JOSÉ LUIS ROJO


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EL GOBIERNO SE APRESTA A CONCLUIR SU PRIMER AÑO  –

“El Merval copió a Prat-Gay”, fue otro de los chascarrillos más repetidos del día entre operadores, en alusión obviamente al relajamiento de las metas fiscales oficiales y la convivencia con niveles de rojo en las cuentas del Tesoro que no dejan de ampliarse aún respecto de 2015, año paradigmático en esto del desborde de las cuentas públicas (La Nación, 21/10/2016)

 

El gobierno está llegando a fin de año con la coyuntura controlada. La unidad entre los de arriba, la traición de la CGT y la lenta experiencia que se va haciendo desde abajo, son los que le están dando este control de los desarrollos.

Esto ocurre en un contexto en que la capacidad de endeudamiento internacional le está dando márgenes de maniobra para administrar el ajuste. Lo llaman “gradualismo” y tiene que ver con la idea de que, como el año que viene “hay que ganar las elecciones”, conviene no avanzar más en la reducción de los gastos estatales: las medidas draconianas se postergarían al 2018.

El haber evitado una “cirugía mayor sin anestesia” (como la de Menen en los años 90) habla del cuidado oficialista con las relaciones de fuerzas. Dicho de otra manera: del cuidado que tiene Macri a generar un masivo malhumor social. De ahí la cargada de los empresarios, quienes sin embargo por ahora lo apoyan, a como Macri está manejando los tiempos políticos: “Hizo la ‘gran Macri’: amagó, pero no ajustó”.

 

Jugando el juego de la institucionalidad

 

El primer elemento que hay que tener en cuenta para entender el control por parte del gobierno de los desarrollos, es la enorme unidad por arriba de que goza el gobierno. Ocurre que lo más granado de la patronal y el imperialismo le vienen dando su beneplácito, al que se ha sumado últimamente el papa Francisco.

No sorprende que esto sea así cuando se trata de un gobierno representante directo del empresariado[1]. Lo que sí llama la atención es que, a pesar de ser un gobierno institucionalmente minoritario, un gobierno que tiene formalmente al peronismo en la “oposición”, de todas maneras haya pasado este primer año sin mayores sobresaltos.

En el fondo la explicación es que esta transición política, a diferencia de otras ocurridas en el país, se ha llevado a cabo sin una crisis general. En ocasión del pase del gobierno de Alfonsín a Menen, o la traumática transición de Menem hasta Néstor Kirchner (De la Rúa y Argentinazo mediante), confluyeron dos elementos que hicieron las cosas explosivas.

Por un lado, una situación de descontrol económica, de bancarrota, que derivó en una crisis hiperinflacionaria a finales de los años 80, y un default y una hiperdesocupación a comienzos de 2000. En la actual transición, la economía venía –y sigue aún- en medio de una importante recesión; pero los márgenes de maniobra del Estado y el gobierno eran y son muchos mayores. Al final del gobierno de Cristina, las reservas en el Banco Central estaban muy bajas; pero eso no configuraba un escenario de “bancarrota” (como exageradamente definieron otras corrientes de la izquierda). Una vez despejado el tema de los fondos buitre, y aprovechándose del bajo nivel de endeudamiento del país (¡gracias a los K que pagaron la escandalosa cifra de 200.000 millones de dólares en sus tres mandatos!), Macri pudo recomenzar el ciclo de endeudamiento[2].

En segundo lugar, las dos transiciones anteriores se vivieron en medio de estallidos populares; en el caso de Alfonsín fue una “rebelión del hambre” con saqueos generalizados en todo el país que expresaban una grave crisis de gobernabilidad (de ahí la asunción anticipada de Menem). En la crisis del 2001, una histórica acción independiente de los de abajo, dio lugar a un cuestionamiento generalizado en la democracia burguesa (“Que se vayan todos, que no quede ni uno solo”).

Nada de esto está ocurriendo hoy. El gobierno de Macri ha encontrado márgenes para manejar la coyuntura; se vienen de varios años de juego institucional, y de recuperación de la democracia patronal como factor mediador.

La unidad entre los de arriba, incluyendo aquí a la CGT (volveremos sobre ella más abajo), tiene que ver, también, con esto: con cuidar la “·preciosa gobernabilidad”, no “hacer olas” innecesarias, jugar a fondo el juego de la institucionalidad, que todo se cocine en ella.

En síntesis: que nadie apele a la movilización extraparlamentaria, la única que, como decía Rosa Luxemburgo, puede lograr cambios de fondo: “La ilusión sostenida por la burguesía en su lucha por el poder (y más aún, por una burguesía en el poder) de que el parlamento es el eje central de la vida social y la fuerza decisiva de la historia mundial no es sólo algo históricamente [explicable] sino además, necesario. Es una noción que naturalmente desemboca en un espléndido ‘cretinismo parlamentario’ que no puede ver más allá [del] parloteo de algunos cientos de parlamentarios en una asamblea legislativa, hacia las gigantescas fuerzas de la historia mundial, fuerzas que están trabajando afuera, en el seno del desarrollo social, y que no le dan la menor importancia a su creación legal parlamentaria”.

 

Experiencia vs. Expectativas

 

Es aquí donde se aprecia plenamente el papel traidor de la CGT. Como hemos señalado, su unificación fue una movida conservadora en resguardo de sus propios intereses, para mejor ejercer el arbitraje entre el gobierno (¡al que no quiere oponerse!), los patrones y la base obrera.

Hay que dar de todas maneras una explicación suplementaria a su agachada. Ocurre que los dirigentes cegetistas no son ningunos “nenes de pecho”, ellos tienen una vasta experiencia en medir las presiones que vienen desde abajo y maniobrar en consecuencia.

Y ahí está otra explicación de la actual coyuntura. Pasa que todavía no está clara cuál es la combinación entre el comienzo de la experiencia con el verdadero carácter patronal del gobierno, y las expectativas que subsisten entre amplios sectores de trabajadores.

El fin de semana pasado aparecieron encuestas que señalaban que, si bien en relación a la situación económica crece el descontento, de todas maneras amplios sectores creen que “las cosas estarán mejor el año que viene”…

Si un dato es que entre la juventud y las clases medias “progresistas” domina el rechazo al gobierno, también es que entre los trabajadores todavía domina la confusión.

No hay que perder de vista que muchos trabajadores votaron a Massa o a Macri el año pasado; el discurso de que la culpa la tiene la “herencia” ha calado hondo en estos sectores. Así las cosas, aún no logran poner en sintonía la percepción de que las cosas no van bien, con las responsabilidades por tal situación. Es decir: la mala situación, ¿tiene que ver con lo que hace el gobierno de Macri o con la herencia del gobierno anterior?

Es obvio que en los problemas que sufren los trabajadores están involucradas las responsabilidades de ambos gobiernos: los dos son 100% capitalistas. Pero el típico atajo de un gobierno patronal que inicia, su típica coartada, es echarle toda la culpa al anterior mientras descarga furibundos ataques sobre los de abajo.

La situación económica luce deteriorada pero no es catastrófica. Además todos los analistas esperan una recuperación para el 2017, aunque sea leve, cuestión que, sumado a que el gobierno todavía es visto como que “recién inicia”, recrea las expectativas.

La contradicción entre dichas expectativas y el comienzo de una experiencia con Macri, con su verdadero carácter de gobierno agente directo de los patrones, es lo que explica que el gobierno mantenga el control de la agenda, dándoles también una excusa perfecta a los dirigentes sindicales.

 

Macri y Temer

 

De todas maneras, hay factores dinámicos que no deben perderse de vista.  En el plano económico, hay que tener en cuenta que si el gobierno goza hoy de los beneficios del endeudamiento, esto podría cambiar en cualquier momento. Aunque el precio de las materias primas no termina de recuperarse, sin embargo, el mantenimiento de bajísimas tasas de intereses en el norte del mundo permite que sobren capitales que prefieran venir a nuestros países.

Son los conocidos “capitales golondrina”: los “inversionistas” los traen al país, cambian sus divisas por pesos, los ponen en Lebacs o cualquier otro instrumento que paga intereses siderales, se hacen de suculentos ingresos, y luego vuelven a sus países de origen: un pingüe negocio financiero que no agrega un peso a la producción real, a la inversión productiva[3].

Este año la Argentina ha tomado deuda por 40.000 millones de dólares, y la cosa seguirá el que viene. Es verdad que ahora parece que el blanqueo empieza a caminar; que entrarían fondos suplementarios.

Pero la postergación del ajuste fiscal y la dependencia del financiamiento externo, pueden llegar bajo la forma de una nueva crisis. ¿Qué pasaría si las tasas en el norte del mundo aumentaran y la Argentina con la carga de una nueva deuda, digamos que por 80.000 millones de dólares nuevos, se viera obligada a empezar a pagar? Se vendría un ajuste brutal; esa puede ser perfectamente la historia para 2018…

Pero más allá de esto, está el problema de las relaciones de fuerzas. Que la Argentina es, como lo hemos definido muchas veces, un país movilizado, se ha vuelto a demostrar nuevamente con el enorme e histórico “paro de mujeres”: una acción independiente con pocos antecedentes; una medida de fuerza convocada por organizaciones no tradicionales.

De ahí que no sorprenda que en la City porteña circule un chiste que es sintomático: se titula “la gran Macri: el que amagó, pero no ajustó”. Pero más allá del chiste, tiene algo de reclamo real. Es que el chiste se hace en relación a la comparación de Macri con Temer, el presidente de Brasil que acaba de hacer votar un congelamiento del gasto del Estado por 20 años (compárese con Macri, que postergó el ajuste fiscal draconiano).

El presidente de Brasil declaró recientemente que “no le interesa la popularidad”: que si al dejar el gobierno tiene “un 5% de popularidad pero llevó adelante las medidas necesarias, se sentirá orgulloso”. Claro, su mandato es “interino” (sólo por dos años), y su asunción no se hizo a partir de una elección, sino a consecuencias de un Impeachment casi “golpista” que destituyó a Dilma Rousseff, la repudiada presidenta del PT.

En la Argentina de Macri las cosas no son así. Al gobierno de Cambiemos sí le interesa la popularidad: su base es electoral. Así las cosas, no le resulta a Macri tan sencillo desafiar las relaciones de fuerzas. De ahí que la trayectoria de ambos gobiernos sea distinta. Temer, como presidente interino, quiere aplicar el brutal ajuste ahora, total en dos años se va. En el caso de Macri, el objetivo inmediato es ganar las elecciones del 2017: para esto necesita de popularidad. De ahí que por lo bajo se esté hablando de que el ajuste draconiano llegará recién en 2018…

 

Hay que exigir la reapertura de las paritarias

 

A poco andar se demostró que el bono de fin de año no es más que promesas. A lo limitado de su monto, se le vino a agregar que todavía no está claro cómo se pagará y si se pagará a los trabajadores del Estado, los docentes y los municipales. Incluso en el sector privado ya hay actividades que no lo van a pagar, como el comercio, mientras otros miran para otro lado o se hacen los distraídos.

Para colmo, el gobierno ha salido a afirmar que pagándose el bono, se “cierran con equilibrio” las paritarias del 2016, que no se reconocería “ningún desfasaje” en relación a los precios. Pero esta es una burda maniobra cuando todos los analistas (¡incluso los más liberales!) reconocen que este año el salario real caerá, en promedio, un 10%, la caída más profunda desde el 2002, en plena crisis. De ahí que el gobierno esté manifestando ahora que para el año que viene, pretende paritarias por 15 ó 17% de aumento, no más que eso…

La CGT traicionó los reclamos, pero por abajo podría comenzar a crecer la bronca. Mientras apoyamos a los sectores que están luchando (como los colectiveros de La Plata, duramente reprimidos), así como empujamos para que la jornada del 4/10 no sea un saludo a la bandera, la tarea es reclamar desde abajo la reapertura de las paritarias.

 

[1] Hay que tener en cuenta esta importante modificación política ocurrida en el país, cuando recordamos cómo la burguesía estuvo dividida desde la crisis del campo en el 2008. Esa es la famosa “grieta” que le importaba cerrar a los de arriba; de ahí la necesidad de aprovechar cualquier contradicción que pueda surgir, para empujar la unidad de acción contra el gobierno.

[2] El país estaba sin efectivo, sin dólares en el BCRA, pero no insolvente; lo que quiere decir que tiene capacidad de endeudarse, que por la baja proporción que tiene hoy entre el PBI y la deuda externa, los acreedores estiman que tiene suficiente capacidad de pago; de ahí las ofertas de préstamos desde el exterior que le llegan a Macri todos los días.

[3] Atención que conjuntamente con la creación de deuda este año por 40.000 millones de dólares, y una cifra similar para el 2017, se está hablando que ha vuelto a comenzar la fuga de divisas, que este año alcanzaría los 10.000 millones de dólares…

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