Roberto Sáenz



 

El retorno de un debate

 

“No digan que el movimiento social excluye el movimiento político. Jamás hay movimiento político que, al mismo tiempo, no sea social. Sólo en un orden de cosas en el que ya no existan clases y contradicciones de clase, las evoluciones sociales dejarán de ser revoluciones políticas” (Karl Marx, Miseria de la Filosofía).

 

A propósito de nuestra reciente estadía en Barcelona para las tareas de la puesta en pie de nuestra corriente en Europa, y a partir del debate con jóvenes militantes acerca de las distintas tradiciones del movimiento socialista, se nos ocurrió escribir una serie de notas para clarificar las relaciones entre marxismo y anarquismo. En esta primera nos dedicaremos al abordaje general de marxistas y anarquistas sobre la transición al socialismo y las enseñanzas dejadas el respecto por el siglo pasado.

 

Los pecados del movimiento socialista 

 

A priori, se supone que tanto anarquistas y como marxistas son socialistas: comparten el objetivo general de acabar con la explotación del hombre por el hombre. Sin embargo, desde que el movimiento socialista se organizó en la I Internacional, ambos movimientos se dividieron alrededor de las vías para acabar con el capitalismo y avanzar al socialismo.

Esto se continúa hoy, un siglo y medio después, en una apreciación diferente del balance de la lucha de clases del siglo pasado. La burocratización de la Revolución Rusa, la degeneración del primer Estado obrero en la historia de la humanidad, la pudrición completa del Partido Bolchevique además de otros avatares en la lucha de clases del siglo XX, parecen haberle dado argumentos “anarquistas” a algunos sectores de la juventud, sobre todo en Europa.

Un siglo atrás Lenin había definido que el anarquismo expresaba, hasta cierto punto, una suerte de “expiación” de los pecados oportunistas de la socialdemocracia (reformismo, electoralismo, giro socialpatriota)[1]. Decía esto en El Estado y la revolución, donde señalaba cómo ambos movimientos compartían (¡o debían compartir!) la vocación por acabar con el Estado.  

Sin embargo, eso no significaba que el camino del anarquismo fuera el correcto. Todo lo contrario: fueron Lenin y los bolcheviques los que “salvaron el honor del socialismo internacional” (como dijera Rosa Luxemburgo), dando lugar a la primera dictadura proletaria en la historia: la superación práctica de la bancarrota socialdemócrata.   

Hoy, cuando emerge una nueva generación luchadora y retorna el debate estratégico, podríamos decir algo similar respecto del “espíritu anarquista” imperante en determinados sectores: expresa una suerte de expiación de los pecados burocráticos del estalinismo; pecados que transformaron en mala palabra la idea misma de dictadura del proletariado, de Estado obrero, de partido, de política, etcétera.

Que estos pecados hayan existido es lo que le da relativa fuerza y “justificación” al anarquismo (en algunos países), lo que de ninguna manera significa que haya logrado avanzar un milímetro en encontrar respuestas reales a los problemas planteados por la burocratización de las revoluciones del siglo XX.

Ocurre que por más poses que se asuman, por más que se quieran los fines “aquí y ahora” (“al anarquismo no le gusta esperar” decía agudamente Preobrajensky), el pasaje al socialismo seguirá siendo un proceso que no puede ser declarado sin más; la disolución de todo Estado es lo opuesto a un acto de mera voluntad, es una tarea que comprenderá toda una experiencia histórica de transición entre la sociedad de clases de hoy y el futuro comunista sin ellas[2].  

De ahí que la tarea estratégica sea pasar la experiencia del siglo pasado por el tamiz de un balance que permita sacar las lecciones del caso, las que a nuestro modo de ver sirven más bien para reafirmar de manera enriquecida las enseñanzas generales del marxismo revolucionario, y no para alimentar una recaída en el pensamiento anarquista, lo que sería un retroceso respecto de cuestiones bien adquiridas por el movimiento revolucionario[3].

En todo caso, no se puede decir que el anarquismo haya pasado la “prueba de la práctica” de manera exitosa durante el siglo pasado. Más allá de un papel marginal en la Revolución Rusa (¡y de que haya estado varias veces en frente único con la contrarrevolución durante la guerra civil!), el único lugar donde el anarquismo fue poderoso fue España, país donde no casualmente mantiene una importante tradición entre la juventud.

Pero ocurrió que en el momento más álgido de la lucha de clases en la historia española, la guerra civil de 1936/39, sus desgraciadas aporías y problemas no resueltos terminaron arrastrándolo a una ignominiosa capitulación: su ingreso al gobierno burgués republicano, quedando como peón del estalinismo[4].

En todo caso, marxistas revolucionarios y anarquistas compartimos una veta revolucionaria, pero los límites orgánicos de los segundos expresan una inmadurez congénita en lo que tiene que ver con los medios para llegar a los fines (el comunismo), en lo que hace al aprendizaje concreto de las experiencias revolucionarias del siglo pasado.

 

Qué hacer con el Estado

 

Existe un elemento que une todos los temas del anarquismo y tiene que ver con el concepto de Estado: los anarquistas rechazan toda forma de Estado, toda forma de gobierno, toda centralización: “Para los anarquistas el enemigo es el Estado”, dice el autor anarquista inglés Colin Ward (Anarquismo. Una breve introducción, Enclave, Madrid, 2019, pp. 12).

Pero hay algo profundamente idealista en el enfoque anarquista, en la medida en que el Estado, por sí mismo, no es una relación primaria sino secundaria: se deduce de la desigualdad de clases y se extinguirá en la medida en que desaparezca todo rastro de explotación del hombre por el hombre: “(…) no es el Estado quien origina la división de la sociedad en clases, ni el que crea la desigualdad y la explotación de una persona por la otra, sino que, al contrario, son la división en clases y la desigualdad económica las que originan la aparición del Estado como organización de los explotadores” (Anarquismo y comunismo, Evgeni Preobrajensky, Centro de Estudios Socialistas, México, 2011, pp. 24[5]).

Que se entienda bien: marxistas y anarquistas tenemos un punto en común respecto del Estado, queremos tirarlo al basurero de la historia. Pero lo que nos diferencia profundamente son las vías para lograrlo. El anarquismo pretende resolver las candentes cuestiones que se colocan en el pasaje de una sociedad de explotación a una donde impere la más amplia libertad e igualdad (el comunismo), sin los dolores de parto de una compleja transición que hace imposible dar al trasto con todas las condiciones heredadas.

Los anarquistas quieren abolir el Estado de un plumazo. Los marxistas estaríamos encantados, pero es imposible: toda la experiencia histórica demuestra que al Estado burgués hay que destruirlo para abrir paso a las transformaciones revolucionarias. Pero en su reemplazo es necesario poner en pie un Estado de los trabajadores, una dictadura del proletariado: una democracia socialista como forma de poder de los trabajadores.

Y recordemos que desde Lenin se debe hablar –como lo atestigua además toda la experiencia de la burocratización de las revoluciones en el siglo pasado– de un “semiestado” del proletario, en el sentido de que la dictadura del proletariado es el imperio de las más amplias masas sobre la minoría de ricos y privilegiados: la clase obrera organizada como clase dominante. Una democracia de nuevo tipo donde el ejercicio del poder corresponde a la mayoría, y una dictadura de nuevo tipo donde la que sufre la dominación es la minoría de privilegiados.

La experiencia histórica ha demostrado que no se puede abolir el Estado de un plumazo, no se puede acabar con él en un solo “gesto”. Pero que el Estado proletario represente a la mayoría explotada y oprimida por oposición a la minoría privilegiada, es un progreso histórico inmenso hacia a la abolición de todo tipo de Estado.

¿Se podría evitar este paso transitorio? Repetimos: la historia ha demostrado que no. Lograr que las masas tomen en sus manos las tareas de dirección de la nueva sociedad es un complejo emprendimiento histórico, que requiere de la maduración política de esas mismas masas, al tiempo que la liquidación de toda herencia de miseria y explotación, liquidación que permita a cada vez más amplios sectores plantearse las tareas de la conducción de la sociedad. (Se trata del famoso problema del tiempo libre del que hablara Lenin, la necesidad de que en la transición el tiempo libre de los trabajadores aumente, condición material sin equa non para que asuman las tareas de conducción de la sociedad.)

En última instancia, todo el proceso de la transición al socialismo tiene este contenido: que hasta la última cocinera aprenda a dirigir la sociedad. Y llevarlo a cabo requiere, como precondición, del desarrollo de las fuerzas productivas, creando las condiciones materiales para liberar a la sociedad de las cadenas de la necesidad: “Transportarse con el pensamiento hacia este futuro, aclararlo a las masas como un fin natural para su propio avance, se puede y se debe; pero considerar la etapas como algo sobrante y superfluo significa perder el tiempo en charlatanerías baratas y fantasiosas, en lugar de emplearlo en la lucha efectiva por la realización práctica de las relaciones comunistas” (Preobrajensky, ídem).

Al frente de este proceso, en la medida en que la “sociedad política” no puede ser reabsorbida del todo aún en la “sociedad civil”, se debe levantar el Estado proletario, la dictadura proletaria: el gobierno de capas crecientes de los trabajadores camino a la liquidación de las clases y de toda forma de Estado.

En este contexto, uno de los problemas que planteó la experiencia concreta del siglo pasado es que en una sociedad de transición las cosas pueden ir para varios lados: no hay nada “teleológicamente” definido. Se abren dos vías: una lleva hacia la extinción del Estado (incluso obrero), a la reabsorción de los asuntos públicos en la sociedad: del gobierno de las personas a la administración de las cosas (como diría Engels).

La otra hacia la cristalización burocrática de un sector separado que va adquiriendo privilegios y que al final dará lugar al retorno al capitalismo, aunque eventualmente pasando por la experiencia (inesperada) del Estado burocrático, tal cual se observó en la ex URSS y en las revoluciones anticapitalistas de la segunda posguerra, lo que indicó, en realidad, un desarrollo de “tres vías”: la vuelta al capitalismo pasó por la “parada intermedia” de dicho Estado burocrático.

En todo caso, la perspectiva de que la dictadura del proletariado deba ser un semiestado de los trabajadores expresa la tendencia (¡que debe verificarse en la transición!) a la asunción de las tareas por cada vez más amplios sectores de los explotados. Se trata de una de las lecciones más importantes del siglo pasado, enseñanza que estaba contenida en El Estado y la revolución y que fue reafirmada por Trotsky en La revolución traicionada, que contiene todo un capítulo dedicado a analizar las relaciones “inversas” entre el socialismo y el Estado: el progreso hacia el socialismo debe dar lugar a la disminución progresiva del Estado (en tanto que “aparato especial” separado de la sociedad).

 

¿Hasta cuándo la propiedad privada?

 

Concomitante con su repudio del Estado en general, el anarquismo rechaza la estatización de la propiedad. Es verdad que la propiedad estatizada dio lugar al fenómeno de la apropiación burocrática del excedente social, en las condiciones de la extinción de toda forma de democracia socialista.

Pero no lo es menos que si la propiedad no se estatiza, se mantendrá una propiedad privada a lo sumo “colectiva” bajo la forma de cooperativas, las que, como veremos enseguida, suponen la manutención de la propiedad privada. Es decir, no será un paso adelante hacia la extinción de toda forma de propiedad, sino una marcha atrás incluso respecto de las condiciones creadas por el desarrollo de las fuerzas productivas del capitalismo, caracterizadas por grandes unidades de producción no solo a escala nacional sino comprendiendo una división del trabajo internacional.

Es conocido que Proudhon (uno de los más importantes teóricos del anarquismo junto con Bakunin, ambos contemporáneos de Marx) sostenía la pequeña propiedad; le parecía que esta era la manera de garantizar la libertad del hombre. Marx escribió un brillante opúsculo contra él, Miseria de la filosofía, en la que le enrostra no solamente defender la propiedad privada sino su corolario y precedente lógico: la ley del valor, ley fundamental de la producción capitalista.

Daniel Guerín, escritor anarquista conocido, señalaba que en realidad Proudhon tenía una posición contradictoria respecto de la propiedad privada. Por un lado, es conocido su apotegma de que “la propiedad es un robo”, lo que efectivamente es así si consideramos que la propiedad de los medios de producción es obtenida por los capitalistas sobre la base del trabajo no pagado de los trabajadores (amén de mecanismos de acumulación primitiva precapitalistas). Pero por otra parte, Guerín subraya que, de alguna manera, el socialista francés pensaba que la propiedad privada (o la pequeña propiedad privada) era la base de la independencia individual del sujeto y, por lo tanto, no debía ser cuestionada (El anarquismo, Editorial Altamira, Buenos Aires, 1975).

Ya Marx había denunciado que el autor francés no cuestionaba la base de la sociedad capitalista; defendía el ideal comunista pero sobre una base utópica, irrealizable, de pequeño propietario.

De ahí que además, en conjunto con el rechazo a toda forma de Estado, Proudhon y el anarquismo en general (es verdad que hay varias corrientes anarquistas con matices entre ellas) defendieran como el summum de sus aspiraciones económicas y en materia de propiedad la forma cooperativa, que económicamente parece corresponder mejor con su ideal autogestionario, comunitario, federalista[6].

Es decir que a la fragmentación política por el rechazo a toda forma de Estado (que por definición sólo puede ser centralizado) le corresponde también una forma económica fragmentaria, aislada, y esta forma es la cooperativa de producción.

Pero resulta que si en la cooperativa queda abolido uno de los supuestos de la producción capitalista, el capitalista, no se termina con el otro, la propiedad privada: en la cooperativa el trabajador pasa a ser su propio capitalista. Como dice agudamente Preobrajensky, el anarquismo predica acabar con los capitalistas, pero sin terminar con el capitalismo, sencillamente porque la cooperativa sigue siendo una forma de la producción capitalista, sigue suponiendo la propiedad privada, no realiza todavía la abolición de la propiedad privada (ni la transición necesaria hacia esta abolición pasando por la estatización de la propiedad, la que debe llevar a una creciente socialización de la producción; volveremos sobre esto).

El problema de las cooperativas, la subsistencia de la producción en unidades aisladas, la permanencia de la propiedad privada, pinta al anarquismo respecto de la que fue históricamente su base social característica, no los trabajadores de la gran industria sino un proletariado atrasado, artesanal, emparentado todavía con la figura del pequeño burgués, del pequeño propietario. Preobrajensky insiste en que la base social anarquista es muy “heteróclita”: cambiante, inestable, nunca muy clara.

Es verdad que la estatización de la propiedad dio lugar a nuevas formas de imposición en las sociedades no capitalistas burocratizadas. En la medida en que el proletariado no fue capaz de mantenerse en el poder, ocurrió la emergencia de una burocracia que, apropiándose del control de esta propiedad estatizada, se transformó en una capa privilegiada por encima de los explotados.

Pero esto no debe llevar a negar la necesidad de estatizar de la propiedad (paso obligado camino a la transición al socialismo), sino a poner sobre la mesa el problema de la socialización de la producción: cómo lograr que los trabajadores se vayan transformando realmente en los “amos y señores” de la producción, y no en cada unidad productiva aislada sino en el control de toda la economía nacional, es decir, la realización efectiva de la democracia socialista, el poder de la clase obrera.

Esta es la verdadera enseñanza del siglo pasado, no el cuestionamiento anarquista abstracto de la propiedad estatizada (¡que nos llevaría de nuevo a la propiedad privada, y para colmo fragmentaria!) sino la “vigilancia” en el sentido de que la estatización vaya transformándose en una verdadera socialización de la producción, donde el control y la dirección efectiva de los medios de producción y el excedente social estén en manos de la clase trabajadora.

Por lo demás, sólo recordar que toda forma de propiedad es siempre apropiación de unos y desapropiación de otros: si la propiedad no debiera elevarse contra nadie, sería superflua. De ahí que sea un principio pequeñoburgués sostener algún tipo de propiedad: el principio socialista consecuente es que en el comunismo ya no habrá más propiedad: no se tratará de defender los bienes de unos contra otros, porque el disfrute de esos bienes será tan colectivo que ya no habrá más propiedad.

 

El rechazo a la planificación

 

Vinculado al problema del Estado y la propiedad pero en el terreno propiamente dicho de la gestión económica, señalemos que el anarquismo rechaza la planificación económica centralizada: le opone la autogestión de las unidades productivas aisladas.

Gravísimo error. Ocurre que de esta manera, inevitablemente, lo que subsiste como vínculo entre las unidades productivas es simplemente el mercado. Como la sociedad, la economía también es una totalidad; las unidades productivas son, en todo caso, los “átomos” de la producción. Pero si no se toma la economía en su conjunto, lo que queda entre ellas es sólo el vínculo de la compra-venta, el mercado.

No es que en la transición socialista no subsista (no deba subsistir) el mercado. Este tiene funciones de importancia que cumplir en la medida en que permite, entre otras cosas, el control de la cantidad y calidad de los productos por parte de los consumidores (control que se expresará en otra subsistencia, que será la de los precios[7]).

Pero el mercado debe estar subordinado a los otros dos reguladores de la producción, que son la planificación democrática y el ejercicio del poder por parte de los trabajadores: la democracia socialista de conjunto, que va más allá y está por encima de la autogestión de cada lugar de trabajo.

Nada de esto niega las experiencias de control obrero y/o autogestión de la producción en cada unidad productiva. Pero el problema es que si estas formas productivas quedan como experiencia aisladas, ocurre lo señalado: lo que une todo es el mercado, y lo que se reactualiza es la competencia entre unidades productivas: “(…) los anarquistas sostienen que cada fábrica (…) debe constituir una comuna especial independiente. Los que trabajan en esta comuna aislada serán los verdaderos dueños (…) Para unir una comuna con otra se exige el acuerdo de ambas partes. En la práctica, esto significará destruir la propiedad de todos los trabajadores sobre los medios de producción (…) Los obreros de cada empresa comenzarán a sentirse propietarios de su empresa y, de hecho, se convertirán en pequeñoburgueses. El anarquismo resultará en la práctica un capitalismo sin capitalistas, y cada empresa poseerá cien o mil propietarios en lugar de uno, pero no pertenecerá a toda la clase trabajadora del país” (Preobrajensky, ídem, pp. 87).

Eso es lo que estamos señalando: que a la par de la no abolición de la propiedad privada, lo que se reafirma in eternum es el mercado, en la medida que, indefectiblemente, entre una y otra unidad productiva sólo pueden estar los vínculos del mercado. Se niega así tanto la propiedad colectiva como la planificación socialista de la producción, que solamente puede funcionar mediante un plan único para toda la economía nacional.

Un mercado que, por añadidura, reactualiza la competencia entre trabajadores, en todo caso entre unidades productivas, cuestión que la planificación democrática viene a intentar superar: acabar con la competencia capitalista en el seno de la propia clase trabajadora[8].

Claro que una cosa es la planificación socialista y otra la burocrática. La segunda fue un cáncer respecto de la auténtica planificación socialista, en la medida que significó un “retorno al viejo caos” (como decía Marx, en otro contexto, respecto de una socialización económica que fuera una “socialización de la miseria”, sin desarrollo de las fuerzas productivas).

La planificación burocrática implicó la apropiación del excedente social por parte de una burocracia (una acumulación de Estado como la llamamos en otro trabajo), el unilateral privilegio del sector I de la producción (medios de producción) en detrimento del sector II de bienes de consumo (¡se sacrificó el nivel de vida de toda una generación con la excusa del desarrollo de las fuerzas productivas!), incluso el retorno enmascarado de la competencia, porque los planificadores exageraban las cantidades necesarias para sus unidades productivas, acopiaban recursos de más, competían despiadadamente por las atribuciones de recursos del plan, amén del retorno de la irracionalidad económica que significaba esta producción burocrática sin el control democrático de trabajadores y consumidores (un tipo casi puro de economía burocrática, definiría Trotsky).

Pero este cáncer se debió a la burocratización de la revolución; no tuvo que ver con algún problema abstracto vinculado a la subsistencia de algún tipo de gobierno o de la planificación económica centralizada como tal, sino, en última instancia, con el aislamiento de la revolución, la pérdida de poder político por parte de la clase obrera, al atraso en el desarrollo de las fuerzas productivas, la subsistencia de relaciones de desigualdad en el seno de la sociedad.

Sin propiedad estatizada, sin planificación, no puede haber superación del estadio de la cooperativa, de la autogestión, de la propiedad privada parcelaria: no puede haber desarrollo de las fuerzas productivas ni marcharse hacia la socialización de la producción.

En todo caso el desafío es, como lo enseñó la experiencia del siglo pasado, que estas tareas estén en manos de una auténtica dictadura del proletariado, de la clase obrera como tal.

 

[1] De todas maneras, no debemos olvidar que la I Guerra Mundial llevó también a la bancarrota a connotados dirigentes anarquistas como Piotr Kropotkin, el que cayó en una posición socialpatriota escandalosa similar a muchos de los dirigentes socialistas reformistas.

[2] Dejemos anotado desde ahora que Pierre Naville gustaba hablar de “disolución” del Estado para darle una voz más activa a la tarea que el mero planteo de “extinción” del Estado (planteo que podía dar lugar a un abordaje demasiado pasivo de la cuestión). De todas maneras, está claro que la disolución de todo Estado (incluso el proletario) sigue siendo una tarea a ser asumida a lo largo de una experiencia histórica, por oposición a la impracticable idea anarquista de la “abolición” del mismo, lo que no pasa de un esquema idealista sin bases materiales para ser llevada a cabo. Volveremos sobre esto.

 

[3] Nos referimos con esto al “diálogo” entre marxismo y anarquismo que parecen estar ensayando dirigentes mayoritarios de la IV Internacional mandelista, que a todas luces aparece como una concesión al anarquismo en casi todo los aspectos esenciales (ver “Respuesta Rene Berthier”, Besancenot y Löwy, El anticapitalista, nº 75).

[4] En el punto culminante del enfrentamiento entre revolución y contrarrevolución dentro del campo republicano, el levantamiento en Barcelona en mayo de 1937, la dirección anarquista llamó a darlo por terminado cuando, por segunda vez consecutiva en doce meses, se podría haber tomado el poder en la ciudad.

[5] Se trata de un folleto educativo de Preobrajensky que se resiente un poco por la falta de ángulo respecto del incipiente proceso de burocratización de la URSS.

[6] El federalismo es otro concepto clave del anarquismo por oposición a la idea centralista del Estado defendida por el marxismo. Someramente digamos que desde el punto de vista marxista la centralización estatal es un criterio clave en la gestión de la sociedad de transición (¡no se puede dirigir una sociedad con varios centros en competencia!); lo que no quita, al mismo tiempo, que como criterio principista el marxismo revolucionario haya tomado la idea federalista para los efectos de la autodeterminación de las naciones oprimidas (ver la posición de Lenin respecto de la conformación constitucional de la ex URSS a comienzos de los años ’20 y su lucha contra los burócratas “gran rusos” encarnados ya por Stalin).

[7] El de los precios (¡y el dinero que le es concomitante!) en la economía de transición es un tema muy complejo que no corresponde abordar aquí; reenviamos al intento de análisis del tema que hicimos en nuestro trabajo “La dialéctica de la transición. Plan, mercado y democracia obrera”. En www.socialismo-o-barbarie.org.

[8] Atención que esto no quita que se mantengan formas de emulación socialista, expresiones de “sana competencia socialista”, las que tienen que ver no ya con la afirmación de un interés egoísta o corporativo, sino con una forma de “autosuperación” vinculada a la mejor realización de una tarea que sirva al bien colectivo.

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