Un acto a puertas cerradas –

 

Semanas atrás se oficializó el llamado del FIT a un acto en el estadio de Atlanta. El anuncio estuvo acompañado de una declaración del FIT (la primera en dos años) y una serie de notas de agravios cruzados entre los miembros de dicho frente. En estas líneas queremos avanzar en algunas observaciones críticas tanto al carácter del acto como del documento que han elaborado.

 

Con la mira puesta en las elecciones

 

No es el objetivo de este artículo objetar el derecho del FIT a ordenar su agenda política como lo considere, ni tampoco restar importancia a la pelea política en el terreno electoral; lejos estamos de caer en tal cretinismo antielectoral. Pero una cosa es prepararse para dar las batallas en todos los terrenos, y otra muy distinta es que la izquierda sea la encargada en dar la campana de largada de la campaña electoral…

Este peculiar oportunismo del FIT es por demás curioso. Desde hace semanas el gobierno nacional está tratando de “cerrar” el año y llevar todas las discusiones hacia las próximas elecciones. En ese plan están comprometidas todas las variantes de la oposición patronal, la mayoría de la burocracia sindical y el Vaticano, quienes no quieren que nada se salga de los cauces institucionales. Todos quieren dar por cerrado este año, el cual está marcado por la inflación y los tarifazos.

Un año en donde ocurrieron importantes expresiones contra el ajuste como fueron los ruidazos, e incluso importantes movilizaciones llamadas por sectores de la burocracia sindical, como las ocurridas el 29 de abril y la última Marcha Federal del 2 de septiembre. Ambas concentraciones, debido a su masividad, y más allá de los deseos de sus convocantes, tuvieron como consecuencia el poner en la agenda nacional la necesidad de la convocatoria a un paro nacional contra el gobierno de Macri. Así es como el paro nacional fue un fantasma que preocupaba tanto al gobierno del PRO como a la misma burocracia, quien hizo lo imposible para negarse a llamarlo. Todo el mundo quería cerrar el año y redireccionar la vida política nacional hacia las elecciones y de este modo conjurar el espectro del paro; todos lo querían hacer y no se animaron: todos salvo el FIT.

El FIT ha estado todo el año sumergido en una permanente parálisis y ocupándose exclusivamente de sus rencillas internas. Rencillas estas que, lejos de servir como un aporte a la lucha de los trabajadores, se limitaron a ser estériles diatribas cruzadas entre ellos. Esto no fue un problema menor en la medida de que el FIT tenía la obligación de tratar de encauzar su relativo éxito electoral, y ponerlo al servicio de la lucha contra el ajuste y el gobierno de Macri. Pero no: nada de eso les preocupó a los integrantes del FIT, quienes lejos de ser un factor de unidad de la vanguardia obrera contra el ajuste, se han alzado como uno de sus principales obstáculos en esta unidad. Esto quedó demostrado tanto en oportunidad del fallido Encuentro de Trabajadores en Racing a principios de marzo, el cual hubiese servido como un factor de primer orden para marcarle la cancha a la burocracia, como luego en los llamados hechos por la misma burocracia en donde, haciendo gala de un sectarismo reaccionario, se negaron a tener una política unitaria y clasista que impulsara la unidad de acción contra Macri. Así fue como el FIT se negó a ser una fuerza progresiva en el terreno de la lucha directa contra el ajuste y se alzó como un obstáculo para la vanguardia. Su ubicación durante meses osciló entre el mutismo y la negativa a enfrentar a Macri.

Pero ese no es el único problema. Si bien el FIT no jugó ningún rol progresivo en el terreno de la lucha, lo cierto es que los integrantes del mismo justificaron una y mil veces el estancamiento y falta de evolución del FIT a algo superior, con el argumento de que el Frente de Izquierda es “solamente un frente electoral” y nada más. Pero resulta que aun en este terreno, importante pero limitado, el FIT da muestras de un esclerosamiento sectario. Pese a las expectativas que tenían sectores de la vanguardia de que el FIT resurgiera de su parálisis con una propuesta superadora, la convocatoria a este acto, verdadero intento de relanzamiento electoral del FIT (¡no otra cosa puede ser un acto de un frente exclusivamente electoral!), no hace más que profundizar los rasgos autoproclamatorios y sectarios que lo caracterizan desde hace años.

Los integrantes de este frente apuestan por medio del acto en Atlanta a cerrar todas las puertas a una verdadera opción unitaria de la izquierda en las próximas elecciones de 2017. Sí el Frente de Izquierda era, a priori, una herramienta útil y necesaria en tanto polo de independencia política en el plano electoral, esta potencialidad se diluye en la medida en que sistemáticamente se eleva como una herramienta de autoconsumo de espaldas a las luchas y necesidades de los trabajadores y su vanguardia. Esto es lo que se evidenció durante estos últimos años, en los cuales tanto el PO como el PTS (dejando de lado cualquier principio de clase) se valieron de los criterios proscriptivos de las PASO para tratar de dilucidar la competencia en el seno de la izquierda. Y ahora, una vez más, como quien mira para otro lado, se volvió a repetir esa escena en oportunidad de la discusión sobre la reforma política que quiere imponer Cambiemos junto al PJ y el FR. Aquí, nuevamente, los miembros del FIT decidieron hacer la vista gorda sobre el piso proscriptivo que imponen las PASO tratando de valerse de éste contra el resto de la izquierda.

 

Un documento ecléctico y oportunista

 

Pero el oportunismo del FIT no se evidencia sólo en su anticipación de la campaña electoral. Sino que éste tiñe el conjunto de su declaración convocando a su acto electoral[1].

Los integrantes del FIT han acordado un documento de convocatoria titulado “Declaración del FIT ante la situación nacional”. En él los compañeros muestran que su principal preocupación no está centrada en derrotar al gobierno macrista. Está claro que es correcto avanzar en presentar una alternativa para el 2017 buscando hacer avanzar la conciencia de la clase obrera, el ganar el apoyo de todas las capas de la sociedad en ruptura con el nacionalismo burgués. Pero es un error de puro cretinismo electoral el pretender conseguir esto al margen de las luchas concretas de los trabajadores.

En un documento que consta de siete ítems, sólo uno está dedicado a delimitarse y llamar a luchar contra el gobierno nacional. En él el FIT caracteriza al gobierno de Cambiemos como una mera continuidad del gobierno kirchnerista, mediante el argumento cierto de que ambos son representantes de los intereses de la burguesía. Caracterizar a ambos gobiernos como representantes del gran capital es una necesidad de primer orden de cualquier revolucionario en la medida de que sobre ella se basa la principal delimitación política de clase. Pero quedarse exclusivamente en ese elemental razonamiento impide hacer una caracterización concreta de la situación política nacida del cambio de gobierno. En definitiva, quedarse sólo en esta afirmación sería como afirmar que una rata y una hiena son iguales porque ambos son mamíferos.

El FIT, una vez más, decide cerrar los ojos frente a un hecho incontrastable de la realidad: el cambio de gobierno ha generado una modificación profunda en el escenario político. El gobierno kirchnerista fue el emergente burgués de una rebelión popular, y debido a sus condiciones de origen, para recomponer el régimen burgués en crisis, debió mediar entre el gran capital y la movilización popular viéndose obligado en más de una oportunidad a ceder algunas conquistas al movimiento de masas. Ese rasgo de origen fue una de las causas por la cual tuvo tantas oscilaciones al momento de dar el zarpazo ajustador que el gran capital exige. Pero el gobierno de Cambiemos es distinto: ellos llegaron al gobierno con el mandato declarado de ajustar a los trabajadores. Mientras que la política de ajuste y entrega hacía entrar en contradicción al gobierno K con parte de su base, en el caso del PRO es todo lo contrario. El kirchnerista fue un gobierno burgués de contención contra el movimiento popular y los trabajadores; el de Macri, por su parte, es un gobierno reaccionario que buscará avanzar sobre las conquistas que las masas le arrancaron a la burguesía post-Argentinazo y desde allí redoblar la explotación a los trabajadores (esto independientemente de las dificultades que vayan encontrando o no en llevar a cabo sus objetivos).

Pero el documento es de un eclecticismo galopante. En su texto los compañeros parecen reconocer esta realidad. En él se puede leer: “los inversores reclaman -y el gobierno les ofrece- una fuerza de trabajo flexibilizada y con sus conquistas históricas degradadas. La condición para la supuesta ‘lluvia de inversiones’ es un retroceso histórico en las conquistas y condiciones de vida de los trabajadores argentinos”.  Frente a esta caracterización, según la cual el macrismo se prepara para desplegar un ataque que busca aplicarle una derrota “histórica” a la clase obrera, sería de esperar que la izquierda propugnase por la mayor unidad en la acción en la lucha contra el gobierno. Una unidad de acción que no tuviese otra exigencia que la de estar dispuestos a derrotar la ofensiva reaccionaria. Pero no, el FIT, lejos de plantear una orientación de este tipo, retrocede asustado; se niega a hacer unidad de acción, y se repliega al terreno puramente electoral.

Esta es una actitud equivocada que en el fondo esconde una caracterización errónea que enaltece al kirchnerismo. La política del FIT muestra que en el fondo tienen miedo de que mediante la lucha el kirchnerismo se disfrace de opositor y recomponga su imagen frente a las masas. Pero eso supone pensar que el kirchnerismo es realmente capaz de tener una política consecuente contra el ajuste que exige la patronal y el imperialismo: es decir, que el kirchenrismo es capaz de romper con la burguesía… Pero la realidad es bien distinta. La unidad de acción en la lucha es la manera fundamental de demostrarle al conjunto de los trabajadores que quienes se llenan la boca con discursos opositores, son en realidad verdaderos charlatanes que no quieren frenar al ajuste; al tiempo que el terreno electoral sirve para explicitar en la cabeza de los trabajadores que ni Macri ni los K, ni ningún sector patronal, son alternativa para los trabajadores, que la alternativa está en la izquierda. Pero de todas maneras, entre lucha de clases y campaña electoral se imponen exigencias diversas que si sólo las reducimos a lo electoral, da lugar a lo que denunciara oportunamente Rosa Luxemburgo de la socialdemocracia alemana: parlamentarismo y nada más que parlamentarismo.

Producto de su desbarranque electoralista, el FIT tiene la ilusión de que los trabajadores y las masas avancen hacia la independencia de clase de manera independiente del curso real de la lucha. Es verdad que entre uno y otro terreno, las luchas y las elecciones, hay todo tipo de desarrollos desiguales y que nada excluya que la izquierda repita, en el 2017, una importante votación. Pero separando mecánicamente ambos planos, no sólo se cae en oportunismo, sino que podría golpearse uno la nariz contra la pared (es decir, no obtener los votos esperados).

Eso es lo que explica, en última instancia, que se hayan postrado durante meses en el más absoluto mutismo, y que ahora pretendan relanzar al FIT a puertas cerradas, sin apostar a una unidad mayor de la izquierda clasista.

 

Martín Primo

[1] Mención aparte se merece el hecho de que en toda la declaración no haya una sola mención a la lucha de las mujeres. Uno puede tomarse el trabajo de leer y releer todo el documento y no va a encontrar ni una sola vez la palabra “mujer”. Esto no es sino otra muestra de cuán desorientado y alejado de los problemas reales está el FIT. Mientras que el movimiento de mujeres acaba de protagonizar un masivo Encuentro Nacional en Rosario, mientras que la sensibilidad contra la opresión de género está ganando terreno en todo el mundo, el FIT da muestras de un desinterés preocupante.

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