Mientras el macrismo sigue en su mundo virtual

Allá por principios de año, los economistas “serios” (esto es, los del establishment capitalista y neoliberal) eran unánimes en sus proyecciones positivas para 2017. Era un campeonato de quién daba cifras más altas de crecimiento del PBI, con un piso del 3,5% (FMI) hasta el 5% (Bein).  Todos asentían también en que el gobierno iba a domar la inflación, incluso en línea con las metas del Banco Central “del 12 al 17%” (es decir, el 17%). Por nuestra parte, los observadores marxistas y críticos del gobierno asistíamos atónitos a este espectáculo de unanimidad “científica” sin el menor rastro de elemento de prueba que sostuviera semejantes pronósticos.

Pues bien, no cabe más que volver a citar a Abraham Lincoln: se puede engañar a todo el mundo por algún tiempo, y se puede engañar a alguna gente todo el tiempo; lo que no se puede es engañar a todo el mundo todo el tiempo. La mentira ha salido a la luz. Las cifras de ficción empiezan a volver al planeta Tierra, continente americano, República Argentina. Los disparates basados en la más pura expresión de deseos, sin el menor elemento contaminante originado en los desagradables hechos, ceden paso a la realidad.

Y la realidad es la que vemos todos desde hace meses: la inflación no cede, la economía no repunta, los pronósticos de crecimiento del PBI no tienen bases sólidas, el ajuste continúa (aunque quieran disimularlo un poco hasta octubre), las inversiones no aparecen y el único negocio capitalista serio y rentable de este país es la bicicleta financiera. Por supuesto, estos factores están interrelacionados. Veamos cómo.

Empecemos por el elemento más estructural: la falta de crecimiento genuino de la economía argentina. No falta del todo a la verdad el macrismo cuando dice que “hace cinco años que no se crece”. En realidad, lo que hubo fue crecimiento raquítico, del orden del 2% del PBI anual en el mejor de los casos. Lo que el macrismo no explica, ni dice, son dos cosas. Primera, que su gestión no fue capaz ni siquiera de eso: el PBI en 2016 no sólo creció poco sino que cayó un 2,3%. Y segunda, que su proyecto de “crecimiento sostenido por 20 años” (!!) no es ni siquiera un plan enunciado; es directamente una frase revoleada al viento, como la pobreza cero, y con la misma chance de concretarse: justamente, cero.

¿Por qué sucede esto? Dicho rápidamente, el elemento central que corta las alas de la economía capitalista argentina es que no tiene condiciones estructurales para un crecimiento sostenido: no tiene sectores económicos lo suficientemente dinámicos, insertos en la economía mundial y con competitividad suficiente como para darle aliento a un ciclo largo de crecimiento. Por supuesto, no es un caso excepcional; en el fondo, algo similar ocurre con casi todas las economías de los países “periféricos”, que ocupan una posición subordinada en la división mundial del trabajo. Contra la sanata (hoy de capa bastante caída) de los “emergentes” que se comían los chicos crudos, la realidad es que hoy casi ninguna economía, por fuera de los países imperialistas clásicos y el caso especial de China, es capaz de ese “crecimiento sostenido por 20 o 30 años” con el que deliran Macri y su gabinete.

Dejemos a un lado el hecho de que el macrismo jamás tuvo ni tiene ahora ningún plan de desarrollo al estilo de los movimientos nacionalistas del siglo pasado; es risible incluso pensarlo, sobre todo si recordamos el rol protagónico del Estado en esos esquemas. La cuestión de fondo es que el shock de inversiones capitalistas a gran escala con el que delira el PRO requiere, incluso en el plano más hipotético, de condiciones externas (internacionales) e internas que hoy no existen. Entre las externas, haría falta un excedente de capital ávido de ganancias en inversiones directas dispuesto a venir a países como el nuestro; entre las internas, sería imprescindible asegurar a esos capitales condiciones iniciales sociales, económicas, laborales y jurídicas tales que garanticen altos retornos para sus inversiones productivas.

Al no haber nada de eso, lo que tenemos es una realidad mucho más modesta: los capitales que vienen lo hacen casi exclusivamente para beneficiarse de un negocio cambiario-financiero, el “carry trade”, que veremos más abajo. Esas “inversiones”, lejos de generar el menor circuito económico virtuoso, lo que hacen es poner más clavos en el ataúd del crecimiento. De más está decir que la conducta de la clase capitalista local no se distingue en nada de la de sus congéneres extranjeros, salvo quizá por su vocación todavía más rapaz, parasitaria, especuladora y chanta.

Del kirchnerismo al macrismo

Ahora bien, ¿cuál es la diferencia entre esta realidad y la de la economía kirchnerista? ¿Acaso no es verdad que hubo “crecimiento récord” en los años K, y que eso demostraría que otro camino capitalista es posible? Digámoslo enseguida: el kirchnerismo tuvo dos fases económicas, una “anormal” y otra “normal” (para los parámetros del capitalismo argentino). La primera fase “anormal” (2003-2008) juntó, precisamente, varias “anormalidades”: la salida de un default con crisis catastrófica de la economía (caída del PBI del 15%), que permitió rápido crecimiento económico, incluso industrial, sin modificar en lo esencial la estructura económica argentina, a partir del mayor uso de la capacidad instalada; un ciclo internacional extraordinariamente favorable de precios de materias primas, disparado sobre todo a partir de la inmensa demanda de la “revolución industrial” china; todo esto redundó en márgenes económicos para la acción política estatal mucho más holgados que bajo el “ajuste permanente” en la región en los años 80 y 90; condiciones políticas (también regionales) que daban estabilidad a una relación de fuerzas en la que todo intento capitalista de disciplinar o derrotar a la fuerza de trabajo estaba muy acotado de antemano.

La segunda fase mostró, precisamente, el paulatino deterioro y “normalización” de esos parámetros y, por ende, el fin de esos mayores márgenes de acción estatal. Es a partir de allí que, terminada la nafta del período anterior, la economía argentina volvió a mostrar los límites crónicos de su capacidad de acumulación capitalista genuina. Frente a este cuello de botella histórico, la “salida” que encontró el kirchnerismo para sostener el ciclo de crecimiento fue “estimular la demanda”, es decir, apuntalar el consumo interno para que no se viniera abajo la actividad económica. Cosa que logró en cierta medida, pero con un límite insalvable: desde el punto de vista de la acumulación capitalista, el crecimiento sólo se origina en la mayor inversión de capital (la única que puede generar más riqueza, u “oferta de bienes”, en términos capitalistas), no en el mayor nivel de consumo.

Por eso el crecimiento 2011-2015 fue tan raquítico: porque aunque la economía argentina, de bajo nivel de desarrollo, depende mucho del consumo del mercado interno, es imposible que despegue sin modificar su base productiva y su infraestructura. Sólo con consumo interno no hay desarrollo. Pero el PRO, que sabe perfectamente esto, promete lo que no puede cumplir: un nuevo esquema productivo basado en mayores inversiones capitalistas que no aparecen por ninguna parte.

Eso sí: como el PRO no cree en el mercado interno, revienta el consumo vía la baja del salario real. De esa manera, el kirchnerismo era un cuchillo sin hoja, y el PRO es un cuchillo sin hoja al que le falta el mango.

Una economía sin motor propio

En el fondo, lo que está haciendo eclosión ahora en la economía macrista es la gran pregunta que muchos nos venimos haciendo desde que asumió la gestión PRO y que sigue sin respuesta: ¿cuál es el motor de la economía bajo Macri? Como vimos, el kirchnerismo tenía una respuesta: el motor es el mercado interno. Respuesta insuficiente e incapaz de generar el famoso “crecimiento sustentable”, pero respuesta al fin. El macrismo, en cambio, no es capaz de sostener un discurso único respecto de cuál es el centro de la dinámica económica a la que se aspira. Al principio era la “lluvia de inversiones” que iban a venir gracias a los ojos celestes de Macri. No pasó. Después fue el endeudamiento monstruo, hasta que se supo enseguida que era deuda para pagar deuda que se paga con deuda, sin salir nunca de ese círculo infernal. Después fue un “plan de obra pública” que nadie sabe en qué consiste, cuánta plata involucra y de dónde sale; sólo escuchamos máquinas haciendo ruido en los spots de TV. Después fue el “éxito del blanqueo” (más abajo veremos en qué consiste).

Ahora, con la cuenta regresiva electoral, el macrismo decidió dos cosas: primera, que al final de cuentas el Estado tiene que gastar un poco y postergar algunos tarifazos (hasta el lunes posterior a las elecciones). Y segunda, que “la mejora del salario real con las paritarias” (??) va a mejorar los números de consumo interno. Lo que nadie sabe, empezando, parece, por el gobierno, es quién o qué va a traccionar la economía hacia el “crecimiento sostenible”.

Pasemos en limpio los elementos básicos: el consumo interno se derrumba como consecuencia de la recesión; cae la construcción (el aumento de operaciones inmobiliarias es puro efecto del blanqueo, no de la reactivación de las obras); cae la producción industrial; el comercio exterior sigue en la misma senda de estancamiento de hace cinco años, sin repunte ni en volúmenes exportados ni en precios (con el agravante de que mayores importaciones en algunos sectores golpean a una industria local ya alicaída). ¿Qué es lo que sube? Pues los rubros más concentrados del campo (y sólo ellos, porque las economías regionales y los pequeños productores están en el fondo del mar), el consumo de bienes de lujo (¡lógico!) y el sector financiero. Punto; nada más.

Como nada indica que este panorama “mixto” (si se puede llamar tal a un cuadro donde el 10% crece y el resto cae) vaya a cambiar en los próximos meses, economistas y consultoras tiraron la toalla y abandonaron los “pronósticos-deseo”.

Es así que, una tras otra, empezaron a caer las previsiones de crecimiento del PBI y a subir las estimaciones de inflación para este año. En el caso del PBI, primero se bajaron del 4-5%, después retrocedieron hasta el 3%, y ahora el FMI ha terminado de reconocer que el rey está desnudo: estima que el crecimiento en 2017 no superará el 2,2%, es decir, menos que el miserable crecimiento de 2015 del que tanto se burló el PRO en campaña electoral. De la inflación, ni hablar: si bien nadie creía en el 17% del Banco Central, el establishment económico tenía la precaución de hablar del 20-21%, que se veía como un avance respecto del 41% de 2016. Lejos quedaron los anuncios del gobierno, a fines del año pasado, de que “la inflación núcleo ya está en el 1% mensual”. Lo que efectivamente sucedió este año es que la inflación del primer trimestre fue del 6,3%, que la inflación de abril no va a bajar del 2,3% y esto da una inflación para el primer tercio del año del 8,7%, lo que anualizado da el 28,5%. El gobierno jura y perjura que en el segundo semestre la inflación va a caer al 1% mensual. Pero es todo cuestión de fe, y se ve que el FMI no es muy creyente, porque en su último informe calcula la inflación argentina por encima del 25%.

Por supuesto, esa cifra encadena todo lo demás. Porque si la inflación real ronda el 25%, con paritarias que el gobierno quiere clavadas en el 20-22% como máximo ¿de dónde va a salir la “suba del salario real” que se suponía iba a “reactivar el consumo interno”, que a su vez iba a impulsar el ya moderado crecimiento económico del 2%? Si se dispara la inflación, se destartala hasta el último estante de las previsiones económicas. Y todo en un año electoral. Por eso el bueno de Miguel Ángel Broda se mostró tan preocupado de que “acá no hay plan A, ni plan B, y esta política a largo plazo es insostenible”.

El negocio de las Lebac y el “carry trade”

En este contexto, la clase capitalista argentina (y los pocos capitalistas extranjeros que ven a estas pampas como destino posible para sus inversiones) se aferra a dos tablas de salvación que le ha tirado el propio gobierno. Una fue el blanqueo de capitales, o, para llamarlo por su nombre real, la autoamnistía para evasores fiscales, lavadores de dinero y fugadores de divisas. El clamoroso “éxito” del blanqueo se mide en que se declararon bienes por 116.800 millones de dólares (el 80% de ellos, fuera del país).

Aclaremos que esa cifra es acaso el 25% del total real de bienes en el exterior de la clase capitalista argentina, y que si consideramos la cifra promedio de activos blanqueados por operación, el resultado es que los peces más gordos son justamente los que no entraron. Más bien, los que se sumaron al blanqueo son “la clase media del empresariado”, no el sector más concentrado. En suma, la dádiva que recaudó el Estado argentino por condonar la estafa al mismo Estado y al conjunto de la Nación fue un total de 9.500 millones de dólares en concepto de “multas”.

¿Es mucho o es poco? Depende cómo se mire. Comparado con los blanqueos anteriores, es bastante. Comparado con el saqueo monumental a lo largo de décadas que llevaron a cabo empresarios grandes, medianos, pequeños y piojosos de este país, es una miseria. Y comparado con las necesidades fiscales del Estado argentino y las provincias, que siguen embarcadas en el mayor festival de endeudamiento (¡para financiar gastos corrientes, no de infraestructura!) de que se tenga memoria en lo que va del siglo, también es insignificante.

Pero pasemos al que hemos llamado el único negocio capitalista coherente que ha dado hasta ahora la Argentina macrista: el llamado “carry trade” y la compra de letras del Banco Central (Lebac). Es la cosa más sencilla que hay. Consiste en lo siguiente: un inversor local o extranjero tiene un capital, digamos, en dólares. Los vende en Argentina y coloca los pesos resultantes en Lebac, títulos de deuda del BCRA que pagan un interés del 23-24% anual. Pero la inversión no se hace a un año, sino en general a 30 días, lo que implica cobrar un interés sobre el capital inicial de casi el 2% en un mes. Cumplido el mes y cobrado el interés, se puede renovar la Lebac a otro mes y ganar otro 2%.

¿Por qué es un gran negocio? Sencillamente, porque el valor del dólar está quieto, e incluso baja. Entonces, comprar Lebac en pesos da en dos meses una ganancia del 4% no en pesos, sino en dólares. Comparemos con las tasas de interés internacionales: un bono del Tesoro yanqui rinde en dólares un 2% por año, no por mes. Un bono del Banco Central Europeo, y ni hablar del de Japón, rinde todavía menos, y algunos directamente tienen tasa negativa, es decir, uno retira menos plata de la que puso.

El negocio es tan redondo y tan seguro que ya casi no queda ningún gran inversor que se quede afuera de él. La garantía es política: el BCRA se autoasignó una meta de inflación del 17% anual, y eso significa dos cosas. Primera, que va a hacer todo lo posible para planchar el valor del dólar (al menos hasta las elecciones) como “ancla” del índice general de precios (lo mismo que hacía el kirchnerismo, pero con menos dólares). Y segunda, que va a hacer todo lo posible para “secar la plaza”, esto es, para absorber los pesos que emite el propio BCRA y con los que compra los dólares que entraron por toma de deuda y por el blanqueo.

Esa absorción de pesos es necesaria, porque si no salen del mercado vía las Lebac, van derecho a alimentar la inflación. Pero evitar eso significa, simplemente, que el Banco Central se endeuda: la emisión de dinero no es otra cosa que eso. ¿Con quiénes se endeuda? Pues con quienes compran Lebac: los bancos y grandes inversores. ¿Cómo retribuye a sus acreedores? Pagando tasas de interés altísimas en términos internacionales, del orden del 2% mensual. Es por eso que en cada vencimiento de Lebac, al BCRA le sobran candidatos a prestarle.

En resumen, el circuito es éste: 1) el Estado emite deuda en dólares, 2) el Estado le vende esos dólares al BCRA, que le paga en pesos, que a su vez el Estado usará para sus gastos corrientes en pesos, 3) el BCRA guarda los dólares como reservas, 4) el BCRA sale a absorber pesos del mercado emitiendo letras en pesos (Lebac) y tomando depósitos de los bancos, llamados pases, 5) bancos e inversores se quedan con Lebac y pases del BCRA a la jugosa tasa de interés del 2% mensual, 6) todos esos pesos que están “inmovilizados” en títulos del BCRA no van a parar al dólar, lo que asegura la estabilidad del precio de la divisa… y la ganancia en dólares de los que le prestan al BCRA, 7) todo ese dinero, que ya suma casi 900.000 millones de pesos, equivale a más del 120% del monto de las reservas totales del BCRA y más del 75% de todas las colocaciones privadas, lo que significa que ese dinero no va a parar al crédito privado, 8) por lo tanto, la “política antiinflacionaria” del BCRA lo que hace es garantizar una ganancia en dólares única en el mundo (la rentabilidad del sistema financiero sigue como la sombra al cuerpo el rendimiento de las Lebac), planchar el valor del dólar como intento de bajar la inflación y dejar a todo el sector privado sin crédito o con crédito carísimo, lo que tira abajo la marcha general de la economía.

De esta manera, atado al dogma neoliberal de que la inflación es un fenómeno exclusivamente de origen monetario (como si los factores estructurales no existieran), la única acción del gobierno para frenar la inflación es, por un lado, replicar la política kirchnerista de reprimir el valor del dólar, y por el otro, barrer con todos los pesos posibles del mercado al costo de liquidar el crédito, con el consiguiente deterioro de la actividad económica. Así, el resultado es el que estamos viendo: la inflación no se detiene, pero la economía se frena, el déficit fiscal se mantiene (pero sin gasto público productivo y con menos subsidios), cae el empleo y aumenta la deuda en dólares (del Tesoro Nacional) y en pesos (del Banco Central, el llamado “déficit cuasifiscal”). Todo en el marco de un año electoral que impide al gobierno hacer antes de octubre el ajuste salvaje que le reclama el empresariado y el FMI, y que está perfectamente dispuesto a llevar adelante, pero recién a partir de 2018.

Marcelo Yunes

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