Profundización de la ofensiva reaccionaria –

 

A partir del lunes, bajo la mirada del mundo entero, el gobierno “socialista” de François Hollande comenzó la evacuación de la “jungla” de Calais. Se trata de un enorme asentamiento precario, donde entre 6.000 y 8.000 migrantes se encontraban viviendo a la espera de lograr atravesar, de manera legal o ilegal, el Canal de la Mancha para instalarse en el Reino Unido.

El desmantelamiento de la “jungla” y el clima político-electoral

La “jungla” de Calais representa, por sus dimensiones y por la extrema precariedad de los refugiados que ahí viven, un tema de impacto nacional. En verdad, Francia recibió un número irrisorio de refugiados en comparación con países como Alemania o los países nórdicos: no se han visto escenas como las de las decenas de miles de refugiados llegando en tren (y siendo recibidos por la población) en otros países. En ese sentido, la “jungla” de Calais era el símbolo por excelencia de la crisis de los refugiados en Francia. A esto hay que sumar el hecho de las “villas”, que eran masivas aun en los años setenta, en la periferia de las grandes urbes y que albergaban en esa época inmigrantes tunicinos, argelinos o portugueses, fueron totalmente erradicadas: las condiciones de vida en la “jungla” eran en ese sentido excepcionalmente precarias.

Pero además de esta importancia “de larga data” de la “jungla”, la misma cobró una importancia creciente de cara a la próxima campaña electoral. Así, junto con las manifestaciones de solidaridad con los migrantes que se realizaron, recientemente habitantes de Calais, junto a partidos de derecha (y, lamentablemente, junto a sindicatos), realizaron movilizaciones por el desmantelamiento del campamento. Inmediatamente después, Nicolás Sarkozy, candidato a las primarias de la derecha, realizó un meeting en Calais donde prometió acabar con la “jungla”. Poco después, el presidente en funciones François Hollande le siguió los pasos y prometió lo mismo. Los tiempos se aceleraron y el desmantelamiento tuvo lugar a una velocidad inusitada.

Algo similar ocurre con la zona de Notre-Dame-des-Landes, una enorme zona de explotaciones agrícolas que se encuentra ocupada por cientos de agricultores y manifestantes desde hace años, contra el proyecto de construir un aeropuerto en la zona y de arrasar con la agricultura y los espacios naturales de la región. El gobierno intentó varias veces desalojar la ocupación, sin éxito; recientemente realizó un referéndum en la región, donde ganó el “Sí” a la construcción del aeropuerto, mientras los manifestantes llamaban a la abstención. No se descarta que el gobierno acelere también la expulsión de Notre-Dame-des-Landes, que considera una cuestión de “autoridad del Estado”.

Podría pensarse que el gobierno dejaría estos asuntos tan espinosos para el próximo gobierno, que ya estará en funciones en menos de un año. Por el contrario, el gobierno de Hollande, que sigue batiendo records de impopularidad, pretende curarse en salud profundizando su giro reaccionario: se trata de retomar el programa de la derecha y la extrema derecha, cubierto de un velo “progresista” (el Primer Ministro Manuel Valls felicitó una operación “humanitaria”). Incapaz de hacer valer un balance positivo en el terreno económico y social, el gobierno se suma a la demagogia reaccionaria en torno a la inmigración y la identidad francesa para intentar fortalecerse por la derecha.

Un clima reaccionario que se profundiza camino a las elecciones

Esta ofensiva del gobierno se inscribe a su vez en una profundización que combina varios elementos. Por un lado, el cierre del ciclo abierto con las movilizaciones masivas contra la reforma laboral, que se saldó con una clara derrota, amén del enorme valor de las experiencias militantes realizadas. Este ciclo había sido una bocanada de aire fresco en medio del clima reaccionario ligado a los atentados, las intervenciones militares imperialistas y la instauración del “Estado de urgencia”: durante algunos meses fueron los trabajadores y la juventud, con sus reivindicaciones y sus métodos, los que estuvieron en el centro de la escena.

Frente al bloqueo de las direcciones sindicales, el desgaste de cuatro meses de lucha y la llegada del verano, fue el clima reaccionario el que volvió al centro. Los atentados de Niza y de Saint-Etienne-de-Rouvray, la polémica islamófoba y racista en torno al burkini, se encargaron de volver a instalar una coyuntura asfixiante para los sectores progresistas. En los últimos meses, una serie de ataques tuvieron lugar contra futuros centros de acogida para migrantes: tres centros fueron incendiados, dos centros recibieron disparos con armas de fuego. A su vez, en los últimos días se realizaron manifestaciones no autorizadas de policías, algunos desfilando con pasamontañas o con sus armas de servicio, en reclamo de más instrumentos represivos y más “margen de maniobra” para “defenderse” (es decir, más impunidad).

Todo este clima se ve además reforzado por las próximas elecciones presidenciales: todo parece indicar que vamos hacia una segunda vuelta entre la derecha y la extrema derecha, sobre la base de un derrumbe del PS. La campaña de estas fuerzas está centrada, como dijimos, en la cuestión de la “identidad francesa”, de la “compatibilidad del Islam con la República” y otros vómitos reaccionarios. En el terreno social, estas corrientes defienden el más craso liberalismo: destrucción de la jornada de 35 horas semanales, eliminación del impuesto sobre la fortuna, despido de cientos de miles de trabajadores del Estado.

El problema central es que el desprestigio del Partido Socialista se procesa (a un nivel de masas) por la derecha. No ha surgido ninguna alternativa por la izquierda, y la extrema izquierda es demasiado débil para ocupar ese espacio; ni siquiera logra construirse como una tendencia fuerte en la amplia vanguardia surgida de la movilización. Así las cosas, la presión que se efectúa en el plano político viene por la derecha, haciendo girar toda la situación  hacia ese lado y profundizando el clima reaccionario.

Libertad de circulación y de instalación, solidaridad con los migrantes

Los migrantes fueron evacuados del campamento de Calais y enviados a diferentes “Centros de Acogida y de Orientación” diseminados por todo el territorio nacional. Estos centros deberían en teoría “acompañar” a los migrantes en sus trámites: en pocas palabras, van a ser un paso transitorio a la expulsión pura y simple para miles de ellos. Al dispersarlos y aislarlos, el gobierno garantiza que los mismos no puedan realizar ninguna acción colectiva en defensa de sus derechos; este fue el sentido de la prohibición de la manifestación en solidaridad de hace algunas semanas.

El gobierno se jacta del hecho de que el campamento fue evacuado en la calma más absoluta. Pero no se trata de la calma de aquellos que finalmente logran lo que se propusieron: recordemos que la mayoría de los migrantes de Calais querían entrar en el Reino Unido, ya sea porque hay más posibilidades de encontrar trabajo o porque tienen familiares allí. Se trata de la calma de los cementerios, de aquellos que aceptan resignados porque no tienen otra opción, bajo la amenaza de la expulsión directa, de la represión policial a la cual el gobierno los acostumbró con sus razzias recurrentes, de la estigmatización y la persecución xenófoba y racista.

El desmantelamiento del campamento de Calais no es una solución ni al problema de la migración, ni al destino personal de los miles de migrantes evacuados. Los flujos migratorios masivos continuarán mientras el imperialismo siga sembrando la guerra y la miseria en el mundo entero, mientras este sistema ofrezca condiciones de vida tan inhumanas que arriesgar la vida cruzando la mitad del globo aparezca como la mejor alternativa. En cuanto a los migrantes de Calais, los mismos se encontrarán dispersos por el conjunto del territorio, más vulnerables aún frente a las arbitrariedades del Estado francés y los ataques de la derecha y los fascistas envalentonados con el clima reaccionario.

La única solución duradera es la libertad de circulación y de instalación, para acabar con el drama de la muerte de miles de migrantes en el Mediterráneo, de las condiciones inhumanas en que vivían los migrantes de Calais. Los migrantes no son nuestros enemigos, no son ellos los responsables del desempleo, de la superexplotación, de los problemas de vivienda o del colapso de las instituciones educativas o sanitarias. Nuestros enemigos son los patrones que despiden, que destruyen nuestras condiciones de trabajo para aumentar sus ganancias; los grandes bancos que realizan especulación inmobiliaria dejando cientos de miles de apartamentos vacíos para mantener precios altos de alquiler; el gobierno que desfinancia la salud y la educación para entregar cientos de millones al ejército o la policía.

Al contrario, es uniendo las fuerzas del conjunto de los explotados y oprimidos, independientemente de su origen, nacionalidad, creencia religiosa, en la lucha por obtener la prohibición de despidos, la repartición del tiempo de trabajo, el aumento de los presupuestos de los servicios públicos. En la situación actual, esto pasa por solidarse con los migrantes, por denunciar y combatir la ofensiva reaccionaria del gobierno en este terreno.

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