Ale Kur



 

20/9/16 –

El 24 de septiembre se realizarán nuevamente las elecciones primarias en el Partido Laborista. Éstas ya se habían realizado hace sólo un año atrás, oportunidad en la cual Jeremy Corbyn se alzó con el triunfo con el 60 por ciento de los votos. Pero desde entonces, el establishment partidario (corporizado especialmente en los parlamentarios laboristas) le declaró la guerra. El triunfo del Brexit en el referéndum precipitó la convocatoria de nuevas elecciones para el liderazgo del partido, debido a que los opositores a Corbyn lo responsabilizaron por la derrota (el laborismo hizo campaña por el Remain, es decir, quedarse en la Unión Europea).

El establishment partidario, completamente adaptado al régimen político y económico (capitalista, imperialista y neoliberal), intentó sacarse de encima a Corbyn a través del voto de “no confianza” de sus diputados en el parlamento. El resultado fue de 172 parlamentarios votando contra Corbyn, y sólo 40 apoyándolo.

Sin embargo, el estado de ánimo ampliamente dominante entre los diputados laboristas no tiene la más mínima relación con el de la base social del partido. Allí la tendencia es exactamente la inversa. El 60 por ciento que había obtenido Corbyn en las anteriores primarias no sólo no quedó en el pasado, sino que señala una tendencia plenamente vigente y en ascenso. La principal prueba de esto es el brutal aumento en la cantidad de afiliados al partido: hoy son más de 500 mil, lo cual significa que sus filas aumentaron en más del doble desde mayo de 2015. Entre ellos, 125 mil ingresaron luego del referéndum europeo, y por lo tanto, del inicio de la ofensiva del ala derecha laborista contra el líder del partido. La aplastante mayoría de los nuevos afiliados de los últimos años, por no decir la totalidad, se acercaron al Partido Laborista con la perspectiva de apoyar a Corbyn. Esto significa el nacimiento de un nuevo movimiento social masivo de contenido “corbynista”, que se expresa tanto dentro como fuera de las estructuras laboristas.

En estas condiciones, es de esperar que Corbyn obtenga un resultado igual o superior al de las anteriores primarias. Por esto mismo sus opositores dentro del partido lanzaron toda clase de maniobras para evitar que los nuevos afiliados voten (es decir, decenas de miles de personas), subieron a niveles antipopulares el precio del bono que hay que pagar para poder participar de la elección (medida especialmente prohibitiva tratándose de un partido de base obrera), desplegaron una campaña tipo “caza de brujas” contra la izquierda (a la que acusan de “infiltración en el partido”), etc. Nada de esto va a tener impacto en el resultado de las primarias: lo que se busca es debilitar la posición de Corbyn a través de una “guerra de guerrillas”, con miras al largo plazo.

Esencialmente, la derecha del partido se juega con todo a azuzar el fantasma de que Corbyn es “inelegible” para las amplias masas por su perfil izquierdista. Espera que unos posibles resultados electorales desfavorables del Partido Laborista (sea en elecciones locales o en las próximas generales) siembren la semilla del cuestionamiento, para poder derribarlo con una mayor base de legitimidad. Y si no funcionara el plan “A” para sacarse de encima a Corbyn, siempre queda el plan “B” de romper el partido.

El “partido parlamentario”, como se puede ver, conforma una casta privilegiada que no responde a los intereses de la base social del laborismo (mayormente obrera). La candidatura de los parlamentarios laboristas ni siquiera es producto de una elección interna de los afiliados o militantes de cada distrito, sino que se impone una “tradición” por la que parlamentarios electos siguen siendo candidatos mientras no renuncien o sean derrotados en una elección. Esto explica cómo el “partido parlamentario” puede estar completamente distanciado de las bases partidarias y sin embargo seguir atornillado a sus cargos, sin tener que rendir cuentas ante nadie.

Todo el mecanismo de funcionamiento del Partido Laborista es profundamente burocrático. Inclusive la elección democrática de su líder a través del sistema “un afiliado, un voto” fue pensada inicialmente como una maniobra contra la base partidaria. El mecanismo fue establecido para liquidar el peso de la militancia orgánica del partido, dentro del cual tenía especial influencia el sector sindical. Se pensaba que, abriendo la votación a los afiliados no militantes, se diluiría el perfil obrero del partido permitiendo un mayor giro hacia el neoliberalismo. Pero este mecanismo se volvió en contra de la propia burocracia partidaria, cuando todo un sector del movimiento social anti-austeridad vio en Corbyn una herramienta política para llevar adelante sus aspiraciones.

Por eso actualmente el “partido parlamentario” está volviendo a pensar en restringir el voto de los afiliados, para poder resolver las elecciones internas entre las cúpulas partidarias. La derecha laborista espera poder encontrar eco para sus maniobras en un sector de la burocracia sindical –que se encuentra dividida entre el apoyo y la oposición a Corbyn-.

En cualquier caso, la guerra interna entre el “partido parlamentario” y la base partidaria refleja que es imposible utilizar las estructuras del laborismo para fines revolucionarios (o mínimamente progresivos). El Partido Laborista hace décadas que es uno de los principales pilares del régimen político del Reino Unido. Un partido que gobernó el país sosteniendo su carácter capitalista e imperialista, que se adaptó al giro neoliberal y globalizador, que fue parte de los recortes y la austeridad, que impulsó guerras de saqueo como la de Irak, que mantuvo la monarquía y la opresión sobre sus propias nacionalidades minoritarias (como los irlandeses). Un partido que desarrolló una casta de “políticos profesionales” encargados de administrar la explotación y la opresión, y cuyo funcionamiento orgánico gravita alrededor de las necesidades de esa casta. Mientras se mantenga el respeto a la “institucionalidad” de dicho partido y se busquen componendas con su “establishment”, toda expectativa de cambio queda ahogada de antemano.

El perfil de Corbyn

Jeremy Corbyn es un militante de gran trayectoria dentro del Partido Laborista. Apoyó gran cantidad de luchas de los trabajadores (como la de los mineros contra Thatcher en los 80). Rechazó las guerras imperialistas llevadas adelante por el Reino Unido. Apoyó la causa de los palestinos contra el apartheid sionista. Enfrentó los programas de armamento nuclear. Se posiciona contras las medidas de austeridad y plantea la renacionalización de los servicios públicos como la energía y los ferrocarriles. Sostiene posiciones ecologistas y pacifistas.

Como se puede observar, su perfil está muy a la izquierda que el del establishment político británico (y de Europa en general). Sin embargo, no plantea una salida anticapitalista de fondo, sino que más bien propone una serie de reformas al régimen existente. Esto lo ubica en un lugar similar (aunque ligeramente más combativo) al de otras experiencias como Syriza (Grecia) y Podemos (España), cuyos pésimos resultados son de público conocimiento.

El fenómeno Corbyn tiene un aspecto muy progresivo, ya que refleja el giro a la izquierda de enormes sectores de los trabajadores y la juventud del Reino Unido. Se trata de la búsqueda de una alternativa a los putrefactos candidatos tradicionales, que sólo proponen más austeridad y más xenofobia. Sin embargo, tiene fuertes límites, ya que desde el punto de vista estratégico no postula una alternativa real a lo existente.

Todavía está por verse el nivel de apoyo que pueda alcanzar en las elecciones generales del Reino Unido (en las que se elige el parlamento nacional y por lo tanto al gobierno de todo el país). Éstas estarían programadas inicialmente para el año 2020, aunque la crisis desatada por el Brexit puede adelantarlas inclusive para el año entrante.

Por el momento, las encuestas señalan que la intención de voto a un Partido Laborista dirigido por Corbyn está muy por debajo de la del Partido Conservador, actualmente gobernante. Esto es producto de una larga decadencia electoral del laborismo, como consecuencia de su adaptación al neoliberalismo y su incapacidad de ofrecer alternativas a la austeridad. La derecha partidaria invierte los hechos y acusa a Corbyn de ser el responsable del declive en la intención de voto, cuando en realidad es quien plantea (aunque sea discursivamente) cambiar el rumbo del partido que lo llevó al actual estancamiento.

En cualquier caso, para que el Partido Conservador se derrumbe y pueda surgir una alternativa a su gobierno, es necesario un ascenso de las luchas obreras y populares. La austeridad sólo puede y debe ser derrotada en las calles, en las fábricas, en las universidades y en todos los centros de trabajo y de estudio del país. Toda posible táctica electoral debe estar subordinada siempre a esta perspectiva.

 

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