La coyuntura luego de la primera gran oleada de luchas contra Macri

“El conurbano sigue siendo el punto débil del Presidente: Macri tiene 20 puntos menos de imagen que en el resto del país. Lo que el gobierno pueda hacer en el conurbano definirá en gran parte su suerte electoral” (La Nación, 16/04/17).

Los cambios dentro de una coyuntura política pueden a veces confundir. Se crean coyunturas y mini-coyunturas, cambios de frente de un día para el otro que pueden hacer perder el sentido de las cosas, las definiciones principales.

De ahí que en este editorial pretendamos destacar los trazos gruesos de la nueva coyuntura abierta las últimas semanas, una vez que ha pasado la primera oleada de grandes luchas y movilizaciones bajo el gobierno de Macri.

Las múltiples caras de la coyuntura

La primera definición pasa por entender la firmeza oficialista: el giro “thatcheriano” que ha dado en los últimos meses: su pretensión de imponerle una derrota ejemplificadora a los docentes; su vocación por controlar la calle.

La base principal de esto es que el gobierno está apoyado por un frente cerrado de toda la patronal y el imperialismo. Esto se ha ratificado en las últimas semanas. Y si hay algún debate alrededor del tipo de cambio, el nivel de las tasas de interés, el gasto público, etcétera, el respaldo empresarial al gobierno aparece hoy como incondicional.

Este es un elemento de importancia porque ninguna coyuntura política se compone de un solo elemento: por ejemplo, el nivel de las luchas. Es fundamental, también, qué ocurre con las clases medias, sus desplazamientos. Y, sobre todo, si la patronal se encuentra unificada o no. Desde el comienzo del gobierno de Macri insistimos que se había cerrado la división entre los sectores patronales que se había expresado bajo los K (ver la crisis del campo); que el de Cambiemos era un gobierno de CEOs agente directo de los empresarios.

Este es otro factor que hace a su fortaleza: un gobierno cuyo personal político es más directo del empresariado; considerado como “propio” por los capitalistas, a diferencia de cuando se trata de un “gobierno de políticos”, de alguna manera más “indirecto” en su representación de los intereses de las corporaciones.

Esta es una de las razones que explican que haya aguantado sin crisis política la primera gran oleada de movilizaciones en su contra; luchas que a partir de la “siesta” de la CGT luego del paro general del 6 (y de un conflicto docente formalmente no cerrado, pero que no supone lucha alguna), han entrado en una suerte de impasse

Si el gobierno de Macri se ha mantenido firme (contando en esto, también, con el apoyo de los sectores de las clases medias y medias altas reaccionarias -algo en torno al 25% del electorado), es simultáneamente por la complicidad de la burocracia sindical, que en todas sus expresiones se encargaron de manifestar que querían que llegara hasta el último día de su mandato.

Sin embargo, el mes y medio de paros y movilizaciones no han pasado sin dejar su huella política. El costo político del último mes y medio de endurecimiento, ajuste y movilizaciones ha sido muy grande.

Esta “huella política” fue trazada por dos sectores de los de abajo, por así decirlo. De manera activa por los que salieron a la palestra (los cientos de miles que se movilizaron en las diversas jornadas del último mes y medio); pero también por aquella amplísima franja de los trabajadores que han roto con el gobierno y se han pasado a la oposición motorizados por el deterioro de la situación económica (y que, justo es decirlo, se expresaron en el paro del 6).

Un compañero trabajador de nuestro partido nos decía: “se observa tristeza en el barrio”. Con esto se refería a un reflejo que es habitual; cuando la economía camina, hay crecimiento, hay un poco de dinero en el bolsillo de los compañeros y compañeras, esto se nota en el movimiento en los barrios obreros, en las reparaciones de las casas, en las construcciones, etcétera.

Pero cuando la situación económica se deteriora, como está ocurriendo ahora, esta actividad sufre un parate, se paraliza, lo que se traduce en la sensación de “tristeza” (agregándole a esto la bronca que se está acumulando contra Macri).

De aquí que haya que delimitar dos elementos más de la coyuntura: la condición minoritaria en la que aparentemente ha quedado el gobierno, y la marcha de la economía que es el complemento –la base material- de esta bronca que crece contra él. Luego retornaremos sobre el rol de la burocracia y la vacancia política que se ha abierto.

Un gobierno en minoría

Un elemento de fortaleza del gobierno es el apoyo de la patronal y de franjas de las clases medias y medias altas. Pero con esos apoyos no se llega al 51% que ostentó Macri en el balotaje. Ahí es donde viene al rescate la última encuesta de Poliarquía para el diario La Nación. Intenta demostrar que cuenta con el 53% del apoyo entre la población; que no es un gobierno minoritario (en abril se habría quebrado la tendencia a la baja de su popularidad observada en febrero y marzo).

Sin embargo, cuando se lee la letra chica de la encuesta, las conclusiones que se sacan no son tranquilizadoras para el oficialismo. Hay cuatro puntos que configuran un llamado de atención; en todo caso que hacen a la configuración que estamos señalando: que la oleada de luchas de marzo y abril no pasó sin graves costos para el gobierno.

Los datos son los siguientes. Primero, que la imagen positiva de Macri en el conurbano bonaerense (la mayor concentración trabajadora del país) sigue barranca abajo, estando hoy en la exigua cifra del 32%. Y téngase en cuenta que a diferencia de la confección de la encuesta (que establece un promedio nacional), en las elecciones cada voto cuenta, y donde más votos hay es en la provincia de Buenos Aires. Segundo, que la imagen del gobierno como un todo está por detrás de la del propio Macri: si en enero del 2016 rondaba el 58%, a comienzos de abril alcanza el 39%: veinte puntos menos. Tercero, que la evaluación de la situación del país también es adversa: sólo el 23% de los consultados opina que es buena; el 38% la considera mala y el 39% regular… Cuarto, el 47% hace responsable a Macri de la mala situación del país, mientras que un 44% culpabiliza a la herencia K (es decir, se ha invertido la proporción en relación al 2016 cuando el tema de la herencia era el dominante).

Como frutilla del postre la encuesta deja caer otro dato sustancial: si una mayoría dice molestarle los cortes, también es una mayoría la que rechaza reprimirlos.

¿Qué nos queda de este mosaico? Lo que resta es que difícilmente se pueda considerar al gobierno como mayoritario. El dato está atado a la imagen de Macri a nivel nacional (como promedio nacional), pero de ahí no se desprende que sea un gobierno mayoritario. Porque la verdad, lo que se siente en los lugares de trabajo y los barrios populares, es más bien lo contrario: mientras la patronal ha cerrado filas en torno a él, una mayoría creciente de los explotados y oprimidos lo reconocen como lo que es: como un presidente que gobierna exclusivamente para los ricos.

Precios calientes y consumo frío  

Veamos ahora los factores materiales que están detrás del descontento. No hace falta ser un genio para darse cuenta: se trata de la economía, del deterioro económico que está sufriendo el país.

La crisis arranca por la región, por Latinoamérica como un todo. Se espera un crecimiento anémico para Brasil este año de no más de un 0.5 o 0.7%, luego de una caída histórica del 8% en los últimos años; la mayor caída histórica de la economía brasilera desde los años 30 del siglo pasado. Este escenario, sumado a las incertidumbres en México por cuenta del nuevo gobierno de Trump, ha llevado a toda la región para abajo.

Paradójicamente, mientras que el FMI informa que la economía mundial estaría en una franca recuperación este año en algo en torno al 3.5% (se habría “sincronizado” el crecimiento internacional de los principales centros económicos mundiales, definición que hay que apreciar críticamente), para Latinoamérica se espera un crecimiento anémico en torno al 1.1%: todos los países de la región han descendido en sus índices de crecimiento respecto del promedio de cinco años atrás.

Y el dato es que la Argentina es parte de este mismo fenómeno, mal que le pese a los anuncios de “segundo semestre” que se reiteran en el oficialismo: los anuncios de un crecimiento que nunca llega. Néstor Scibona, editorialista económico de La Nación insospechado de izquierdismo, ha titulado su última nota de una manera que pinta con agudeza la realidad que se siente por abajo: “Una economía con precios calientes y consumo frío”.

Es que tomando los datos del FMI (¡que nadie podría sospechar de ser una agencia del comunismo internacional!), ya se observa el contraste con los anuncios grandilocuentes del gobierno: mientras que Macri habla de una inflación de “entre el 12 y el 17%” este año, el FMI ya ha anunciado que espera que al menos la misma alcance el 24.25%… Si del aumento de los precios pasamos al crecimiento, resulta ser que frente al 3.5% que figura en el presupuesto para este año, el organismo financiero internacional espera sólo el 2.2% y con tendencia a la baja.

En todo caso, resulta ser que el FMI mide mejor la “temperatura económica” que el gobierno; refleja mejor lo que se siente por abajo en materia de incremento de los precios, salarios a la baja, disminución del poder de compra, etcétera; la “tristeza” que se observa en los barrios populares.

Y, en este cuadro, el Banco Central comandado por Sturzenegger, no ha tenido mejor idea que aumentar la tasa de interés referencia hasta casi el 27%. Parece una cargada: ¿para qué aumentar hasta ese nivel las tasas cuando se espera una inflación de sólo el 17%? Se hace porque la inflación se ha desbocado respecto de las expectativas oficialistas; cuestión que, por lo demás, tiene el efecto de deprimir la economía porque encarece el crédito y dificulta las inversiones (y la creación de empleo), porque entonces los empresarios prefieren la “timba” a la inversión productiva: ha vuelto el lucrativo negocio de la bicicleta financiera (carri trade) que significa traer dólares, cambiarlos por pesos, ponerlos a interés, volver a cambiarlos por dólares y llevárselos del país con jugosas ganancias, sin agregar un centavo a la inversión productiva.

Con las políticas de ajuste del gobierno, llevando a la baja el salario (no olvidar que el consumo es responsable del 71% del producto), no se aprecia cómo se podría recuperar la economía. Se recuperarán seguramente las ganancias, pero eso evidentemente no va a servir para recuperar los favores de una población trabajadora que se aleja del gobierno por el deterioro económico.

¿Dónde está la CGT?

Un tercer elemento (elemento clave) para apreciar la coyuntura, es el papel de los dirigentes sindicales. La CGT convocó a un paro general exitoso el pasado 6 de abril; luego de dicha jornada se echó a dormir la siesta. De ahí el cambio de frente que estamos viendo en la coyuntura, donde luego de grandes luchas se aprecia ahora un “planchazo” (sumémosle a esto la situación paradójica de un conflicto docente no cerrado, pero sin lucha).

¿Cómo se explica esta realidad? Simple: como señalamos reiteradas veces en estas páginas, la conducción de la CGT no rompió con el gobierno; si se vio obligada a convocar a un paro general que no quería, es por el desborde y el bochorno expresado en el acto del 7 de marzo. Pero ahora ha vuelto a las andadas: se ha borrado olímpicamente; pasados más de diez días desde el paro general, no ha dicho esta boca es mía. Al parecer, recién mañana jueves 20 se reuniría para discutir los “pasos a seguir”…

Y no se trata solamente de que cuida la gobernabilidad. Se trata, además, de que la CGT no tiene, hoy por hoy, ningún plan político alternativo al apoyo al gobierno. En todo caso, esperará a que el PJ acomode sus fichas para inclinarse para algún otro lado; claro que siempre cuidando la estabilidad y que no haya desbordes (cuestión que, por lo demás, recién se despejaría después de las elecciones).

Un problema de naturaleza similar existe en el gremio docente. La conducción de SUTEBA (Baradel) no ha firmado la paritaria en la provincia de Buenos Aires; y la CTERA no ha sido convocada a nivel nacional (en algunas provincias sí se firmó, como por ejemplo en Neuquén, incluso con el vergonzoso aval de alguna corriente de la izquierda).

Sin embargo, tampoco hay conflicto, paros. Es que en el gremio docente se da la misma combinación que a nivel general: la burocracia le echó agua a la llama de la lucha en la provincia, temiendo que la pelea los desbordara; hizo esto mientras Vidal cometía provocación tras provocación, con el resultado de que el paro está levantado pero las propuestas de la provincia son inaceptables (parece imposible hacer que la base docente se trague la eliminación de la paritaria por tres años).

La cuestión es que los procesos sociales y políticos se encuentran tan entrelazados (planteando los problemas de la alternativa de dirección sindical y de vacancia política más general que le abren posibilidades a la izquierda), que de alguna manera le ponen límites a lo que la burocracia puede hacer y no hacer. Particularmente, en el caso del SUTEBA, están las elecciones del 17 de mayo, donde se presentará con posibilidades la Lista Multicolor encabezada por la dirigente de Tribuna Docente de La Matanza, y que nuestro partido integra provincialmente y en más de diez distritos.

De ahí que varios medios como Clarín le han alertado a Vidal que no sea “tan dura con Baradel” porque si triunfara la izquierda “sería peor”. Y, efectivamente, este es el problema que está presente. La Celeste se ocupó de echarle agua fría al conflicto pero, al mismo tiempo, no quiere cerrar formalmente una paritaria en la que, por del demás, debería firmar un acuerdo que seguramente será repudiado por la base; hasta el 17/05 el conflicto seguirá entonces latente.

Aquí es donde se coloca la “carpa itinerante”. Si frente a la represión había que defenderla, no deja de ser una maniobra de la Celeste: se orienta una procesión hacia la misma como sucedáneo de una lucha que se ha “aguado”; incluso los dirigente de la UTE en CABA (y las corrientes que le son afines como Patria Grande) han militado entre los secundarios contra las tomas de los colegios que se suscitaron en rechazo a la represión a los maestros, con la excusa de que la gran tarea sería “garantizar que todo el mundo vaya a la carpa”…

Conclusión: en la medida que la burocracia sigue siendo la que dirige los principales sindicatos del país, es la que tiene la llave de la coyuntura en gran medida; esto salvo que se produjera un estallido, un desborde de las bases de proporciones para lo cual todavía no hay condiciones.

De ahí que la coyuntura de las luchas se mediatice sin que, sin embargo, se vuelva al status quo anterior. Será el desarrollo de las próximas semanas y meses e, incluso, de las próximas elecciones, las que dicten si el país va a un escalón superior de crisis o no (si Macri perdiera las elecciones de medio término, las presiones sobre la gobernabilidad sin duda aumentarían).

El 1° de Mayo al Obelisco con la Izquierda al Frente por el Socialismo

Así las cosas, la pelea de la izquierda en nuestro país tiene como dos planos: en las luchas directas de clases, y en lo que hace a la dirección de sus organizaciones sindicales; y en el plano más directamente político-electoral. Pasado por ahora el momento de los primeros grandes enfrentamientos, lo dominante es la pelea por la cabeza de los trabajadores por así decirlo (tanto sindicalmente –ver el caso del SUTEBA- como electoralmente)

Una pelea que electoralmente, y en el terreno de la representación política, pasa por romper con la polarización entre Macri y los K. Hay que entender cómo funcionan las cosas aquí. Las dos “tiendas políticas” son expresión de los capitalistas; las dos trabajan para llevar todo el proceso social-político al terreno electoral. Pero eso no quiere decir que sean idénticos: Macri expresa la unidad de la patronal detrás de su plan de ajuste neoliberal; los K se ofrecen como fusible en caso se desate una nueva crisis general (un fusible cuyo programa se muestra como un retorno al “populismo”).

Si estos matices entre grupos políticos capitalistas existen, desde el punto de vista de clase expresan una falsa polarización: son dos expresiones políticas de los de arriba que viene a actuar para impedir cualquier alternativa desde la izquierda; igual papel le cabe a Massa, que viene a completar el cuadro para obturar cualquier posible deslizamiento hacia la izquierda.

Sin embargo, la izquierda es una realidad en nuestro país e internacionalmente. Aquí vienen a cuento las enseñanzas de la campaña presidencial de Philippe Poutou del NPA (Nuevo Partido Anticapitalista) en Francia, que con un perfil de independencia de clase (algo paradójico porque es parte de una corriente de la izquierda que en la mayoría de los países impulsa políticas de conciliación de clases), tuvo un gran impacto en el último debate presidencial, mostrando los alcances de la crisis de representación del sistema de partidos tradicionales.

Se trata de un malestar difuso, poco orgánico, que requiere tener puntos de apoyo para capitalizarlo (por ejemplo, mediante la participación electoral); pero que, de todas maneras, muestra un fenómeno dinámico que debe ser aprovechado para dar un salto en la influencia de nuestras organizaciones.

En el contexto de estas tendencias, sería importante que el FIT y la Izquierda al Frente presenten una alternativa común; pero de eso ni hablar. El FIT se constituyó, entre otras cosas, como una herramienta de proscripción del resto de la izquierda. Y, en ese sentido, hay que imponerle una derrota para abrir una rediscusión general: ¡esa derrota tiene nombre y apellido y tiene que ver con que la Izquierda al Frente pase las PASO!

En este escenario desde la Izquierda al Frente por el Socialismo sabemos la tarea que tenemos por delante: instalarnos como un frente de independencia de clase alternativo; hacer valer la militancia de nuestros partidos; los rasgos de “algo más” que una mera cooperativa electoral; la instalación de figuras como Manuela Castañeira en la provincia de Buenos Aires; ir a un enorme acto unitario el 1ª de Mayo en el Obelisco de nuestro frente (tener presente que no está nada claro que el FIT levante una tribuna común); un acto que muestre que hay otra alternativa de la izquierda clasista en nuestro país; acto para el cual debemos redoblar todos nuestros esfuerzos para hacer de la jornada del 1° de Mayo una jornada multitudinaria.

Roberto Sáenz

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