Por Rafael Salinas


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El disparatado incidente de los billetes de 100 bolívares en medio de la más grave crisis económica y social

 

El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, acaba de dar una lección al mundo de cómo pegarse un tiro en el pie, al cargar lo que había anunciado como un arma mortal contra la hiperinflación y la crisis económica que arrasa su país.

De un día para el otro, sin dar un tiempo razonable para hacer un trueque, anunció sorpresivamente la desmonetización de los billetes de 100 bolívares, que eran los más usados. Éstos deberían cambiarse casi de inmediato –¡¡en 72 horas!!– por nuevos billetes de 500 o más bolívares, a tono con el nivel alcanzado por la hiperinflación.

Sin embargo, había un pequeño problema. Buena parte de los nuevos billetes –impresos en Europa–  no habían llegado a Venezuela, ni menos aún se había dado un tiempo razonable para cambiarlos por los viejos. Y los comercios, lógicamente, no aceptaban billetes de 100 bolívares ya declarados sin valor por el gobierno.

Ante este “inconveniente”, el genial presidente Maduro halló la solución: que, por el momento, la gente pagara con sus tarjetas. Pero en Venezuela no mucho más del 50% tiene tarjetas bancarias. Y, como en todo el mundo, son los más pobres quienes no las poseen.

La situación, desde hace tiempo, es de crisis, inflación y desabastecimiento brutal. Para los trabajadores y los más pobres, conseguir comida y otros productos de primera necesidad –por fuera del mercado negro– es una lucha de horas y horas de colas… Un martirio que además no garantiza que se pueda conseguir lo necesario. Y, en esa situación, se enteran de que no podían comprar nada aunque tuviesen el dinero en sus bolsillos… porque ese dinero eran los viejos billetes de 100 Bs. que ya no tenían valor. Tampoco podían cambiarlos porque no había billetes nuevos disponibles. Y, además, el plazo para hacerlo se agotaba.

Estallidos, saqueos y represión brutal

Esto desató un verdadero estallido social en algunas de las ciudades y Estados más afectados, principalmente los alejados de la capital, como Ciudad Bolívar (en el Estado del mismo nombre) o Guasdalito, importante centro petrolero del Estado de Apure.

La desesperación mezclada con la indignación desbordó finalmente el vaso. Miles de pobladores salieron a saquear e incendiar los negocios. Sólo en Ciudad Bolívar hubo más de 300 que fueron arrasados. En Guasdalito, el pueblo incendió las sucursales del Banco Bicentenario y el Banco de Venezuela que no sólo no les cambiaban los viejos billetes, sino que además se negaban a aceptarlos en depósito. Allí contestaban a la gente desesperada que venía a cambiar billetes, diciendo: “vayan a Caracas a que se los cambien”.

La represión fue brutal, y con dos muertos y 250 detenidos. La represión se ha dirigido también específicamente contra militantes de izquierda, incluyendo algunos que estuvieron en las filas del chavismo largo tiempo. Tal es el caso del sociólogo Freiman Páez, hoy preso por denunciar desde una radio de Guasdalito el disparate del gobierno, y exigir que se extendiesen los plazos.

Finalmente, cuando la tormenta iba haciéndose más y más grave, Maduro se vio obligado a dar marcha atrás. Dejó de lado el disparatado plazo de 72 horas para cambiar los billetes y lo extendió hasta fin de año. Esto calmó algo las aguas, aunque sigue siendo todavía  un plazo excesivamente corto para lo que se acostumbra en los cambios de papel moneda.

Después de pegarse este tiro en el pie, Maduró dio explicaciones que lo retratan por completo. Atribuyó a operaciones del imperialismo tanto las demoras en el arribo de los nuevos billetes como la fuga al exterior de los viejos.

¿Pero si existió esa demora, por qué ordenó cambiar en 72 hs. la masa monetaria, cuando ni siquiera los bancos tenían los nuevos billetes? En verdad, con semejante conducción, Washington no necesita molestarse demasiado en hacer conspiraciones. Maduro y su equipo bastan y sobran para hundir a Venezuela.

Una crisis vertiginosa

Esta anécdota protagonizada por el gobierno de Maduro sería para reírse, si la situación desesperante de los trabajadores y los sectores populares venezolanos no fuese para llorar.

No es un secreto para nadie que Venezuela atraviesa la crisis económica más grave de su historia. Y la responsabilidad cae sobre el chavismo. Detrás de los discursos sobre el “socialismo del siglo XXI”, ni Chávez ni menos aún sus sucesores cambiaron en lo más mínimo la peligrosa vulnerabilidad estructural de Venezuela como monoproductor de hidrocarburos. Bastó que sus precios se derrumbaran, para que el castillo de naipes se viniese abajo.

Esto no es nuevo en la historia de Venezuela. Esos ciclos de bonanzas fenomenales… seguidos de descensos a los infiernos se han repetido varias veces. ¡Pero el chavismo (incluyendo, por supuesto a Maduro) fue absolutamente incapaz de aprender esas experiencias, que el pueblo venezolano tuvo que pagar a precios terribles!

Esto es tanto más asombroso, porque el chavismo le debe su existencia (e incluso su llegada al poder) a la anterior crisis. La bonanza petrolera de los años 70 acabó en un derrumbe que provocó un estallido social (el “Caracazo” de 1989), acabó con el régimen de la IV República y, finalmente, en 1999 abrió las puertas a Chávez y su V República.

El chavismo no aprendió nada de esa (repetida) historia venezolana. También hizo oídos sordos a los alertas que venían desde el marxismo. Pero no se trató de una cuestión de “incomprensión” intelectual. La continuidad (ahora pintada de “rojo”) de ese papel en el marco del capitalismo mundial preparó la actual catástrofe… pero simultáneamente llenó los bolsillos de una nueva burguesía… y también de la antigua, antichavista. ¡Esos intereses se impusieron, porque el “socialismo del siglo XXI” no implicó ningún cambio en la clase dominante, sino de los sectores de ella que administraban el Estado!

Para hacer frente preventivamente a ese peligro, era imprescindible una transformación realmente revolucionaria, realmente socialista: que el poder pasara a manos de la clase obrera y trabajadora. ¡Sólo ella podía tener interés en dejar de ser la “Venezuela saudita”!

Sin embargo, aunque repetida en la historia de Venezuela, la presente crisis es la más grave que jamás haya sufrido. La crisis anterior, la del Caracazo, es casi una broma comparada con el drama social que se está viviendo.

La inflación de este año –según el economista Manuel Sutherland[1]– oscilaría entre 800% y el 1.000%, la caída del PBI superaría el 15%.¡Todas estimaciones, porque el gobierno de Maduro ya no presenta datos creíbles. El año próximo se prevé aún peor. Mientras tanto, cifras oficiales estiman en 500 mil millones de dólares los depósitos de los burgueses venezolanos en el exterior… y en ese saqueo no hay ninguna pelea entre “escuálidos” o chavistas. ¡Todos ponen manos a la obra!

Acuerdo del gobierno con la oposición de la MUD

Finalmente, dentro de este panorama económico-social catastrófico, hay que subrayar un hecho no muy comentado fuera de Venezuela. Es el pacto firmado el mes pasado entre el gobierno y el grueso de la oposición de derecha, a instancias del Vaticano. Es la “Declaración conjunta Convivir en Paz”.

La MUD (Mesa de la Unidad Democrática) –el frente opositor patronal encabezado por Henrique Capriles– viene de serios encontronazos con el gobierno… pero al final, las cosas no van muy lejos. El roce más serio con la MUD ha sido la maniobra fraudulenta con que el Consejo Nacional Electoral (CNE) anuló el pedido de millones de firmas exigiendo un referéndum sobre la continuidad de Maduro en la presidencia. Este es un derecho consagrado en la Constitución.

Pero ahora la MUD sale firmando “Convivir en Paz” con Maduro… y, por supuesto, ambos reciben la bendición del papa Francisco…

Aquí, se cruzan varios cables. La MUD espera que sea Maduro quien haga el “trabajo sucio” de hundir a los trabajadores y al pueblo en la miseria, para pagar las fenomenales deudas al capital financiero internacional. La permanencia de Maduro (y sus desastres a repetición) le podría garantizar, además, triunfos arrasadores en las elecciones próximas de gobernadores y parlamentarios de los Estados. Éstas se harían en el primer semestre del año.

Por eso, a lo largo de la catástrofe social de este año, que culminó con la corrida de los billetes de 100 Bs., la MUD miró para otro lado.

A su vez, a Maduro le conviene una “oposición” que no le ponga palos en la rueda, y se limite a hacer, de tanto en tanto, algún desfile preelectoral.

Necesidad de una alternativa independiente obrera y popular

Otra vez, según muchas encuestas, hay sectores crecientes, la mayoría provenientes del chavismo, que ya no quieren saber nada ni con el gobierno ni con sus actuales “convivientes”, los “opositores” de la MUD. Y tienen razón, porque evidentemente es imposible esperar algo positivo de ellos.

Este fenómeno ya se ha bosquejado varias veces… pero luego se diluye políticamente ante la polarización (cada vez más vacía de contenido) entre el gobierno post-chavista y los opositores de la MUD. El gran desafío de los activistas obreros y juveniles, y la militancia de izquierda es levantar frente a ellos un polo que los enfrente por igual, y que atraiga a los sectores en ruptura.

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1.- Manuel Sutherland, “Se derrochó la renta petrolera”, entrevista, La Razón, 19/12/2016.

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