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El mundo quiere saber si Donald Trump será el político populista de la campaña o si sólo construyó ese personaje para ganar las elecciones y finalmente ejercer un gobierno pasablemente pragmático. En la Argentina existen motivos adicionales para la ansiedad. Despejar la incógnita es crucial para entender si el núcleo central de la política macroeconómica del presidente Macri, el gradualismo fiscal, podrá seguir encontrando fondos dispuestos a financiarlo en el electoral 2017 o si, escaseando éstos, el Gobierno deberá adelantar un ajuste presupuestario que sólo estaba pensado para ser implementado en 2018. (Nicolás Dujovne, La Nación 15/11/16)

 

El triunfo de Donald Trump en las elecciones presidenciales en Estados Unidos dejó abierto un sinnúmero de interrogantes que cuestionan hacia dónde se dirige el mundo. Es que la llegada del magnate yanqui a la presidencia de la principal potencia imperialista no fue una casualidad histórica, ni un misterio inexplicable. Trump es el emergente por derecha de una corriente de descontento con los resultados que dejó la globalización. Corriente profunda que cruza a las principales cabeceras del imperialismo y que hoy están siendo explotadas por la extrema derecha, pero que no está dicho que no pueda ser eventualmente capitalizada por izquierda.

En nuestro editorial pasado hemos aproximado algunos elementos para empezar a caracterizar la magnitud de este hecho. El objetivo del presente es tratar de sacar algunas conclusiones a nivel de la economía y la política nacional.

Como ya anticipamos más arriba, qué va hacer Trump, y en qué medida va a llevar acabo sus promesas de campaña es un interrogante imposible de dilucidar todavía. Para que asuma su presidencia el 20 de enero de 2017 faltan dos largos meses, y hasta ese entonces todo será un universo de especulaciones. Las voces defensoras del status quo más “optimistas” confían en que las instituciones de la “democracia estadounidense” domestiquen a Trump y que sus promesas de campaña queden en la nada; otras voces más pragmáticas como el The Economist (histórico portavoz de la burguesía británica) postulan que lo único serio es tomar al pie de la letra las promesas de Trump y actuar en consecuencia. La clase obrera haría bien en seguir ese consejo pragmático y prepararse para la lucha.

Recordemos las promesas de campaña. Trump prometió que va a aplicar una política proteccionista basada en repudiar o renegociar el NAFTA (Tratado de libre comercio de América del Norte por sus siglas en inglés) imponiéndole un arancel de importación a los productos mexicanos del 35%, y un arancel del 45% para las importaciones desde China. Al mismo tiempo, prometió un ambicioso plan de obra pública para desarrollar la infraestructura de Estados Unidos. Para llevar a cabo este plan requiere suntuosas sumas de dinero que las puede obtener por dos vías: inversiones de capital dentro de Estados Unidos, o endeudamiento. La primera vía absorbería buena parte del flujo de capital mundial, lo cual “secaría” a los países emergentes siempre menos “atractivos”; la segunda vía supone un incremento de las tasas de interés de la reserva federal yanqui, lo que a su vez generaría dos fenómenos: redundaría en otra “aspiradora” de capitales hacia el gran país del norte en desmedro de las economías más débiles a quienes les costará más y les saldrá más caro conseguir prestamos; y a su vez les incrementaría automáticamente las tasas de interés que tienen que pagar, puesto que éstas se calculan siempre por encima y partiendo de la tasa de interés yanqui.

Por otro lado, la fuga de capitales hacia EEUU fortalecería al dólar frente a las otras monedas, lo que equivaldría a una devaluación de esas monedas en relación al dólar; y al mismo tiempo generaría una caída de los precios de las materias primas.

Todo esto sin llegar al escenario de que las eventuales medidas proteccionistas de Trump desaten una guerra comercial mundial que termine por desplomar el comercio mundial (estancado desde hace 4 años) lo que sería el comienzo de una gran depresión en regla como no se ha visto desde la década del 30 del siglo pasado.  Pero no nos dejemos llevar por especulaciones, ni nos adelantemos a un escenario que supondría una modificación dramática de la situación mundial.

En resumen: baja del comercio mundial, caída de las inversiones en los países emergentes, menos capacidad de endeudamiento de dichos países, y éste a tasas de interés más altas. Este es el escenario más benigno para el próximo año.

 

El plan de gobierno de Macri en cuestión

 

“Los países en desarrollo a menudo se ven sometidos a presiones cuando las tasas de EEUU aumentan, lo que provoca que los activos locales pierdan atractivo para los inversionistas que buscan rentabilidad. La deuda denominada en dólares de las economías emergentes también se encarece”. (Chelsey Dulaney, The Wall Street Journal /11/16)

El gobierno nacional había llegado a noviembre con un plan de gobierno más o menos establecido. Por un lado había logrado, con la ayuda inestimable de la burocracia, aplicar un ajuste en los salarios de alrededor del 10%, había conseguido hacer pasar un tarifazo importante, aunque menor que el que en un principio había deseado. No obstante esto, gracias a un déficit fiscal record y a un endeudamiento desbocado del Estado nacional y de las provincias, pudo postergar el ajuste brutal que el ala dura de Cambiemos proponía.  Así, con la paz social garantizada, esperaba tranquilo el fin de año para a partir de marzo dedicarse a las elecciones.

El año 2017 estaba pensado como un año típicamente electoral en el cual se aflojara un poco el nivel de ajuste, y mediante más endeudamiento se incentivara el consumo para que la gente se sintiera un poco menos agobiada y más predispuesta el “apoyar el cambio” en las urnas. Así las cosas, el ajuste en serio se dejaba para 2018, una vez pasadas las elecciones. Primero: endeudamiento y elecciones; después: ajuste en regla. Ese era el plan de Macri.

Pero cuando parecía que nada podía ensombrecer su panorama, llegó Trump e hizo temblar al mundo. Es que, como venimos diciendo, el plan económico de Macri estaba basado en la capacidad de endeudamiento barato (gran ventaja que le dejó la pagadora serial de Cristina K) y en la promesa de una “lluvia de inversiones” que generaría crecimiento y puestos de trabajo. Pero ahora tanto uno como el otro parecen alejarse en un horizonte brumoso: ni las inversiones vendrán para estas tierras, ni el endeudamiento será tan fácil ni tan barato.

Por otro lado, la apreciación del dólar va a traer múltiples consecuencias. Por un lado, va a generar que el ingreso de divisas vía las exportaciones de soja y otras comodities baje, haciendo más necesario reemplazar esa merma con más endeudamiento. Además, va a requerir de una nueva devaluación del peso (en este sentido, Eduardo Conesa, diputado de Cambiemos, le presentó un plan al gobierno nacional en el cual plantea la necesidad de efectuar una devaluación del 50% que eleve el precio del dólar a los 26 pesos), devaluación ésta que indefectiblemente va a repercutir en un nuevo pico inflacionario. Y si eso fuese poco, en 2017 Argentina tiene vencimientos de deuda de alrededor de 30.000 millones de dólares (dólares apreciados, es decir más caros).

Macri está en una encrucijada política, para las elecciones faltan muchos meses y no parece tener demasiado margen para gradualismo. El ajuste programado para 2018 indefectiblemente va a caer sobre la cabeza de los trabajadores más temprano que lo calculado. El dilema del gobierno pasa por ver si lo hace a principio de año antes de las elecciones, o tratar de ganar tiempo con el riesgo muy posible de que las contradicciones económicas le estallen en las manos.

 

Los muchachos “trumpistas”, todos unidos…

 

A río revuelto, ganancia de pescadores, dice el refrán. Y en ese sentido el sentido del oportunismo kirchnerista no tiene desperdicio. Ni bien el magnate yanqui ganó la elección, Cristina Kirchner (y tras ella todo el kirchnerismo) salió a identificarse con el presidente electo con las siguientes palabras: “Fíjense que a nosotros se nos acusaba de proteccionistas y de que quedábamos mal con el mundo, y fíjense lo que acaba de suceder en el país y en la economía más importante del mundo, señoras y señores. Acaba de ganar alguien que hace del proteccionismo, de sus trabajadores, de sus empresas, pero fundamentalmente de sus trabajadores y de su mercado interno, una bandera”. La frase de Cristina es un concentrado de pusilanimidad de burguesa pequeña, y de corto alcance. Por un lado, como no podía ser de otra manera, Cristina y con ella todo el nacionalismo burgués del siglo XXI que repite cosas por el estilo, pierden de vista un dato importante: el imperialismo. En el caso de un país periférico y semicolonial, el proteccionismo es una medida defensiva frente al poder económico imperialista, allí puede cobrar algún carácter limitadamente progresivo; pero en el caso inverso, el proteccionismo imperialista es una medida por la cual el centro imperialista busca descargar su crisis sobre el resto de los países. Sólo a una mente estrecha se le puede ocurrir que EEUU tiene que protegerse de la competencia desleal de México. Esa barrabasada sólo se le puede ocurrir a Trump y a Cristina.

Pero además hay otro problema de primer orden: no es cierto que el proteccionismo sea una medida progresista en sí misma. Hitler, Mussolini y Franco, por poner sólo algunos ejemplos, son casos de gobiernos ultrareaccionarios y proteccionistas. El proteccionismo es una medida de política económica cuya progresividad depende del carácter del país que la aplica. Y como tal, sólo cobra su verdadero sentido cuando se mira quién la toma y con qué objetivos. El proteccionismo aplicado por un gobierno burgués, es una medida que busca principalmente defender a la burguesía nacional, no de los trabajadores.  Las palabras de Cristina apuntaban a congraciarse con un sector de la burguesía argentina, que aunque apoya políticamente a Macri, tiene algunos reparos en su orientación librecambista; y de paso contribuir a la confusión de la clase obrera por medio de identificar y subordinar los intereses de los trabajadores a los de las patronales. El interés de los trabajadores, sean del país que sean, no está en defender a la burguesía, sino en encontrar los lazos de unión entre ellos para la lucha.

 

Las múltiples traiciones de la burocracia

 

La dirigencia de la CGT es un cuerpo colegiado de traidores al servicio de la burguesía y de la estabilidad capitalista. Sobre esto no hay demasiada necesidad de argumentar. Este año han entregado el salario, se han negado a plantear ni uno solo de los reclamos de los trabajadores. Después de un circo de meses entregaron la ley anti despidos, la reapertura de paritarias y la anulación del impuesto al trabajo a cambio de un incierto y miserable bono de fin de año. Pero lo peor de todo es que han dejado absolutamente desarmado al movimiento obrero para enfrentar los durísimos ataques que indefectiblemente caerán sobre la cabeza de los trabajadores.

Han entregado todo sin luchar, al tiempo que han aportado todo su esfuerzo y su oficio como burócratas a la confusión generalizada por medio de crear todo tipo de ilusiones en que el plan económico de Macri podía funcionar, reactivar la economía y generar mejores condiciones para los trabajadores, y por lo tanto había que darle tiempo.

El triunfo de Trump ha cambiado todas las perspectivas de la economía mundial y como no puede ser de otra manera, de la economía argentina. Es necesario ponerse en alerta y salir a enfrentar a Macri para derrotar el ajuste brutal que se viene.

 

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