A propósito del debate Altamira-Kane en el Partido Obrero

En los últimos meses se hizo público un debate al interior del Partido Obrero acerca del carácter de la Revolución Cubana. Se trata de una polémica entre Jorge Altamira, dirigente histórico del Partido Obrero, y Guillermo Kane, ex diputado provincial del PO. La novedad del mismo es que quien desencadena el debate es Altamira, modificando de forma drástica su posición sobre la revolución en Cuba y abriendo fuego sobre la posiciones de Kane, calificándolas directamente de “guevaristas”.

El hecho de hacer público el debate por parte de Altamira, al que le siguió una larga respuesta pública de Kane (y luego una respuesta de Altamira) hace al mismo uno que excede la puertas adentro del PO. En nuestro caso de forma particular, desde la Corriente Internacional Socialismo o Barbarie somos de la idea, desde nuestra fundación hace más una década, que las posiciones que ahora tiene Altamira sobre Cuba son correctas y por lo tanto saludamos esta ruptura con el enfoque objetivista propio del viejo trotskismo de pos-guerra.[1]

Así, para aportar al debate queremos detenernos a señalar algunos elementos que van en el sentido del nuevo análisis de Altamira en relación a cómo definir el carácter de una revolución, tomando, en este caso, la experiencia de la Revolución Rusa.

 

Socialismo y clase obrera

El siglo XX fue el primero en la historia humana en el que una clase explotada y oprimida se hace del poder del Estado y trata de avanzar hacia una sociedad donde se ponga fin a la explotación del hombre por el hombre. La primera experiencia en ese sentido fue la URSS, puesto que por el breve episodio de la Comuna de París, apenas esbozó elementos de un nuevo tipo de Estado pero no de formas sociales nuevas. Luego le siguieron otras experiencias, entre las más destacadas la de China, por ser la mayor revolución de post-guerra, y la cubana, la única revolución social triunfante en Occidente.

Todas estas revoluciones se denominaron a sí mismas como socialistas. Incluso China, que ya es una suerte capitalismo de Estado, sigue denominándose de esa manera. Pero los marxistas no vemos en las etiquetas lingüísticas el reflejo del contenido real de las cosas, sino que las definimos por hechos materiales, sociales y políticos que efectivamente acontecen. Pongamos un ejemplo ilustrativo. La experiencia de la Revolución Bolivariana decretó en el 2005, de la mano de Chávez, que su carácter era socialista, sin embargo casi ninguna corriente del trotskismo se fijó sólo en esa denominación para tomar esa declaración como un hecho que sucedía o tendía a suceder en la realidad. Para verificar eso los marxistas nos fijamos en dos cosas centrales: si el poder se lo hizo la clase obrera y si avanza en un sentido anticapitalista, expropiando los medios de producción a la burguesía. Cosas que en Venezuela nunca sucedieron. Y por lo tanto no existe en los hechos, ni como tendencia, un carácter socialista del proceso venezolano.

En lo que se hace a la Revolución Rusa, las cosas fueron muy distintas porque el poder le fue arrebatado a la burguesía por la clase obrera insurrecta, abriendo una dinámica en la cual podía abrir las puertas para una progresiva socialización de los medios de producción. Porque el objetivo final de la revolución obrera no es la destrucción del capitalismo: la expropiación de la burguesía es un medio para un objetivo superior que es la abolición del trabajo asalariado, la explotación económica, la esclavización de unos seres humanos por otros. Y precisamente en esa tarea no es posible sustituir a la clase obrera con la pequeña burguesía o con un partido que haga las veces de “revolucionario”. No. Pero el trotskismo de post-guerra, producto de una mirada unilateral, perdió como norte este objetivo central que hace a los verdaderos objetivos emancipatorios del proletario. Por eso, “socialista” sólo puede ser la adscripción a una revolución que lleve al poder a la clase obrera y se ponga como tarea esa construcción social.

Los casos chino y cubano contuvieron, sin embargo, el “elemento negativo” de una revolución, negando de hecho el poder de los capitalistas. Pero carecieron del “elemento positivo”, es decir, el de abrir una dinámica socialista al proceso, esto es: de un progresivo empoderamiento de los trabajadores, de socialización del trabajo y de extensión internacional de la revolución. De ahí que fuesen revoluciones anticapitalistas pero no socialistas. Así, una de las enseñanzas que nos dejó el siglo XX es que no son sinónimos el anticapitalismo y el socialismo. Y que sólo pueden combinarse si es la clase obrera la que se hace del poder realmente.

 

La URSS y la pérdida del carácter socialista en la década del 30              

En el caso de la URSS las cosas fueron cualitativamente distintas al resto de las revoluciones triunfantes del siglo XX. La clase obrera, por intermedio de sus organismos de poder y su partido revolucionario, protagonizó una insurrección, tomó el poder del Estado y expropió a los capitalistas. El hecho de hacerse del poder, y transformarse en clase dominante, fue lo que llevó a Lenin y a Trotsky a definirla como un Estado obrero. Un Estado donde, a pesar de todas las deformaciones burocráticas, del atraso económico del país, de las normas de distribución burguesa de los productos que aún pervivían, de la enorme cantidad de campesinos que poblaban Rusia y sus naciones, era uno donde el poder había sido tomado por la clase obrera y de hecho lo ejercía por distintas intermediaciones.[2]

En su profundo estudio La revolución traicionada Trotsky señaló, años después, las causas que llevaron a la burocratización y contrarrevolución y que derivaron en un Estado donde la clase obrera ya no tomaba arte ni parte en sus asuntos, pero que aún pervivía la propiedad estatizada. Pero viendo el avance descontrolado de la burocracia stalinista sobre los resortes del conjunto económico, social y político del Estado, el mismo señalará que la definición de “obrero degenerado” estaba “al borde de su propia negación”[3]. O incluso en el texto Bolchevismo y Stalinismo, plantea que “En particular Lenin ha indicado, más de una vez, que la burocratización del régimen soviético no es una cuestión técnica o de organización, sino que es el comienzo de una posible degeneración social del Estado Obrero”.[4] Es decir, no es una contrarrevolución política que sólo podría afectar a la forma del Estado (si es dictadura revolucionaria, una democracia o una dictadura burocrática) sino que podría ir a una escala superior, afectando las bases sociales, es decir, el carácter obrero mismo.

También hay que tomar en consideración los análisis del revolucionario de la Oposición de Izquierda, Christian Rakovski. Permaneció muchos años más en la URSS y Trotsky lo consideraba una de las mejores fuentes de lo que sucedía en esas tierras[5]. En sus textos fue un poco más allá y en la década del 30 señalaría que “Nuestra tarea más urgente es estudiar con la mayor atención posible el proceso de formación de la burocracia soviética, el proceso de transformación del Estado soviético en Estado burocrático”; y luego: “De un Estado proletario con deformaciones burocráticas –como lo definía Lenin- nosotros vemos el paso a un Estado burocrático con restos proletarios comunistas[6].

O el texto Los peligros profesionales del poder, de 1928, señala que “La burocracia de los Soviets y del Partido constituye, de hecho, un nuevo orden. No se trata de casos aislados, de desfallecimientos en la conducta de un camarada, sino más bien de una nueva categoría social, a la que debería consagrársele un estudio específico.”[7] Dando cuenta del nuevo fenómeno social que estaba frente a ellos y de que la contrarrevolución stalinista había llegado a sobrepasar su carácter político, superestructural, sino que se trataba de un nuevo órgano social diferenciado ya de la clase obrera y por lo tanto esta misma ya había sido desalojada completamente del poder. Y así la burocracia stalinista se apoderó de la propiedad de forma directa, como señalara Rakovski: “Lo que une a esta clase original es una forma original, también, de la propiedad privada, es decir, la posesión del poder estatal. La burocracia es dueña del Estado como su propiedad privada (Marx)”. [8]

 

Así, la apuesta política de Trotsky de seguir sosteniendo la categoría de “estado obrero” durante la década del 30 se mostró insuficiente para dar cuenta del carácter profundo de la degeneración burocrática. Esta insuficiencia se debía al hecho que su caracterización se apoyaba más en el “criterio” de la estatización de los medios de producción (como producto de la expropiación al capital), que en el “criterio” del sujeto social que (no) seguía teniendo el poder. Pero claro, Trotsky se negaba a dar por liquidado ese proceso y veía en la venidera guerra mundial un momento clave y definitorio que terminaría de definir el contenido social del Estado. Una contienda militar semejante afectaría el rumbo de la URRS: o triunfaba el imperialismo alemán sobre la URSS, restaurando el capitalismo, o la clase obrera recuperaba el poder a través de una revolución política. Sin embargo, ninguna de estas dos vías fue la resultante. Y en su lugar se consolidó un gigantesco aparato estatal dominado de punta a punta por la burocracia.[9]

Por lo tanto, y la comprensión del hecho de que el Estado obrero fue destruido en la temprana década del 30, esto es la pérdida social y política de la clase obrera en su rol de clase dominante, nos lleva a la conclusión de que se liquidó la dinámica de transición al socialismo que se había abierto en Octubre de 1917. En su lugar se abrió una dinámica contrarrevolucionaria y la puesta en pie de una organización (el Estado stalinista) que bloqueará no sólo el socialismo en Rusia sino, en la medida que pueda, cuanta revolución surja en el mundo.

 

Bloqueo socialista y revoluciones de post-guerra

Una vez derrotada la clase obrera europea y rusa, y Stalin salido victorioso de la contienda bélica del 39-45, el “mundo de las revoluciones” venideras será muy distinto al de las primeras décadas del siglo. Sin embargo, lo que sucede en las revoluciones de la segunda post-guerra mundial es fruto de grandes polémicas.

Sobre lo que no hay polémica, por abundar todo tipo de registros y de partícipes de los hechos, es que tanto en China de 1949 como en Cuba en 1959 el poder no fue tomado por clase obrera, sus organismos de lucha como sindicatos o similares, ni mucho menos organismos del tipo “soviéticos”. En todo caso, la polémica se suscita acerca del tipo de Estado a que dieron lugar: su carácter social y político. Es decir, el debate gira alrededor del tipo de revoluciones que se sucedieron.

Pero antes que eso hace falta respondernos una pregunta de importancia: ¿por qué este período carece de la clase obrera en el centro de los procesos revolucionarios, como actor político dirigente? ¿Por qué se instauró una suerte de “patrón” no obrero de las revoluciones de post-guerra? Es aquí donde aparece en toda su crudeza la significación histórica de la burocratización de la URRS. La primera respuesta es entonces, ni más ni menos, que la derrota de la clase obrera rusa. Pero algo más general: la derrota del más grande ascenso revolucionario de la historia, el protagonizado por la clase obrera europea, que fuera luego aplastada por el fascismo, el imperialismo y la colaboración del stalinismo. Derrota que tiene implicancias mundiales que no pueden soslayarse y que explican en gran medida la pérdida de centralidad de la clase obrera en gran parte de los procesos posteriores.

Al mismo tiempo, hay otra causa que explica el surgimiento de revoluciones no obreras. Se trata del triunfo que la URSS burocratizada le inflige el fascismo. Triunfo que a la URSS le da un prestigio internacional e incrementa el poder de los PC y de Stalin. Por elevación la URSS se transforma en una suerte de “modelo de socialismo” pero “realmente existente”, donde el papel de la clase obrera no es central, ni mucho menos. Y en su lugar el Estado (tomado por un partido revolucionario) se transforma en el “agente revolucionario”, con prescindencia de la clase social que esté efectivamente en el poder. Las experiencias de China y Cuba son la expresión de esto.

Y por otro lado, como producto del fin de la guerra, se realiza la Conferencia de Yalta entre la URSS, Estados Unidos y el Reino Unido, donde se pacta la no agresión muta: el imperialismo no puede invadir la URSS ni su zona de influencia ni la URSS puede impulsar revoluciones en la zonas de influencia del imperialismo. Es lo que se conoce como Guerra Fría, un conflicto internacional sin enfrentamientos armados entre el imperialismo y la burocracia estalinista. La clase obrera queda, entonces, relegada al juego de estos dos bandos contrarrevolucionarios.

Entonces, la derrota del movimiento obrero europeo, el Pacto de Yalta, la colaboración del stalinismo en la “paz mundial” y su prestigio producto de la derrota del fascismo, dan un cóctel para que a la clase obrera se le haga muy difícil erigirse como un actor político independiente y revolucionario. Sumado a que en Europa comienza un período de crecimiento económico y de concesiones a las masas para evitar nuevas revoluciones, se produce un desplazamiento de la lucha de clases hacia las “periferias del mundo”: hacia América Latina, Asia y África. Países donde las revoluciones sociales se combinaban con revoluciones antimperialistas y de liberación nacional. Los casos de China y Cuba serán claros ejemplos de esta combinación y al mismo tiempo de la pérdida del carácter obrero de su dirección.

El razonamiento de dirigentes como Mao Tse Tung fue que, como la clase obrera china había sido derrotada en 1929, el PC debía “buscar otros sujetos” como el campesinado. En Cuba también la clase obrera sufre una derrota años antes de la revolución del 59, y al mismo tiempo que el stalinismo cumplía un rol de control y subordinación de los trabajadores, surgen corrientes revolucionarias (pero no marxistas) como el Movimiento 26 de Julio que plantean la revolución pero no con la clase obrera como actor político dirigente, sino como una alianza de clases populares.

Volviendo al punto central que venimos desarrollando, estas revoluciones trajeron enormes debates porque estaban fuera de la previsión “normal” que sectores no obreros expropien al capitalismo. Por eso es que la “confusión” a la que dieron lugar no sólo impregnó a corrientes no marxistas sino en muchos aspectos al trotskismo que se mareó y las calificó de socialistas.

 

Desbloqueo burocrático y socialismo en el siglo XXI

“Mi padre sonaba humilde. La elección de Trump, que para muchos de nosotros se siente como una tragedia, le llevó a considerar una nueva forma de pensar. Tal vez el socialismo no es una causa perdida después de todo. Tal vez sea nuestra mejor esperanza”.[10] Por Julia Mead, joven activista estadounidense.

Claro que el mundo de hoy es muy distinto al de la segunda post-guerra. En primer lugar, no vivimos una época revolucionaria, de grandes movimientos de masas radicalizados. Por su parte, el capitalismo reina prácticamente en el planeta y el socialismo no es parte del horizonte de la clase obrera en ninguna parte del mundo. Pero esto, que podría parecer sólo un elemento negativo, no lo es. Porque la realidad del “socialismo realmente existente” no era tal: la identificación de millones del socialismo con el engendro stalinista, la opresión burocrática, con los campos de trabajo forzado, con el boicot a los procesos revolucionarios genuinos, le hizo flaco favor a la causa emancipadora de los trabajadores. Por eso la caída del “socialismo real” que en su momento trajo un triunfalismo capitalista sin precedentes, hoy a casi 30 años comienza a ser vivido como un desbloqueo de esa losa burocrática. Nos explicamos.

A la desaparición de la URSS le sobrevinieron dos momentos. El primero fue vivido como la derrota histórica del socialismo. Y por tanto como la pérdida de todo horizonte superador y alternativo al capitalismo. Pero en la medida que pasó el tiempo entramos en un segundo momento que expresa que se trataba más de la derrota del stalinismo que del verdadero socialismo. Así, en los últimos años se está verificando un recomenzar de la lucha y organización de los trabajadores en el mundo, una recuperación de sus fuerzas, de su conciencia, de sus métodos de lucha y sus organizaciones. Y la novedad es que ya no está más el stalinismo como representante mundial del socialismo! Ahora sí hay mejores condiciones políticas para separar al stalinismo del verdadero socialismo, el de los trabajadores. Por eso en distintos países las corrientes trotskistas estamos verificando un crecimiento, aún a nivel de vanguardia, pero nada despreciable. O en países imperialistas como EEUU o el Reino Unido candidatos como Bernie Sanders o Jeremy Corbyn hablan de socialismo a viva voz y cosechan la adhesión de millones de jóvenes que no lo identifican con la mugre stalinista.

Esta oportunidad que se nos ha abierto debe ser abordada con un balance adecuado de las experiencias pasadas. Seguir llamándole socialistas a procesos que nunca lo tuvieron como norte no ayuda al desarrollo claro de la conciencia de los trabajadores y los jóvenes que están despertando a las ideas políticas.

 

Derivaciones políticas del cambio de óptica teórico

En su respuesta a Altamira, Kane señala que el debate sobre el carácter de clase de la Revolución Cubana “tiene carácter programático porque es un asunto que tiene un alcance a lo que hace a la estrategia del partido”. ¿Pero en qué sentido el cambio de óptica de Altamira debería afectar el programa y la estrategia del Partido Obrero? Señalaremos algunos aspectos.

En primer lugar, el giro de Altamira afecta a la concepción de revolución que tiene históricamente el Partido Obrero. Hasta el momento, con la concepción clásica, hoy defendida públicamente por Kane, es posible que tanto la clase obrera como la pequeña burguesía emprendan “revoluciones socialistas”, lo que le quita evidentemente toda necesidad histórica a la construcción de un partido obrero revolucionario. ¿Por qué si en Cuba la revolución socialista la hizo un sector no obrero no podrían hacerla también en otro país? Así, lo que define esta concepción es un sustituismo total que choca contra al principio programático fundamental del marxismo: “que la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos”. Rectificar el programa del Partido Obrero debería hacerse empezando con poner este principio en su primer renglón y descartar que revoluciones socialistas puedan ser hechas por otras clases sociales.

Del sustituismo social se deriva otro aspecto que afecta al programa y se refiere a la poca relevancia política que se le da al factor político consciente en la revolución. En el clásico razonamiento del PO las revoluciones tienen un carácter objetivo. ¿Qué significa esto? Que la historia lleva inevitablemente al socialismo por la vía del continuo derrumbe y catástrofe del capitalismo, y por tanto, la acción consciente del proletariado es un factor secundario, puesto que ya el proceso histórico en sí mismo lleva a la revolución. Pero la rectificación que produce Altamira, al ponderar en su justo lugar el papel consciente, subjetivo, político de la clase obrera, deja atrás ese objetivismo catastrofista que hacía del socialismo un objetivo que llegaría por sí solo, por la propia dinámica de las cosas.

Esta modificación debería llevar al Partido Obrero a reconsiderar varias de sus posiciones políticas. Por ejemplo, cuando ven en los acuartelamientos policiales una suerte de “huelgas de trabajadores” sólo por el hecho objetivo de que son “contra el gobierno”. En su lugar sería más correcto analizar qué sujeto realiza esas “huelgas” y ver que se trata del brazo armado de la clase dominante y no de trabajadores. O también como cuando ante cualquier movilización tienden a ubicarse como su “ala izquierda”, sin importar el sujeto social, el programa ni la dirección de esa “lucha”. Los ejemplos más resonantes son las movilizaciones por “seguridad”, como la histórica del derechista Blumberg pidiendo “mano dura” de la que el Partido Obrero fue parte. O las incontables marchas vecinales que reclaman por más policía en las calles para “combatir” la delincuencia, es decir, a los más pobres de los barrios empujados al robo por la miseria social. El objetivismo –la creencia de que en sí mismas cualquier movilización es progresiva- es fatal para quienes luchamos por el socialismo. No toda movilización popular es progresiva, y mucho menos una que reclama más presencia en la calle del aparato represivo del Estado! La pérdida de vista del elemento subjetivo, político, puede llevar a ser parte de una política regresiva, reaccionaria! No siempre se puede ser el “ala izquierda” de un movimiento más amplio!

Por último. El desencadenamiento de este debate en el Partido Obrero debería ser un impulso para que una parte importante del trotskismo revise su “desvío objetivista”. Y en ese sentido vale traer, para finalizar, unas palabras sugestivas de Trotsky: “En el campo teórico del marxismo no hay nada indiferente para la acción. Las divergencias más lejanas y, al parecer, ‘abstractas’, si se reflexiona a fondo sobre ellas, tarde o temprano se manifiestan siempre en la práctica, y ésta no perdona el menor error teórico”[11].

 

Eric “Tano” Simonetti, 11 de enero de 2017

[1] No se puede decir lo mismo de corrientes como el PTS (FT-CI) que alardean de su esfuerzo por el desarrollo teórico pero aún no han ido al hueso del debate sobre objetivismo propio de casi todo el trotskismo de post-guerra o post-Yalta, como ellos mismo denominan. Dicen haber roto con el morenismo pero siguen usando de forma doctrinaria y dogmática el concepto de “estado obrero degenerado” para cualquier revolución que haya expropiado a la burguesía, perdiendo la importancia del sujeto social a la hora de definir el carácter de una revolución y el Estado surgido de ésta.

[2] Trotsky se refirió a la URSS tomando distintas definiciones de Lenin, como “estado obrero deformado burocráticamente” o “estado burgués sin burguesía”. Cada una de las cuales trataba de comprender la compleja realidad de este nuevo fenómeno histórico.

[3] “Cuestiones del trabajo ruso”, carta del 17-2-1939, Oeuvres, tomo XX, París, INLT, 1980. Citado en el texto de Roberto Sáenz Sobre la naturaleza de las revoluciones de postguerra y los estados “socialistas”, en Revista Internacional de la Corriente Socialismo o Barbarie, Nº 22, 2008.

[4] Bolchevismo y Stalinismo, Pág. 17. León Trotsky. 29 de Agosto de 1937. El Yunque Editora, Buenos Aires, 1975.

[5] Así se refiere Trotsky sobre Rakovski en La revolución traicionada: “Christian Rakovski, ex presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo de Ucrania, más tarde embajador de los soviets en Londres y París, hallándose deportado, envió a sus amigos en 1928 un corto estudio sobre la burocracia del que ya hemos tomado algunas líneas, pues sigue siendo lo mejor que sobre el asunto se ha escrito.” Capítulo “La degeneración del partido bolchevique” (1936).

[6] “Declaración en vista del XVI Congreso del PC”, 12-4-1930, Cahiers Leon Trotsky, Nº 6, París, 1980. Puede leerse en francés aquí. https://www.marxists.org/francais/clt/1979-1985/CLT06-1980.pdf. Inicialmente, la carta había sido publicada en el Boletín de la Oposición, que editaba Trotsky en el exilio. Pág. 97.

[7] Los peligros profesionales del poder, Christian Rakovski, Astrakán, 6 de agosto de 1928.

[8] “Declaración en vista del XVI Congreso del PC”, Pág. 97.

[9] Que la burocracia se haya separado socialmente de la clase obrera no significa que se haya transformado en una nueva clase social en el sentido de poner en pie un nuevo tipo de sociedad con rasgos propios. A la luz de los hechos, las sociedades donde la burocracia hizo de las veces de clase dominante terminaron siendo más parecidas a la sociedad capitalista que a una en transición a la socialista. El hecho que tanto las burocracias rusa, china, vietnamita, terminen transformándose en nuevas burguesías o socias de las mismas, refleja que en última instancia nunca dejaron de ser socialmente más parecidas a ellas que a una parte burocratizada de la clase obrera. Quien desarrollara el concepto de la burocracia como clase social fue Milovan Djilas en su libro La nueva clase. Ver edición de Compañía Impresora Argentina, 1961, Buenos Aires.

[10] Publicado en el periódico estadounidense The Nation por Julia Med. Why the Millennials aren´t afraid of socialism?, 10 de enero de 2017. Ver nota completa en https://www.thenation.com/article/why-millennials-arent-afraid-of-the-s-word/

[11] Trotsky, León. Prólogo. La revolución permanente. Pág. 7. Buenos Aires: Libros de Anarres, 2007,

Dejanos tu comentario!

  • IzquierdaWeb