente de trabajo de Mercado Libre.

En verdad, la empresa de Galperín es un perfecto ejemplo de los llamados “unicornios” (firmas tecnológicas creadas recientemente y con un valor de más de mil millones de dólares). No sólo por el modelo laboral, sino por el modelo de relacionamiento con el Estado: a diferencia del grueso del empresariado argentino, que vive de la prebenda de, el negociado con o la estafa al Estado, estas compañías tienen el sello de lo global. Esto es, no piden al Estado más que “laissez faire” (dejar hacer) y tienen muy poco o ningún compromiso o raigambre social, laboral o tecnológica con el país. Como dice el citado Burgueño, Galperín es “alguien que podría en horas levantar toda su inversión en la Argentina, trasladarla a cualquier otro mercado con costos más bajos y continuar creciendo exponencialmente. (…) Un caso muy diferente de la realidad de los representantes de las cámaras (…) de la construcción, comercio, industria manufacturera o servicios, [que] deben invariablemente sentarse a negociar con los sindicatos ortodoxos y establecidos del país. Algo de lo que Galperín puede prescindir” (cit.).

Está a la vista, entonces, la distancia entre los deseos y la realidad: Galperín pide una reforma a la brasileña que sea compatible con el mundo sin sindicatos, delegados, convenios ni paritarias en el que él vive. La patronal argentina aplaude lo que por ahora es una utopía capitalista estilo Ayn Rand, pero sabe que vive en el mundo de la burocracia sindical peronista, la CGT, la vanguardia combativa de izquierda y unas relaciones de fuerza que no son las de Brasil.

Esclavizar al trabajador y que no sirva para nada

La reforma laboral impulsada por el gobierno del corrupto y golpista Michel Temer en Brasil es tan abundante en detalles macabros para los trabajadores que sólo nos concentraremos en algunos, precisamente los que más interesan a los empresarios argentinos. Lo más importante es la “libertad” del empleador de pactar “libremente” con su “libre” empleado sueldo y condiciones de trabajo. Por supuesto, la “dictadura” que coartaba esa “libertad” era la de los sindicatos y los convenios colectivos, que ponían un límite a la voracidad explotadora del patrón y lo obligaba a cumplir determinados pisos de salario y condiciones laborales que un trabajador aislado jamás le podría arrancar. Es el sistema que rige hoy en Argentina (y en no muchos países más, a ese nivel), y que no regirá más en Brasil si se impone la reforma patronal de Temer.

A eso cabe agregar lindezas como que la jornada laboral puede extenderse hasta 12 horas sin pagar horas extras, convertir las vacaciones en remuneración, eliminar la cobertura de de los accidentes in itinere (en viaje de y hacia el trabajo) y en general acomodar los términos del contrato laboral, desde la extensión de la jornada semanal y diaria hasta las vacaciones, a las necesidades del proceso productivo, pisoteando sin escrúpulos décadas de legislación laboral. ¿Quieren más? Ahí va: el pago del salario ya no es mensual sino por semana o incluso por día, permitir el trabajo a embarazadas en ambientes insalubres y eliminar la obligatoriedad de la cuota sindical (lo que haría desaparecer a la mayoría de los sindicatos).

Lo irónico del caso es que estas reformas, supuestamente indispensables para “recuperar competitividad” de la economía en el marco de una creciente apertura a una globalización que nivela para abajo en materia de derechos laborales, tendrán, según calculan sus propios defensores, unos efectos pasmosamente insignificantes a costa de una total disrupción de la vida laboral y personal de millones de brasileños.

En efecto, tres economistas del Banco Itaú (Fernando Gonçalves, Luka Barbosa y André Matcin), muy entusiastas ellos de la reforma de Temer, hicieron un estudio comparativo teniendo en cuenta medidas similares en Italia e Islandia (2009), Rumania y Portugal (2011), Grecia, España, México, Irlanda y República Checa (2012) y Serbia (2014). En el trabajo tuvieron en cuenta casi una decena de indicadores de “eficiencia” del mercado laboral, todas en el mismo sentido de arruinarles la existencia a los trabajadores. Pues bien, el resultado de la reforma Temer, según calculan, sería hacer avanzar el índice de eficiencia laboral de Brasil en la tabla del World Economic Forum (los garcas de Davos, por si no lo recuerdan) desde la posición 117 hasta la… 86.

¿Les parece poco? Pues más irrisorio todavía es el progreso en el índice de competitividad global, donde Brasil, en una escala de 1 (menos competitivo) a 7 (más competitivo) pasaría de 4,06 a 4,09, subiendo del puesto 81 al puesto… 78. “En principio, el impacto parece pequeño [la verdad que sí. MY], pero al correlacionar el PBI per cápita con la nota global de competitividad, observamos que la mejora calculada es compatible con [ni siquiera “equivale a”, sino sólo “es compatible con”. MY] un crecimiento del 3,2% del PBI per cápita brasileño en un horizonte de cuatro años (0,8% anual)” (citado por J. Herrera en Ámbito Financiero, 7-8-17).

¿Se entendió? Le estropeamos la vida a millones, pero el resultado estratégico muestra hasta qué punto el sacrificio vale la pena: un cero coma ocho por ciento anual de crecimiento del PBI per cápita. El peor negocio del planeta para los trabajadores y para la economía de Brasil, pero la octava maravilla del mundo para la patronal esclavista del país vecino. Un destino por el cual los empresarios argentinos suspiran de envidia y rezan el Evangelio según San Marcos Galperín, esperando que el Sumo Pontífice Mauricio I obre el milagro y les dé la reforma esclavista que tanto desean pero que no se atreven a pedir en voz alta.

Marcelo Yunes

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