José Luis Rojo


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El viernes próximo se realizará el primer confederal de la CGT unificada. Todos los analistas políticos están a la espera de qué saldrá de allí: si se anunciará o no un paro general.

El interrogante tiene importancia porque la situación política del país ha entrado en una suerte de “cono de indefiniciones” donde ningún elemento alcanza para desestabilizar las cosas para un lado o para el otro. La CGT es consciente de esto, lo mismo que el gobierno, y ni hablar la Iglesia. De ahí que en la reunión de los obispos con los líderes cegetistas y en declaraciones de Arancedo, se insista en el “diálogo” y se le plantee a Macri que les haga alguna propuesta a los sindicalistas.

 

La burguesía escenifica su apoyo al gobierno

 

Veamos primero cómo se ubican hoy las clases sociales frente al gobierno. La semana pasada ocurrió el promocionado “mini Davos”. Es difícil evaluar en qué medida ese evento podrá facilitar la llegada de inversiones. Más allá de la alegría de los empresarios por lo que consideran su gobierno (un gobierno directo de ellos), mantienen preocupaciones acerca de la insuficiente normalización del país. Concretamente, quieren saber si las medidas que está tomando Macri han llegado para quedarse o si su “aventura” finalizará en el 2019 rebotando el péndulo para el otro lado.

Para decirlo con otras palabras: las dudas reenvían más a la política que a la economía, a la capacidad del gobierno de consolidar el curso de libre mercado y la apertura al mundo.

Más allá de esto, el mini Davos configuró la escenificación del apoyo político de lo más granado de la burguesía y el imperialismo al gobierno de Macri, ese fue su significado principal. En el juego de los matices entre gobiernos burgueses no siempre es igual la ubicación de la clase dominante. Todo gobierno burgués, por el solo hecho de serlo, por defender la propiedad privada, encarna de una manera u otra la defensa de los intereses comunes de los capitalistas: como ejemplo basta recordar a los esposos Kirchner tocando la campanita de la Bolsa de Comercio en Nueva York. Sin embargo, su gestión de la economía dio lugar a ciertos roces con el gobierno yanqui y el FMI, así como también a la puesta en marcha de una serie de mecanismos económicos de subsidios, tarifas reguladas de los servicios, etcétera, que configuraron un obligado tributo a la rebelión popular del 2001 en aras de la estabilidad del país.

Macri vino, precisamente, a desmontar estos mecanismos. Su vocación al respecto está más que clara; y si sin embargo encuentra escollos en el camino (ver la crisis que se abrió alrededor de las tarifas del gas, ahora encaminada luego de la audiencia del fin de semana pasado), la escenificación en el CCK sirvió para que se vea a los capitalistas como una clase social –en general se los ve más como individuos que como un colectivo– que abiertamente apoya al actual oficialismo.

Otros factores de estabilidad siguen siendo el apoyo a Macri de parte de lo más granado de la clase media alta –cuyo fantasma siguen siendo los “kaka”–, así como subsiste el problema de que entre los trabajadores de la industria pervive la confusión acerca del verdadero carácter antiobrero del gobierno de Macri, confusión en la cual se apoya la CGT para retener amplios márgenes de maniobra. Volveremos sobre esto más abajo.

En todo caso, la nota distintiva a nivel de las clases sociales viene dada por la creciente bronca entre la clase media y media baja, entre el progresismo en general, la juventud y los sectores con menos recursos, lo que, escalada de los precios mediante, vuelven a engrosar las estadísticas de la pobreza.

 

El interrogante sobre las perspectivas económicas

 

Lo señalado arriba se expresa en que la popularidad de Macri se mantendría en un más que digno 56%. En el caso del conurbano bonaerense, sus índices son bastante más bajos: Vidal mediría el 49%, mientras que Macri descendería al 39%. De todas maneras, el índice nacional se mantiene sólido.

Eso es lo que lleva al interrogante sobre las perspectivas de la economía, al factor que podría desestabilizar las cosas. En este terreno las señales aparecidas los últimos días son contradictorias. ¿Será verdad que se viene un “repunte” económico en el 2017 con un crecimiento en torno al 3%?

Si bien esta es la perspectiva señalada por todos los analistas, es difícil hacer una previsión categórica, sobre todo a la hora de precisar cuáles serían los factores dinamizadores de la economía.

Al respecto, el presupuesto que giró el oficialismo al Congreso y que se está discutiendo a estas horas, conjuntamente con el arribo de la misión del FMI al país, expresan la pintura que manejan en Cambiemos. El crecimiento estaría en torno al 3%, la inflación se espera retroceda al 17%, el déficit fiscal se mantendría en torno al 4% del PBI (los planes de ajuste del oficialismo cambiaron: no es bueno ajustar los gastos en un año electoral).

Liquidado prácticamente el superávit fiscal (caída de exportaciones automotrices y de precios de las materias primas), un interrogante importante es cómo se financiaría ese rojo fiscal. Es ahí donde entra uno de los factores dinámicos de la economía nacional: el creciente endeudamiento externo. Ocurre que al comienzo del gobierno de Macri el nivel de deuda externa (pública y privada nominada en divisas) no alcanzaba a más de 70.000 millones de dólares, una cifra bastante exigua.

Resuelto el problema de la deuda en default –¡previo pago al contado de casi 15.000 millones de dólares!– el país ha vuelto al mercado de deuda. Pero aquí ocurren dos problemas: el primero, que aun habiendo salido del default la Argentina sigue pagando tasas muy por encima de las internacionales, del 6,7, 8 o 9 % anual, cuando en los países centrales no alcanzan el 1%.

Además, este año ya se creó deuda nueva por 30.000 millones de dólares (entre el Estado nacional, los provinciales y los privados) y se especula con que el año que viene se crearía nueva deuda por 20.000 millones de dólares más: 50.000 millones de dólares en total, ¡la mayor creación de deuda externa de todos los países de Latinoamérica en la actualidad!

De ser esto así, la deuda externa en dólares seguiría siendo relativamente “manejable”, pero ahí es donde entra el alerta señalado recientemente por el economista del establishment Guillermo Calvo: ¿qué pasará si las condiciones del crédito internacional se modifican y el gobierno pierde la capacidad de endeudarse, si se ve obligado de generar superávits que hoy no existen?

Ese es el interrogante que pesa sobre las perspectivas económicas. La economía regional y mundial no está dinámica. China ha proseguido con la reducción de su ritmo de su crecimiento. Brasil no está claro cuándo comenzará su recuperación. Y el cambio en las condiciones internacionales podría generar, de manera repentina, un endurecimiento en las condiciones de endeudamiento nacional: “En la Argentina, la capacidad de financiamiento del déficit mediante endeudamientos no es ilimitada (…) El riesgo de la continuidad de la política fiscal expansiva es que las condiciones internacionales cambien y que la Argentina se vea obligada a hacer un ajuste fiscal desordenado ante un mercado que ya no pueda absorber la gran cantidad de deuda que el país debe emitir cada año” (La Nación, 19/10/16).

Cuando se colocan todos estos problemas sobre la mesa aparece lo que ha sido la campaña del oficialismo desde que asumió, campaña que fue el centro del mini Davos y también de la reciente visita de Macri a Nueva York para la conferencia anual de la ONU: la prédica acerca de rol salvador de las inversiones.

Pero las cosas no están nada claras. Existen algunos nichos del mercado que aparecen como lugares de posibles inversiones: los recursos hidrocarburíferos (sobre todo el gas, de ahí la importancia de definir el tema tarifas), la minería (de la cual Macri acaba de declarar que “debería multiplicarse por 10”), la producción del campo (ahora con la tensión creada porque el gobierno ha declarado que difícilmente pueda cumplir con el compromiso de disminuir las retenciones a la soja al 25%).

También se habla de las inversiones en infraestructura, apuesta estratégica que sería uno de los motores fundamentales del salto inversor. Sin embargo, hemos escrito en estas páginas acerca de la dificultad que tiene este tipo de inversión: una inversión que de tan costosa requiere de una participación del Estado y de una apuesta estratégica de la burguesía de tal magnitud (requiere cuantiosos gastos hoy que sólo se recuperarán con el tiempo), que ningún actor económico está dispuesto a encarar.

¿Qué Estado capitalista puede hacer este tipo de apuestas hoy? Incluso a los EE.UU. les está costando ponerse a tono en esta materia. De ahí que las principales novedades internacionales en el rubro vengan, no casualmente, de China, primera productora mundial de acero, cemento, etcétera, que cada día bate récords: los puentes y túneles más largos del mundo, los edificios más altos del mundo, las líneas de ferrocarriles más largas y modernas, etcétera.

Pero en la Argentina (o Brasil), con un Estado que ya sufre déficit y que no tiene grandes recursos a su disposición y con una clase burguesa nacional y extranjera que no posee ninguna visión estratégica de país, es difícil pensar de dónde saldrán los recursos para proyectos que el mismo gobierno estima podrían alcanzar los 200.000 millones de dólares.

 

¿Paro general?

 

Lo anterior es lo que nos reenvía al confederal de la CGT: ¿convocará al paro general o no? Se trata de una pregunta difícil de responder, aunque a nuestro modo de ver lo más probable es que dilate las cosas.

Desde la asunción de Macri se vivieron dos momentos dinámicos que luego se desinflaron. El primero estuvo entre la jornada de los estatales en la Plaza de Mayo el 24 de febrero y la convocatoria a la gran movilización de la CGT del 29 de abril. Ahí Moyano y compañía prometieron convocar a un paro general si Macri vetaba la ley de prohibición de los despidos… y cuando el gobierno finalmente procedió al veto, no convocaron a nada.

Dos meses después, alrededor de finales de junio, comenzó a subir la marea con los cacerolazos y ruidazos contra la brutal escalada de tarifas; se fue generando un clima de movilización en agosto, lo cual desembocó en la Macha Federal cuyo epicentro fue el multitudinario acto en Plaza de Mayo el 2 de septiembre.

Finalmente el gobierno tuvo que realizar la audiencia pública por la tarifa del gas del 16, 17 y 18 de este mes, audiencia que pasó sin mayores sobresaltos.

Pero ocurre que ahora la “pelota” la tienen nuevamente los dirigentes de la CGT, en un momento en que no hay grandes conflictos ni grandes desbordes. Mal que bien, las paritarias se cerraron y uno de los sectores que nacionalmente están más activos y disconformes, los docentes, no pertenecen a un gremio cegetista.

Muchos podrán preguntarse: ¿para qué se unió la CGT si no convocan a nada? Pero el interrogante está mal formulado, porque la unidad no se hizo para luchar. La razón principal es que barrido el escollo que significaba el gobierno K, la burocracia sindical unificada puede ejercer su papel mediador, de contención y arbitraje, de una manera más coherente que dividida. Ocurre además que entre los trabajadores subsiste –como hemos señalado– la confusión acerca del verdadero carácter del gobierno, elemento que les da un margen de maniobra adicional para sus agachadas.

Además, gobierno, Iglesia, el propio peronismo y los K, nadie quiere un paro general; nadie quiere que se hagan “olas”, sobre todo cuando de todas maneras no se está viviendo una crisis general del país; el macrismo ha continuado, de una manera diferente a los K, neoliberal, un curso de administración de la economía nacional que no ha redundado –al menos no por ahora– en una crisis economía abierta. Hay recesión, hay inflación, pero no una crisis en regla del tipo depresión económica como a comienzos de los años 2000, o hiperinflacionaria como a finales de la década de 1980; en estas condiciones, las cosas se pueden administrar.

Claro que el ajuste es brutal, que el gobierno es descaradamente patronal, que viene operando una transferencia de recursos hacia los de arriba escandalosa. Pero aun así es muy posible que el nuevo triunvirato de la CGT sienta que tiene márgenes de maniobra para seguir sin convocar a ninguna medida de lucha, apostando traidoramente a sostener a rajatabla la gobernabilidad neoliberal; o en todo caso, convocar a una movilización en octubre o noviembre exclusivamente por ganancias, ante lo que es una verdadera provocación del oficialismo: su cerrada negativa a cumplir el compromiso electoral de acabar con este impuesto aberrante.

 

¡Con Las Rojas al Encuentro Nacional de Mujeres en Rosario!

 

Es verdad que de momento no hay una irrupción de luchas desde abajo. Sin embargo, esto no quiere decir que no haya conflictos: sectores afectados por aumentos salariales miserables como los docentes, o por despidos como los estatales (¡que tienen salarios más miserables aún!), están convocados a paro y movilización para la semana que viene.

No tenemos claro al cierre de esta edición cómo vienen dichas medidas ni las tácticas al respecto, pero de todas maneras nos inclinamos en términos generales a impulsar el paro y la movilización.

En todo caso, de lo que somos conscientes es de que una de las tareas principales del momento es apoyar a todos los que salen a luchar, impulsar la herramienta de la unidad de acción en las calles contra el gobierno reaccionario, al tiempo que nuestras compañeras de Las Rojas se preparan para ir a Rosario con una multitudinaria delegación de nuestra agrupación que levante bien en alto que Macri es responsable de las muertes por aborto clandestino, de criminalizar a las mujeres, de dejar correr la violencia de género.

Por el apoyo a todas la luchas, por la más amplia unidad de acción en las calles, porque la voz y los reclamos de las mujeres se expresen de manera multitudinaria el 8, 9 y 10 de octubre, vení con Las Rojas a Rosario.

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