En noviembre del año próximo (según el nuevo calendario) se estará cumpliendo el primer centenario de la Revolución Rusa. Como dicen muchos manuales de secundaria en nuestro país: “ese proceso que llevó a la toma del poder a los sectores obreros y campesinos, comandados por el partido bolchevique de Lenin y Trotsky”.

Bienvenida la oportunidad entonces para intentar un balance y abrir los debates necesarios de cara a la actualidad. Para muchos, la caída de la URSS en 1991 es la evidencia del fracaso de esa experiencia. El régimen de Stalin como el de los dirigentes del PCUS que lo sucedieron, es la continuación sin disrupciones de lo acaecido en aquel 1917. Esta es la versión canónica de las clases dominantes del mundo y también de muchos que se dicen de centro izquierda o progres. Incluso, aún quedan determinadas corrientes del viejo tronco del PC, aquí y en el mundo, que coincidirían con lo de la continuidad señalada y se ven en más de un problema para explicar entonces su caída. Dentro de las corrientes trotskistas o filo trotskistas el debate existe (no todo lo que éste merecería, en verdad) en cuanto a las caracterizaciones sobre el tipo de Estado y sociedad que emergieron en la Rusia Soviética.

El historiador español Josep Fontana, profesor emérito de la Universidad Pompeu Fabra y miembro del Consejo Editorial de la revista política de izquierda Sin Permiso, pronunció una conferencia (“La Revolución Rusa y nosotros”) en la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) el pasado 24 de octubre en el marco de unas jornadas sobre la Revolución Rusa. Nos permitiremos algunos breves comentarios sobre la misma.

En primer lugar, recalcar los muchos aspectos en los que coincidimos: la reafirmación en cuanto a que la revolución bolchevique no fue una conspiración voluntarista de un grupo jacobino, sino que contó con el apoyo de amplias masas obreras y campesinas, el señalamiento de marcar un hiato en cuanto a la degeneración stalinista y cómo ésta sirvió para que el imperialismo y las distintas burguesías mundiales desprestigiaran y enlodaran el socialismo, pese a eso, como bien señala Fontana, el miedo de éstas al “verdadero comunismo” obligó a reformas de mayor y menor cuantía en el capitalismo mundial. Son afirmaciones valederas que marcan además un balance del siglo pasado.

Sí, nos parece necesario realizar uno o dos señalamientos que dejaremos planteados para comenzar un debate que puede ser fructífero, además de perentorio. Para ello, nos vemos obligados a transcribir los últimos párrafos del texto/conferencia:

Pero que nos lleve a más, por otra parte, a reflexionar sobre algunas lecciones que los hechos de 1917 pueden ofrecernos en relación con nuestros problemas del presente. Porque resulta interesante comprobar que cuando un estudioso del capitalismo global contemporáneo como William Robinson se refiere a la crisis actual llega por su cuenta a unas conclusiones con las que habría estado de acuerdo Lenin: que la reforma no es suficiente -que la vieja vía de la socialdemocracia está agotada- y que uno de los obstáculos que hay que superar es justamente el del poder de unos estados que están hoy al servicio exclusivo de los intereses empresariales. Para acabar concluyendo que la sola alternativa posible al capitalismo global de nuestro tiempo es un proyecto popular transnacional, que va a ser el equivalente de la revolución socialista mundial que invocaba Lenin en abril de 1917 cuando bajó del tren en la estación de Finlandia.

Las fuerzas que deberían construir este proyecto popular serán seguramente muy diferentes de los partidos tradicionales del pasado. Serán fuerzas como las que hoy surgen de abajo, de las experiencias cotidianas de los hombres y las mujeres. Del tipo de las que se están constituyendo a partir de las luchas de los trabajadores de Sudáfrica o los indígenas de Perú contra las grandes compañías mineras internacionales, de las de los zapatistas que reivindican una rebeldía “desde abajo y a la izquierda”, de los guerrilleros kurdos del Kurdistán sirio que quieren construir una democracia sin estado, los maestros mexicanos que se manifiestan en defensa de la educación pública, los campesinos de muchos países que no militan en partidos, sino en asociaciones locales como el Movimiento Unificado de campesinos del Aguán, que presidía José Ángel Flores: unas asociaciones que se integran en otros de nivel estatal, como el Consejo de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras, que dirigía Berta Cáceres, que a su vez lo hacen en una gran entidad transnacional como es Vía Campesina…(Negritas nuestras).

Nuevamente una coincidencia fundamental: el agotamiento de toda vía reformista y lo actual que resulta poner sobre la mesa un proyecto internacional al capitalismo globalizado del siglo XXI (esta última premisa es patrimonio del socialismo revolucionario desde siempre, pero ahora vuelve a presentarse con asombrosa vigencia, ante los proyectos quiméricos y reaccionarios de un Trump u otras expresiones imperialistas semejantes).

¿En dónde surgen con Fontana (y no sólo con él, su pensamiento no es privativo suyo solamente) diferencias más que importantes? En el programa propuesto y en los actores sociales y políticos que los llevarían a cabo. Y precisamente al dejar en claro esto, podemos hallar un principio de respuesta al fracaso de los “socialismos reales”.

Pensamos que el mérito de nuestra corriente es el intento de elaboración permanente y cotejamiento con la realidad, en desentrañar dicha experiencia fallida como así también los otros procesos revolucionarios con expropiación de la burguesía que conoció la humanidad luego de la Segunda Guerra Mundial (1). La carencia de la clase obrera dirigiendo efectivamente el Estado de la transición y la sociedad que lo acompaña, siendo realmente la clase dominante de ese proceso, fue una de las causas fundamentales de su fracaso posterior (salvando la rusa que durante un período, no sin errores y disrupciones, aquello pudo acontecer; en las demás revoluciones esto jamás se llevó a cabo). Fontana no pone el acento aquí, y si bien reconoce la existencia de un sujeto transformador, los que menciona (campesinos, indígenas, maestros, etc.) no pasan de un enunciado algebraico. Por supuesto que es con ellos, pero no desde ellos, que se logrará el cambio transformador.

Y aquí aparece una segunda diferencia de peso, ese cambio también se expresa con suma generalidad: “proyecto popular, proyecto transnacional” sin decir expresamente que éste tiene nombre y apellido: socialismo, entendido  como la expropiación social y política de las viejas clases dominantes. Es una pena que no desarrolle aquello de que “sería equivalente al socialismo mundial que mencionaba Lenin”. ¿Es que perdió vigencia dicho postulado? y en último lugar, el actor político que podría acaudillar este proceso es (o son) para el historiador español, organizaciones como el zapatismo y otras de tipo movimientista en donde brilla por su ausencia el partido. No sólo eso,  pareciera que se recomienda su inexistencia (“campesinos de muchos países que no militan en partidos políticos”). Por supuesto que Fontana tiene derecho a pensar así, creemos, eso sí, que esa aseveración merece también un debate.

Opinamos entonces que aquí están expuestas coordenadas más que interesantes para ingresar  al año del centenario de la revolución bolchevique, volviendo sobre sus pasos, revisando lo que haya que revisar y manteniendo en alto lo que consideramos algunas de sus enseñanzas que estimamos  universales: el socialismo como proyecto internacional, hegemonizado por la clase trabajadora como caudillo de los demás sectores explotados con sus propios organismos y partidos, como estado mayor de la revolución que se propone. El texto de Fontana (y deseamos que así también esta breve nota) aportan en esa dirección y pueden abrir una fecunda y provechosa discusión.

Guillermo Pessoa

1: Fundamentalmente con dos trabajos: Notas sobre la Teoría de la Revolución Permanente a comienzos del siglo XXI – II: Las revoluciones de la segunda posguerra y el movimiento trotskista, por Roberto Sáenz  SoB 17/18 y Plan, mercado y democracia obrera – La dialéctica de la transición socialista, por Roberto Sáenz SoB 25.

 

Dejanos tu comentario!

  • IzquierdaWeb