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Trump y su discurso en las Naciones Unidas

Por Claudio Testa

Probablemente, las dos cosas. Con los mismos métodos mafioso-mediáticos con que desarrollaba sus negocios inmobiliarios u organizaba concursos de belleza en Las Vegas, Trump pretende dar marcha atrás al curso irreversible del mundo en los últimos tiempos, en el cual EEUU ya no es la grande (y única) superpotencia que hace y deshace “a piacere”… Pero tropieza con inconvenientes difíciles de eludir. En primer lugar, que Estados Unidos –el imperialismo yanqui– ya no es el emperador del mundo frente al cual todos o casi todos se arrodillaban sin chistar.

Su discurso en la Asamblea General de las Naciones Unidas del pasado martes 19, sugiere que su reloj atrasa y/o que pretende salvar esta contrariedad enarbolando el “gran garrote”… sin tener en cuenta que hoy existen otros garrotes no menos temibles… Aunque EEUU sigue teniendo el principal, ya no es el único. Y con el agravante que detrás de él no tiene una nación alineada que, como en otras épocas, acataba las órdenes de la Casa Blanca, incluso las de hacer las guerras que el imperialismo yanqui necesitara.

Esa buena costumbre se fue deteriorando, desde Vietnam. Y además hoy EEUU está profundamente dividido en relación a Trump y a muchas otras cosas.

Pero veamos esto más de cerca.

Enemigos y amenazas

Su discurso fue, ante todo, una enumeración de enemigos a destruir… lo que pone en perspectiva otras tantas guerras, invasiones con más muertes y catástrofes humanitarias… Su discurso no fue una enumeración de los problemas de la humanidad –por ejemplo, que vuelve a crecer el hambre–, sino de las guerras y/o intervenciones que es necesario promover para destruir a los enemigos de Estados Unidos.

Según Trump, por orden de importancia, esa lista de malvados la encabeza Corea del Norte.

Las “advertencias” contra el régimen de Pionyang fueron lo más grave, escandaloso y criminal de su discurso. Es que Trump no amenazó simplemente con una intervención más sino con desatar una guerra nuclear cuyas atroces consecuencias, como veremos más adelante, irían mucho más allá de la península de Corea.

Por la importancia y gravedad de esta primera amenaza, que de alguna manera fue el eje de su discurso, la analizaremos en detalle más adelante.

Luego de Corea del Norte, en la lista de odios del habitante de la Casa Blanca siguen Irán y el pacto de desnuclearización firmado por Teherán con el “Grupo 5+1” (Estados Unidos –con Obama–, Rusia, China, Reino Unido, Francia y Alemania).

Con la ruptura de este pacto de desnuclearización, Trump no sólo satisface a la derecha republicana, sino ante todo al Estado colonialista y racista de Israel. El arrasamiento de Irán, después de que Irak y Siria han quedado en ruinas, es una de sus mayores aspiraciones geopolíticas de Israel. Por eso, cuando Trump vomitaba su amenazante excomunión de Irán, Netanyahu era casi el único que lo aplaudía a rabiar.

Las tablas de odio de Trump, se continúan con Venezuela y Cuba. Contra Venezuela, Trump no sólo ha dictado recientemente sanciones económicas. Antes de ellas, también amenazó con una intervención militar. Esto puso en dificultades a sus lacayos latinoamericanos, que estaban en ese momento expulsando a Venezuela de la Organización de Estados Americanos. Se vieron obligados a contradecir al amo de Washington y deslindarse de su propuesta de enviar los “marines”.

Esta “metida de pata” de Trump no ha sido obstáculo para que ahora algunos de sus más destacados sirvientes –el presidente brasileño elegido por nadie, Michel Temer; el colombiano, Juan Manuel Santos; el panameño, Juan Carlos Varela, y la vicepresidenta argentina, Gabriela Michetti– viajen a Washington para recibir las órdenes de Trump, sobre cómo redoblar la campaña contra Venezuela.

Asimismo, ya antes de la Asamblea General de las Naciones Unidas, Trump se había dado el placer de liquidar otro de sus odios. Hizo romper a EEUU con el Acuerdo de París contra el cambio climático… Trump, como gran parte de la derecha estadounidense, es “negacionista” de esta catástrofe que amenaza a la humanidad.

El destino quiso que Trump retirase a EEUU de ese Acuerdo semanas antes de que los super-huracanes, dinamizados por el cambio climático, arrasaran las costas de Texas y luego al Estado de Florida. Al cambio climático se lo puede negar desde la Casa Blanca… pero la realidad es otra cosa.

Finalmente, Trump cerró su discurso en la ONU con otra provocación, menos comentada pero no menos seria. Volvió a proclamar lo de “América First!” (“¡Estados Unidos, primero!”). Es con esta vieja consigna racista e imperialista que Trump ganó las elecciones.

Pero finalizar con esto un discurso en la Asamblea General de la Naciones Unidas, es decir: “¡Aquí mando yo! En este planeta, Estados Unidos está primero y al resto le toca obedecer!”

Luego de esta proclamación, Trump pareció advertir su “metida de pata”, frecuentes en los discursos de este personaje. Trató de enmendarla, pero resultó peor…

En el fondo lo más grave de esta proclamación –“América First!”– es que la realidad geopolítica mundial no la acompaña. EEUU conserva un peso importante, sobre todo militar. Pero hoy el mundo –le agrade o no a Trump–, es multipolar.

China ha pasado a “jugar en primera”, económicamente y ahora también a nivel militar. Rusia, semi-aliada de China, no tiene su misma envergadura económica, pero militarmente también puede medirse con EEUU. Además de ellos, hay una variedad de potencias regionales a tener en cuenta. Irán es una de ellas, y está saliendo fortalecida de las guerras de Medio Oriente.

En otras décadas, que el presidente de EEUU proclamase: “¡Aquí mando yo y sólo yo!”, como lo hizo Trump en la tribuna en la ONU, era grosero pero reflejaba una realidad. Pero ahora sólo es una expresión de deseos, que puede llevar a un curso muy peligroso de la situación mundial.

Sobre todo porque lo de Corea del Norte se va delineando cada vez más como un pretexto para intervenir… y no sólo contra Pionyang.

“No tenemos otra opción que destruir a Corea del Norte”

En verdad, a esta altura, está surgiendo cada vez más la pregunta de quién es el verdadero “enemigo” que Trump pretende enfrentar. ¿El estrafalario régimen de Pionyang? ¿O provocar una situación en que también China resulte seriamente afectada?

Desde ya, una guerra nuclear, aunque “técnicamente” se circunscriba a la península de Corea, sería un genocidio por partida doble. Podrían ser arrasadas tanto Corea del Norte como del Sur. Pero basta mirar el mapa, para comprobar que también China sería afectada.

Esto podría suceder, “casualmente” después que el gobierno de Trump ha iniciado una especie de “guerra económica” contra China.

Es que la economía de EEUU con Trump no está “en crisis”, pero no termina de superar la mediocridad de un crecimiento estimado por el FMI del 2,1% en 2017 y 2018. ¡Nada que ver con las promesas y pronósticos de Trump!

Trump ya ha encontrado al culpable de esta situación: se trata de China que le roba las patentes a EEUU, hace dumping y competencia desleal, y mil y una maldades…

Así, en estos días Robert Lighthizer –actual “US Trade Representative” (representante comercial de EEUU)– denuncia que “el modelo económico de China es una amenaza sin precedentes (sic) contra el sistema mundial de comercio”. Y estos clamores no fueron un hecho aislado sino parte de una amplia campaña anti-china del gobierno Trump… lo que no impide a EEUU endeudarse cada vez más con Pekín, mientras crece su déficit del comercio exterior.

A su vez, desde Pekín se desarrolla una campaña en sentido opuesto. Burlándose de una consigna de Trump, se le agradece que el mal funcionamiento de EEUU, las divisiones políticas, etc., estén “haciendo grande a China otra vez”.

El hecho es que las tensiones China-EEUU van en crecimiento y se entrelazan con los problemas políticos y militares que genera lo de Corea del Norte.

Washington pretende responsabilizar a Pekín de las actitudes y despliegues militares de Norcorea, aunque China los ha desaprobado… y además no controla a Kim Jong-un.

China responde, con cierta razón, que las cosas podrían comenzar a arreglarse si Washington aceptase retomar las negociaciones “a seis bandas” (China, Corea del Norte, Estados Unidos, Corea del Sur, Rusia y Japón), que se intentaron diez años atrás. En un primer tramo, Corea del Norte suspendería sus actividades nucleares y de misiles, a cambio de que EEUU y Corea del Sur suspendan los provocativos ejercicios militares conjuntos a gran escala que hacen anualmente. A partir de allí podrían negociarse otros pasos para desarmar esa bomba de tiempo geopolítica.

Pero Estados Unidos sigue negándose a intentar esa salida. Entonces, la responsabilidad no sólo es del extravagante dictador de Corea del Norte. ¡Y Trump, simultáneamente, exige a China que se encargue de desarmar a Pionyang… a cambio de nada!

Más ampliamente, Trump, con su discurso en las Naciones Unidas, parece haber optado por el camino opuesto, de agravar las tensiones que están llevando las cosas al borde del abismo. Su consigna de “destruir a Corea del Norte” es doblemente criminal, porque eso nunca podría ser gratuito. Junto con el genocidio monstruoso que abarcaría a las dos Coreas, también podrían ser afectados China, Japón e incluso los mismos EEUU.

En la historia han abundado los gobiernos y regímenes que pensaron que una buena guerra en el exterior solucionaría los problemas y fracturas al interior. A veces esto funcionó pero otras veces hundió a sus promotores. Claro que en esas épocas no había bombas nucleares.

¿Es probable que tras el discurso delirante de Trump aliente efectivamente la idea de que para salir de las dificultades –desde la división política que cruza EEUU hasta su relativo estancamiento económico– sería una buena solución atacar a Corea del Norte?

Si así fuese, la conducción del imperialismo yanqui no estaría simplemente en manos de un payaso, sino de un peligroso “mono con navaja”, como se dice popularmente.

Como sea, las masas populares de Estados Unidos y, en primer lugar los sectores que lo vienen enfrentando, tienen el desafío de retomar las calles para impedir cualquier aventura militar que puede tener las más trágicas consecuencias.

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